El lugar está designado para no atraer a nadie. Las ventanas son chicas y la puerta angosta. A no ser que alguien lo buscara con determinación, no lo encontraría jamás. Hay un kiosco a mano derecha, así que las miradas se desvían hacia las tapas de las revistas en lugar de hacia el bar. Es lo más parecido a una no publicidad que he visto jamás, y quien quiera que sea el dueño, busca que la gente se aleje.
Pero yo entro.
No hay más de veinte mesas. Fórmica barata y sillas de ínfima calidad. La luz hace parecer al lugar un antro entre los antros. El piso está sucio, y aún así no lo parece tanto en comparación con las paredes y el techo.
Hay solo dos mesas ocupadas. Una con un gigante de barba, charlando con una mujer que sin duda es una prostituta, y otra con un oficinista tomando notas. Agarro un diario de la barra y me siento contra una de las ventanas.
Extiendo el diario y me fuerzo a leer línea por línea de una noticia que por supuesto no estoy leyendo, pero sé que es importante mantener los ojos en el papel.
En menos de dos minutos la situación está clara. Parcialmente al menos. El gigante es un proxeneta y no hay que ser muy sagaz para darse cuenta, una vez que la mujer le da un fajo de billetes. El hombre entrega una pequeña bolsa, que apostaría contiene droga.
El oficinista es quien más dudas me plantea. El tipo no para de anotar en un cuaderno, mientras mira a los otros dos. Parece un estudiante tomando apuntes en un colegio secundario. Y lo hace con una falta total de disimulo y hasta vergüenza, descaradamente diría. Pareciera que ha sido contratado para pintar un retrato escrito de la reunión que está ocurriendo a pasos de él. Mientras doy vuelta la página del diario pienso que eso no puede terminar bien.
Un mozo, el único del lugar, se me acerca. No tiene uniforme, por supuesto, y su camisa tal vez fue blanca en otro siglo. Puedo saber cuales fueron sus últimas cinco comidas con solo mirar su ropa. El y la máquina de afeitar no se llevan. Pero lo bueno es que es de contextura más bien chica, y ronda los sesenta años, de una vida muy mal vivida, con seguridad.
No hay saludos, ni tampoco ofrece nada. Es evidente que mi presencia le molesta, y que su estilo de vida no se solventa con propinas, al menos no con propinas recibidas de clientes en ese bar.
-Café. Solo.
Gira y se va. Imposible saber si escuchó o no, o si traerá algo algún día.
Me es difícil imaginar a Trini entrando en este bar, pero por desgracia leí el mail y sé que lo hizo. Una entrevista para trabajar en algún teatro under de la Avenida Corrientes, esa era la oferta de Kampeon69. La habían visto en no se qué obra que protagonizó en la facultad, y les interesaba. La dirigiría un actor de telenovela medianamente conocido, más que nada por sus escándalos mediáticos, pero conocido al fin. Una carnada insípida y sosa, que funcionaría con noventa por ciento de las chicas que tienen cuenta en Twitter. O que no tienen.
Podía imaginarme al gigante conversando con Trini. ¿Y después qué? ¿La habrían convencido de subirse a un auto? No. Lo que fuera que hubiera pasado, había sucedido en este lugar. Un escalofrío me recorre la nuca. ¿Y si todavía la tuvieran acá?
El mozo tira la taza arriba de la mesa. El café rebalsa y cae en el plato. El oficinista levanta la cabeza y me mira, sin verme. Vuelve rápido a sus apuntes. Sin poder leer lo que escribe, juraría que está describiendo la ropa de la prostituta.
La mujer se levanta de la silla, camina hacia la puerta y se va. El gigante se despereza como si acabara de terminar una ardua tarea, y también se pone de pie. No mide menos de un metro noventa y cinco. Y ancho como un sofá de un cuerpo.
Casi con delicadeza arrima la silla a la mesa. El único gesto de orden en este lugar inmundo. Camina con soltura hasta el oficinista, y en un gesto casual deja ver una pistola en su cintura. No me equivoqué. Algo pasaba. Fluidamente, ante la parálisis del oficinista, el gigante le revisa el saco, toma su billetera, saca algo, lo pone adentro del cuaderno en el cual el tipejo escribía, y le devuelve la billetera. Sonriendo.
-El café está pago. Y no vuelvas nunca más.
El oficinista sale casi corriendo del lugar, previo golpearse con dos mesas. Un conejo asustado escapándose de un rottweiler lo haría con más gracia.
El gigante me mira con una mezcla de satisfacción y desafío. Hay tantos mensajes en esa mirada que es difícil de decodificar. Los básicos son “no digas nada, tengo lo mismo para vos, me gusta hacerlo, y por favor dame una razón”.
Agradezco a Dios por los pequeños favores, como siempre, porque ha sido esa la mirada que terminó con toda mis dudas. En cualquier película de acción el protagonista enfrentaría al villano de igual a igual, noblemente, y tras una justa pelea, el bien prevalecería. La vida no es un cine.
Agacho los ojos, y en cuanto el gigante me da la espalda, satisfecho de haberme humillado, me pongo de pie. El cielo me envía uno de esos colectivos que aturden Buenos Aires con sus caños de escape rotos. Saco la Glock de mi cintura, y apunto cuidadosamente a su rodilla izquierda. El disparo coincide con el pico de sonido del transporte, y destroza la rótula del gigante. Es como ver un escarbadientes romperse en dos pedazos, con astillas saltando para todas partes. Eso y ver la torre caer. En ese instante sé que el gigante no volverá a caminar bien en lo que le reste de vida. Y queda por ver cuanto es eso.
He visto demasiadas películas también como para saber que a esta altura el mozo debería estar detrás de la barra, con una escopeta recortada en la mano y a punto de dispararme. Me equivoco. El tipo está tirado en el piso, tapándose la cabeza con pánico. No fuimos a los mismos cines.
Sin perder de vista al mozo salto hasta el gigante que se retuerce en el suelo. Su pistola sigue en la cintura, pero él no se ha dado cuenta. En vez de tratar de tomar la pistola le pego una patada en la boca, con toda mi rabia. Un chorro de sangre sale con fuerza y dibuja un extraño colage en el suelo. Ahí sí agarro la pistola y la dirijo hacia el mozo.
-Cerrá. Ya.
Si el oficinista al escaparse me pareció un conejo asustado, este directamente es una rata. Llega a la puerta como puede, e intuyo un segundo de duda en su persona. La salida está muy cerca, y la posibilidad de ganar la calle y escapar es una tentación demasiado fuerte para el mozo.
-Si das un paso más te pego un tiro en la nuca.
Eso lo disuade y con pesar le da una doble vuelta de llave a la puerta.
-Tirate al suelo – y le señalo un lugar al lado del otro cuerpo. Se acuesta en el suelo casi con alegría, siempre tapándose la cabeza.
Apuntando al gigante voy hacia la barra. Hay una cafetera media llena. Está caliente pero no hirviendo. Con mi mano izquierda la tomo y doy los tres o cuatro pasos necesarios para llegar hasta el gigante.
-Che, Kampeón, despertate.
Le tiro el café a la cara. El agua caliente es tan buena como la helada para reanimar a alguien.
-Pará, por Dios, basta. No te hice nada.
El cambio que ha sufrido el tipo en los últimos dos minutos es llamativo.
-Kampeón, ¿me estás prestando atención? –Le apunto a la cabeza y en sus ojos veo que sabe hablo en serio.
-Soy Roberto. ¿Por qué me decís Kampeón? Estás confundido, no es a mi a quién buscás. Por favor.
Algunos dicen que cuando un hombre enfrenta la muerte no miente. Y no es verdad. Basta apuntar con un arma a cualquiera y te dirá solo lo que piensa que querés oír. Verdad o mentira no son conceptos importantes en esos momentos. Y aún así le creo. Pero hay mucho en juego para que la simple confianza decida.
Estrello la cafetera contra la cara del gigante, que ahora se retuerce como un bagre afuera del agua.
-Pará, pará. ¿Qué es lo que querés?
Lo oigo implorar y siento otro colectivo acercándose. Escucho todo menos lo que necesito escuchar, así que en el momento de mayor estruendo, cuando los vidrios están ya vibrando, le disparo a la otra rodilla.
Amaga un grito, pero no hay nada como una pistola en la cabeza para conseguir silencio, en cualquier situación. Me confunde que niegue ser Kampeon69, así que pruebo otro ángulo. Saco una foto tamaño A4 de Trini, y se la muestro. Ahora veo más miedo, y sé que voy por buen camino.
-Te juro que no sabíamos quien era – suplica el gigante, el pedido en el tono.
Siento que la vida se me va en un solo movimiento, y sin ser yo apunto a su frente.
-No, está bien, no le hicimos nada, está ahí atrás. Te juro que no le pasa nada. Va a estar bien.
Sería muy estúpido mentirme, pero también sabe que no tiene demasiado que perder.
-Vos – le digo al mozo – traela.
El mozo no busca aprobación del gigante, lo que quiere decir que estoy haciendo las cosas bien. Yo soy el más pesado ahora, y es lo que me mantiene vivo.
Se para y va hacia una puerta. Con la mano derecha apunto al mozo, y la izquierda la uso para encañonar al gigante con su propia arma, aunque no creo que vaya a ser oposición por ahora.
No es momento de emociones, pero la posibilidad de ver salir a Trini de esa puerta hace latir muy fuerte mi corazón. También puede salir el mozo con la escopeta. Soy tan imbécil que lo perdí de vista y ahora puede pasar cualquier cosa.
El gigante se estremece y estoy a punto de ponerle una bala en la cabeza ya mismo. Solo por precaución.
Pero la puerta se abre, y del brazo del mozo, y completamente drogada, pero viva, aparece Trini.
-Apoyala contra la barra, y tirate al suelo.
El mozo deja a Trini en un precario equilibrio, pero antes de acostarse en el piso mira el reloj de la pared. El tiempo pasa a ser un factor importante para él, y por lo tanto para mi.
Muchas cosas, todas esenciales.
Vuelvo al gigante.
-Te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Vos sos Kampeón?
-No, te juro que no – llora el gigante – recibí un llamado, y una mochila de plata, cien mil dólares, para tener a la chica, y mandarla a donde tenemos a las demás. Por favor llevatela, llevate la plata, está debajo de la barra, pero no me mates. Tengo familia.
Eso casi me causa gracia, pero vuelvo a pensar en el tiempo, y no es momento de relajarse. Que el mozo haya mirado el reloj quiere decir que hay alguien que está por venir, y mi plato está lo suficientemente lleno como para siquiera pensar en lidiar con más gente. Me apuro.
-Vos, llevate al grandote al cuarto.
El mozo se incorpora puedo ver la sensación de alivio en los dos. Lo que sería una tarea titánica para un tipo tan chico, y para otro tan grande, gravemente herido, se hace en diez segundos. El instinto suple varias deficiencias.
El cuarto tiene una llave y la cierro, rompiendo la cerradura. Cualquier segundo cuenta.
Tomo a Trini, y antes de apartarla de la barra veo la mochila bajo el mostrador. La abro y tiene fajos de dólares. Quizás la forma de pagarle a Javier, pienso mientras la pongo en mi espalda.
-Vamos chiquita, tenés que ayudarme hasta el auto.
Ella levanta los ojos, y puedo ver una luz en el fondo. Me reconoce.
-Sos vos- y aún en medio de toda esa inmundicia, sonríe.
Salimos del bar como podemos. La gente nos mira por la calle, y las dos cuadras hasta el auto se hacen eternas. Pero llegamos. Y la pesadilla empieza a terminar. El tiempo se ocuparía de enfatizar la palabra “empieza”.
Capítulo 12. La previa
Capítulo 14. Génesis