Reyes me espera en la esquina del departamento general de policía. El tipo es cabo, pero me niego a decirle Cabo Reyes, más en su beneficio que en el mío. Es flaco, de estatura media, y gracias a Dios, no tiene bigote. Sería demasiado.
Lo patético de su persona no termina en el aspecto físico. Su carrera está empantanada y hasta los cadetes saben que es un corrupto de los baratos. Sus necesidades son fruto de todas las decisiones que ha tomado en su vida, ninguna de las cuales ha sido correcta. Se casó con una mujer fértil, que en cuatro años ha parido igual número de hijos. Descubrió en algún momento que el juego era la forma ideal de solucionar sus problemas financieros, lo cual lo llevó a perder la casa que sus padres le habían dejado. Por último, buscó alivio en las drogas pesadas. O mejor dicho, aceptó el alivio que mediante dichas drogas yo le ofrecí. Me pertenece, y debe ser una de las cosas menos valiosas que poseo.
El término porquería no empieza a definirlo.
Está lloviendo, y noto cierta vergüenza en él al mojar el asiento de mi Mercedes. No sabe que es cuero, y que con un trapo se va todo. Todo menos su desagradable olor a humedad y fracaso. Tendré que lavar el auto después de que se baje.
Me da un sobre grueso de fotocopias que tiro en el asiento de atrás del auto, y me recuerda a un perro que de forma obediente le entrega un hueso a su amo. El no deja de mirar el tablero, y la incomodidad inicial por arruinarme el tapizado, ha quedado olvidada por el calor que le brindan las butacas calefaccionadas.
-Que nave, ¿eh?
Me limito a asentir. El viaje a su lado será una tortura, pero prefiero hacerlo en silencio que hablando de las cosas que lo maravillan.
-Le traje todo lo que me pidió – me dice nervioso.
Asiento de nuevo. Será una media hora de obviedades, por lo que veo, y no esperaba otra cosa, pero tener razón en este caso no hace menos monótono el trámite.
-Parece que va a seguir lloviendo.
Si yo fuera una persona que cede a los impulsos, hundiría el estilete que tengo siempre pegado en mi antebrazo en su yugular. Creo que ver el chorro de sangre es lo único que podría aplacarme en este momento.
-A ver, contame que averiguaste.
Por supuesto que no ha retenido nada en absoluto, y mira el sobre de fotocopias que está en el asiento trasero con desesperación. El infeliz necesita leer para decirme que es lo que encontró. He visto monos con más materia gris que este cabo. Y sin armas. Aprovecho un semáforo de la costanera y le tiro el sobre en el regazo.
-Dale, contame.
Abre el sobre como si fuera un análisis de sida y se pone a repasar. Tiene que comprender antes de hablar y lo dejo. Es mejor eso que la conversación casual.
Cinco minutos después empieza un monólogo en afirmativos y negativos, usando toda la jerga policial aprendida en años de impuestos míos tirados a la basura. No hace otra cosa que repetirme la información que ya me pasó por correo electrónico hace ya varios días. No hay datos nuevos. Nada que pueda servirme.
Ignacio Pérez tiene una doble vida más frondosa que la mía, y la policía no sospecha nada de nada. No tiene multas de tránsito, ni impuestos atrasados. La única razón por la que existe un expediente suyo es por la desaparición de su hija, y ni siquiera ahí molestó demasiado. No fue siquiera querellante en la causa penal. Escuchando a Reyes me convenzo de que Ignacio tiene una personalidad sicótica.
-Disculpe, ¿algún chiste que no haya entendido?- pregunta Reyes, y me doy cuenta de que estoy sonriendo.
-¿Qué más?
Es imposible ofender a Reyes. Reyes y Pérez son apellidos similares. Comunes y silvestres. Ordinarios. No sé por qué noto esto si no tiene ninguna importancia. Hasta que sé por qué lo hago.
-¿Familia?
Parece sorprendido y empieza a mover hojas hasta que encuentra la información que le pido. Nombre y trabajo de su esposa, nombres, edades y escuelas de los hijos, y todo tipo de dato irrelevante para la policía, que cuando no tiene data importante se ocupa de llenar páginas y páginas de sandeces. Para eso creen que les pagan, en definitiva.
La cosa mejora cuando empieza a hablar de Carito, y hasta su tono se pone más animado. Se siente más cómodo cuando hay un crimen en el medio.
-El deceso se produjo en una fábrica abandonada en la jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires. Villa Martelli, para ser más preciso. El hecho tuvo abundante cobertura periodística debido a los cadáveres adicionales cuya filiación no pudo ser precisada, y fueron encontrados en el lugar. La identificación del cuerpo de la menor en cuestión, fue un éxito de la policía científica, pero por desgracia la investigación posterior no agregó más luz al asunto
Tengo el suficiente control de mi mismo como para no estallar en una carcajada. “Un éxito de la policía científica”, imbéciles. El cuerpo de Carito fue reconocido porque había pasado muy poco tiempo desde su desaparición, y todavía seguía saliendo en los diarios. Si no, aún la estarían buscando.
A veces veo esos informes que los medios sacan cuando no tienen nadie a quien sepultar, y que hablan de la gente desaparecida. Hay por lo menos dos mujeres cuyos cadáveres no aparecerán jamás, y que solo yo sé dónde están. Ver a los padres de esas dos perras pedir cualquier tipo de ayuda, me pone de buen humor. Y eso deberían estar haciendo los padres de Carito.
Pensar en ella me excita.
-Don, disculpe. ¿Y yo cómo me vuelvo de acá?
Estamos entrando en Nordelta, y Reyes está completamente fuera de su elemento, y preocupado por el regreso.
-Con lo que te voy a pagar bien podés tomarte un remise, ¿no?
El tipo masculla la idea, y en algún lado parece encontrar valor para decir lo que viene pensando desde que se subió a mi auto.
-Hablando de eso, Don, me gustaría hablar de eso de nuevo – dice, en un exceso de triste sintaxis.
-¿De qué hay que hablar? Tenemos un precio convenido.
-Si, pero … La información que yo le conseguí, ¿para qué la va a usar?
Con policías tan incompetentes como Reyes es un misterio para mi como la gente no anda tiroteándose por la calle. La intolerancia es infinita, y nadie con dos dedos de frente puede tenerle miedo a la policía. ¿Será un tema moral?
-¿Qué te importa para que la use?
-Digo, nomás. Es un expediente complicado.
Llegamos a casa y dejo su pregunta flotando en el aire. Bien podría pagarle diez veces más de lo que él tiene en la cabeza. Más aún. Podría decirle que he de hacerlo, y poner una sonrisa en su cara de estúpido. Quizás lo haga.
Reyes no distingue el mármol de la fórmica, pero aún así la casa le impresiona. Mira los techos como si esperara ver bajar un OVNI, y el televisor apagado como si estuvieran jugando la final del mundial.
-¿Cuarenta y dos pulgadas?
-Ochenta – le respondo, mientras espero que se digne seguirme.
Su codicia puede más, y abandona la contemplación del lujo que jamás podrá tener, por múltiples razones. La más importante es la estupidez, por supuesto.
-Cincuenta mil. Doláres. – dice moviéndose por fin.
El no ve mi sonrisa, ni siquiera la intuye. El precio original era de dos mil pesos, pero el auto y la casa lo han vuelto codicioso, al punto de multiplicar por más de mil su pedido original. Mis sentimientos son claros, pero aún así teorizo mientras lo llevo escaleras abajo.
¿Existiría algún escenario en el que Reyes pudiera llegar a recibir esa suma de mi? Quizás, en otra vida, si lograra que matara a alguien por mi. Eso me provocaría placer, y el placer es algo en lo que nunca escatimé. Pero ahora no hablamos de placer, ni siquiera de información. Esto es extorsión, y se convertirá en algo mucho mayor, cuando mi amigo Ignacio llegue a los titulares de los diarios.
La paraguaya ya está convenientemente guardada en su heladera, y la habitación está limpia como un quirófano. El piso está recubierto por una gruesa bolsa de plástico transparente, tal como aprendí en cierta película. El cine educa.
Voy hacia la caja fuerte y en tres movimientos la abro. Me corro y Reyes, literalmente babea al ver los fajos de billetes que la pueblan.
De reojo veo su mirada, y sé que los cincuenta mil dólares le parecen escasos frente a la “fortuna” que tiene enfrente. Extiende la mano para tomar un fajo. Su sonrisa se congela en el segundo en que el estilete penetra la base de su nuca. No puedo ver bien su cara, pero adivino un gesto de incomprensión. Es tan estúpido que no sabe que ha muerto.
El último cabo está atado, y no es el juego barato de palabras lo que me hace sonreír.
Capítulo 16. Control de daños
Capítulio 18. La profesora de piano
Mordaz, directo, irreverente, cumplido, insensible, benévolo, cínico, sincero, alegre, sádico, oscuro, pervertido, brutal, masoquista, bondadoso, demonio, angel, incorruptible, sensible, misántropo pero mucho mas sociable, realista y charlatán. La mezcla perfecta para un ser humano complejo.
Acción
Última entrega de la trilogía Luz, Cámara, Acción
El está parado frente a mí, con un arma calibre 32 en la mano derecha.
Imágenes de mis hijos me vienen a la mente, y las desecho con la misma rapidez con que aparecieron. No estoy dispuesta a morirme. No acá, y no así.
Soy al mismo tiempo consciente de mi desnudez, pero no me preocupa ni un poco. El no me mira de esa forma. Para él ya estoy muerta.
-Esta vez van a saber que fuiste vos- le digo con toda la seguridad que puedo reunir.
-¿Sí? ¿Te parece? ¿Y por eso es que te dejaron ir del canal, sin largar el flash informativo? ¿Por lo concluyente de tu análisis? ¿Por la brillantez de tus conclusiones?
Cinco preguntas, una más insultante que la otra. El orgullo que este tipo siente por sí mismo es infinito, su soberbia, insoportable. Las ganas de insultarlo son enormes, pero me recuerdo que estoy desnuda, en una bañadera, y frente al lado feo de un arma.
-¿Sabés que es lo más gracioso?-me dice, con una media sonrisa que me da más asco que todo lo anterior- Que este crimen sí va a tener un culpable. Como el otro, bah. ¿Quién va a educar a tus hijos? ¿Se te ocurrió?
-¿Mi marido? ¿Le vas a pegar esto a él?
Sonríe, solo sonríe, y no necesito respuesta. Tiene todo pensado.
-En el canal saben lo que descubrí. Te van a buscar a vos.
-Nena, mis coartadas son más fuertes que tus indicios. Y la justicia se caga en los indicios. Vos deberías saberlo mejor que nadie.
-¿Coartadas?
Y el tipo se larga a hablar. Dice quienes son sus testigos, y cómo será imposible probar que él estaba acá. Abunda en detalles, y en cada uno, siente un placer casi tangible. Cuando termina, levanta el arma y me apunta a la cabeza, sin dejar de sonreír.
-Pará, dejame mostrarte algo.
-¿Para qué? ¿No preferís morir con dignidad? ¿En serio pensás que postergar lo inevitable te va a servir para algo?
-No. Pero sí creo que es algo que te va a gustar. ¿O querés quedarte con la duda?
Asiente, y no pierdo un segundo. Me incorporo, y amago agarrar la bata para cubrirme. Con un gesto me niega el permiso, y sé que disfruta de mi humillación, aunque no importa. Vivir es lo único que cuenta.
Y son tantas las cosas que tienen que salir bien de ahora en más, tantos los detalles que pueden fallar, que mi confianza está en menos diez, pero detenerme es morir, y no quiero.
Mi computadora portátil está sobre la cama. Hago un paso, la tomo, y vuelvo al baño. La apoyo en la mesada, y la abro.
-Cuidado-me dice él- una tecla equivocada, y … Y nada, en realidad, si ya estás muerta.
Pero no me detengo, y tipeo la dirección de la página sin dudar. La imagen aparece en menos de cinco segundos. Y la imagen nos refleja a él y a mi, en mi baño, ahora.
Cuento con su sorpresa para ganar los segundos que necesito. El mira la escena, que nos tiene a él apuntándome, y a mí desnuda, los dos quietos. Yo miro el contador de visitas, que está en cero.
Veo como su gesto de ganador se transforma en uno de incredulidad, y luego en otro de pánico.
-¿Qué, qué es esto?
La eternidad la describiré, de ahora en más, como el momento en que el contador de visitas pasó de cero a uno. Cuando le respondí, algunos segundos después, el contador estaba en más de cien.
-Esto es una señal que sale de una de cinco cámaras web que acabo de poner en la casa, esperando que aparecieras. Y ese numerito que ves abajo, la gente que lo está viendo.
El contador va por mil trescientos, y sube en progresión geométrica a cada segundo. No todos los días se ve a la conductora de un noticiero, desnuda en un baño, siendo apuntada por un arma.
-Ah-dice él, que al fin parece entender-Es esto del Twitter, ¿no?
Los teléfonos han empezado a sonar, el fijo y el celular, y en la computadora se empiezan a abrir ventanas que anuncian la llegada de mails. Pero nada me tranquiliza tanto como el sonido de un auto que se detiene en la puerta de la casa, y el reflejo proveniente de la luz de una sirena, que entra por la ventana del baño.
-Y eso que está llegando, debe ser la policía, alertada por la gente del canal.
El gesto ha cambiado nuevamente, y para mi sorpresa, esta vez es casi de serenidad.
-¿O sea que se acabó?
Asiento, sin decir una palabra.
-Te felicito. Sos menos estúpida de lo que pensaba. Ahora, si me disculpás, me gustaría quedarme solo.
Salgo del baño despacio, esperando el tiro, pero este no llega. Nunca. Sí el golpe de la puerta que se cierra tras de mí.
Y menos de cinco segundos después, sí, el disparo. Y el sonido de su cuerpo al desplomarse en el piso.
Nunca más volví a esa casa.
El está parado frente a mí, con un arma calibre 32 en la mano derecha.
Imágenes de mis hijos me vienen a la mente, y las desecho con la misma rapidez con que aparecieron. No estoy dispuesta a morirme. No acá, y no así.
Soy al mismo tiempo consciente de mi desnudez, pero no me preocupa ni un poco. El no me mira de esa forma. Para él ya estoy muerta.
-Esta vez van a saber que fuiste vos- le digo con toda la seguridad que puedo reunir.
-¿Sí? ¿Te parece? ¿Y por eso es que te dejaron ir del canal, sin largar el flash informativo? ¿Por lo concluyente de tu análisis? ¿Por la brillantez de tus conclusiones?
Cinco preguntas, una más insultante que la otra. El orgullo que este tipo siente por sí mismo es infinito, su soberbia, insoportable. Las ganas de insultarlo son enormes, pero me recuerdo que estoy desnuda, en una bañadera, y frente al lado feo de un arma.
-¿Sabés que es lo más gracioso?-me dice, con una media sonrisa que me da más asco que todo lo anterior- Que este crimen sí va a tener un culpable. Como el otro, bah. ¿Quién va a educar a tus hijos? ¿Se te ocurrió?
-¿Mi marido? ¿Le vas a pegar esto a él?
Sonríe, solo sonríe, y no necesito respuesta. Tiene todo pensado.
-En el canal saben lo que descubrí. Te van a buscar a vos.
-Nena, mis coartadas son más fuertes que tus indicios. Y la justicia se caga en los indicios. Vos deberías saberlo mejor que nadie.
-¿Coartadas?
Y el tipo se larga a hablar. Dice quienes son sus testigos, y cómo será imposible probar que él estaba acá. Abunda en detalles, y en cada uno, siente un placer casi tangible. Cuando termina, levanta el arma y me apunta a la cabeza, sin dejar de sonreír.
-Pará, dejame mostrarte algo.
-¿Para qué? ¿No preferís morir con dignidad? ¿En serio pensás que postergar lo inevitable te va a servir para algo?
-No. Pero sí creo que es algo que te va a gustar. ¿O querés quedarte con la duda?
Asiente, y no pierdo un segundo. Me incorporo, y amago agarrar la bata para cubrirme. Con un gesto me niega el permiso, y sé que disfruta de mi humillación, aunque no importa. Vivir es lo único que cuenta.
Y son tantas las cosas que tienen que salir bien de ahora en más, tantos los detalles que pueden fallar, que mi confianza está en menos diez, pero detenerme es morir, y no quiero.
Mi computadora portátil está sobre la cama. Hago un paso, la tomo, y vuelvo al baño. La apoyo en la mesada, y la abro.
-Cuidado-me dice él- una tecla equivocada, y … Y nada, en realidad, si ya estás muerta.
Pero no me detengo, y tipeo la dirección de la página sin dudar. La imagen aparece en menos de cinco segundos. Y la imagen nos refleja a él y a mi, en mi baño, ahora.
Cuento con su sorpresa para ganar los segundos que necesito. El mira la escena, que nos tiene a él apuntándome, y a mí desnuda, los dos quietos. Yo miro el contador de visitas, que está en cero.
Veo como su gesto de ganador se transforma en uno de incredulidad, y luego en otro de pánico.
-¿Qué, qué es esto?
La eternidad la describiré, de ahora en más, como el momento en que el contador de visitas pasó de cero a uno. Cuando le respondí, algunos segundos después, el contador estaba en más de cien.
-Esto es una señal que sale de una de cinco cámaras web que acabo de poner en la casa, esperando que aparecieras. Y ese numerito que ves abajo, la gente que lo está viendo.
El contador va por mil trescientos, y sube en progresión geométrica a cada segundo. No todos los días se ve a la conductora de un noticiero, desnuda en un baño, siendo apuntada por un arma.
-Ah-dice él, que al fin parece entender-Es esto del Twitter, ¿no?
Los teléfonos han empezado a sonar, el fijo y el celular, y en la computadora se empiezan a abrir ventanas que anuncian la llegada de mails. Pero nada me tranquiliza tanto como el sonido de un auto que se detiene en la puerta de la casa, y el reflejo proveniente de la luz de una sirena, que entra por la ventana del baño.
-Y eso que está llegando, debe ser la policía, alertada por la gente del canal.
El gesto ha cambiado nuevamente, y para mi sorpresa, esta vez es casi de serenidad.
-¿O sea que se acabó?
Asiento, sin decir una palabra.
-Te felicito. Sos menos estúpida de lo que pensaba. Ahora, si me disculpás, me gustaría quedarme solo.
Salgo del baño despacio, esperando el tiro, pero este no llega. Nunca. Sí el golpe de la puerta que se cierra tras de mí.
Y menos de cinco segundos después, sí, el disparo. Y el sonido de su cuerpo al desplomarse en el piso.
Nunca más volví a esa casa.
El síndrome de Estocolmo
El Síndrome de Estocolmo, en su versión oficina, es el más peligroso de todos. Semana tras semana, en días de 9 o más horas, encerrado con gente a la que no le pediría un vaso de agua en el Sahara. Y con Sandra.
Una “presencia agradable”, después de meses de ser la única, se va convirtiendo en algo más que eso. Cualquier forma que se esconda debajo de ropa formal, empieza a ser adivinada con el tiempo, y con más tiempo, pasa a ser codiciada.
Y cuando el único contacto con un mundo lleno de imbéciles, es tu secretaria, y cuando tu secretaria convierte cada pedido de colaboración tuyo en algo tangible, sonrisa mediante, la cabeza empieza a trabajar duro y parejo.
Y un roce casual se convierte en uno premeditado, y así, casi sin saberlo, estoy saliendo de un albergue transitorio, después de un almuerzo de negocios, que coincidió, a los efectos de la gente de recursos humanos, con una visita al médico de Sandra. Al lado mío, Sandra.
Hasta ahí, todo de manual. Bastante patético y mundano, pero de manual. Sin embargo, ese mediodía, en ese sórdido estacionamiento del albergue (todo es sórdido cuando la situación lo es), una serie de acontecimientos se desencadenan. Todos al mismo tiempo, y todos nefastos.
A veinte metros o menos de mi auto, unos ojos conocidos se clavan en los míos. Es Marcela, una amiga de mi mujer, recientemente separada. Marcela carga con todo el resentimiento del abandono, y lo descarga varias noches por semana en mi casa, cuando mi mujer la invita a cenar. El resultado son agrias discusiones, las que por lo general terminan con uno o dos insultos, y conmigo yéndome a dormir enojado, contaminado por venenos ajenos.
Y mi mujer que se queda con esta loca, hasta quien sabe qué hora de la mañana, hablando de lo turros que son los hombres. Agravado por el hecho de que es su amiga más cercana, y una de las pocas personas que frecuenta.
Marcela y yo no nos caemos.
Su reciente separación le garantiza impunidad para acostarse con quien quiera, y su odio por mi devendrá en que en los próximos diez minutos esté hablando con mi mujer, contándole con quien ha tenido el placer de cruzarse en este inmundo albergue. La cosa no pinta bien.
Solo por curiosidad, y aún en el medio de la debacle, trato de saber quién es su acompañante, pero lo único que veo es una silueta cubriéndose con una campera negra de mujer, mientras se sube al asiento del acompañante de Marcela. También de manual, Marcela está con una persona casada. Típico, todo tan típico que deprime.
La novela dura unos segundos, y mi secretaria no se percata de nada. Así de limpio ha sido todo.
El resto de la tarde es un infierno para mi, y el hecho de que yo mismo me lo haya ganado, no me tranquiliza en absoluto.
Soy un tipo frío, y en cualquier otra situación agarraría una hoja de papel, y dibujaría diversos cursos de acción. Ahora no tengo que hacerlo para saber que uno será peor que el otro. Y es que todos los problemas se reducen a uno: quiero a mi mujer, y esta estupidez del mediodía me hará perderla.
El intercomunicador me avisa que tengo una llamada, y la voz de Sandra me dice que es mi mujer.
-Pasala, por favor – le digo con lo que me queda de voz.
Ninguno de los dos dice siquiera un “Hola”, y el silencio dura algún tiempo. Al final es ella la que lo rompe.
-Martín, tenemos que hablar.
Y es curioso como esas cuatro palabras iluminan una parte de mi cerebro que estaba en noche cerrada, y veo todo con claridad. La escena de Marcela subiéndose al auto, y la de su acompañante escondiéndose tras una campera negra de mujer. Una campera negra de mujer, idéntica a una que tiene mi mujer.
Y me doy cuenta de que el Síndrome de Estocolmo, en una casa, es aún más peligroso que en una oficina.
Una “presencia agradable”, después de meses de ser la única, se va convirtiendo en algo más que eso. Cualquier forma que se esconda debajo de ropa formal, empieza a ser adivinada con el tiempo, y con más tiempo, pasa a ser codiciada.
Y cuando el único contacto con un mundo lleno de imbéciles, es tu secretaria, y cuando tu secretaria convierte cada pedido de colaboración tuyo en algo tangible, sonrisa mediante, la cabeza empieza a trabajar duro y parejo.
Y un roce casual se convierte en uno premeditado, y así, casi sin saberlo, estoy saliendo de un albergue transitorio, después de un almuerzo de negocios, que coincidió, a los efectos de la gente de recursos humanos, con una visita al médico de Sandra. Al lado mío, Sandra.
Hasta ahí, todo de manual. Bastante patético y mundano, pero de manual. Sin embargo, ese mediodía, en ese sórdido estacionamiento del albergue (todo es sórdido cuando la situación lo es), una serie de acontecimientos se desencadenan. Todos al mismo tiempo, y todos nefastos.
A veinte metros o menos de mi auto, unos ojos conocidos se clavan en los míos. Es Marcela, una amiga de mi mujer, recientemente separada. Marcela carga con todo el resentimiento del abandono, y lo descarga varias noches por semana en mi casa, cuando mi mujer la invita a cenar. El resultado son agrias discusiones, las que por lo general terminan con uno o dos insultos, y conmigo yéndome a dormir enojado, contaminado por venenos ajenos.
Y mi mujer que se queda con esta loca, hasta quien sabe qué hora de la mañana, hablando de lo turros que son los hombres. Agravado por el hecho de que es su amiga más cercana, y una de las pocas personas que frecuenta.
Marcela y yo no nos caemos.
Su reciente separación le garantiza impunidad para acostarse con quien quiera, y su odio por mi devendrá en que en los próximos diez minutos esté hablando con mi mujer, contándole con quien ha tenido el placer de cruzarse en este inmundo albergue. La cosa no pinta bien.
Solo por curiosidad, y aún en el medio de la debacle, trato de saber quién es su acompañante, pero lo único que veo es una silueta cubriéndose con una campera negra de mujer, mientras se sube al asiento del acompañante de Marcela. También de manual, Marcela está con una persona casada. Típico, todo tan típico que deprime.
La novela dura unos segundos, y mi secretaria no se percata de nada. Así de limpio ha sido todo.
El resto de la tarde es un infierno para mi, y el hecho de que yo mismo me lo haya ganado, no me tranquiliza en absoluto.
Soy un tipo frío, y en cualquier otra situación agarraría una hoja de papel, y dibujaría diversos cursos de acción. Ahora no tengo que hacerlo para saber que uno será peor que el otro. Y es que todos los problemas se reducen a uno: quiero a mi mujer, y esta estupidez del mediodía me hará perderla.
El intercomunicador me avisa que tengo una llamada, y la voz de Sandra me dice que es mi mujer.
-Pasala, por favor – le digo con lo que me queda de voz.
Ninguno de los dos dice siquiera un “Hola”, y el silencio dura algún tiempo. Al final es ella la que lo rompe.
-Martín, tenemos que hablar.
Y es curioso como esas cuatro palabras iluminan una parte de mi cerebro que estaba en noche cerrada, y veo todo con claridad. La escena de Marcela subiéndose al auto, y la de su acompañante escondiéndose tras una campera negra de mujer. Una campera negra de mujer, idéntica a una que tiene mi mujer.
Y me doy cuenta de que el Síndrome de Estocolmo, en una casa, es aún más peligroso que en una oficina.
Cámara
(Segunda parte de esta trilogía que viene de LUZ)
No se tumba una pared golpeando cualquier ladrillo, pero una vez que se sabe cuál es el correcto, caen todos como si fueran cartas.
Apenas salgo del tribunal, pasado el mediodía, busco un bar con wi fi, y armo una pequeña oficina que funciona a café con leche. Al terminar el trabajo, la cuenta dirá que me tomé seis, y yo estaré necesitando uno más.
A esa altura ya he decidido que no quiero limitarme a decir el nombre del asesino en cámara, sino que quiero contar la historia tal y como sé que sucedió, y a escribir me dedico.
No hace falta una gran prosa –y no soy manca-, para contar hechos. Cuando la información habla, los adjetivos se callan, y el cuento surge como si fuera película. Cada minuto coincide a la perfección con las declaraciones de quienes dijeron la verdad, y cada mentira cae por su propio peso, haciendo ruido.
El taxi me lleva por caminos que no veo, absorbida por la pantallita de la notebook, que leo y releo hasta que cada error se corrige. No son muchos, pero uno bastaría para que mi humor cambie, así es mi obsesión.
Llego al canal con la energía de quince conejitos Duracell, y a los gritos me rodeo de productores. Cuento la historia como si acabara de salir de un cine, mientras la impresora no deja de sacar copias. En menos de una hora, todos han comprado. Todos menos uno.
El productor ejecutivo es un tipo con oficio, olfato y pasión por su trabajo, y me escuchó con una atención que hace tiempo no le veía dedicar a nada.
-No. Con eso no podés salir al aire.
El productor ejecutivo es un cagón mediocre, que le hizo el ADN a cada uno de sus tres hijos, “solo porque todos los hechos tienen que ser comprobados”.
Le sonrío, lo seduzco, lo insulto, lo perdono, le lloro un poco, y termino re cagándolo a gritos.
-Mirá, es decisión del Raúl (el productor general). Es un tema muy groso, y en definitiva, todo tu argumento depende de algo totalmente intangible.
Y Raúl, que sí es un productor de sangre (y lo seguirá siendo hasta que me contradiga), no está en el canal, y “no puede ser contactado”. Podría escalar la cosa directamente hasta el gerente de noticias, pero sería puentear a Raúl, y no es sabio.
-Dos horas. En dos horas viene Raúl y él decide. Y si está de acuerdo, lo calzamos en prime time. ¿No te parece mejor?
Es mejor, y lo que más rabia me da, es que tiene razón. O sea, lo que tengo son suposiciones, que a nadie se le han ocurrido en casi diez años, y que probablemente cierren nada más que en mi cabeza.
-Podrite. Me voy a casa. Me hartaste, vos y tu miedito. Sean felices.
Salgo indignada, y golpeo cuanta puerta hay entre la sala en la que estaba reunida, y la salida del canal. El viento de la calle es una copia del de la mañana, aquel que hizo volar la puta hoja, y empezó todo esto. Y trae otra idea, una realmente estúpida. La adoro.
Volver al canal y buscar las cosas que necesito, me toma menos de cinco minutos, y ya estoy en el auto. Estoy decidida, y no quiero pensar. Tengo que lograr no pensar.
La guardia -vivo en un barrio cerrado- me saluda con una sonrisa –, y agradezco que la calefacción de casa esté prendida. El frío que hace afuera es increíble.
La casa está vacía, y así estará por al menos un par de horas más. Hago las cosas que tengo que hacer, y me sumerjo en la bañadera. El cansancio de años y años de intriga me cae de golpe. Sé la fama que vendrá con la historia, y hasta quizá, algo de fortuna. Un libro, o por ahí la película. Nada de eso me importa. Solo yo sé de mi obsesión por la verdad –por esa, aunque sea-, y la tranquilidad que me da haber descubierto el acertijo.
Lo otro, la estúpida idea de la periodista de investigación que soy, parece más estúpida con el paso de los segundos. ¿Quién carajo me creo que soy?
Pero nada como la puta ironía de la vida, y no tengo que adivinar de quién es la sombra que se refleja en el piso, para saber qué he sido una pelotuda. O no, he sido vivísima, dando toda la vuelta para convertirme en pelotuda, para siempre.
Y quizá sea esta, si, la última vez que me equivoco.
(Termina en Acción)
No se tumba una pared golpeando cualquier ladrillo, pero una vez que se sabe cuál es el correcto, caen todos como si fueran cartas.
Apenas salgo del tribunal, pasado el mediodía, busco un bar con wi fi, y armo una pequeña oficina que funciona a café con leche. Al terminar el trabajo, la cuenta dirá que me tomé seis, y yo estaré necesitando uno más.
A esa altura ya he decidido que no quiero limitarme a decir el nombre del asesino en cámara, sino que quiero contar la historia tal y como sé que sucedió, y a escribir me dedico.
No hace falta una gran prosa –y no soy manca-, para contar hechos. Cuando la información habla, los adjetivos se callan, y el cuento surge como si fuera película. Cada minuto coincide a la perfección con las declaraciones de quienes dijeron la verdad, y cada mentira cae por su propio peso, haciendo ruido.
El taxi me lleva por caminos que no veo, absorbida por la pantallita de la notebook, que leo y releo hasta que cada error se corrige. No son muchos, pero uno bastaría para que mi humor cambie, así es mi obsesión.
Llego al canal con la energía de quince conejitos Duracell, y a los gritos me rodeo de productores. Cuento la historia como si acabara de salir de un cine, mientras la impresora no deja de sacar copias. En menos de una hora, todos han comprado. Todos menos uno.
El productor ejecutivo es un tipo con oficio, olfato y pasión por su trabajo, y me escuchó con una atención que hace tiempo no le veía dedicar a nada.
-No. Con eso no podés salir al aire.
El productor ejecutivo es un cagón mediocre, que le hizo el ADN a cada uno de sus tres hijos, “solo porque todos los hechos tienen que ser comprobados”.
Le sonrío, lo seduzco, lo insulto, lo perdono, le lloro un poco, y termino re cagándolo a gritos.
-Mirá, es decisión del Raúl (el productor general). Es un tema muy groso, y en definitiva, todo tu argumento depende de algo totalmente intangible.
Y Raúl, que sí es un productor de sangre (y lo seguirá siendo hasta que me contradiga), no está en el canal, y “no puede ser contactado”. Podría escalar la cosa directamente hasta el gerente de noticias, pero sería puentear a Raúl, y no es sabio.
-Dos horas. En dos horas viene Raúl y él decide. Y si está de acuerdo, lo calzamos en prime time. ¿No te parece mejor?
Es mejor, y lo que más rabia me da, es que tiene razón. O sea, lo que tengo son suposiciones, que a nadie se le han ocurrido en casi diez años, y que probablemente cierren nada más que en mi cabeza.
-Podrite. Me voy a casa. Me hartaste, vos y tu miedito. Sean felices.
Salgo indignada, y golpeo cuanta puerta hay entre la sala en la que estaba reunida, y la salida del canal. El viento de la calle es una copia del de la mañana, aquel que hizo volar la puta hoja, y empezó todo esto. Y trae otra idea, una realmente estúpida. La adoro.
Volver al canal y buscar las cosas que necesito, me toma menos de cinco minutos, y ya estoy en el auto. Estoy decidida, y no quiero pensar. Tengo que lograr no pensar.
La guardia -vivo en un barrio cerrado- me saluda con una sonrisa –, y agradezco que la calefacción de casa esté prendida. El frío que hace afuera es increíble.
La casa está vacía, y así estará por al menos un par de horas más. Hago las cosas que tengo que hacer, y me sumerjo en la bañadera. El cansancio de años y años de intriga me cae de golpe. Sé la fama que vendrá con la historia, y hasta quizá, algo de fortuna. Un libro, o por ahí la película. Nada de eso me importa. Solo yo sé de mi obsesión por la verdad –por esa, aunque sea-, y la tranquilidad que me da haber descubierto el acertijo.
Lo otro, la estúpida idea de la periodista de investigación que soy, parece más estúpida con el paso de los segundos. ¿Quién carajo me creo que soy?
Pero nada como la puta ironía de la vida, y no tengo que adivinar de quién es la sombra que se refleja en el piso, para saber qué he sido una pelotuda. O no, he sido vivísima, dando toda la vuelta para convertirme en pelotuda, para siempre.
Y quizá sea esta, si, la última vez que me equivoco.
(Termina en Acción)
Te sigo. Capítulo 16. Control de daños.
Tengo más conocimientos sobre el cuerpo humano que muchos cirujanos en edad de retiro. Una autopsia es una forma excelente de aprender, pero mejor aún es practicarla cuando el paciente está vivo. Sé que órganos envían las señales más potentes al cerebro, y cuales, pese a ser vitales, tienen un estoicismo que hace aconsejable no lidiar con ellos, salvo que se quiera causar una muerte inmediata. Y no es mi objetivo.
El diario de hoy le ha dado un nuevo sentido a mi vida. O varios, para ser preciso. La lista de gente con la que mejoraré aún más mis conocimientos anatómicos está escrita en piedra en mi corazón, pero aún no es tiempo para eso. Hay prioridades, que una vez más debo agradecerle a Ignacio Pérez.
Lo primero es hacer un control de daños. Que los muchachos de El Eternauta hayan sido atrapados, y que se los haya vinculado al intendente es grave, pero para que la cosa no pase de oscuro a negro es necesario que el intendente arda en toda su inmensidad. Y rápido.
A través de periodistas que reciben sobres más gruesos de mi parte que de los medios que los emplean, pongo a disposición de la masa la lista de activos del intendente. El tipo tiene mucho, y ha sido aún mucho más estúpido. Desde el accidente de Nikki Lauda en Nurburgring, en el ’76, que una Ferrari no le causaba tanto daño a una persona. Y él tiene dos, que terminan de enterrarlo.
La única forma de esconder al diablo es fabricar otro diablo, o promocionarlo, en caso que alguno ya haya aparecido.
Hay muchas maneras de hacer dinero. Tantas como personas a quién sacárselo, pero solo unas pocas de gastarlo con prudencia, y el intendente no usó ninguna. Tiene bien ganado lo que se le viene y ese es el motivo de esta reunión.
Sentados en torno a la mesa de vidrio hay cuatro hombres: un senador, un juez federal, un empresario de medios y el dueño de un banco. Todos ellos hombres públicos. Es lógico entonces que hayan elegido un edificio de bajo perfil como este para reunirse. Nuevamente me encuentro mirando al río, esta vez desde Catalinas en lugar de Puerto Madero. En la esquina de las calles Córdoba y Alem, las famosas “Torres Negras”, quizás dos de los edificios de más alto perfil de la ciudad de Buenos Aires. Imbéciles.
En su defensa, si bien los edificios son muy conocidos, la entrada es más bien privada. Desde el estacionamiento se pasa directamente al ascensor, y como cada uno de estos personajes viaja con su séquito, nadie más puede subir con ellos. Verlos entrar al ascensor tiene algo de gracia. Primero sube un guardaespaldas, que tapa con un pañuelo la cámara. Los guardias del edificio están acostumbrados a este tipo de excentricidades, así que nadie dice nada. Después sube el personaje importante en cuestión, que se ubica en el punto ciego de la cámara, por si el pañuelo no hiciera suficientemente bien su trabajo. Y después dos tipos más cuya función es hacer número, y que nadie más pueda ingresar. Y así protegen su intimidad en el minuto o menos que dura el viaje.
Los últimos tres pisos de la torre pertenecen a una sociedad anónima cuyos dueños son desconocidos hasta para mi. Puedo intuir sus nombres, pero no asegurarlo, y está bien así. Por acceder a estos tres pisos se paga una suma mensual en efectivo que excede el presupuesto de educación o salud de una municipalidad pequeña. Pero se desembolsa en efectivo, sin constancia alguna, y entonces es lo mismo que nada.
Porque estos hombres manejan efectivo, grandes cantidades y de forma equivocada. Salvo el dueño del banco, que tampoco es muy versado en cuestiones de eficiencia, pero en el país de los ciegos el tuerto es presidente de un banco. Y los ciegos funcionarios.
Y más importante que eso, cada uno de estos cuatro hombres está vinculado con el intendente a través de su ahora famosa “red de trata de blancas”. No solo como inversores, sino como usuarios. Es el caso de los millonarios a los que les gusta jugar al tenis, y deciden financiar su propio campeonato. Así, pero con un producto menos políticamente correcto que el tenis (pero más popular), han decidido ya hace algunos años que las mujeres no solo pueden proporcionar placer, sino dinero. Y el dinero no es algo que les moleste. Son tan estúpidos como voraces.
Las once de la mañana, y el senador está absorto en sus huevos revueltos con panceta, que un mozo negro de guantes blancos acaba de traerle. Los cubiertos son de plata y los vasos de algún cristal europeo que nadie valora, pero cuyo costo es considerable. Los otros conversan entre sí, salvo el juez que la medita sobre algunos bueyes que estarán esperando sentencia, mientras su mano temblorosa agita un vaso de Jhonny Walker etiqueta azul, con soda.
Conozco los antecedentes del juez, y estoy seguro de que quiere terminar la reunión cuanto antes para usar los servicios de las prostitutas del piso treinta y dos. Porque además de un restaurante, diversas salas de juego, sauna y gimnasio, el club posee un servicio de acompañantes las veinticuatro horas del día, "solo para miembros". Este doble sentido barato haría furor en Twitter.
El técnico que trajo el empresario de los medios está terminando su revisación. Es interesante porque ya ha hecho lo mismo el ingeniero del senador. La confianza entre ellos es nula y jamás dicen nada hasta estar seguros de que no están siendo grabados. El “off the record” entre ellos jamás se asume y la única palabra que los obliga es la grabada, de ahí la obsesión y la necesidad de que no haya micrófonos. .
Habiendo determinado (dos veces) que no los hay, ni cámaras en la sala o en los asistentes, la reunión puede comenzar, lo que quiere decir que yo debo empezar a hablar.
-Como saben, la situación es muy comprometida. Los medios están ya sobre el asunto, para no hablar de la justicia.
-¿Y qué querés? ¿Cómo puede ser alguien tan boludo? – pregunta el empresario de medios.
Desconté que la primera media hora iba a estar dedicada a recriminaciones, así que nada mejor que arrancar de lleno con el asunto. Todos empiezan largas argumentaciones sobre la imbecilidad del intendente. El fin, por supuesto, es resaltar además la prudencia propia. Siempre que cae un colega hay parte de alivio y preocupación por uno mismo, y las están expresando con ganas.
-Hay que dejar que se pudra – dice el juez, solidario como siempre, y no puedo evitar la tranquilidad de saber que un tipo así jamás tendrá un poder de decisión sobre mi. La compasión es no es una carta que exista en su mazo. Ni en el mío.
Los senadores coinciden y todo parece estar decidido entonces. Caerá el intendente, aunque las cosas no siempre son tan fáciles como parecen, ni planeo dejar que lo sean.
-Si él cae, y si no lo ayudan, no caerá solo. (Señalar lo obvio, entre esta gente, no siempre está de más).
-¿Qué quiere, ver morir a toda su familia? – acota el senador, en su papel de El Padrino.
Estos tipos compran lo que venden, y creen que es fácil mandar a matar a alguien. En realidad tienen razón, pero lo complicado es hacerlo por razones convencionales. Cuando hay un nexo causal lógico las cosas pueden complicarse. Es fácil matar a una mujer, pero no es fácil matar a "tu" mujer. Y no solo porque el código penal diga que es un agravante, sino porque la pareja es la primer persona que la policía investiga siempre. Y casi la única. Lo mismo en el caso de crímenes de alto perfil. Los socios o vinculados son los primeros sospechosos. Pero estos tipos no piensan en eso. ¿Por que habrían de hacerlo, si para eso estoy yo?
Por otro lado, si supieran lo que se pierden no haciéndolo ellos mismos, no estarían tan ansiosos en tercerizar.
Pero esta gente tampoco se distingue por su valor. Me concentro.
-Ya contuve el daño local lo máximo posible. Hablé con el tipo en Europa. Estaría dispuesto a callarse.
-Me imagino – dice el banquero - Pero hay un pero, ¿no?
-Si. Le congelaron todas las cuentas locales y está teniendo problemas para operar con las europeas. Tiene problemas de liquidez.
-Lo hubiera pensado mejor antes de comprar las Ferraris. – el senador nuevamente.
-¿Cuánto quiere? – pregunta el banquero, siempre práctico.
-Veinte millones. Euros.
Hubiera sido lo mismo si les hubiera dicho veinte que dos, o cien mil dólares. Explotan en un clamor de justa indignación. Se sienten robados y estafados, insultados y heridos. Contentos. Es algo que pueden arreglar con plata.
-¿Y en cuánto puede quedar? – de vuelta el banquero.
Finjo meditar. En realidad el intendente ha pedido cinco millones, esperando recibir dos, en el mejor de los casos, y estaría dispuesto a aceptar cero, y que lo dejen en paz, mientras que los papeles de extradición se manejen con la inoperancia habitual, pero yo no trabajo gratis, y estamos hablando de un buen complemento para mi jubilación. Y de recursos ilimitados para lo que tengo por delante.
-Podríamos negociar, es cierto. Pero, ¿realmente queremos correr riesgos?
Se miran entre sí y veo los rostros de alivio. Veinte entre cuatro es una cuenta que hasta ellos pueden hacer sin la necesidad de una calculadora financiera, y cinco millones de euros es el mínimo que tienen en cualquiera de sus varias cuentas del exterior.
-¿Vos lo arreglás?
-Si, por el veinte por ciento habitual – les digo con tranquilidad – Eso es un millón más cada uno.
Les hago la cuenta para no ponerlos incómodos, sobre todo al juez, cuyo manejo de números es cuando menos pobre. No estoy siendo ambicioso sino prudente. Ninguno de los que están aquí sentados ha hecho jamás cosa alguna sin cobrar su diez por ciento, así que no esperan que yo lo haga. Y el veinte es mi tarifa usual.
Tampoco la cuestionan. Saben de mi “lealtad”. En el pasado he absorbido golpes por ellos, y mi exilio en el inmundo Puerto Madero, a escasas cuadras de esta torre, está fresco aún en la mente de todos. Las cosas finalmente salieron bien, pero la historia podría haber sido distinta, y en ningún momento me quejé, o amenacé con abrirme. Su confianza es algo que me pertenece ya por derecho propio.
-Está arreglado entonces. ¿Y cómo fue que pasó todo? – pregunta un senador.
Estoy preparado para contar una historia distinta a la que ocurrió, por supuesto, pero por regla general, cuanto menos tenga uno que mentir, mejor es. Y la verdad, en este caso, provocaría que todos ellos al unísono se pusieran a gritarle a sus guardaespaldas que me maten.
-Creo que cuantos menos detalles se mencionen, mejor.
Porque si bien es cierto que la inoperancia de los de El Eternauta fue manifiesta, y su vínculo con el intendente algo fortuito pero descuidado, el origen de todo deriva de mi estúpida decisión de enviarles a Trini para que me la cuidaran.
Pero los cuatro “hombres poderosos” aceptan mi respuesta por buena y dan por terminada la reunión. Todos ellos son hombres de negocios, y ya están pensando en formas de recuperar los cinco millones de euros que acaban de perder. El más estúpido de ellos (el juez con seguridad) no tardará más de un mes en hacerlo.
Hacer control de daños siempre es redituable (no tanto como en esta oportunidad), pero aburrido. Hay cada vez menos cosas en mi vida que generen adrenalina y esta no es una de ellas. Por suerte todavía quedan otras.
Capítulo 15. La Calma
Capítulo 17. Atando cabos
El diario de hoy le ha dado un nuevo sentido a mi vida. O varios, para ser preciso. La lista de gente con la que mejoraré aún más mis conocimientos anatómicos está escrita en piedra en mi corazón, pero aún no es tiempo para eso. Hay prioridades, que una vez más debo agradecerle a Ignacio Pérez.
Lo primero es hacer un control de daños. Que los muchachos de El Eternauta hayan sido atrapados, y que se los haya vinculado al intendente es grave, pero para que la cosa no pase de oscuro a negro es necesario que el intendente arda en toda su inmensidad. Y rápido.
A través de periodistas que reciben sobres más gruesos de mi parte que de los medios que los emplean, pongo a disposición de la masa la lista de activos del intendente. El tipo tiene mucho, y ha sido aún mucho más estúpido. Desde el accidente de Nikki Lauda en Nurburgring, en el ’76, que una Ferrari no le causaba tanto daño a una persona. Y él tiene dos, que terminan de enterrarlo.
La única forma de esconder al diablo es fabricar otro diablo, o promocionarlo, en caso que alguno ya haya aparecido.
Hay muchas maneras de hacer dinero. Tantas como personas a quién sacárselo, pero solo unas pocas de gastarlo con prudencia, y el intendente no usó ninguna. Tiene bien ganado lo que se le viene y ese es el motivo de esta reunión.
Sentados en torno a la mesa de vidrio hay cuatro hombres: un senador, un juez federal, un empresario de medios y el dueño de un banco. Todos ellos hombres públicos. Es lógico entonces que hayan elegido un edificio de bajo perfil como este para reunirse. Nuevamente me encuentro mirando al río, esta vez desde Catalinas en lugar de Puerto Madero. En la esquina de las calles Córdoba y Alem, las famosas “Torres Negras”, quizás dos de los edificios de más alto perfil de la ciudad de Buenos Aires. Imbéciles.
En su defensa, si bien los edificios son muy conocidos, la entrada es más bien privada. Desde el estacionamiento se pasa directamente al ascensor, y como cada uno de estos personajes viaja con su séquito, nadie más puede subir con ellos. Verlos entrar al ascensor tiene algo de gracia. Primero sube un guardaespaldas, que tapa con un pañuelo la cámara. Los guardias del edificio están acostumbrados a este tipo de excentricidades, así que nadie dice nada. Después sube el personaje importante en cuestión, que se ubica en el punto ciego de la cámara, por si el pañuelo no hiciera suficientemente bien su trabajo. Y después dos tipos más cuya función es hacer número, y que nadie más pueda ingresar. Y así protegen su intimidad en el minuto o menos que dura el viaje.
Los últimos tres pisos de la torre pertenecen a una sociedad anónima cuyos dueños son desconocidos hasta para mi. Puedo intuir sus nombres, pero no asegurarlo, y está bien así. Por acceder a estos tres pisos se paga una suma mensual en efectivo que excede el presupuesto de educación o salud de una municipalidad pequeña. Pero se desembolsa en efectivo, sin constancia alguna, y entonces es lo mismo que nada.
Porque estos hombres manejan efectivo, grandes cantidades y de forma equivocada. Salvo el dueño del banco, que tampoco es muy versado en cuestiones de eficiencia, pero en el país de los ciegos el tuerto es presidente de un banco. Y los ciegos funcionarios.
Y más importante que eso, cada uno de estos cuatro hombres está vinculado con el intendente a través de su ahora famosa “red de trata de blancas”. No solo como inversores, sino como usuarios. Es el caso de los millonarios a los que les gusta jugar al tenis, y deciden financiar su propio campeonato. Así, pero con un producto menos políticamente correcto que el tenis (pero más popular), han decidido ya hace algunos años que las mujeres no solo pueden proporcionar placer, sino dinero. Y el dinero no es algo que les moleste. Son tan estúpidos como voraces.
Las once de la mañana, y el senador está absorto en sus huevos revueltos con panceta, que un mozo negro de guantes blancos acaba de traerle. Los cubiertos son de plata y los vasos de algún cristal europeo que nadie valora, pero cuyo costo es considerable. Los otros conversan entre sí, salvo el juez que la medita sobre algunos bueyes que estarán esperando sentencia, mientras su mano temblorosa agita un vaso de Jhonny Walker etiqueta azul, con soda.
Conozco los antecedentes del juez, y estoy seguro de que quiere terminar la reunión cuanto antes para usar los servicios de las prostitutas del piso treinta y dos. Porque además de un restaurante, diversas salas de juego, sauna y gimnasio, el club posee un servicio de acompañantes las veinticuatro horas del día, "solo para miembros". Este doble sentido barato haría furor en Twitter.
El técnico que trajo el empresario de los medios está terminando su revisación. Es interesante porque ya ha hecho lo mismo el ingeniero del senador. La confianza entre ellos es nula y jamás dicen nada hasta estar seguros de que no están siendo grabados. El “off the record” entre ellos jamás se asume y la única palabra que los obliga es la grabada, de ahí la obsesión y la necesidad de que no haya micrófonos. .
Habiendo determinado (dos veces) que no los hay, ni cámaras en la sala o en los asistentes, la reunión puede comenzar, lo que quiere decir que yo debo empezar a hablar.
-Como saben, la situación es muy comprometida. Los medios están ya sobre el asunto, para no hablar de la justicia.
-¿Y qué querés? ¿Cómo puede ser alguien tan boludo? – pregunta el empresario de medios.
Desconté que la primera media hora iba a estar dedicada a recriminaciones, así que nada mejor que arrancar de lleno con el asunto. Todos empiezan largas argumentaciones sobre la imbecilidad del intendente. El fin, por supuesto, es resaltar además la prudencia propia. Siempre que cae un colega hay parte de alivio y preocupación por uno mismo, y las están expresando con ganas.
-Hay que dejar que se pudra – dice el juez, solidario como siempre, y no puedo evitar la tranquilidad de saber que un tipo así jamás tendrá un poder de decisión sobre mi. La compasión es no es una carta que exista en su mazo. Ni en el mío.
Los senadores coinciden y todo parece estar decidido entonces. Caerá el intendente, aunque las cosas no siempre son tan fáciles como parecen, ni planeo dejar que lo sean.
-Si él cae, y si no lo ayudan, no caerá solo. (Señalar lo obvio, entre esta gente, no siempre está de más).
-¿Qué quiere, ver morir a toda su familia? – acota el senador, en su papel de El Padrino.
Estos tipos compran lo que venden, y creen que es fácil mandar a matar a alguien. En realidad tienen razón, pero lo complicado es hacerlo por razones convencionales. Cuando hay un nexo causal lógico las cosas pueden complicarse. Es fácil matar a una mujer, pero no es fácil matar a "tu" mujer. Y no solo porque el código penal diga que es un agravante, sino porque la pareja es la primer persona que la policía investiga siempre. Y casi la única. Lo mismo en el caso de crímenes de alto perfil. Los socios o vinculados son los primeros sospechosos. Pero estos tipos no piensan en eso. ¿Por que habrían de hacerlo, si para eso estoy yo?
Por otro lado, si supieran lo que se pierden no haciéndolo ellos mismos, no estarían tan ansiosos en tercerizar.
Pero esta gente tampoco se distingue por su valor. Me concentro.
-Ya contuve el daño local lo máximo posible. Hablé con el tipo en Europa. Estaría dispuesto a callarse.
-Me imagino – dice el banquero - Pero hay un pero, ¿no?
-Si. Le congelaron todas las cuentas locales y está teniendo problemas para operar con las europeas. Tiene problemas de liquidez.
-Lo hubiera pensado mejor antes de comprar las Ferraris. – el senador nuevamente.
-¿Cuánto quiere? – pregunta el banquero, siempre práctico.
-Veinte millones. Euros.
Hubiera sido lo mismo si les hubiera dicho veinte que dos, o cien mil dólares. Explotan en un clamor de justa indignación. Se sienten robados y estafados, insultados y heridos. Contentos. Es algo que pueden arreglar con plata.
-¿Y en cuánto puede quedar? – de vuelta el banquero.
Finjo meditar. En realidad el intendente ha pedido cinco millones, esperando recibir dos, en el mejor de los casos, y estaría dispuesto a aceptar cero, y que lo dejen en paz, mientras que los papeles de extradición se manejen con la inoperancia habitual, pero yo no trabajo gratis, y estamos hablando de un buen complemento para mi jubilación. Y de recursos ilimitados para lo que tengo por delante.
-Podríamos negociar, es cierto. Pero, ¿realmente queremos correr riesgos?
Se miran entre sí y veo los rostros de alivio. Veinte entre cuatro es una cuenta que hasta ellos pueden hacer sin la necesidad de una calculadora financiera, y cinco millones de euros es el mínimo que tienen en cualquiera de sus varias cuentas del exterior.
-¿Vos lo arreglás?
-Si, por el veinte por ciento habitual – les digo con tranquilidad – Eso es un millón más cada uno.
Les hago la cuenta para no ponerlos incómodos, sobre todo al juez, cuyo manejo de números es cuando menos pobre. No estoy siendo ambicioso sino prudente. Ninguno de los que están aquí sentados ha hecho jamás cosa alguna sin cobrar su diez por ciento, así que no esperan que yo lo haga. Y el veinte es mi tarifa usual.
Tampoco la cuestionan. Saben de mi “lealtad”. En el pasado he absorbido golpes por ellos, y mi exilio en el inmundo Puerto Madero, a escasas cuadras de esta torre, está fresco aún en la mente de todos. Las cosas finalmente salieron bien, pero la historia podría haber sido distinta, y en ningún momento me quejé, o amenacé con abrirme. Su confianza es algo que me pertenece ya por derecho propio.
-Está arreglado entonces. ¿Y cómo fue que pasó todo? – pregunta un senador.
Estoy preparado para contar una historia distinta a la que ocurrió, por supuesto, pero por regla general, cuanto menos tenga uno que mentir, mejor es. Y la verdad, en este caso, provocaría que todos ellos al unísono se pusieran a gritarle a sus guardaespaldas que me maten.
-Creo que cuantos menos detalles se mencionen, mejor.
Porque si bien es cierto que la inoperancia de los de El Eternauta fue manifiesta, y su vínculo con el intendente algo fortuito pero descuidado, el origen de todo deriva de mi estúpida decisión de enviarles a Trini para que me la cuidaran.
Pero los cuatro “hombres poderosos” aceptan mi respuesta por buena y dan por terminada la reunión. Todos ellos son hombres de negocios, y ya están pensando en formas de recuperar los cinco millones de euros que acaban de perder. El más estúpido de ellos (el juez con seguridad) no tardará más de un mes en hacerlo.
Hacer control de daños siempre es redituable (no tanto como en esta oportunidad), pero aburrido. Hay cada vez menos cosas en mi vida que generen adrenalina y esta no es una de ellas. Por suerte todavía quedan otras.
Capítulo 15. La Calma
Capítulo 17. Atando cabos
Siete
El ruido fue el de un piano al estrellarse contra el suelo, luego de una caída de cinco pisos.
-Naciste de nuevo, piba-me dijo el de la empresa de mudanzas, aliviado, y supe que era él quien había dejado escapar el instrumento musical.
Todos me miraban con sorpresa, y ninguno dijo nada más, mientas yo me alejaba sorteando las teclas que regaban la esquina de Montevideo y Guido.
Cruzaba Juncal, todavía pensando en el piano, cuando sentí la suave presión del caño contra mis riñones. No entiendo mucho de armas, pero tuve un “amigo” al que sí le gustaban, y algo me enseñó. Creí adivinar que se trataba de un calibre mediano, tal vez un 38.
-Cartera y celular, ya.
Me frené en seco, en el medio de la calle, sobresaltada por el colectivo que a unos veinte metros aceleraba, apuntándome al medio de las piernas. Pude sentir que mi asaltante también se ponía rígido, y los dos nos preparamos para el impacto.
Sin embargo, y como por arte de magia, sumado al pésimo mantenimiento de las calles, el cráter se tragó al colectivo íntegro, haciéndolo desaparecer casi por completo. No había sido un terremoto, ni siquiera un temblor. Solo un hueco que en aquel particular momento del día, y de mi vida, había decidido almorzar un vehículo de la línea 59.
Mi asaltante –seguía aún conmigo- no reaccionó tan fríamente como yo, y se lanzó a correr hacia la plaza Vicente López, tal vez contento de que el intendente de turno no fuera tan eficiente.
El resto del día transcurrió con la misma parsimonia. El rottweiler que fue detenido por su dueño a centímetros de mi cuello, en la misma plaza que el asaltante había cruzado corriendo, la fuga de gas que detonó la oficina de Telefónica que yo acababa de abandonar, y hasta el pedazo de milanesa que aquel generoso comensal sacó de mi tráquea, mediante la consabida maniobra de Heimlich.
Me sentía invencible, inmortal, y fue por eso que, contra todo lo que había aprendido en mis cuatro años de acompañante, metí un tipo desconocido en mi casa. En mi defensa, el tipo había logrado poner en mi mano quinientos dólares, casi sin que yo me diera cuenta.
Pero fue un error, y los errores se pagan. El tipo (Campeón, me pidió que lo llamara, el muy tarado), está apretando fuerte mi cuello, mientras sonríe de una forma que asustaría al diablo.
Siento que el aire se me escapa, y mientras se nubla mi visión, empiezo a recordar cada uno de los sucesos del día. Y los cuento. Seis.
La ironía, la dulce ironía, el séptimo será el último.
-Naciste de nuevo, piba-me dijo el de la empresa de mudanzas, aliviado, y supe que era él quien había dejado escapar el instrumento musical.
Todos me miraban con sorpresa, y ninguno dijo nada más, mientas yo me alejaba sorteando las teclas que regaban la esquina de Montevideo y Guido.
Cruzaba Juncal, todavía pensando en el piano, cuando sentí la suave presión del caño contra mis riñones. No entiendo mucho de armas, pero tuve un “amigo” al que sí le gustaban, y algo me enseñó. Creí adivinar que se trataba de un calibre mediano, tal vez un 38.
-Cartera y celular, ya.
Me frené en seco, en el medio de la calle, sobresaltada por el colectivo que a unos veinte metros aceleraba, apuntándome al medio de las piernas. Pude sentir que mi asaltante también se ponía rígido, y los dos nos preparamos para el impacto.
Sin embargo, y como por arte de magia, sumado al pésimo mantenimiento de las calles, el cráter se tragó al colectivo íntegro, haciéndolo desaparecer casi por completo. No había sido un terremoto, ni siquiera un temblor. Solo un hueco que en aquel particular momento del día, y de mi vida, había decidido almorzar un vehículo de la línea 59.
Mi asaltante –seguía aún conmigo- no reaccionó tan fríamente como yo, y se lanzó a correr hacia la plaza Vicente López, tal vez contento de que el intendente de turno no fuera tan eficiente.
El resto del día transcurrió con la misma parsimonia. El rottweiler que fue detenido por su dueño a centímetros de mi cuello, en la misma plaza que el asaltante había cruzado corriendo, la fuga de gas que detonó la oficina de Telefónica que yo acababa de abandonar, y hasta el pedazo de milanesa que aquel generoso comensal sacó de mi tráquea, mediante la consabida maniobra de Heimlich.
Me sentía invencible, inmortal, y fue por eso que, contra todo lo que había aprendido en mis cuatro años de acompañante, metí un tipo desconocido en mi casa. En mi defensa, el tipo había logrado poner en mi mano quinientos dólares, casi sin que yo me diera cuenta.
Pero fue un error, y los errores se pagan. El tipo (Campeón, me pidió que lo llamara, el muy tarado), está apretando fuerte mi cuello, mientras sonríe de una forma que asustaría al diablo.
Siento que el aire se me escapa, y mientras se nubla mi visión, empiezo a recordar cada uno de los sucesos del día. Y los cuento. Seis.
La ironía, la dulce ironía, el séptimo será el último.
Luz
Los jueces escuchan mentiras y verdades por igual, sin distinguirlas. También lo hace el resto de los presentes. No hay hechos, solo palabras, y todas se contradicen.
Hay más teorías acerca de este crimen, que sobre la muerte de Kennedy, y tantos sospechosos como familiares y amigos. Hay hasta incluso un culpable –así lo ha dicho la justicia-, pero nadie pondría un dedo en el fuego por nada. Y yo menos que nadie.
Reviso mis notas, cuadros, fotos y dibujos, mientras se produce una de las tantas demoras a las que estamos acostumbrados. Una testigo sufrió un bajón de presión, y los médicos, paramédicos, enfermeros o lo que sea que sean, tratan de reanimarla.
Alguien abre una ventana, y la corriente de aire se convierte en un golpe de claridad. Así es como sucede: el viento amenaza con hacer volar mis notas, y mis dos manos se apoyan en la pila de papeles con desesperación. No quiero el bochorno de tener que recoger hojas delante de colegas y asistentes, y alcanzo a retener casi todos. Casi, uno se me cae, pero no es ahí cuando me doy cuenta.
Los dedos de mis manos han formado un curioso mapa entre los papeles. El índice de la derecha señala uno de los acusados, mientras el pulgar de la izquierda se apoya en mi “lista de motivos”. El meñique roza la de “coartadas”, y la idea me pega como una maza en la sien. Tuvo que haber sido él.
Siento que me falta el aire, y lo que ocurre a continuación termina de aniquilarme.
-Disculpame, se te cayó esto.
Es él, que me alcanza el papel que no vi volar, y que sin duda voló. El, y no otro, el que con una sonrisa amable y ojos que parecen horadar mi alma, está parado enfrente mío.
No soy yo la que contesta, sino esa que día tras día mira una cámara como si nada pasara, aunque el mundo se esté derrumbando. Años de entrenamiento se hacen cargo, y con mi mejor cara de boluda, sonrío.
-Sí, gracias.
Sostengo su mirada por exactamente el mismo tiempo que tarda el operador del canal en mandar una grabación, y vuelvo a lo mío.
Con la misma presencia con que enfrenté la caída de las torres, frente a una multitud que me veía por la tele, acomodo papelito sobre papelito, sabiendo que él aún está mirando.
Nada de relevancia ocurre el resto de la mañana, y el descubrimiento del asesino queda sepultado por la terrible duda: ¿sabrá que lo sé?
(Sigue en Cámara)
Hay más teorías acerca de este crimen, que sobre la muerte de Kennedy, y tantos sospechosos como familiares y amigos. Hay hasta incluso un culpable –así lo ha dicho la justicia-, pero nadie pondría un dedo en el fuego por nada. Y yo menos que nadie.
Reviso mis notas, cuadros, fotos y dibujos, mientras se produce una de las tantas demoras a las que estamos acostumbrados. Una testigo sufrió un bajón de presión, y los médicos, paramédicos, enfermeros o lo que sea que sean, tratan de reanimarla.
Alguien abre una ventana, y la corriente de aire se convierte en un golpe de claridad. Así es como sucede: el viento amenaza con hacer volar mis notas, y mis dos manos se apoyan en la pila de papeles con desesperación. No quiero el bochorno de tener que recoger hojas delante de colegas y asistentes, y alcanzo a retener casi todos. Casi, uno se me cae, pero no es ahí cuando me doy cuenta.
Los dedos de mis manos han formado un curioso mapa entre los papeles. El índice de la derecha señala uno de los acusados, mientras el pulgar de la izquierda se apoya en mi “lista de motivos”. El meñique roza la de “coartadas”, y la idea me pega como una maza en la sien. Tuvo que haber sido él.
Siento que me falta el aire, y lo que ocurre a continuación termina de aniquilarme.
-Disculpame, se te cayó esto.
Es él, que me alcanza el papel que no vi volar, y que sin duda voló. El, y no otro, el que con una sonrisa amable y ojos que parecen horadar mi alma, está parado enfrente mío.
No soy yo la que contesta, sino esa que día tras día mira una cámara como si nada pasara, aunque el mundo se esté derrumbando. Años de entrenamiento se hacen cargo, y con mi mejor cara de boluda, sonrío.
-Sí, gracias.
Sostengo su mirada por exactamente el mismo tiempo que tarda el operador del canal en mandar una grabación, y vuelvo a lo mío.
Con la misma presencia con que enfrenté la caída de las torres, frente a una multitud que me veía por la tele, acomodo papelito sobre papelito, sabiendo que él aún está mirando.
Nada de relevancia ocurre el resto de la mañana, y el descubrimiento del asesino queda sepultado por la terrible duda: ¿sabrá que lo sé?
(Sigue en Cámara)
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