¡Despierta!


Un millón de gatos enfermos ladran en la oscuridad donde acecha mi locura. Me uno a esa letanía incompresible, y rompo mi voz luchando por no perder un equilibrio que vive a escasos centímetros del lugar donde moran mis pesadillas.

¡despierta! me susurra una voz al fondo de mi cabeza. Me esfuerzo por poder enfocarla y contestar que lo intento, que cada día lucho por no ahogarme un poco más, un poco más abajo, un poco más lejos de la salvación…

¡despierta! repite inmarcesible, y la alejo de un manotazo. Es tarde, me digo, demasiado tarde para un perdón que ni merezco ni deseo. Tarde para todo excepto para abrazar esta dulce locura que late con un pulso implacable en el corazón de todos nosotros. No te engañes, en el tuyo también…

¡despierta!

Te sigo. Capítulo 8. El juego

“@SoyTrini Por favor, ayudame.” Esas cuatro palabras hacen que me abalance sobre mis computadoras. Diecisiete respuestas, todas del estilo “¿Qué te pasa? ¿Cómo puedo ayudarte?” le han sido enviadas a Trini de distintos usuarios que interactuaban con ella cuando la cuenta estaba activa. Ninguna ha sido contestada.

Siento un golpe en la puerta. Tímido. Respetuoso. Hace menos de diez minutos que la “Intervención” ha terminado, y Carolina está de vuelta con los chicos. Esperando que yo mágicamente haya decidido salir del agujero en el que estoy metido hace tiempo. Y de este sótano. Si fuera tan fácil.

-Papá, ¿estás ahí?

Cualquiera que elija entre su familia y otra cosa es un hijo de puta. Lo sé, y lo supe siempre. Pero elegir es un lujo al que renuncié hace tiempo. Guardo las voces de mis hijos en un rincón de mi mente al que ahora entiendo nunca podré entrar mientras empiezo a llenar mi mochila de las cosas que necesitaré esta noche. Una MacBook Pro de 13, MacBook Air, dos Blackberrys y un Iphone. Dos módems inalámbricos, MoviStar y Personal. Enchufes. Más peso del recomendable, pero mejor prevenir que quedar desconectado.

El chaleco está preparado con dos cargadores, y saco la Glock 17 de la caja fuerte. Odio las armas, pero hay odios más fuertes que solo se terminan con armas. La encajo en mi cintura, y se siente bien.

-Ignacio, abrí la puerta, carajo – la timidez y el respeto no son eternos. Menos aún en Carolina.

La rutina Rambo me distrajo unos segundos de lo que será un momento inhumano. Uno más en nuestras vidas. Nunca anticipé algo así. Si lo hubiera hecho, habría preparado esta habitación para que pudiera ser vista por Carolina. Pero me voy, con grandes chances de no volver, y sé que habrá un momento en el futuro en que me odie aún más. Las fotos de las paredes, que para mi son la nafta que me hace andar de noche, serán para ella estacas de lo que pasó. Y sigue pasando. El pasado no se entierra con los muertos.

Encripto las computadoras antes de apagarlas. Habrá hackers que puedan descifrar la forma de entrar, pero dudo que alguno de ellos esté al alcance de Carolina. De la policía sí, y me encuentro pensando en escenarios devastadores.

Apago las luces y me apoyo en la puerta. Puedo sentir las voces y hasta la respiración del otro lado. Abro.

La cara de Carolina cambia en el segundo en que ve mis ojos. El discurso que ella tenía preparado se desvanece hasta quedar reducido a una mezcla de miedo y pena.

-Ignacio, ¿estás bien?

No tuve la oportunidad de mirarme al espejo, pero si me veo un diez por ciento de cómo me siento, entiendo que se asuste. Acaricio la cabeza de los chicos. Martín, doce, aparenta estar enojado, quizás porque no abrí la puerta a tiempo, o por haber preocupado a su madre. Ana, diez, me abraza. Ninguno llora, y es algo que le debo a Carolina. Me da la tranquilidad de saber que podrá sola.

-Caro, tengo que irme.

Otro cambio. Una furia rápida que sale de algún lugar no tan lejano.

-Pero, acabamos de decidir que había que cambiar. Que no podíamos seguir así.

Conozco las palabras para calmar la situación. Sé con exactitud qué y como decir para que mi mujer y los chicos tengan la paz que necesitan. Que necesitan más que el aire. Pero las palabras tienen que ser respaldadas con hechos, y no tengo tiempo para ninguna de las dos cosas.

-Después te llamo.

-Ignacio.

Agarro las llaves del auto y pego un portazo. No quise hacerlo, pero ya está, y quizás sea mejor así, me miento.

De Colegiales a Olivos, a esta hora de la noche hay media hora, un poco más si uno va viendo la computadora. A la cuadra de casa paré para enchufar el módem y cada dos minutos aprieto F5 para ver si hay un nuevo mensaje de Trini. Nada.

Me detengo en la estación de Olivos y voy derecho al teléfono público. No quiero llamar a la casa de Trini desde uno de mis celulares. Algo me dice que no será prudente. Sin embargo, también descarto el aparato de la estación, una cámara lo enfoca directamente, así que no será difícil para la policía ubicarme en caso de que hayan pinchado el teléfono de Trini.

Vuelvo al auto y enfilo por Libertador. Un par de cuadras más adelante encuentro un teléfono. No veo cámaras, pero me calzo una gorra por las dudas. Atienden al primer llamado.

-Buenas noches – digo con voz calma – ¿Está Trini?

-¿De parte de quién?

-Mariano, un amigo de la facultad – miento con decisión.

Me informan que no, y en menos de diez segundos la conversación está terminada. La mitad de ese tiempo me bastó para saber lo que necesitaba. La persona que me atendió tenía más filo en su voz que un cuchillo Puma, y la línea tenía tantos ruidos que con seguridad estaba intervenida. No ha pasado aún el tiempo suficiente para que olvide los protocolos en caso de secuestros, y la intervención de la línea, y los ruidos que de eso se derivan, es característico. En un caso normal al menos ocho personas estarían escuchando la llamada.

La última prueba es la más riesgosa, pero tengo que hacerla. Enfilo derecho por la calle de la casa de Trini. Despacio, aunque no tanto para llamar la atención. No solo están todas las luces prendidas, sino que hay un auto en la puerta con dos personas adentro, fumando. Policías, y el auto es para salir a la búsqueda del rehén en caso que este llame desde algún lugar cercano. El que estuvo parado en mi casa, aquella vez, solo se movió para irse y no volver.

Freno en la bocacalle y miro a la derecha. No hay chance de que aparezca un auto a esta hora. La Farmacia tiene una cortina de hierro color negro, en la cual alguien ha pintado con toda prolijidad lo último que hubiera querido ver escrito acá, en una noche como esta : @K.

En una estación de servicio compro mi primer paquete de cigarrillos en ocho años, y mientras la primera bocanada me raspa la garganta, busco la cuenta de Twitter de @Kampeon69.


La muerte


La Muerte apareció en forma de olvido, sin anunciarse ni decir adiós. Un día, simplemente, Laura desapareció de su cabeza.

La mañana fue distinta, y en lugar de arrastrarse por el peso de la bolsa de recuerdos, caminó erguido como un hombre. Silbaba.

Los días cambiaron a meses, y las noches a risas. Conoció a otra mujer, y fue feliz.

Pero la Muerte cobra sus deudas, y solo porque él le caía bien, decidió llevarse a alguien lejano, alguien pronto a partir, y que él no extrañaría mucho.

Y él, que estaba en un momento de plenitud, fue consciente del final a que todos estamos sujetos, y maldijo a la Muerte. No gritó al cielo ni tampoco tuvo la necesidad de hablar. Fue un único pensamiento. Unico y devastador.

Al día siguiente, contra toda probabilidad en una ciudad de millones de habitantes, él se cruzó con Laura.

Y recordó.

Te sigo. Capítulo 7. Intervención

No necesito entrar a mi casa para saber que pasa algo raro. El auto de mi socio está en la puerta, junto con otro que no conozco, y todas las luces están prendidas. Es algo que hubiera preferido evitar, pero si ha de suceder, que sea ahora. Ya.

Carolina, mi esposa me recibe con un beso, y me dirige hacia el living, que como sospechaba, tiene más gente de la habitual. Mi socio, el psicólogo de mi mujer, mi madre y mi hermana. Con nosotros somos seis, tres hombres y tres mujeres. Cinco me miran a mi. Fijamente.

-Ignacio, por favor sentate donde quieras – me indica el psicólogo, haciéndose cargo de la situación y actuando de dueño de casa. Es claro que hubiera preferido que todo se llevara a cabo en su consultorio, pero las chances de llevarme ahí eran menos que nada. Y acá estamos.

Nadie habla, y no puedo evitar mirar a mi mujer. En unos meses cumplirá cuarenta, y ahora, por primera vez en la vida aparenta su edad. El último año ha sido feroz para ella y cada arruga de su cara lo delata. Me sonríe con nerviosismo.

-Ignacio, estamos preocupados por vos – me dice al borde de las lágrimas.

Le devuelvo la sonrisa, pero es un gesto vacío. Ya olvidé como hacerlo, y no puedo pretender que salga bien.

-¿Y los chicos?- pregunto

-Están con los vecinos- responde Carolina.

El psicólogo empieza una cuidada conferencia acerca de los efectos de eventos traumáticos en las vidas de la gente, de cómo es necesario atravesar una etapa de dolor, y de cómo el llanto es parte inevitable del proceso.

-Y vos no lloraste nunca- agrega Carolina.

Otro incómodo silencio que el psicólogo usa para mencionar que la pérdida de un hijo es el causante de estrés número uno en la vida de los padres, y que el pozo depresivo que por lo general se produce es es de tal calibre que superarlo sin ayuda es prácticamente imposible.

-Pero lo que sucedió no es culpa de nadie- remata con total convencimiento.

Yo asiento tratando de parecer convencido e interesado. Pero que me hable de ausencia de culpa es casi gracioso. ¿Cómo puede explicarle que la culpa es totalmente mía? Qué todo, absolutamente todo lo que ocurrió podría haberse evitado si tan solo yo me hubiera dedicado menos a mi, y más a ver qué hacía mi hija.

-A veces cosas malas ocurren en el mundo. Y no es algo que pueda evitarse –es el profesional de lo obvio.

Otro error, pero no vale la pena señalárselo. Es algo que puede evitarse, y que habré de evitar la cantidad de veces que pueda. No me servirá para proteger a mi familia, y jamás me lo perdonaré, pero mientras pueda impedirlo, no habrá otro hijo de puta que vuelva a hacer lo mismo. Y con que solo pare a uno, y ya lo he hecho, lo que resta de mi vida habrá valido la pena.

El psicólogo hace una pausa que tiene por objeto que yo reflexione, y que otro de los participantes tome la posta. Mi vieja.

-Hijo, no sos el mismo. Estás cambiado.

Mi madre es más fuerte de lo que yo seré nunca, y para ella la pérdida de su nieta preferida fue devastadora. Y al día siguiente estaba consolándome, a mi mujer y a mis hijos. A mí una vida no me alcanzará para recuperarme como ella.

Pero entre nosotros nunca hicieron falta palabras, y repetir de memoria el guión del psicólogo acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado suena hasta falso. Si hay alguien que podría entender lo que estoy haciendo es ella. Pero le acarrearía otra dosis de sufrimiento inhumano, que no sé si podría tolerar.

Mi socio es también mi mejor amigo y es quizás la persona que menos querría estar acá, después de mi. Me habla de la necesidad de que vuelva a “ponerme las pilas” con el laburo y de cómo las cosas se están viniendo abajo sin mí. O sea miente. El solo es capaz de sostener el fuerte hasta el fin de los tiempos. No es justo, ya lo sé, pero en estos últimos tiempos mis nociones de justicia se han visto alteradas, y no puedo hacer nada para remediarlo.

-Ignacio, pasás todo el día encerrado en tu sótano. Y a veces salís toda la noche. ¿Qué te pasa?

Carolina ha sentido que es el momento de preguntar y si supiera que la verdad es la solución, o tan solo que un segundo de paz pudiera derivarse de ella, se la dispararía al pecho. Pero no puedo hacerlo. No solo porque lo que he hecho me acarrearía más años de cárcel de los que me quedan por vivir, sino porque la angustia también la mataría. Creen que mis días son de mierda, y es solo porque no conocen mis noches.

Tendría que explicarles que esta media hora que llevo aquí siendo interpelado me provoca más angustia de la que puedo tolerar. Que hay cientos de mensajes de Twitter que no puedo ver, y que algún hijo de puta debe estar a punto de hacerle daño a alguien. Que hay personajes que tengo que mantener con vida minuto a minuto para generar los lazos que quizás, con la mejor de las suertes y si todos los planetas se ponen en fila, me permitan ayudarlos. Que este esfuerzo mancomunado por ayudarme a mi tiene tantas posibilidades de tener éxito como yo de revivir a mi hija. Que la única vida que vale la pena vivir es aquella en la que no todo está perdido.

-Los chicos están sufriendo.

Mi madre tira a tientas para ver si emboca en el único hueco que podría sacudirme, pero erra. Los chicos están bien, y el resquicio de sanidad que me queda lo uso para que así se mantengan. Juego con ellos, leo cuentos y los veo jugar al fútbol. Y reviso las cosas que hacen en la computadora como si fuera un analista de la Nasa, minutos antes de un lanzamiento.

-Estas cosas pasan- repite el psicólogo después de otro de esos silencios, y adivino que la andanada de argumentos se ha terminado, y que lo que viene es la estrategia de choque.

-La policía dice que sigue con el asunto, y que puede haber novedades. ¿No Carolina?

Mi mujer asiente y me cuesta no reírme. ¿Acaso está siendo irónico y yo no me doy cuenta? La policía no podría desentrañar la muerte de mi hija aún si el FBI se pusiera a trabajar con ellos todo el día, durante diez años. ¿Y quién podría? Un hijo de puta que estudia su víctima por internet, la secuestra una noche cualquiera, la tiene diez días en su poder y la mata. El cuerpo aparece tres meses después en una fábrica quemada, junto a algunos otros y punto. Nada más. Cero pistas. Cero testigos. Cero de todo. Sin suerte no hay nada que hacer, y la única forma de tener suerte es dedicar tu vida a eso. Ellos tienen miles de casos y problemas. Yo uno solo. No. No hay nadie que pueda hacer esto mejor que yo. No en esta vida.

-¿Y, vas a venir o no?

-¿Perdón? –pregunto. Quieren una respuesta a algo que no escuché.

-Mi consultorio, mañana. ¿Te parece?

Finjo pensar. Es la forma que puedan llegar a creer la respuesta que les daré. Mi necesidad de salir de acá y conectarme es grande. Siento que algo está mal. Una sensación de malestar que apareció en los últimos segundos y tengo que saber qué pasa adentro del mundo virtual, mundo que cada vez es más real para mí, al punto de pensar si no es acá donde en este segundo está pasando lo irrelevante.

-Si – contesto con pesar, como si mi decisión hubiera sido medida, cuando lo único que medí es el tiempo que puede tardar todo este asunto en desarmarse.

Después de que logran su objetivo (o fingen creer que lo han hecho) la reunión pierde sentido, y en menos de cinco minutos están todos en la calle. El psicólogo me da un apretón de manos liviano, y siento que jamás podré confiar en él. El abrazo de mi socio me indica que siempre podré hacerlo, así como el beso de mi madre. Y aunque nunca les vaya a soltar esa carga, hay una milésima de alivio en saber que podría hacerlo.

Mi hermana no abrió la boca en toda la noche, y mantiene su conducta al despedirse. Nunca fue una mujer de muchas palabras, cosa que esta noche en particular le agradezco mucho.

Carolina va a buscar a los chicos a lo del vecino y pienso que este sería un buen momento para madurar todo lo que escuché, y prender la televisión en lugar de las computadoras. Pero no tengo televisor en el sótano, lugar al que llegué por reflejo. Mi resolución se desvanece en un segundo.

Antes de perderme en las redes sociales, y solo porque el buscador me lo ofrece, busco en Wikipedia la palabra Intervención, que es lo que acaba de ocurrir. “Una intervención es un intento de una o varias personas (usualmente familia y amigos) para procurar que alguien busque ayuda profesional respecto a una adicción, o algún evento traumático, u otro problema serio …”, y veo que encajo en los tres perfiles, sin posibilidades a la vista de liberarme de ninguno.

Twitter se está abriendo ahora en la segunda de mis máquinas y pienso si no debería tomar en serio lo que acaba de ocurrir. No saben lo que pasa adentro mío, pero aunque sea me quieren, que es más de lo que puedo decir de mí mismo. Tengo mi mano ahora en el botón de off de la computadora, y busco la mínima dosis de fuerza de voluntad necesaria para apretarlo. Estoy casi convencido de que es una solución que vale la pena probar. Y no sólo por mi, sino por Carolina y los chicos.

Pero es siempre un pequeño paso lo que separa al hombre del abismo, y en este caso es un simple mensaje de twitter de una persona que juró no volver a usar la red social. De una persona que solo la usaría en caso de vida o muerte. De golpe dejo de ser importante, y la única posibilidad de redención tiene la cara de un dibujo animado, en un cuadrito de escasos centímetros.

@SoyTrini Por favor, ayudame.


Capítulo 6. El discípulo

Te sigo. Capítulo 6. El discípulo

¿Cómo se esconde un elefante blanco en un bosque? Dos posibilidades: se pinta el elefante de verde, o el bosque de blanco. La opción del bosque es la mejor porque mantiene la esencia de la bestia, pero exige que esta sea ocultada en otro lugar mientra tanto.

Y así estoy, metido en un piojoso dúplex de Puerto Madero, mientras mis abogados reparten fortunas entre jueces y sindicalistas, políticos y periodistas, sin nada más que hacer que interactuar con gente que no conozco, deseándoles las mil y una muertes.

Es gracioso tener que esconderme por un inmundo caso de lavado cuando las cosas que hice, y que realmente ofenderían a la sociedad son ignoradas por completo. No hay precio para la vida humana, lo que no es sino otra forma de decir que no vale nada.

Una persona de menos recursos se hubiera limitado a reptar y rezar para que las ruedas de la corrupción sigan su curso. Yo no.

Mi pequeño proyecto sigue rindiendo frutos y es la única manera que tengo de salir de esta mugrosa prisión a la que la ineptitud ajena me ha confinado, aunque sea en espíritu. Y hay cierto placer en delegar, en moldear arcilla y ver la estatua en acción, aunque parezca un contrasentido. Mucho placer.

No fue difícil encontrarlo. Empezó con sus patéticos llamados de atención a los aún más patéticos personajes populares del mundo 2.0, los cuales no hacían sino ignorarlo, como corresponde al juego histérico que parece haberse planteado en esa ficta sociedad. Se imaginan infinitas maneras de sobresalir, ninguna de las cuales merece siquiera ser mencionada. En el mejor de los casos se traba una relación enferma entre dos o más personas cuyos rostros jamás se han visto. Y a eso se le llama amistad. La palabra patología no alcanza para empezar a describir el fenómeno.

Mi muchacho se integró en tiempo récord a todas las redes sociales existentes como un camaleón, es decir, pasando siempre desapercibido. Probó el ingenio barato, la ironía aún más barata, y desplegó un juego de seducción que no hubiera servido siquiera en una isla desierta. Hay belleza en el fracaso ajeno.

Aquí es cuando me interesé en profundidad en su perfil. Encontré que esta asquerosa forma de vida era solventada con un miserable sueldo de empleaducho que le permitía afrontar el alquiler de un monoambiente en el conurbano y el pago mínimo de su tarjeta de crédito, en el mejor de los meses.

Si se hubiera limitado a eso, quizás lo hubiera dejado pasar, pero el costado violento del muchacho fue una sorpresa agradable, y aunque nunca había ido más allá de golpear a mujeres que sin duda lo habían merecido, había potencial.

Dos mensajes anónimos a la gerencia a la cual el muchacho reportaba, adjuntando copia de sus registros de Internet habían sido suficientes para que fuera despedido de inmediato. Es un secreto a voces que un gran porcentaje de los asalariados pierde la mayor parte de su tiempo en la red. El problema es cuando deja de ser secreto. Con el muchacho desempleado, la película iba tomando color.

Bastó un poco de aliento para que empezara su nueva vida con optimismo desmedido. Había que poner el mundo en su contra, y lo primero era hacerle creer que él era el dueño. El desengaño es una fuerza poderosa.

El golpe de gracia fue sugerirle su participación en una Twittcam, o cámara por internet. Encaró el proyecto con alegría y expectativa desmedidas e irreales, y a los pocos minutos se encontraba cambiando aceptación por dignidad, recibiendo insulto tras insulto con su estúpida sonrisa, apretando los puños hasta interrumpir la circulación de la sangre. Poesía.

Cuando su necesidad de dinero se hizo visible, lo inundé de sucios billetes. Lo que para mí eran migajas a él le permitían no solo desahogarse, sino conocer lujos que solo había imaginado. En su mediocridad, por supuesto, estos lujos tenían siempre la forma de una computadora más rápida, o un celular con más funciones. Patético. Marearlo con dinero hasta hacerlo sentirse importante fue la parte más aburrida, pero el miedo a la abstinencia era el complemento ideal a sus primitivas pasiones, y tres meses bastaron para tener todo listo.

De alguna forma me siento contento por él. No es más que un peón, pero he decidido regalarle el poder de la vida y la muerte, y se que le va a gustar. ¿A quién no le gustaría? Convencerlo de que la única forma de mantener ese “suntuoso” ritmo de vida y devolverle al mundo la mierda que había recibido hasta entonces es matar fue sencillo.

Yo he matado. Doce veces, para ser preciso, y sé que siguiendo los pasos justos y de forma prolija, el margen de error es cero. El único componente aleatorio en este caso es mi discípulo, y que tan bien se maneje en situaciones de presión, aunque no debería haber ninguna.

La chica está ubicada, de hecho se ubicó ella sola mediante esa increíble y estúpida costumbre de enviar mensajes al mundo señalando el lugar de su ubicación. Bendito e increíble Foursquare. La gente le anuncia a todo el mundo su ubicación precisa, en el momento exacto, con un fin que todavía no alcanzo a comprender. En mis inicios las cosas no eran tan fáciles. Tampoco había Facebook para identificar familiares, geografías y amigos, o blogs para describir comportamientos o costumbres. Ni que hablar de Twitter, y la necesidad de los alienados de comunicar sus actividades al instante, a gente desconocida.

Pero no me quejo, antes tampoco existían las Twittcams, y la chance de ver a mi discípulo saciar sus vicios al instante hubiera sido imposible.

No son nervios sino insatisfacción. Hace más de una hora que la transmisión debería haber comenzado. Si llegara a saciarse sin mostrármelo en cámara se expondría a torturas aún más terribles que las que he pensado para la chica. Pero no, no es tan estúpido, y me tiene miedo.

Es difícil concentrarse cuando de un segundo a otro llegará el mensaje salvador, con el enlace a la dichosa cámara. Todo debería estar en silencio, pero la noche se va haciendo día, y los pájaros de mierda empiezan a hacer ruido. Mi Rolex marca las 6:58 y prendo el televisor como forma de matar la ansiedad. Tampoco sirve

Por supuesto que lo peor que podría pasarme es encontrar la noticia de una adolescente más secuestrada en la Provincia de Buenos Aires. Eso implicaría que los tiempos se acorten, y la diversión planeada para días habría de ser condensada en horas, o minutos. No me gustaría. Normalmente esas informaciones me causan gracia, pero una noche como hoy sería negativo.

El reloj digital mueve su estúpida aguja, y aspiro una nueva línea de coca sabiendo que no me relajará, pero tampoco lo pretendo. El puto monitor no anuncia ningún mail, y la sensación de desastre es inmensa.

Reviso por enésima vez la computadora, y veo el mensaje que nunca esperé ver. Llega a través de Twitter, cosa que tampoco debería haber ocurrido. “Algo horrible me ha ocurrido esta noche. Vos, seas quien seas, Dios te bendiga. Este es mi último tuit. Cuidense”. Firmado @SoyTrini. La pendeja.

El televisor me grita un grito sin sonido, y la placa transcribe lo impensado: “Hombre asesinado en Olivos”.

Las sensaciones se superponen, y no son todas desagradables. Fracasé, eso sí. Raro y devastador. Sin embargo, no es lo único que siento. En menos de un mes podré salir de esta torrecita de papel cartón que mira al río, antes quizás, si los imbéciles de mis abogados se dignan mover sus asquerosos culos de las sillas que los aprisionan. Y tendré una pendeja de que ocuparme, una que piensa que lo peor de su vida ha pasado, y cuya cara tendré el placer de ver directamente, sin una inmunda cámara de video de por medio.

Y la palabra “asesinado” como siempre le da un matiz de interés. Si la policía hubiera sido quién mató a mi discípulo no estarían hablando de un crimen. En este caso, hay un tercero, y me excita saber que podríamos estar hablando de un adversario. Uno que piensa que con @kampeon69 terminó su odisea, y no sabe que recién está empezando. Que el muchacho era simplemente el peón de un juego mucho más desarrollado, pensado por alguien con recursos y dedicación infinita.

Tiemblo de satisfacción mientras elevo una última plegaria al infierno. Ruego que ese hombre, sea quien sea, tenga una familia de la que también pueda ocuparme.


Capítulo 5. Twittcam
Capítulo 7. Intervención

Vómito existencial.


- Vamos Sapiens ¿pero por qué no quieres venir?.
- Te lo he dicho mil veces: que no me gustan las fiestas hippies.
- Dale, no son hippies... es gente ya mayorcita.
- ¡Una garantía! bien han dicho que va a ver malabares.
- ¿Y a vos que carajo te importa? vamos... que es el cumple del Nano.
- Pues ya le felicitaré por teléfono, en serio, esas reuniones me ponen enfermo.

Tres horas después y allí estaba yo, sentado en una extensa pradera verde fumando porros como un condenado y buscando desesperado mi libro antes de que a cualquier rasta se le ocurriera invitarme a hacer capoeira. Una joven saca las masas, la otra la pinta con purpurina y a mi me da la primera arcada. Nano sonrie contento, le devuelvo la sonrisa y encojo las rodillas ovillandome cada vez más con la esperanza de que me trague la tierra o caiga inconsciente sobre el suelo de una maldita vez.

Todavía no estoy puesto y ya comienzan con los tambores, el ritmo no esta mal, pero entonces las empurpurinadas agarran los pañuelos y comienzan al bailar al son de una música que, les juro, debía sonar solo en su cabeza. Los acompañan dos rastas. A mi me viene la segunda arcada. Me giro hacia un grupo que hablan tranquilo, escucho algo así como "es que la música se me mete dentro, y no sé, a veces creo que podría flotar ¿sabes lo que te quiero decir?" los demás asienten emocianados. Tercera arcada. Decido abrazarme fuertemente a mi libro, como abraza el naúfrago a su pedazo de madera.

Y cuando no soy más que un monigote acurrucado junto a un árbol, observando y despotricando contra todo hippie viviente se me acerca una empurpurinada a darme conversación, quiero ser amable, pues siempre trato que de mis prejuicios la única víctima sea yo mismo. Ella pregunta:
- ¿De dónde sos?.
- De Buenos Aires. ¿Y vos?.
Mira al horizonte, guarda silencio y luego me mira fijamente.
- Yo soy ciudadana del mundo.

Cuarta arcada, esta vez lo suficientemente fuerte para hacerme levantarme y decidir que me voy a la mierda de ahí sin ni siquiera despedirme. La empurpurinada me tacha de intolerante y engreído; le doy la razón, yo y mi ego de ilustrado decidimos que los prejuicios no están nada mal cuando nos impiden conocer personas quizás agradables pero empeñadas en esconderse bajo ropajes de estupidez máxima y filosofías de adolescente.

Te Sigo.Capítulo 5. Twittcam

Lo primero que hago, como corresponde, es anunciar vía Twitter que me he puesto a disposición de mis seguidores. Diez mensajes son suficientes para esto. Tengo mucha expectativa por saber qué aspectos de mi personalidad les atraen, cuales les intrigan y cuales admiran, conforme a lo que he mostrado hasta ahora.

Estoy agradecido a esta nueva forma de comunicarme con el mundo que he descubierto. Antes yo era otro tipo de persona, pero por suerte he logrado dejar atrás la etapa más oscura de mi vida. No era feliz ni hacía feliz a quienes me rodeaban. Y quién diría que la solución estaba en conocer gente nueva.

Veo llegar las primeras tres personas a la Twittcam, y me alegro pues son conocidos. Gente que sigo y hasta podría llegar a decir que idolatro. Una persona con menos autoestima quizás pensaría que el aprecio no es mutuo, pues rara vez contestan mis mensajes, pero yo sé que tienen muchos seguidores, y no pueden atender a todos. Pero uno, incluso, ha llegado a retransmitir un mensaje mío, agregando un signo de pregunta al final, señal inequívoca de intriga sobre la procedencia de tal genialidad.

La forma de interactuar es sencilla y efectiva. Los participantes escriben sus preguntas y comentarios en sus teclados, lo que se ve reflejado en las pantallas de todos. Por otra parte, yo respondo en vivo y en directo y así se cierra el círculo perfecto.

Esperaba que comentaran sobre la excelente factura de mi camisa nueva, planchada con sumo cuidado para el evento, o el buen gusto con que he arreglado mi habitación, pero no, al principio parecen estar intrigados únicamente por mi orientación sexual.

Las primeras preguntas están referidas a si soy homosexual o no. Utilizan la palabra “Puto”, que encuentro de mal gusto, pero no creo que sea conveniente corregirlos. A estos tres en particular las críticas no les sientan bien, y necesito que se sientan cómodos, como en casa. Esto no deja de ser algo entre amigos.

Debido a los nervios me muevo ligeramente en la silla, lo que a uno de los participantes (son cinco ahora) le sugiere la idea de que estoy siendo penetrado este mismo acto, y lo señala. No es así.

Contesto con firmeza y sin ninguna ambigüedad, pero parece no ser suficiente. Ahora preguntan por la naturaleza de los instrumentos que uso para satisfacerme vía anal. E insisten con la palabra “puto”.

Uno de los televidentes detecta mi tartamudez, y al mismo tiempo otros cuatro se pliegan. La magia de la tecnología y el boca a boca han hecho que ya sean veintiséis las personas que me están observando. No todo es alegría, sin embargo. Uno de mis seguidores ha empezado a utilizar el sobrenombre de “Tartaputo”.

“Tartaputo esto, Tartaputo lo otro”, repiten ahora varios, y parece hasta que les causara cierta gracia.

Ya con algo de dificultad explico que no deseo ser llamado así, pero no parecen escucharme. Tengo miedo que sea culpa del micrófono, pero no, es nuevo.

Encuentro algo de consuelo pensando que esto sin duda me servirá para atraer nuevos seguidores. En definitiva, saber reírse de uno mismo es fundamental, y nunca tuve problemas con eso. Reírme de mi mismo soluciona a medias el asunto, pues la frase “De qué carajo de reís Tartaputo imbécil” no me parece nada agradable ni positiva. No es fácil enfrentar las cámaras y trato de disculpar este comportamiento pues ellos no lo saben. Se requiere valor para estar aquí, y lo estoy aprendiendo de la manera difícil.

El alivio llega en forma de dos participantes femeninas que me siguen en Twitter. Son lindas y graciosas, y creo que hay grandes posibilidades de pasar a un nuevo plano con alguna de ellas, cuando logre que me sigan. Siento mariposas en el estómago.

Pero las dos me empiezan a llamar “Tartaputo” casi de inmediato y la sensación no es linda. Para peor, en la parte de la pantalla reservada para las preguntas hacia mi, han empezado a hablar sobre mi, no conmigo. No es necesario repetir sus palabras, pero la impresión que tienen de mi dista mucho de la que deberían tener. La catarata de palabras no se detiene, y mis gritos no son escuchados.

Empiezo a pensar que la audición puede no haber sido la mejor de las ideas. A esta altura insultos como “puto” y “pajero” son de los más suaves que recibo. Siguen indagando sobre artículos que uso para satisfacerme, y hay incluso algunos que me han llamado “estúpido”, pues me resulta casi imposible responder a la catarata de insultos que estoy recibiendo.

Se ríen con sus ofensivos “JAJAJAJAJAJA”, en mayúsculas y sin ningún tipo de consideración para la velada que les preparé. Me falta el aire y la garganta cerrada impide que salga cualquier tipo de sonido. Con un manotazo estrello la cámara contra la pared y doy por terminada la experiencia de la televisación.

No todo está perdido, y vuelvo a la pantalla de Twitter con la esperanza de que mi número de seguidores se haya incrementado después de la audición. Después de todo parecen haberse divertido, y seguir a alguien también es una forma de apreciación por una buena labor realizada en beneficio de otro. Pero el número de seguidores se mantiene intacto, y solo por unos segundos, luego de los cuales empieza a bajar drásticamente. Ha transcurrido una hora después de la audición y ya he perdido setenta y cuatro seguidores, y solo se han incorporado dos nuevos, los cuales se empeñan en dirigirme mensajes con el mote de “Tartaputo” que tanta gracia les causó.

Ninguno de los dos seguidores nuevos, por supuesto, es una de las chicas que pretendía me siguieran. Una tercera, inclusive, con la cual estaba llegando a trabar cierta amistad, dejó de seguirme.

No me gusta sentir lástima por mí mismo y no lo hago. Lástima me dan esas tres chicas que ahora seguramente estarán riéndose de mi. Mandándose mensajes privados que hablan del “Tartaputo” que acaban de ver por la computadora.

Esto no es nuevo para mí, por desgracia. Lo he vivido en la vida real, y pensé con todas mis fuerzas, recé incluso, para que no pasara acá. Era un mundo nuevo, con infinitas posibilidades, pero la gente las desaprovechó.

No todos, sin embargo. Sumo un nuevo seguidor, y este no solo es rico en gente que lee sus mensajes, sino que parece comprenderme. El resto de Twitter desaparece para mi, y queda solo él, que parece entender cada una de las cosas que pasa por mi cabeza: la traición y la falta de respeto. La humillación. Es como si estuviera leyendo directamente de mi cerebro, y transcurrido una hora, pasamos a chatear, lo que permite mayor fluidez en los mensajes.

Al final de la noche, dice la frase que guardo en mi memoria y que me servirá para enfrentar días peores que este.

“Vos sos @Kampeon69. Y toda mujer que te humille deberá pagarlo”.

He defendido mi nombre con anterioridad, y nadie que me haya faltado al respeto lo ha hecho impunemente. El tiene razón, tiene mucha razón.

Nadie, nadie, se ríe de @Kampeon69.


Capítulo 4. Dos punto cero
Capítulo 6. El discípulo