Perdidos en Buenos Aires

Abre tu mente


De perdidos y encontrados se formó la civilización, y la sociedad es algo que uno forma al fin y al cabo.

De casualidad me encontré con tu blog, si lo hubiese buscado, quizá, no lo encontraba.

De expresiones encontradas en tus palabras se desencuentran mis emociones; pero nunca se perderán porque creo que tenés el don de avistarlas en el interior de las personas que te leen.

De encontrados que se perdieron se formó el amor con la simple excusa de volverse a encontrar. Hoy como blog me encuentro en tu blog y no quiero perderme, aunque me pierdo, sí, en la infinidad de tus pérdidas y tus (des)encuentros.

De encontrados se forma una relación que nunca queremos se pierda y pienso seguir en este plan, porque en eso sí, me considero un osado.

De un encuentro sin búsqueda te encontré en la web y espero nunca perderte. El estímulo que me produce compartir esto con vos es algo que sí, debo confesar, vengo buscando.

De saludos y (des)encuentros, mi nuevo compañero, me despido hasta la próxima. Un placer.

De Hommo-Sapiens a Perdidos en Buenos Aires (Ale Vela)

Las palabras que soy



Me ahogo en mis palabras,
por que hoy no soy más que eso,
palabras que entran, pero que jamás salen,
que se azotan contra mi boca,
y allí mueren…
Palabras que nunca pudieron ser.
Hoy soy aquello que no pude decir,
aquello que me obligué a callar.
Esta noche todas las palabras se funden en mí.
Y en la inmensidad de la nada, hoy soy ellas,
trágicamente, somos una sola.

El origen chamánico de Santa Claus y los renos que comen hongos alucinógenos

A nivel informativo, y en un mero acto de compartirlo con ustedes del dejo un interesante artículo que encontré por la web. Fuera de análisis (esta vez), un artículo bastante curioso para mi el cual merece 5 minutos para leerlo por lo menos. De la manos de Pijama Surf, el origen chamánico de Santa Claus. Disfrutenlo:


Antes que un ícono de consumismo pop, Santa Claus tiene elementos chamánicos ligados al consumo de amanita muscaria (los hongos favoritos de los renos) y al axis mundi, o eje cósmico, ubicado tradicionalmente en el Polo Norte y a través del cual el chamán se mueve entre mundos

Aunque una parte de la imagen moderna de Santa Claus fue remediatizada por la magia negra de Coca-Cola, el origen de esta figura emblemática que cruza los cielos con la celeridad de un divinidad del rayo data de una tradición muchos más antigua, relacionada con el chamanismo. De la misma manera que la Iglesia Católica adaptó los dioses locales a sus propias divinidades (San Patricio en Irlanda, el mismo San Nicolas tomado de Hold Nickar o la Virgen de Guadalupe y la Tonantzin en México, etc.) en su proceso de evangelización, Coca-Cola parece haber convertido en un ícono de fantasía pop consumista a Santa Claus, una figura chamánica del norte de Europa.
Alrededor de la imaginaria de Santa Claus podemos ver simbología común a la ancestral figura del chamán, el primer sacerdote de la humanidad, puente entre el mundo visible e invisible, sanador y artista, eje de la comunidad.
Por una parte el traje rojo y blanco de Santa, antes que los iterados colores de Coca-Cola, remite a la amanita muscaria (o fly agaric) un poderoso hongo alucinógeno usado por chamanes desde Laponia hasta Siberia, el cual ha sido vinculado con el mítico “soma” de los vedas,  la sustancia divina, por el investigador Gordon Wasson. El traje de Santa Claus recuerda, también, a los trajes de los leñadores y cazadores de hongos de los paisajes del norte.


Estos hongos (a cierta dosis venenosos) son el alimento favorito de algunos renos del norte de Europa, como se puede observar claramente en el siguiente video de la BBC. Los chamanes, ya que la sustancia activa de la amanita no se metaboliza, llegan a tomarse la orina de los renos, además de la suya, cuando han ingerido amanita muscaria (¿y los renos la de los chamanes en un totémico intercambio?). Esto ha llevado a especular que el origen de la frase “get pissed”, para referirse a emborracharse en inglés podría provenir de tomar orina de amanita muscaria.



Claro está que los renos de Santa Claus no son renos ordinarios, son renos voladores (el más famoso siendo Rudolph). Esto se relaciona al hecho de que comen hongos (fly agaric), como al hecho de que son aliados de Santa: los chamanes tradicionalemente son figuras capaces de volar, ya sea por sí solos (como luces rojas, fuegos fatuos, ¿hoy OVNIs?)   o usando un nagual (por ejemplo Castaneda se convierte en cuervo en sus relatos con Don Juan).
Los hongos de amanita muscaria crecen abajo de los pinos, de una forma que puede considerarse “mágica”, ya que aparecen ahí de la noche a la mañana. De forma similar los regalos de navidad aparecen debajo de un pino de la noche a la mañana, como hongos mágicos. El chamán, tradicionalmente es el que viaja a los mundos invisibles para obtener regalos de conocimiento para la comunidad según el merito y la impecabilidad de sus miembros.

Otra seña ineludible es la casa de Santa Claus en el Polo Norte, y especialmente orientado hacia la estrella polar, llamada también “el clavo del cielo”. Para el misticismo nórdico, el árbol de la vida o axis mundi (Yggdrasil) se encuentra en el Polo Norte (marcado por Polaris, la única estrella que aparentemente no se mueve y sobre la cual parece que las demas giran). Este eje cósmico representa el centro sagrado que conecta al cielo con la Tierra y con el inframundo y el cual es usado por el chamán como una escalera para tener contacto con el mundo espiritual. De forma similar Santa Claus utiliza la chimenea de las casas para descender por el árbol cósmico y dejar regalos.
No es extraño que Santa Claus tenga una fábrica mágica de juguetes la cual es operada por duendes. Los duendes, nomos o elfos, tradicionalmente han sido asociados con los chamanes y con la ingesta de enteógenos. Un caso moderno, son los viajes reportados por el tecnochamán Terence Mckenna, que fumando DMT (primo molecular de la psilocibina) constantemente entraba en contacto con elfos interdimensionales que le enseñaban a fabricar objetos solamente con el lenguaje y que se asemejaban a lúdicos guardianes de un tipo de oro alquímico (tricksters).
También se relacionan el rubor del rostro de Santa Claus, más allá del frío,con el característico efecto de la amanita muscaria y su canto “Ho, Ho”, con una onomatopeya de su celebración psicodélica. Asimismo, su viaje a todo el mundo en un día repartiendo regalos puede ser equivalente a un viaje astral alrededor del axis mundi, en la carrosa celestial de los dioses.
Según el trabajo de Mircea Eliade, los chamanes, tecnólogos del éxtasis, fundamentalmente participian en el ritual iniciático de muerte y renacimiento. La Navidad, más allá de representar el nacimiento de Cristo, representa la muerte y el nacimiento del sol. Se puede ver en el viaje de Santa Claus, ascendiendo del árbol sagrado en el centro del mundo después de una temporada en el inframundo, la representación de este renacimiento, renovado con la “feliz navidad” de haber superado la muerte,  con regalos, orginalmente simbólicos, que se convierten en materiales, como el oro de los alquimistas se convierte vulgarmente en algo material.
Un poco en tono de broma, un poco en este tenor pagano de reconfiguración de deidades hasta su paroxismo ortográfico, no ha faltado quien relacione a Santa Claus con Satan Claws.



Pijama Surf (Enlace al artículo)

Mi mejor post

Me preguntan cuál es de entre todos mis post el que más me gusta... difícil cuestión señores, y no porque todos ellos sean una parte de mí (que lo son) sino porque soy en exceso crítico y con el paso del tiempo tiendo a repudiar la gran mayoría. Pero no me enrollaré demasiado y contestaré raudo: es este que aquí copio. ¿Por qué? pues porque tras escribirlo me sentí realmente desahogado y relajado, porque como pocas veces en mi vida conseguí decir lo que quería decir y de la forma más exacta, o cuanto menos correcta. Porque fue, hablando llanamente, mi mejor cagada, la más tranquilizadora vomitona, esa sensación plena del extasis cuando tenes un orgasmo. Dude, con poner uno que se llama (y está en este blog) "Batalla interna", pero eso es ego literario, esto es exquisito en lo personal.


Uno de esos días.



Pues sí, hay días que me duele todo, hasta lo que me es ajeno. Hay mañanas que me levanto con los poros abiertos como cráteres y todo se cuela dentro, todo golpea en los huesos, todo acrecenta la nube negra que se posa en mis ojos. Mi madre dice que yo soy hipersensible, quizá por haber pasado gran parte de la niñez viendo lo que hacían los demás desde mi urna de cristal, desde mi palacio de higiene y aire puro. Cuando ella dice eso yo asiento y le doy la razón, pero son otras las explicaciones que me vienen a la cabeza, son otros los monstruos que justifican mis profundos silencios, mis ovillamientos, mis distanciamientos de los quereres ajenos.


Quizás tenga que ver con que a los diez años me hicieron añicos, y aunque ya se preocuparon de recomponer mis cachos hubo uno que jamás nadie encontró. Quizás tenga que ver con que vi cosas que un niño nunca debiera ver. Ni un adulto. Quizás porque tuve que aprende a mentir muy pronto, a inventarme otros mundos para no romperme a pedazos, a fingir una realidad y a pintar la mejor de los sonrisas con una pluma a la que ya no le quedaba tinta. Quizás porque mis armas hube de hacérmelas a mano, porque juré una venganza cuando aún no conocía ni su significado, quizás porque me hice mayor muy rápido, cuando aún era pequeño.


Y fíjate que estúpido es el asunto, que es algo que considero superado, que no vivo de penas ni juego el roll de víctima, aunque a veces reclame mi derecho a llorar, a que me tengan piedad, a que suspiren en mi presencia. Y sí, mira que estúpido, que hablo de fantasmas desterrados, de pasados superados y de oscureces iluminadas y aún hoy, a mis 20 años, soy incapaz de abrir ese cuaderno que escribí de niño, ese que guardo en una caja y que miro de soslayo; cuando me hace temblar.


Qué le vamos a hacer, para ciertas cosas no tengo valor, para ciertos recuerdos me autoproclamo ratón, cucaracha o insecto y me escondo bajo la cama con el rabo entre las piernas y por no sentir... no siento ni vergüenza.

Y hoy, con 24 me recuerdo a mi mismo y digo que la vida te hace mierda de a poco y a veces de a mucho. Pero recuerdo mi vida como algo gratificante igual, no hago leña del árbol caido, no me mofo de mi suerte, ni reniego del pasado. Ese pasado que algunos los tenemos guardado o secreto y otros lo relucen como trofeo, ese mismo es el que garantiza que yo sea como soy, es el que de alguna forma tomo parte en mi estructura, de la cual no reclamo, porque hoy soy exactamente lo que quiero ser.
Quizá cosas que quiero tarden un poco más, pero tengo dos seguridades: Las tendré y no las perderé.
Una vieja frase reza: "No tendré todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo"
Hoy la cobardía del pasado caducó, ese cuaderno que escribí de niño no es más un recuerdo temeroso, es una garantía de mi ser.



Te Sigo. Capítulo 9. Burocracia

“Matar el tiempo”. Como si la frase tuviera algún sentido. Matar es placentero, me eleva al rango de Dios, con la diferencia de que yo sí existo. Pero así como no se puede talar un árbol antes de plantarlo, así debo prepararme para lo que viene.

En una época me gustaba caminar por la ciudad los días de sol. Las plazas eran mi pequeño paraíso, a la hora de la siesta. Ese momento en que los esclavos se sientan frente a sus computadoras, después de almorzar, a navegar por Internet, chatear y revolcarse en sus cuentas de Twitter o Facebook. Esas horas en que las putas que parieron a sus hijos los largan a pastar en inmundos toboganes y areneros, mientras fuman y hablan de infidelidades.

Ese era el momento en que elegía a una, y la seguía tranquilamente hasta su casa. Así durante algunos días. Nunca más de cuatro. Pero a todo se acostumbra uno, y yo me aburro más fácil que la mayoría. Luego de la tercera vez perdió toda gracia escucharlas gritar por sus hijos, por sus padres, sus maridos. Siempre mintiendo, como si les importara algo más que ellas mismas. Perras. Un plus era ver sus caras mientras les decía que después de ellas vendrían sus hijos, y saber que me creían. Dicen que hay paz en la muerte pero no en esas.

Pero eran promesas que nunca honré. No toco niños, y me dan asco los degenerados que lo hacen. ¿Cual es la gracia de lastimar a alguien que no entiende las razones? Mi límite había sido doce años. Quizás diez aún tuviera algún tipo de sentido. Pero menos era lo mismo que aplastar pollitos con un tractor. Estéril.

El siguiente paso fueron los boliches. Ahí la carne era más tierna, pero también más pobre el desafío. La oposición y defensa de una pendeja que de por sí ya está completamente borracha o drogada es nula. Se suben a cualquier auto solo porque es un auto, y si es importado (como los míos), antes de que uno pueda poner primera ya están desvestidas. Estúpidas aspirantes a prostitutas frustradas.

Internet hizo las cosas más divertidas. Ya no se trataba solo de la satisfacción física que pudiera provocarme matar, sino la de la conquista. Entrar en la cabeza de alguien a kilómetros de distancia y violar sus secretos más profundos es un hermoso preludio para una noche de lujuria. O más, si uno se administra.

Y cuando uno piensa que hay algo agotado, la sorpresa. La niña virgen cuyos padres cuidaron y educaron para ser toda una mujer, y que pelea con más fuerzas que un gato en una bolsa. Justo cuando estaba por dejar el mundo virtual apareció ella, y me dio más satisfacciones de las que jamás podré olvidar. Y cuando estoy por hacerlo, veo las filmaciones. Ah si. Grandes momentos aquellos. Inesperado y rápido final, pero qué proceso.

Después llegó Kampeón, y Trini, y el fiasco: el héroe que rescata a la imbécil en peligro. Pero ahora, por fin puedo decir que hay un motivo para saludar el día con algo de esperanza. Que hay alguien allá afuera que valora lo que hago, y que tiene aunque sea el grado mínimo de voluntad para intentar frenarme es reconfortante. Es un torrente de vida en la sangre, una bocanada de aire fresco y todas las sandeces que se dicen en casos así. Por desgracia, las cosas no pueden resolverse de inmediato. Asquerosa burocracia.

Lo primero fue terminar mi destierro dorado en la Torres de Babel, esa letrina ganada al río donde se esconden más políticos que en el congreso, donde los estafadores pululan en los ascensores y los travestis ofrecen sus servicios por monedas, a camiones y autos de lujo por igual. Hediondo Puerto Madero.

Pero esto terminó también, y un día pude salir a la calle con todo solucionado. Menos rico que antes, pero aún con más recursos a mi disposición de los que soñarían tener mis antiguos vecinos. Millones pueden tener cualquiera, pero el poder para usarlos solo unos pocos.

Aún así, en lugar de poder dedicarme a lo mío, tuve que jugar al pequeño burgués por varios días. Lo que tengo en mente para el benefactor que salvó a Trini requiere infraestructura. Eso se paga, y no es problema. Solo insume tiempo.

Lo primero es un lugar para jugar. Hay que descartar departamentos con paredes de papel y casas en barrios donde no se puede pisar la vereda sin que te pongan una bala en la cabeza. Desprecio la muerte, más no la abrazaría por motivos errados. Pero el progreso nos sirve a todos, y en bandeja me trajo los barrios cerrados.

Es agradable tener soldaditos con armas de verdad que juegan a ser policías, y protegen a los de adentro de los de afuera. Si tan solo supieran que yo soy uno de los de adentro.

Hacerle entender a la estúpida de la inmobiliaria que la privacidad era un aspecto central fue difícil, y así tuve que visitar dos propiedades en las que las paredes parecían medianeras y que de tanto ver a los vecinos los confundiría con sirvientes. Creo que fue suerte y no brillantez de la imbécil, pero al final me consiguió la propiedad de mis sueños. Ochocientos metros cubiertos en cuatro mil de terreno en Castores, uno de los barrios de Nordelta, en el norte de Buenos Aires. Miles de hectáreas, decenas de barrios y edificios de departamentos, y entre todo eso, una casa contra la laguna y alejada de todo. Paredes gruesas y la frutilla de la torta: un Panic Room.

Ubicado en el sótano de la casa parece el sueño de todo asesino serial. Escalera escondida, paredes de acero, revestidas en género acolchonado, sistemas de ventilación autónomos y varias cosas más como para vivir varios días. O morir.

Instruí a mis abogados a comprarla de inmediato.

El aspecto informático fue un poco más complicado, pero después de hacerle entender al monito que no me importaba como se hiciera mientras se hiciera, tiró todos los cables necesarios y puso las computadoras que hacían falta para que pudiera lograrse lo que yo tenía en mente. Me sorprendió el grado de eficiencia de un cerebrito binario que difícilmente pudiera sobrevivir veinte minutos sin estar enchufado a algo.

Me causa gracia como las cosas que a mi me molestan son la sal de la vida de los mediocres. Comprar una casa, comprar un auto, comprar una vida. Las vidas se toman, no se compran, y después de un mes de interminables trámites estaba casi en posición de empezar a ocuparme de lo mío.

Casi, porque aún debía tercerizar un último trámite, por más que me pesara. Trini.

Ya había subestimado a mi rival una vez, y si bien el costo había sido cero, la próxima podía no ser tan barato. Muy a pesar mío tuve que derivarla.

Una mujer como Trini, en un mercado compensado puede llegar a valer entre cien y doscientos mil dólares, dependiendo la docilidad, que a su vez depende de las drogas que se inviertan en procurarla. Después de los dieciocho años, sin embargo, pasa a ser antieconómico pues todo proceso de degradación toma su tiempo. Nadie hubiera aceptado a Trini ni siquiera regalada, así que tuve que pagar para que ocurriera.

La transacción fue fácil. Por cien mil dólares se ocuparían de mantener a Trini con vida durante el tiempo que yo necesitara. Máximo un año, período durante el cual sería reeducada para cumplir, a voluntad o no, con todo lo que le fuera pedido. No me importaba lucrar con la transacción, pero si todo salía bien al año podría sacarle casi el doble. La gente es pobre porque quiere.

La logística esta vez era ardua. No por el hecho del secuestro en sí, eso era fácil, sino porque no habría un premio inmediato. No era buscar a alguien para poder pasar unos días placenteros, sino para entregarla a un animal que le haría cosas que yo no podría ver. Pero todas las inversiones son así. O se hacen con un fin, o se hacen con otro, y esto era una inversión en queso para agarrar una rata gigante.

Llevar a Trini a un bar para una entrevista por una propuesta laboral y de ahí entregársela al forjador de voluntades requirió un simple correo electrónico, el cual por supuesto ya había sido convenientemente borrado. El animal había hecho lo suyo, y Trini no aparecería de nuevo en este mundo. No la Trini que había desaparecido, al menos.

El toque de dejar la marca de Kampeón pintada en la cortina de la farmacia me pareció un gesto de nobleza, así como lo sería seguir usando su apodo en Internet. Al final del día el tipo había muerto por una causa común a la mía, y sentí que el homenaje correspondía. Ahora restaba esperar que el ángel guardián apareciera.

No me gusta esperar, y si no tuviera esta paraguaya encadenada en mi Panic Room la ansiedad me devoraría.

No hay sacrificio sin sangre, y como cada vez, hago un pequeño corte en mi dedo pulgar para bautizar la hoja con pureza. El llanto se convierte en grito mientras me acerco hacia ella, y maldigo el momento en que el celular de mi bolsillo vibra.

Pero son buenas noticias. “@ChangoXD: Está bien. Juguemos”

La paraguaya casi se desmaya del alivio al verme ir hacia la puerta, y solo por eso tengo ganas de terminar el asunto ahí mismo, pero no seré yo quien haga algo apurado. Además, la felicidad de saber que tuve razón y que hay alguien preparado para tratar de enfrentarme, es suprema.

Y hacia allí voy.


Capítulo 8. El juego
Capítulo 10. Amigo

Podrido


Podrido. Enteramente PODRIDO.

El hedor me sale por los ojos, por las orejas, por el coxis.

Podrido de los ex y de los pro.

Podrido de respuestas que reventaron dentro, formando carroña que invade mis venas, mi bilis, mi lengua de mejormecallo y mañanaselodigo.

De justificar. De vivir justificando actitudes ajenas.

Plenamente podrido de las caras de bacalao, de las de perro en celo.

Podrido de horarios y horóscopos; de hisopos y lipotimia.

TAN PODRIDO pero, TAN PODRIDO de los colectivos; los colegiados; los coleccionistas de votos vetados por la inteligencia.

Podrido de los espejos, los espejismos; las esperanzas y las esperas. De las manzanas, de las veredas rotas; de los retos y los rezos.

De los "duros" con cerebro de durazno y neuronas de carozo.

Podrido de los que me pisan, de los que me pasan; de los que me pesan con esa pesadez de no ser más que mercurio con arterias.

Podrido de las prohibiciones, las discriminaciones; las contabilidades contabilizadas para los unos. De ministros mimetizados en mímicas minadas para los otros.

Si la putrefacción le quita el sueño. lo invito a expandir aromas, descomposturas, blasfemias y escupir a los perfumados de soberbia, de opulencia, de oportunismo.

Escupirlos. Derribarlos a escupitajos. Inmovilizarlos con baba pestífera. Ahogarlos en su única reforma: LA PESTILENCIA.

El último fósforo...



Era una noche más de pantallas abiertas. Un word, mail, alguna que otra red social, música y el Safari. Pantallas y botellas. El Jack Daniels estaba ya por la mitad, y había sido inaugurado solo un par de horas antes.

En algún momento hice click sobre un link, y se abrió el blog, ese en el que una tal Soledad describía algunas vueltas de la vida.

Odio la catársis 2.0. Es barata y pueril. Por lo general va por carriles que mezclan la palabras corazón y llanto, abandono y traición, y la repetición indiscriminada de la palabra “amor”, a un promedio de dos veces por párrafo. Y abundantes errores de ortografía.

Pero Soledad no decía nada de eso. Arrancaba como un cuentito casi infantil, describiendo con simpleza un encuentro, y lograba mostrar la risa y hasta la felicidad, sin caer en esos montajes de comedias románticas, que terminan en un paseo por algún parque, en el que los protagonistas caminan con los zapatos en la mano y cara de imbéciles.

En algún momento, ya por el tercer o cuarto párrafo, la cosa empezaba a complicarse, y no eran motivos sórdidos o fulgurantes, sino caminos que llevaban a lugares distintos.

Llegando al final del relato, Soledad (24 años), escribía entre líneas, con letra de molde y sangre, que no había ninguna posibilidad de que siguiera viviendo una noche más. “No importa que con el último fósforo se haya encendido una gran hoguera. Ningún fuego es eterno, y era el último fósforo”. Para mí, estaba clarísimo.

No usaba palabras como suicidio o muerte, ni siquiera despedida, lo que hacía la imagen aún más poderosa y tangible.

Abrí la ventana, y el humo de mi habitación se escapó junto con toda mi modorra. De golpe estaba más despierto que nunca, y con algo importante por hacer: encontrar a Soledad.

Mi camino hacia el blog había sido sinuoso, y no hubo forma de reconstruirlo. Y el blog en sí, tenía una sola entrada, esa, y cero datos personales o comentarios.

La solución no estaba en la red, sino afuera, o adentro del cuento, y ahí volví. Soledad hablaba de trenes y de barcos, de alturas cercanas a Dios, y de plazas con barrancas que bajaban como la vida. La idea me vino de golpe, y era tan improbable como la situación. También era la única que tenía.

El edificio Kavannagh está sobre la calle Florida, y del techo se puede ver la plaza San Martín, la estación de Retiro, y el puerto. Y esa noche, a una mujer de 24 años llamada Soledad, parada en la cornisa norte.

Me había tomado diez minutos llegar al lugar, y una corta carrera de menos de veinte metros llegar a los ascensores, con un sereno persiguiéndome a los gritos. Pero todo eso había quedado atrás.

Me acerqué despacio, y ella se dio vuelta como si me esperara.

- ¿Cuál es el sentido de todo? –me preguntó con tristeza.

Encogí los hombros, sin dejar de mirarla, y retruqué con la pregunta que esa noche salvó dos vidas, la suya, y también la mía, en formas que solo el tiempo me haría entender.

- ¿Buscarlo?

Pasó un segundo o una hora, no puedo saberlo, pero cuando tendí la mano, ella la tomó, y bajó de la cornisa. Cuando nos dimos vuelta, dos guardias de seguridad miraban en completo silencio, asustados.

Nos dejaron salir sin decir palabra, y un rato después estábamos sentados en un bar de la estación. Soledad todavía temblaba un poco, y en su mano derecha, tenía un papel arrugado. Me lo dio.

- Es la historia de tu blog – le dije, mientras lo leía.

Fue la última vez que hablamos del tema, pero su respuesta me intrigará para siempre.

- Yo no tengo un blog.