No necesito entrar a mi casa para saber que pasa algo raro. El auto de mi socio está en la puerta, junto con otro que no conozco, y todas las luces están prendidas. Es algo que hubiera preferido evitar, pero si ha de suceder, que sea ahora. Ya.
Carolina, mi esposa me recibe con un beso, y me dirige hacia el living, que como sospechaba, tiene más gente de la habitual. Mi socio, el psicólogo de mi mujer, mi madre y mi hermana. Con nosotros somos seis, tres hombres y tres mujeres. Cinco me miran a mi. Fijamente.
-Ignacio, por favor sentate donde quieras – me indica el psicólogo, haciéndose cargo de la situación y actuando de dueño de casa. Es claro que hubiera preferido que todo se llevara a cabo en su consultorio, pero las chances de llevarme ahí eran menos que nada. Y acá estamos.
Nadie habla, y no puedo evitar mirar a mi mujer. En unos meses cumplirá cuarenta, y ahora, por primera vez en la vida aparenta su edad. El último año ha sido feroz para ella y cada arruga de su cara lo delata. Me sonríe con nerviosismo.
-Ignacio, estamos preocupados por vos – me dice al borde de las lágrimas.
Le devuelvo la sonrisa, pero es un gesto vacío. Ya olvidé como hacerlo, y no puedo pretender que salga bien.
-¿Y los chicos?- pregunto
-Están con los vecinos- responde Carolina.
El psicólogo empieza una cuidada conferencia acerca de los efectos de eventos traumáticos en las vidas de la gente, de cómo es necesario atravesar una etapa de dolor, y de cómo el llanto es parte inevitable del proceso.
-Y vos no lloraste nunca- agrega Carolina.
Otro incómodo silencio que el psicólogo usa para mencionar que la pérdida de un hijo es el causante de estrés número uno en la vida de los padres, y que el pozo depresivo que por lo general se produce es es de tal calibre que superarlo sin ayuda es prácticamente imposible.
-Pero lo que sucedió no es culpa de nadie- remata con total convencimiento.
Yo asiento tratando de parecer convencido e interesado. Pero que me hable de ausencia de culpa es casi gracioso. ¿Cómo puede explicarle que la culpa es totalmente mía? Qué todo, absolutamente todo lo que ocurrió podría haberse evitado si tan solo yo me hubiera dedicado menos a mi, y más a ver qué hacía mi hija.
-A veces cosas malas ocurren en el mundo. Y no es algo que pueda evitarse –es el profesional de lo obvio.
Otro error, pero no vale la pena señalárselo. Es algo que puede evitarse, y que habré de evitar la cantidad de veces que pueda. No me servirá para proteger a mi familia, y jamás me lo perdonaré, pero mientras pueda impedirlo, no habrá otro hijo de puta que vuelva a hacer lo mismo. Y con que solo pare a uno, y ya lo he hecho, lo que resta de mi vida habrá valido la pena.
El psicólogo hace una pausa que tiene por objeto que yo reflexione, y que otro de los participantes tome la posta. Mi vieja.
-Hijo, no sos el mismo. Estás cambiado.
Mi madre es más fuerte de lo que yo seré nunca, y para ella la pérdida de su nieta preferida fue devastadora. Y al día siguiente estaba consolándome, a mi mujer y a mis hijos. A mí una vida no me alcanzará para recuperarme como ella.
Pero entre nosotros nunca hicieron falta palabras, y repetir de memoria el guión del psicólogo acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado suena hasta falso. Si hay alguien que podría entender lo que estoy haciendo es ella. Pero le acarrearía otra dosis de sufrimiento inhumano, que no sé si podría tolerar.
Mi socio es también mi mejor amigo y es quizás la persona que menos querría estar acá, después de mi. Me habla de la necesidad de que vuelva a “ponerme las pilas” con el laburo y de cómo las cosas se están viniendo abajo sin mí. O sea miente. El solo es capaz de sostener el fuerte hasta el fin de los tiempos. No es justo, ya lo sé, pero en estos últimos tiempos mis nociones de justicia se han visto alteradas, y no puedo hacer nada para remediarlo.
-Ignacio, pasás todo el día encerrado en tu sótano. Y a veces salís toda la noche. ¿Qué te pasa?
Carolina ha sentido que es el momento de preguntar y si supiera que la verdad es la solución, o tan solo que un segundo de paz pudiera derivarse de ella, se la dispararía al pecho. Pero no puedo hacerlo. No solo porque lo que he hecho me acarrearía más años de cárcel de los que me quedan por vivir, sino porque la angustia también la mataría. Creen que mis días son de mierda, y es solo porque no conocen mis noches.
Tendría que explicarles que esta media hora que llevo aquí siendo interpelado me provoca más angustia de la que puedo tolerar. Que hay cientos de mensajes de Twitter que no puedo ver, y que algún hijo de puta debe estar a punto de hacerle daño a alguien. Que hay personajes que tengo que mantener con vida minuto a minuto para generar los lazos que quizás, con la mejor de las suertes y si todos los planetas se ponen en fila, me permitan ayudarlos. Que este esfuerzo mancomunado por ayudarme a mi tiene tantas posibilidades de tener éxito como yo de revivir a mi hija. Que la única vida que vale la pena vivir es aquella en la que no todo está perdido.
-Los chicos están sufriendo.
Mi madre tira a tientas para ver si emboca en el único hueco que podría sacudirme, pero erra. Los chicos están bien, y el resquicio de sanidad que me queda lo uso para que así se mantengan. Juego con ellos, leo cuentos y los veo jugar al fútbol. Y reviso las cosas que hacen en la computadora como si fuera un analista de la Nasa, minutos antes de un lanzamiento.
-Estas cosas pasan- repite el psicólogo después de otro de esos silencios, y adivino que la andanada de argumentos se ha terminado, y que lo que viene es la estrategia de choque.
-La policía dice que sigue con el asunto, y que puede haber novedades. ¿No Carolina?
Mi mujer asiente y me cuesta no reírme. ¿Acaso está siendo irónico y yo no me doy cuenta? La policía no podría desentrañar la muerte de mi hija aún si el FBI se pusiera a trabajar con ellos todo el día, durante diez años. ¿Y quién podría? Un hijo de puta que estudia su víctima por internet, la secuestra una noche cualquiera, la tiene diez días en su poder y la mata. El cuerpo aparece tres meses después en una fábrica quemada, junto a algunos otros y punto. Nada más. Cero pistas. Cero testigos. Cero de todo. Sin suerte no hay nada que hacer, y la única forma de tener suerte es dedicar tu vida a eso. Ellos tienen miles de casos y problemas. Yo uno solo. No. No hay nadie que pueda hacer esto mejor que yo. No en esta vida.
-¿Y, vas a venir o no?
-¿Perdón? –pregunto. Quieren una respuesta a algo que no escuché.
-Mi consultorio, mañana. ¿Te parece?
Finjo pensar. Es la forma que puedan llegar a creer la respuesta que les daré. Mi necesidad de salir de acá y conectarme es grande. Siento que algo está mal. Una sensación de malestar que apareció en los últimos segundos y tengo que saber qué pasa adentro del mundo virtual, mundo que cada vez es más real para mí, al punto de pensar si no es acá donde en este segundo está pasando lo irrelevante.
-Si – contesto con pesar, como si mi decisión hubiera sido medida, cuando lo único que medí es el tiempo que puede tardar todo este asunto en desarmarse.
Después de que logran su objetivo (o fingen creer que lo han hecho) la reunión pierde sentido, y en menos de cinco minutos están todos en la calle. El psicólogo me da un apretón de manos liviano, y siento que jamás podré confiar en él. El abrazo de mi socio me indica que siempre podré hacerlo, así como el beso de mi madre. Y aunque nunca les vaya a soltar esa carga, hay una milésima de alivio en saber que podría hacerlo.
Mi hermana no abrió la boca en toda la noche, y mantiene su conducta al despedirse. Nunca fue una mujer de muchas palabras, cosa que esta noche en particular le agradezco mucho.
Carolina va a buscar a los chicos a lo del vecino y pienso que este sería un buen momento para madurar todo lo que escuché, y prender la televisión en lugar de las computadoras. Pero no tengo televisor en el sótano, lugar al que llegué por reflejo. Mi resolución se desvanece en un segundo.
Antes de perderme en las redes sociales, y solo porque el buscador me lo ofrece, busco en Wikipedia la palabra Intervención, que es lo que acaba de ocurrir. “Una intervención es un intento de una o varias personas (usualmente familia y amigos) para procurar que alguien busque ayuda profesional respecto a una adicción, o algún evento traumático, u otro problema serio …”, y veo que encajo en los tres perfiles, sin posibilidades a la vista de liberarme de ninguno.
Twitter se está abriendo ahora en la segunda de mis máquinas y pienso si no debería tomar en serio lo que acaba de ocurrir. No saben lo que pasa adentro mío, pero aunque sea me quieren, que es más de lo que puedo decir de mí mismo. Tengo mi mano ahora en el botón de off de la computadora, y busco la mínima dosis de fuerza de voluntad necesaria para apretarlo. Estoy casi convencido de que es una solución que vale la pena probar. Y no sólo por mi, sino por Carolina y los chicos.
Pero es siempre un pequeño paso lo que separa al hombre del abismo, y en este caso es un simple mensaje de twitter de una persona que juró no volver a usar la red social. De una persona que solo la usaría en caso de vida o muerte. De golpe dejo de ser importante, y la única posibilidad de redención tiene la cara de un dibujo animado, en un cuadrito de escasos centímetros.
@SoyTrini Por favor, ayudame.
Capítulo 6. El discípulo