El mensaje llega de inmediato: “A las diez en Monumento a Lola Mora. Camisa Rosa”. @Kampeon69.
“OK”. Contesto rápido, solo para darme cuenta de que no pensar es un lujo que tengo que terminar de darme, más en el beneficio de Trini que en el mío propio.
Son las seis de la mañana, y tengo estas cuatro horas para salvar a Trini. A las diez el tipo probablemente me mate. La Costanera Sur, lugar donde está ubicado el monumento es ideal para hacer cualquier cosa con cero testigos. Y la camisa rosa que me pide llevar le hará más fácil el asunto. ¿Pensará dispararme?
Podría usar este tiempo para preparar el terreno. Llamar a la policía y que rodeen la zona. De solo pensarlo me río. Es la forma más fácil de matar a Trini.
Llego a mi oficina esperando no encontrar a nadie, y en el acto me desilusiono. Las luces de la oficina de Javier están encendidas, y escucho el ruido de los dedos sobre las teclas.
Me asomo y me encuentro con una imagen que hasta no hace mucho podría haber sido la mía. Siento nostalgia. El escritorio está tapado por tazas de café, platos y una caja de pizza vacía. Un cenicero con dos cigarrillos apagados y los Beatles sonando de fondo. Javier me mira con cara de haber trabajado ocho días seguidos. Y sonríe.
-Ignacio, al fin por acá.
No hay reproche en su voz, sino sincera felicidad. Javier ha estado llevando la mochila de esta empresa por un año, sin haberse quejado jamás. Solo. Merece quedársela, que es lo que ocurrirá.
La sonrisa de Javier se va borrando de a poco, y es reemplazada por un gesto de entendimiento.
-No viniste a laburar.- Es una afirmación.
No necesito palabras con Javier. Nos conocemos desde hace más de veinte años, y hace quince que compartimos todos los días de la semana, más muchos sábados, y varios domingos. Juntos hemos creado algunos de los juegos más populares del mundo para todo tipo de consolas. Nos gusta lo que hacemos, o me gustaba, para ser preciso
Hace un año que no escribo una línea de código.
Javier se para y prende un cigarrillo. Me tira el paquete. Sabe que hace años que no fumo, pero por alguna razón (quizás tenga yo olor a cigarrillo), sabe también que ahora fumaré. Prendo otro.
Me mira de arriba hacia abajo. Sus ojos se detienen en mi cintura, y veo, como ve él, la culata de mi Glock asomando bajo mi campera de jean. No dice nada.
El silencio se mantiene unos segundos.
-¿Qué necesitás?
No hay pedido de explicaciones, menos aún quejas o reproches. Una oferta sincera que tendría que rechazar de inmediato. Pero no puedo. No esta vez y no con las apuestas que están arriba de la mesa. Javier puede ayudarme. Más importante aún, puede ayudar a Trini.
-Vení, vamos a la sala de reuniones – le contesto.
La sala de reuniones es el paraíso de todo adicto a las computadoras, y mi infierno personal. Acá pasé grandes momentos, y la culpa por haberlo hecho, en lugar de estar en lugares donde debería haber estado es enorme.
Abro mi notebook y le muestro una foto de la cara de Trini. Voy sin anestesia.
-Es Trinidad, le dicen Trini. Dieciocho años. Vive en Olivos. La secuestraron ayer al mediodía o a la tarde, no sé bien. El tipo que la tiene me contactó por Twitter, y quiere verme en algunas horas en Costanera Sur.
Menos de cinco segundos bastan para describir una situación desesperante, y el mismo tiempo le toma a Javier absorberla. Cierra los ojos y muy a pesar mío sonrío por primera vez en mucho tiempo. He visto la misma imagen un millón de veces, la búsqueda de la solución increíble para un problema puntual, y virtual. El protagonista está rodeado por máquinas asesinas y hay que crear una puerta a un mundo que sea seguro durante cinco minutos, y cien veces peor después. Pero no hay virtualidad alguna en este caso. O tal vez si.
-Esta Trini, tiene Twitter, me decís. – pregunta después de unos dos minutos.
Le paso mi máquina con el perfil de Trini y sus dedos empiezan a volar por el teclado. Pero no es suficiente y ya giró para prender dos pantallas más.
-El Facebook no se mueve hace dos días – se dice a sí mismo – y tiene Gmail, Hotmail y Yahoo. ¿Para qué carajo tienen tantas cuentas los pendejos hoy en día?
Fue una pregunta retórica, pero una que yo podría contestar a la perfección. Las tienen para que sus padres no las vean, para crear perfiles que respondan a otros perfiles. Para jugar juegos que no entienden, con gente peligrosa. Para crecer sin haber crecido. Es la puerta a una dimensión donde todos son lindos y bien intencionados, hasta que dejan de serlo.
-El de Yahoo no tiene nada. A los otros dos no puedo entrar.
Si tan solo la vida fuera como las películas, en las que cualquier hacker entra en una cuenta de correo y hasta de banco con tan solo tipear cinco claves. Pero no es así, y hoy lo lamento más que nunca.
Javier mira su reloj lo cual no es buena señal. El necesita estar concentrado por completo para que los resultados sean óptimos. Si por su cabeza ronda mi reunión de las diez no llegaremos a ningún lado. Una vez más me equivoco.
-Son las siete. San Francisco a esta hora está muerto. Va a tener que ser Europa. Es más caro y no es tan bueno. Pero es lo que hay.
No habla conmigo. Se por experiencia que le importa nada describir progresos y aún menos recibir elogios. Las máquinas que están sobre la mesa valen decenas de miles de dólares, y aún así la mente más potente es la de Javier.
-Ladrón de mierda – insulta mientras vuelve a tipear.
Pienso en Carolina mientras la imagino ayudando a Javier en la empresa. El día de mañana, o mañana mismo. Ella tiene lo necesario para mantener esto a flote. Javier es el genio de las máquinas. Yo no soy manco, pero lo mío siempre fue tomar las decisiones. Las jodidas en los momentos difíciles, algunas de las cuales salieron mal y otras muy bien. Y Carolina tiene el carácter que a Javier le falta.
La impaciencia pega fuerte y siento la necesidad de caminar. Es una buena hora para hacerlo, cuando aún no hay nadie, como cuando empezamos. Son las mismas paredes blancas, que pintamos Javier y yo en varios fines de semana; pero ahora están cubiertas de afiches de los juegos que inventamos. Y de premios. Los muebles son distintos, por supuesto, y también el resto de la decoración. Pero no hay una sola cosa que no haya sido puesta con cariño. Y no hay una sola persona que trabaje acá que no estimemos. Si, ha sido una buena cosa la que hicimos.
-Treinta y cinco mil – grita Javier desde la sala de reuniones – Euros.
Vuelvo a la habitación y lo encuentro con esa cara de frustración que tan pocas veces le veo.
-¿Qué? ¿De qué hablás?
-Un francés tiene los códigos. De las dos cuentas. Eso pide por todo el historial. Los riesgos, bla bla bla, y la mar en coche. No lo larga por un centavo menos de eso. Tenemos que esperar a la costa oeste. Es más barato. Y ahí también se consiguen.
-¿Qué abarca el historial?
-Todo desde el día cero, según dice este turro. Enviados, recibidos y borrados. El tipo hackea derecho al corazón de los servidores. Adjuntos también. Y dice que le cuesta lo mismo el de hace cinco minutos que el de hace cinco años. Por eso vende todo junto.
Es lo que necesito, y lo necesito ya. No puedo arriesgarme a esperar, y peor aún. Esperar no garantizará que alguien en Estados Unidos lo consiga. Es lo que quiero y necesito, pero no tengo esa plata. Doce mil dólares es todo lo que puedo juntar. Más lo que saque de vender el auto. Estrello un puño contra la pared. ¿A eso se reduce todo? ¿Plata de nuevo? Es mentira que las vidas no tienen precio, lo que no hay es plata para pagarlo.
Javier no es rico, pero es soltero, y es probable que pueda reunir el dinero. Ahorra, invierte y gasta poco y nada. Pero simplemente no puedo pedírselo. Quizás vendiendole mi parte de la empresa. Vale eso y más. Y dejar a Carolina sin nada.
Mi pensamiento se detiene por el ruido de la impresora. No sé cuanto tiempo debo haber estado estudiando la factibilidad de juntar el dinero, pero no fue poco.
Javier escanea hojas con atención, hasta que se detiene en una.
-Tomá. Acá está.
-¿Qué hiciste, boludo?
Otra pregunta retórica. Sé ahora que el tiempo que desperdicié lamentándome lo usó para transferir los euros, y que lo que me está dando es un mail.
Está fechado ayer, y habla de una reunión en un bar del barrio de Floresta. “El Eternauta”.
Y en algún lado Trini respira unos minutos más.
Capítulo 9. Burocracia
Capítulo 11. Lola Mora