Siento un golpe en la puerta. Tímido. Respetuoso. Hace menos de diez minutos que la “Intervención” ha terminado, y Carolina está de vuelta con los chicos. Esperando que yo mágicamente haya decidido salir del agujero en el que estoy metido hace tiempo. Y de este sótano. Si fuera tan fácil.
-Papá, ¿estás ahí?
Cualquiera que elija entre su familia y otra cosa es un hijo de puta. Lo sé, y lo supe siempre. Pero elegir es un lujo al que renuncié hace tiempo. Guardo las voces de mis hijos en un rincón de mi mente al que ahora entiendo nunca podré entrar mientras empiezo a llenar mi mochila de las cosas que necesitaré esta noche. Una MacBook Pro de 13, MacBook Air, dos Blackberrys y un Iphone. Dos módems inalámbricos, MoviStar y Personal. Enchufes. Más peso del recomendable, pero mejor prevenir que quedar desconectado.
El chaleco está preparado con dos cargadores, y saco la Glock 17 de la caja fuerte. Odio las armas, pero hay odios más fuertes que solo se terminan con armas. La encajo en mi cintura, y se siente bien.
-Ignacio, abrí la puerta, carajo – la timidez y el respeto no son eternos. Menos aún en Carolina.
La rutina Rambo me distrajo unos segundos de lo que será un momento inhumano. Uno más en nuestras vidas. Nunca anticipé algo así. Si lo hubiera hecho, habría preparado esta habitación para que pudiera ser vista por Carolina. Pero me voy, con grandes chances de no volver, y sé que habrá un momento en el futuro en que me odie aún más. Las fotos de las paredes, que para mi son la nafta que me hace andar de noche, serán para ella estacas de lo que pasó. Y sigue pasando. El pasado no se entierra con los muertos.
Encripto las computadoras antes de apagarlas. Habrá hackers que puedan descifrar la forma de entrar, pero dudo que alguno de ellos esté al alcance de Carolina. De la policía sí, y me encuentro pensando en escenarios devastadores.
Apago las luces y me apoyo en la puerta. Puedo sentir las voces y hasta la respiración del otro lado. Abro.
La cara de Carolina cambia en el segundo en que ve mis ojos. El discurso que ella tenía preparado se desvanece hasta quedar reducido a una mezcla de miedo y pena.
-Ignacio, ¿estás bien?
No tuve la oportunidad de mirarme al espejo, pero si me veo un diez por ciento de cómo me siento, entiendo que se asuste. Acaricio la cabeza de los chicos. Martín, doce, aparenta estar enojado, quizás porque no abrí la puerta a tiempo, o por haber preocupado a su madre. Ana, diez, me abraza. Ninguno llora, y es algo que le debo a Carolina. Me da la tranquilidad de saber que podrá sola.
-Caro, tengo que irme.
Otro cambio. Una furia rápida que sale de algún lugar no tan lejano.
-Pero, acabamos de decidir que había que cambiar. Que no podíamos seguir así.
Conozco las palabras para calmar la situación. Sé con exactitud qué y como decir para que mi mujer y los chicos tengan la paz que necesitan. Que necesitan más que el aire. Pero las palabras tienen que ser respaldadas con hechos, y no tengo tiempo para ninguna de las dos cosas.
-Después te llamo.
-Ignacio.
Agarro las llaves del auto y pego un portazo. No quise hacerlo, pero ya está, y quizás sea mejor así, me miento.
De Colegiales a Olivos, a esta hora de la noche hay media hora, un poco más si uno va viendo la computadora. A la cuadra de casa paré para enchufar el módem y cada dos minutos aprieto F5 para ver si hay un nuevo mensaje de Trini. Nada.
Me detengo en la estación de Olivos y voy derecho al teléfono público. No quiero llamar a la casa de Trini desde uno de mis celulares. Algo me dice que no será prudente. Sin embargo, también descarto el aparato de la estación, una cámara lo enfoca directamente, así que no será difícil para la policía ubicarme en caso de que hayan pinchado el teléfono de Trini.
Vuelvo al auto y enfilo por Libertador. Un par de cuadras más adelante encuentro un teléfono. No veo cámaras, pero me calzo una gorra por las dudas. Atienden al primer llamado.
-Buenas noches – digo con voz calma – ¿Está Trini?
-¿De parte de quién?
-Mariano, un amigo de la facultad – miento con decisión.
Me informan que no, y en menos de diez segundos la conversación está terminada. La mitad de ese tiempo me bastó para saber lo que necesitaba. La persona que me atendió tenía más filo en su voz que un cuchillo Puma, y la línea tenía tantos ruidos que con seguridad estaba intervenida. No ha pasado aún el tiempo suficiente para que olvide los protocolos en caso de secuestros, y la intervención de la línea, y los ruidos que de eso se derivan, es característico. En un caso normal al menos ocho personas estarían escuchando la llamada.
La última prueba es la más riesgosa, pero tengo que hacerla. Enfilo derecho por la calle de la casa de Trini. Despacio, aunque no tanto para llamar la atención. No solo están todas las luces prendidas, sino que hay un auto en la puerta con dos personas adentro, fumando. Policías, y el auto es para salir a la búsqueda del rehén en caso que este llame desde algún lugar cercano. El que estuvo parado en mi casa, aquella vez, solo se movió para irse y no volver.
Freno en la bocacalle y miro a la derecha. No hay chance de que aparezca un auto a esta hora. La Farmacia tiene una cortina de hierro color negro, en la cual alguien ha pintado con toda prolijidad lo último que hubiera querido ver escrito acá, en una noche como esta : @K.
En una estación de servicio compro mi primer paquete de cigarrillos en ocho años, y mientras la primera bocanada me raspa la garganta, busco la cuenta de Twitter de @Kampeon69.
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