Te Sigo. Capítulo 9. Burocracia

“Matar el tiempo”. Como si la frase tuviera algún sentido. Matar es placentero, me eleva al rango de Dios, con la diferencia de que yo sí existo. Pero así como no se puede talar un árbol antes de plantarlo, así debo prepararme para lo que viene.

En una época me gustaba caminar por la ciudad los días de sol. Las plazas eran mi pequeño paraíso, a la hora de la siesta. Ese momento en que los esclavos se sientan frente a sus computadoras, después de almorzar, a navegar por Internet, chatear y revolcarse en sus cuentas de Twitter o Facebook. Esas horas en que las putas que parieron a sus hijos los largan a pastar en inmundos toboganes y areneros, mientras fuman y hablan de infidelidades.

Ese era el momento en que elegía a una, y la seguía tranquilamente hasta su casa. Así durante algunos días. Nunca más de cuatro. Pero a todo se acostumbra uno, y yo me aburro más fácil que la mayoría. Luego de la tercera vez perdió toda gracia escucharlas gritar por sus hijos, por sus padres, sus maridos. Siempre mintiendo, como si les importara algo más que ellas mismas. Perras. Un plus era ver sus caras mientras les decía que después de ellas vendrían sus hijos, y saber que me creían. Dicen que hay paz en la muerte pero no en esas.

Pero eran promesas que nunca honré. No toco niños, y me dan asco los degenerados que lo hacen. ¿Cual es la gracia de lastimar a alguien que no entiende las razones? Mi límite había sido doce años. Quizás diez aún tuviera algún tipo de sentido. Pero menos era lo mismo que aplastar pollitos con un tractor. Estéril.

El siguiente paso fueron los boliches. Ahí la carne era más tierna, pero también más pobre el desafío. La oposición y defensa de una pendeja que de por sí ya está completamente borracha o drogada es nula. Se suben a cualquier auto solo porque es un auto, y si es importado (como los míos), antes de que uno pueda poner primera ya están desvestidas. Estúpidas aspirantes a prostitutas frustradas.

Internet hizo las cosas más divertidas. Ya no se trataba solo de la satisfacción física que pudiera provocarme matar, sino la de la conquista. Entrar en la cabeza de alguien a kilómetros de distancia y violar sus secretos más profundos es un hermoso preludio para una noche de lujuria. O más, si uno se administra.

Y cuando uno piensa que hay algo agotado, la sorpresa. La niña virgen cuyos padres cuidaron y educaron para ser toda una mujer, y que pelea con más fuerzas que un gato en una bolsa. Justo cuando estaba por dejar el mundo virtual apareció ella, y me dio más satisfacciones de las que jamás podré olvidar. Y cuando estoy por hacerlo, veo las filmaciones. Ah si. Grandes momentos aquellos. Inesperado y rápido final, pero qué proceso.

Después llegó Kampeón, y Trini, y el fiasco: el héroe que rescata a la imbécil en peligro. Pero ahora, por fin puedo decir que hay un motivo para saludar el día con algo de esperanza. Que hay alguien allá afuera que valora lo que hago, y que tiene aunque sea el grado mínimo de voluntad para intentar frenarme es reconfortante. Es un torrente de vida en la sangre, una bocanada de aire fresco y todas las sandeces que se dicen en casos así. Por desgracia, las cosas no pueden resolverse de inmediato. Asquerosa burocracia.

Lo primero fue terminar mi destierro dorado en la Torres de Babel, esa letrina ganada al río donde se esconden más políticos que en el congreso, donde los estafadores pululan en los ascensores y los travestis ofrecen sus servicios por monedas, a camiones y autos de lujo por igual. Hediondo Puerto Madero.

Pero esto terminó también, y un día pude salir a la calle con todo solucionado. Menos rico que antes, pero aún con más recursos a mi disposición de los que soñarían tener mis antiguos vecinos. Millones pueden tener cualquiera, pero el poder para usarlos solo unos pocos.

Aún así, en lugar de poder dedicarme a lo mío, tuve que jugar al pequeño burgués por varios días. Lo que tengo en mente para el benefactor que salvó a Trini requiere infraestructura. Eso se paga, y no es problema. Solo insume tiempo.

Lo primero es un lugar para jugar. Hay que descartar departamentos con paredes de papel y casas en barrios donde no se puede pisar la vereda sin que te pongan una bala en la cabeza. Desprecio la muerte, más no la abrazaría por motivos errados. Pero el progreso nos sirve a todos, y en bandeja me trajo los barrios cerrados.

Es agradable tener soldaditos con armas de verdad que juegan a ser policías, y protegen a los de adentro de los de afuera. Si tan solo supieran que yo soy uno de los de adentro.

Hacerle entender a la estúpida de la inmobiliaria que la privacidad era un aspecto central fue difícil, y así tuve que visitar dos propiedades en las que las paredes parecían medianeras y que de tanto ver a los vecinos los confundiría con sirvientes. Creo que fue suerte y no brillantez de la imbécil, pero al final me consiguió la propiedad de mis sueños. Ochocientos metros cubiertos en cuatro mil de terreno en Castores, uno de los barrios de Nordelta, en el norte de Buenos Aires. Miles de hectáreas, decenas de barrios y edificios de departamentos, y entre todo eso, una casa contra la laguna y alejada de todo. Paredes gruesas y la frutilla de la torta: un Panic Room.

Ubicado en el sótano de la casa parece el sueño de todo asesino serial. Escalera escondida, paredes de acero, revestidas en género acolchonado, sistemas de ventilación autónomos y varias cosas más como para vivir varios días. O morir.

Instruí a mis abogados a comprarla de inmediato.

El aspecto informático fue un poco más complicado, pero después de hacerle entender al monito que no me importaba como se hiciera mientras se hiciera, tiró todos los cables necesarios y puso las computadoras que hacían falta para que pudiera lograrse lo que yo tenía en mente. Me sorprendió el grado de eficiencia de un cerebrito binario que difícilmente pudiera sobrevivir veinte minutos sin estar enchufado a algo.

Me causa gracia como las cosas que a mi me molestan son la sal de la vida de los mediocres. Comprar una casa, comprar un auto, comprar una vida. Las vidas se toman, no se compran, y después de un mes de interminables trámites estaba casi en posición de empezar a ocuparme de lo mío.

Casi, porque aún debía tercerizar un último trámite, por más que me pesara. Trini.

Ya había subestimado a mi rival una vez, y si bien el costo había sido cero, la próxima podía no ser tan barato. Muy a pesar mío tuve que derivarla.

Una mujer como Trini, en un mercado compensado puede llegar a valer entre cien y doscientos mil dólares, dependiendo la docilidad, que a su vez depende de las drogas que se inviertan en procurarla. Después de los dieciocho años, sin embargo, pasa a ser antieconómico pues todo proceso de degradación toma su tiempo. Nadie hubiera aceptado a Trini ni siquiera regalada, así que tuve que pagar para que ocurriera.

La transacción fue fácil. Por cien mil dólares se ocuparían de mantener a Trini con vida durante el tiempo que yo necesitara. Máximo un año, período durante el cual sería reeducada para cumplir, a voluntad o no, con todo lo que le fuera pedido. No me importaba lucrar con la transacción, pero si todo salía bien al año podría sacarle casi el doble. La gente es pobre porque quiere.

La logística esta vez era ardua. No por el hecho del secuestro en sí, eso era fácil, sino porque no habría un premio inmediato. No era buscar a alguien para poder pasar unos días placenteros, sino para entregarla a un animal que le haría cosas que yo no podría ver. Pero todas las inversiones son así. O se hacen con un fin, o se hacen con otro, y esto era una inversión en queso para agarrar una rata gigante.

Llevar a Trini a un bar para una entrevista por una propuesta laboral y de ahí entregársela al forjador de voluntades requirió un simple correo electrónico, el cual por supuesto ya había sido convenientemente borrado. El animal había hecho lo suyo, y Trini no aparecería de nuevo en este mundo. No la Trini que había desaparecido, al menos.

El toque de dejar la marca de Kampeón pintada en la cortina de la farmacia me pareció un gesto de nobleza, así como lo sería seguir usando su apodo en Internet. Al final del día el tipo había muerto por una causa común a la mía, y sentí que el homenaje correspondía. Ahora restaba esperar que el ángel guardián apareciera.

No me gusta esperar, y si no tuviera esta paraguaya encadenada en mi Panic Room la ansiedad me devoraría.

No hay sacrificio sin sangre, y como cada vez, hago un pequeño corte en mi dedo pulgar para bautizar la hoja con pureza. El llanto se convierte en grito mientras me acerco hacia ella, y maldigo el momento en que el celular de mi bolsillo vibra.

Pero son buenas noticias. “@ChangoXD: Está bien. Juguemos”

La paraguaya casi se desmaya del alivio al verme ir hacia la puerta, y solo por eso tengo ganas de terminar el asunto ahí mismo, pero no seré yo quien haga algo apurado. Además, la felicidad de saber que tuve razón y que hay alguien preparado para tratar de enfrentarme, es suprema.

Y hacia allí voy.


Capítulo 8. El juego
Capítulo 10. Amigo

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