La recomendación de mi psicólogo es clara, y para enfatizarla, le ha pedido a Carolina que haga lo posible porque la cumpla: “Cero redes sociales”.
Carolina no sabe la razón, y mi psicólogo solamente la intuye. No he sido capaz de revelarle en detalle ninguna de mis actividades de los últimos meses, por miedo a convertirlo en cómplice de cosas tan ilegales como oscuras. Pero el tipo es bueno, e insiste con su consejo.
Para peor, Carolina habló con Javier y entre los dos han llegado a la conclusión de que estoy mejor ahora que antes, y ahora implica nada de Twitter.
Por mi parte, he logrado reducir casi por completo las horas que pasaba internado, lo que quiere decir que a la veda de mi familia y amigos, le he impuesto la propia.
Y soy más feliz así.
Pero la abstinencia no es total.
Las mañanas son complicadas porque Carolina me monitorea de cerca, y antes de estar despierto por completo ya tengo que salir a llevar los chicos al colegio. Después de dejarlos tampoco hay mucho tiempo porque Javier me espera ansioso en la oficina. Sin tiempo perdido en redes estamos mucho más activos, y la cantidad de trabajo es inmensa.
El único momento del día en que tengo un poco de paz para chequear la inactividad de @Kampeon69 es al mediodía, rato en el que Javier se encierra en su oficina con su ensalada César (sin pollo), a ver algún capítulo viejo de Galáctica Astronave de Combate en su monitor. Es un rito sagrado, y sus mejores ideas vienen después de una buena pelea entre los humanos y los robots.
Pero hoy hay gringos, y la ensalada César de Javier se teletransporta a un restaurante de Las Cañitas, donde los americanos dan cuenta de enormes pedazos de carne mientras yo les vendo el futuro video juego que hará estallar las ventas de navidad el próximo año en Nueva York.
Si, a veces la vida es menos intolerable.
Estamos en una vereda, y después de los bifes aparecieron helados aún más grandes. Cuando pensaba que mi sorpresa no tendría otro sacudón, salieron los habanos cubanos de treinta centímetros, acompañados de tazones de cognac. Los tipos son felices.
La cuenta alimentaría a una familia tipo durante un mes, pero el gringo firma el voucher de la tarjeta sin mirar. Más importante que eso, accede a nuestro presupuesto también con una sonrisa. Creo que está tan borracho como Javier.
Javier no toma más que en ocasiones especiales, y aún así, muy poco. Pero hoy empezó con el vino tinto obligatorio con todo bife argentino -aunque sin moverse de su ensalada César-, siguió con el champagne del festejo, y alcanzó a darle un sorbo al cognac antes de caer en un estado cuasi cataléptico. Nuevamente, los gringos felices de ver a su programador caer rendido antes que ellos.
Nos despedimos con sendos abrazos y los pongo en un taxi rumbo al hotel, previo negarme a una cerveza adicional de postre, y habiendo ganado la pulseada acerca del programa de la noche. Ellos irán a donde tengan ganas, y yo me quedaré en casa. Victoria por donde se mire.
Normalmente volveríamos a la oficina, a terminar de ganarnos el pan diario, pero Javier tiene problemas para entrar al auto. Sería una fea imagen para nuestros empleados, y decido llevarlo a su casa.
La discusión es eterna, y dura todo el viaje. El, animal de rutina, quiere volver a trabajar y no se da cuenta de su estado. Yo me encuentro bastante mejor, aunque tengo un dolor de cabeza de esos que empiezan despacio, y explotan a las nueve de la noche. Los dos necesitamos dormir.
Como puedo, subo a Javier hasta su departamento, y lo tiro en la cama, con zapatos puestos. Ya no estoy en edad de andar desvistiendo amigos, y me limito a bajar la persiana para que la luz no lo moleste.
-Yo me voy a trabajar, Ignacio-dice, y es un milagro que pueda entenderlo.
Voy a contestarle algo pero escucho su ronquido y se que está más allá del bien y del mal. Cierro la puerta con cuidado, y me tumbo en su sofá. Estoy tan cansado que no puedo dormir, y pienso que debería irme a casa.
Sobre la mesa del comedor, como casi sobre toda mesa en esta casa, hay una computadora prendida. El reloj digital del protector de pantalla marca las 17,00 y me alegro de haber podido pasar un día entero sin acordarme de @Kampeon69.
Pero hasta acá duró la buenaventura, y antes de darme cuenta, ya estoy logueado en mi cuenta.
Y veo lo que rogué no ver jamás en mi vida: Kampeón ha vuelto. Un mensaje suyo dirigido a una mujer. No necesito más.
Carolina atiende al segundo llamado.
-Caro, ¿dónde están los chicos?
-¿Ignacio? ¿Estás bien?
-Los chicos, carajo, ¿dónde están?
-Martín en su cuarto, y Ana en clase de piano. Estoy yendo a buscarla en quince minutos.
La respuesta me tranquiliza, pero no mucho.
-Escuchame bien, Caro. Yo voy a buscar a Ana. Vos encerrate en casa, y cualquier ruido que escuches, cualquiera, llamá al 911. Yo busco a Ana y voy para allá.
-Pará, ¿qué pasa?
-Hacé lo que te digo. Por favor. Es importante.
Corto con la confianza de saber que Carolina hará lo que le pedí, y voy hasta el cuarto de Javier. Lo sacudo de dos cachetazos.
-Pará, ¿estás enfermo?
-Escuchame bien, Javier. Rápido. Necesito que vayas a casa ya. Apareció Kampeón.
El efecto es inmediato, y supera diez cafeteras en sangre. Javier se incorpora rapidísimo y veo como los colores de su rostro cambian de rojo a blanco. No le importa.
-Yo me voy a buscar a Ana. Vos tomate un taxi.
Es muy factible que yo llegue a casa con Ana antes de que Javier lo haga, pero no es momento de ahorrar recursos.
Son las cinco y cinco de la tarde, y de Palermo a Colegiales, en auto, tardaré no menos de veinte minutos. Con muchísima suerte, y no me siento con suerte. Basta pararme a mirar la velocidad casi nula con la que el tráfico se mueve para saber que estoy perdido.
-Pensá, Ignacio, pensá.
El cadete tiene una Honda Tornado, 250 centímetros cúbicos de cilindrada, que es justo lo que necesito en este momento.
-Flaco, escuchame. Este es mi auto-le digo, dándole la llave-. Y acá tenés quinientos pesos. Necesito tu moto. Ahora.
Y parece que el tipo recibiera propuestas ese tipo todos los días, o tal vez sea mi cara de desesperación, porque al instante se mete la plata y las llaves del auto en el bolsillo.
-Llevate el casco-me dice, mientras me da también las llaves y una tarjeta-. Llamá acá cuando termines, y cambiamos auto por moto de nuevo.
No tengo tiempo de agradecerle. Hace quince años que no manejo una moto, pero hay cosas que no se olvidan. La rueda delantera se levanta solo un poco, y agradezco que la moto no sea más potente, porque me hubiera dado vuelta.
A la cuadra ya tengo control casi completo.
Manejo con parámetros diferentes a los de la gente común. No me importan los semáforos, ni tampoco que la gente que camina tenga que correrse para dejarme pasar. Respeto los objetos cuya masa es superior a la mía, pero solo porque sé que cualquier golpe me demoraría.
La sensación es peor que cualquier otra que haya tenido alguna vez en mi vida. No llegué a leer el mensaje de Kampeón, ni a quien iba dirigido, pero tampoco es importante. Si salió a la luz es que viene por mi, y no tengo duda alguna al respecto.
El nombre de Tini me viene a la cabeza, pero no puedo hablar desde la moto. Será lo primero que haga cuando esté con Ana. Me odio a mi mismo, pero una parte de mi espera que vaya por Trini antes que por mi familia, y me odio porque sé que es eso lo que él quiere.
Han pasado meses desde lo de El Eternauta, meses que ha tenido para estudiar cada uno de mis pasos, los de los que quiero, y los de Trini. Y yo anestesiado como un sapo en una olla.
La bocacalle está ocupada, y el espacio entre el colectivo y la señora con el coche de bebé es ínfimo. No para mi.
-Hijo de puta, sos un hijo de puta-me grita la mujer cuyo hijo acabo de esquivar por centímetros.
Creeme que lo sé, le contestaría si pudiera, pero lo que yo quiera es un lujo secundario ahora.
-Un ladrón, es un ladrón.
Escucho el grito detrás mío, y sé que se refieren a mí, pero por suerte tengo que girar, y no veo persecución alguna en el espejo. En el escenario de ensueño me veo abrazando a mi hija Ana y escondiendome con mi familia en algún lugar hasta encontrar a este hijo de puta, porque ahora lo voy a encontrar.
Cualquier otro panorama me asusta al grado de querer frenar la moto y ponerme a llorar. Tiene un límite lo que puede soportar una familia, y la mía lo ha excedido con creces. Y todo ha sido mi culpa.
A una cuadra la velocidad de la moto es cuatro veces mayor a la que necesitaría para pasar por una mancha de aceite y no trastabillar. Un conductor más experimentado que yo quizás hubiera podido controlarla, pero ni en mis mejores momentos, cuando usaba un vehículo similar todos los días, hubiera podido salir bien parado.
La rueda toca el aceite y sale disparada hacia la derecha. En ese segundo veo que todo intento de control será inútil, y salto hacia la izquierda, tratando de hacerme un ovillo. Siento mi espalda chocar contra el pavimento, y de ahí en más empiezo a girar hasta detenerme, veinte metros más adelante. El casco ha chocado contra el cordón de la vereda, partiéndose limpiamente en tres pedazos, antes de salvarme la vida.
Me pongo de pie como puedo, y rengueando me dirijo hacia la esquina. Apenas doblo, siento que mi vida acaba de terminar. Ahí, en ese segundo.
El tiempo se detiene y no escucho ruido alguno. La imagen se graba a fuego en mis ojos, y levanto mi brazo haciendo una promesa. Y olvidándome de mi pierna golpeada, del mareo y la confusión por el golpe, empiezo a correr, sabiendo que no llegaré.
Capítulo 18. La profesora de piano
Capítulo 20. Recreo
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