
El tiempo pasó y se desencadenó una guerra que robó al mundo su belleza.
No solo aniquiló el primor de los paisajes que recorrió y las obras de arte que rozó en su camino, sinó que también quebró el orgullo por los progresos logrados, el respeto ante los pensadores y artistas, las esperanzas que se habían puesto en una superación definitiva de las diferencias que separan a nuestros pueblos y razas entre si, su parte de mi y mi parte de mí se encuentran pues ya en guerra.
Esta guerra enlodó la excelsa ecuanimidad -tal vez objetiva-, mostró en cruda desnudez la vida instintiva, desencadenó los espíritus malignos que moran en nosotros y que suponíamos domeñados definitivamente por nuestros impulsos mas nobles, gracias a nuestra educación multisecular.
Cerró de nuevo el ámbito de nuestra patria y volvió a tornar lejano y vasto el mundo restante.
Nos quitó tanto de lo que amábamos y nos mostró la caducidad de mucho que creíamos estable.
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