Mordaz, directo, irreverente, cumplido, insensible, benévolo, cínico, sincero, alegre, sádico, oscuro, pervertido, brutal, masoquista, bondadoso, demonio, angel, incorruptible, sensible, misántropo pero mucho mas sociable, realista y charlatán. La mezcla perfecta para un ser humano complejo.
RealET Show
El anfiteatro es enorme, pero los gritos de la multitud exaltada retumban con fuerza, convirtiéndolo en una caja pequeña, y ensordecedora.
Las cámaras flotan en el aire, registrando cada centímetro del escenario, y en particular, a la bestia que poco a poco recupera sus sentidos, mientras sale del sopor inducido por las drogas que hasta hace poco le administraban.
El presentador saluda a la multitud con un gesto ampuloso, y de inmediato se dedica a la bestia.
-Bienvenido. Estás acá para demostrar tus habilidades al mundo entero.
La bestia se incorpora hasta dónde los grilletes que maniatan sus extremidades se lo permiten. Hace un gesto de fastidio, pero se mantiene en silencio.
-Nuestras palabras te son extrañas, lo sabemos, pero sabemos también que nos comprendes. Nuestros científicos se han ocupado de eso. ¿De dónde vienes, y cuáles son tus habilidades?
La bestia entiende de repente que la multitud espera algo de él, aunque no tiene forma de saber qué, pero incluye sometimiento y humillación. Y eso no lo hace feliz.
Poco a poco, una extraña energía empieza a recorrer su cuerpo, y con una mezcla de confusión y agradecimiento, mira hacia el sol verde que lo ilumina.
El presentador altera su tono levemente, mientras hace una seña hacia quienes flanquean a la bestia, los que empiezan a acercarse, de forma amenazadora.
-Es la última vez que lo pregunto de forma amable. ¿Qué eres? ¿Qué haces?
La bestia sacude los grilletes que hace segundos los sometían con una facilidad que hasta a él mismo le sorprende. Recuerda alguna leyenda de su propio planeta, a siglos luz de distancia de ese lugar inmundo, e intuye que la única diferencia entre la leyenda y él, es el color del sol que lo ilumina.
-Soy un hombre, y estás a un segundo de adivinar lo que puedo hacer.
Te sigo. Capítulo 20. Recreo
Estar preparado no es lo mismo que estar listo, pero las dos condiciones se cumplen en mí. Hasta ahora todo ha ocurrido de acuerdo a lo previsto. La falta de sorpresas, a veces, es una agradable sorpresa.
Son las 15:45 y la esposa de Ignacio está esperando a la nena en la puerta del colegio. La presencia de Carolina disipa cualquier duda sobre si Ignacio leyó el mensaje de @Kampeon69 o no. Poesía.
La nena se sube al auto y son todo besos y sonrisas. Saber que es la última vez que estarán juntas hace que me sienta Dios. No solo soy testigo – el único- sino que forjaré sus destinos para siempre. La excitación es inevitable.
Llegan a la casa de la profesora de piano y Carolina acompaña a Ana a la puerta, y la despide con un beso. También el último. Tantos cuidados, tanta dedicación. Tanto desperdicio.
Espero cinco minutos, y después cinco más. Ya no hay chances de que Carolina vuelva. Showtime.
Toco el timbre. Escucho pasos decididos que se acercan a la puerta. No son los pasos de una anciana, y menos aún los de una niña.
-¿Sí?
-Buenas tardes. Soy un alumno y vengo a buscar un maletín.
Los pasos se alejan y maldigo la existencia de las sorpresas. Improvisar me pone de mal humor. No porque no pueda hacerlo, sino porque me impide disfrutar del momento. Los pasos vuelven y se abre la puerta. Es la sobrina de la vieja. Con mi maletín en la mano.
-Acá está-me dice con una sonrisa cansada-la tía quiere que le dé esto.
Agarro el maletín y pongo una mano en la puerta que ya se está cerrando.
-Disculpe, ¿me permitiría usar el baño, por favor?
No es miedo lo que veo en la cara de la sobrina, sino hartazgo. Está cansada de vivir con su tía, y podrida de haber tenido que alcanzarle un maletín a un extraño. Y peor aún, ultrajada por el hecho de tener que acompañarlo hasta el baño. Pero soy un alumno de su tía, y hasta ella reconoce que no tiene demasiadas opciones.
Ya sin sonrisa, me franquea la entrada, y paso por el living. Ana toca Claro de Luna, y pese al lugar común, no puedo negar que lo hace con algo de gracia.
La vieja me sonríe y es una invitación a que me quede quieto y callado. Lo hago.
La sobrina está dos metros a mi derecha, bufando de fastidio. No se le ocurren lugares peores donde pudiera estar, podría jurarlo.
Ana termina la pieza y la vieja aplaude como si Debussy mismo la hubiera ejecutado. La sobrina está quieta cual estatua, sin saber que es la última música que ha escuchado en su vida.
La sonrisa de Ana es franca y abierta, y solo sus ojos muestran algo del espanto que siente al verme sacar el estilete de mi brazo y hundirlo en el cuello de la sobrina. Mientras ésta va cayendo al suelo y la sangre tiñe el parquet gastado por los años, y casi con el mismo movimiento, clavo el estilete en la nuca de la vieja, que por alguna extraña razón no sangra.
El grito de Ana es mudo, y siento el aire escapar por su garganta cerrada por el pánico. Guardo el estilete en la funda de mi brazo y me acerco hacia ella con gesto amistoso.
-Shh, vení, Ana. No te va a pasar nada.
La estúpida me deja acercarme como un perrito al de la perrera, pero justo cuando estoy a punto de aplicarle el cloroformo que tengo en el pañuelo de mi mano derecha, salta como un gato y va hacia la puerta.
Es rápida y yo soy más rápido, pero tropiezo con el cadáver de la vieja. Ni aún muerta deja de molestar. Voy cayendo pero no trato de recuperar el equilibrio; por el contrario, tomo envión con un pie y salto hacia la nena, alcanzando a tocarle un pie.
Se desestabiliza y cae. No se golpea, pero me da el tiempo suficiente para interponerme entre ella y la puerta.
-No, nena, por acá no.
Tiene diez años, pero más recursos que varias que la doblan en edad. Retrocede hacia la pared y toma una imagen de piedra que distingo como una copia pésima de la Venus de Milo.
-A ver, ¿me la vas a tirar a mí?
Ana levanta la escultura y yo preparo mi brazo para protegerme. Sin embargo, en el momento de lanzarla cambia de opinión, y la estrella contra la ventana que da hacia la calle. Los tiempos se han acortado muchísimo, y es cuestión de segundos para que algún vecino comedido decida llamar a la puerta, o a la policía.
Pero el mismo juego lo pueden jugar dos, y en lugar de ir hacia ella, tomo una lámpara de un vidrio tan barato que ni el nombre conozco, y le apunto. Y no la uso como táctica disuasoria. El silencio no tiene ya valor alguno, así que con un grito salido del fondo de mi estómago se la arrojo directo a la cara. Ana se protege con el brazo y siento el ruido claro del hueso al fracturarse.
El dolor hace el truco y le hace perder unos segundos valiosos, que yo uso para tirarle todo el peso de mi cuerpo encima y caemos rodando al suelo. Una vez en el piso, la pelea es despareja, y mi peso la domina por completo.
Se sigue moviendo como un gato, pero una leve presión en su brazo fracturado basta para controlarla. Abre la boca para gritar y ese es el momento en que aplico mi pañuelo de cloroformo. La resistencia dura sólo unos segundos.
Con todo cariño alzo el peso muerto y lo pongo en un sillón. No tengo mucho tiempo, pero aún así repaso la escena en general para asegurarme de que todo está en orden, todo lo “en orden” que puede estar con dos cadáveres tirados en el suelo y vidrios rotos por doquier.
Hay algo en los genes de esta familia que los convierte en luchadores, pienso mientras recojo mi estilete, que en el fragor de la lucha rodó por ahí. En luchadores que pierden, también es cierto, pero no por ello es menos admirable.
Escucho un quejido y advierto que la sobrina todavía no pasó a mejor vida. Son segundos escasos y preciosos, pero nunca he podido resistirme al momento en que la vida deja el cuerpo de una persona. Me mira con esos ojos aburridos y sosos y trata de balbucear la misma pregunta estúpida de siempre. Por qué.
-Porque puedo-le digo, mientras veo escaparse la luz de sus ojos.
No tengo que tomarle el pulso para saber que ya está muerta. Tampoco a la vieja, cuyo rostro refleja una paz que podría jurar no sintió en vida.
Ana es mucho más liviana de lo que esperaba, y descubro que es mi falta de experiencia con cuerpos tan chicos lo que me llama la atención. Son mucho más maniobrables, y veo que había subestimado la capacidad de lucha que poseen algunos. Anticipo que su hermano Martín me dará idénticas satisfacciones y muy a mi pesar, sonrío.
Antes de abrir la puerta inspiro con fuerza. No sé qué habré de encontrar del otro lado, pero por las dudas tengo mi estilete a mano. No hay nadie, y puedo meter a Ana en el auto sin problemas.
Antes de sentarme al volante, miro a mi derecha, y veo la imagen que paga todos mis sobresaltos. A cien metros, cojeando con dificultad, avanza Ignacio Pérez. Le cuesta, como si hubiera sido molido a golpes. Me detengo un segundo, sabiendo que él no llegará nunca, y algo raro sucede.
En lugar de lanzarse a una carrera desenfrenada, se detiene y me observa con detenimiento. Adivino que trata de retener algún dato que le permita encontrarme más adelante, y sé que es inútil. Tengo puesto mi sombrero, mi bigote postizo, guantes, y hasta la patente del auto alquilado es una calle muerta.
Pero levanta una mano y me señala, tocando alguna fibra íntima que yo desconocía tener. ¿Miedo?
No, no puede ser miedo. Con una mano levanto el ala de mi sombrero, saludando como vaquero en película, y me siento en el auto. Mientras arranco, lo veo lanzarse a toda carrera.
-Papá no llegó a buscarte-digo en voz alta, y siento que le hablo a más de una persona.
Capítulo 19. El final de la rutina
Capítulo 21. Fugitivo
Son las 15:45 y la esposa de Ignacio está esperando a la nena en la puerta del colegio. La presencia de Carolina disipa cualquier duda sobre si Ignacio leyó el mensaje de @Kampeon69 o no. Poesía.
La nena se sube al auto y son todo besos y sonrisas. Saber que es la última vez que estarán juntas hace que me sienta Dios. No solo soy testigo – el único- sino que forjaré sus destinos para siempre. La excitación es inevitable.
Llegan a la casa de la profesora de piano y Carolina acompaña a Ana a la puerta, y la despide con un beso. También el último. Tantos cuidados, tanta dedicación. Tanto desperdicio.
Espero cinco minutos, y después cinco más. Ya no hay chances de que Carolina vuelva. Showtime.
Toco el timbre. Escucho pasos decididos que se acercan a la puerta. No son los pasos de una anciana, y menos aún los de una niña.
-¿Sí?
-Buenas tardes. Soy un alumno y vengo a buscar un maletín.
Los pasos se alejan y maldigo la existencia de las sorpresas. Improvisar me pone de mal humor. No porque no pueda hacerlo, sino porque me impide disfrutar del momento. Los pasos vuelven y se abre la puerta. Es la sobrina de la vieja. Con mi maletín en la mano.
-Acá está-me dice con una sonrisa cansada-la tía quiere que le dé esto.
Agarro el maletín y pongo una mano en la puerta que ya se está cerrando.
-Disculpe, ¿me permitiría usar el baño, por favor?
No es miedo lo que veo en la cara de la sobrina, sino hartazgo. Está cansada de vivir con su tía, y podrida de haber tenido que alcanzarle un maletín a un extraño. Y peor aún, ultrajada por el hecho de tener que acompañarlo hasta el baño. Pero soy un alumno de su tía, y hasta ella reconoce que no tiene demasiadas opciones.
Ya sin sonrisa, me franquea la entrada, y paso por el living. Ana toca Claro de Luna, y pese al lugar común, no puedo negar que lo hace con algo de gracia.
La vieja me sonríe y es una invitación a que me quede quieto y callado. Lo hago.
La sobrina está dos metros a mi derecha, bufando de fastidio. No se le ocurren lugares peores donde pudiera estar, podría jurarlo.
Ana termina la pieza y la vieja aplaude como si Debussy mismo la hubiera ejecutado. La sobrina está quieta cual estatua, sin saber que es la última música que ha escuchado en su vida.
La sonrisa de Ana es franca y abierta, y solo sus ojos muestran algo del espanto que siente al verme sacar el estilete de mi brazo y hundirlo en el cuello de la sobrina. Mientras ésta va cayendo al suelo y la sangre tiñe el parquet gastado por los años, y casi con el mismo movimiento, clavo el estilete en la nuca de la vieja, que por alguna extraña razón no sangra.
El grito de Ana es mudo, y siento el aire escapar por su garganta cerrada por el pánico. Guardo el estilete en la funda de mi brazo y me acerco hacia ella con gesto amistoso.
-Shh, vení, Ana. No te va a pasar nada.
La estúpida me deja acercarme como un perrito al de la perrera, pero justo cuando estoy a punto de aplicarle el cloroformo que tengo en el pañuelo de mi mano derecha, salta como un gato y va hacia la puerta.
Es rápida y yo soy más rápido, pero tropiezo con el cadáver de la vieja. Ni aún muerta deja de molestar. Voy cayendo pero no trato de recuperar el equilibrio; por el contrario, tomo envión con un pie y salto hacia la nena, alcanzando a tocarle un pie.
Se desestabiliza y cae. No se golpea, pero me da el tiempo suficiente para interponerme entre ella y la puerta.
-No, nena, por acá no.
Tiene diez años, pero más recursos que varias que la doblan en edad. Retrocede hacia la pared y toma una imagen de piedra que distingo como una copia pésima de la Venus de Milo.
-A ver, ¿me la vas a tirar a mí?
Ana levanta la escultura y yo preparo mi brazo para protegerme. Sin embargo, en el momento de lanzarla cambia de opinión, y la estrella contra la ventana que da hacia la calle. Los tiempos se han acortado muchísimo, y es cuestión de segundos para que algún vecino comedido decida llamar a la puerta, o a la policía.
Pero el mismo juego lo pueden jugar dos, y en lugar de ir hacia ella, tomo una lámpara de un vidrio tan barato que ni el nombre conozco, y le apunto. Y no la uso como táctica disuasoria. El silencio no tiene ya valor alguno, así que con un grito salido del fondo de mi estómago se la arrojo directo a la cara. Ana se protege con el brazo y siento el ruido claro del hueso al fracturarse.
El dolor hace el truco y le hace perder unos segundos valiosos, que yo uso para tirarle todo el peso de mi cuerpo encima y caemos rodando al suelo. Una vez en el piso, la pelea es despareja, y mi peso la domina por completo.
Se sigue moviendo como un gato, pero una leve presión en su brazo fracturado basta para controlarla. Abre la boca para gritar y ese es el momento en que aplico mi pañuelo de cloroformo. La resistencia dura sólo unos segundos.
Con todo cariño alzo el peso muerto y lo pongo en un sillón. No tengo mucho tiempo, pero aún así repaso la escena en general para asegurarme de que todo está en orden, todo lo “en orden” que puede estar con dos cadáveres tirados en el suelo y vidrios rotos por doquier.
Hay algo en los genes de esta familia que los convierte en luchadores, pienso mientras recojo mi estilete, que en el fragor de la lucha rodó por ahí. En luchadores que pierden, también es cierto, pero no por ello es menos admirable.
Escucho un quejido y advierto que la sobrina todavía no pasó a mejor vida. Son segundos escasos y preciosos, pero nunca he podido resistirme al momento en que la vida deja el cuerpo de una persona. Me mira con esos ojos aburridos y sosos y trata de balbucear la misma pregunta estúpida de siempre. Por qué.
-Porque puedo-le digo, mientras veo escaparse la luz de sus ojos.
No tengo que tomarle el pulso para saber que ya está muerta. Tampoco a la vieja, cuyo rostro refleja una paz que podría jurar no sintió en vida.
Ana es mucho más liviana de lo que esperaba, y descubro que es mi falta de experiencia con cuerpos tan chicos lo que me llama la atención. Son mucho más maniobrables, y veo que había subestimado la capacidad de lucha que poseen algunos. Anticipo que su hermano Martín me dará idénticas satisfacciones y muy a mi pesar, sonrío.
Antes de abrir la puerta inspiro con fuerza. No sé qué habré de encontrar del otro lado, pero por las dudas tengo mi estilete a mano. No hay nadie, y puedo meter a Ana en el auto sin problemas.
Antes de sentarme al volante, miro a mi derecha, y veo la imagen que paga todos mis sobresaltos. A cien metros, cojeando con dificultad, avanza Ignacio Pérez. Le cuesta, como si hubiera sido molido a golpes. Me detengo un segundo, sabiendo que él no llegará nunca, y algo raro sucede.
En lugar de lanzarse a una carrera desenfrenada, se detiene y me observa con detenimiento. Adivino que trata de retener algún dato que le permita encontrarme más adelante, y sé que es inútil. Tengo puesto mi sombrero, mi bigote postizo, guantes, y hasta la patente del auto alquilado es una calle muerta.
Pero levanta una mano y me señala, tocando alguna fibra íntima que yo desconocía tener. ¿Miedo?
No, no puede ser miedo. Con una mano levanto el ala de mi sombrero, saludando como vaquero en película, y me siento en el auto. Mientras arranco, lo veo lanzarse a toda carrera.
-Papá no llegó a buscarte-digo en voz alta, y siento que le hablo a más de una persona.
Capítulo 19. El final de la rutina
Capítulo 21. Fugitivo
De los que huyen
Su cuerpo se desmoronaba a pedazos y cada mañaba debía limpiar lo que dejaba a su paso. Temía el día en el que sus dimensiones alcanzaran las de una sombra. Pero para entonces, difícilmente contaría con la cordura suficiente que le permitiese darse cuenta de la realidad.
Comenzó aquella penuria el día que decidió dejar a su mujer plantada en el altar. Estaban todos los invitados dentro de la catedral y había visto, por una pequeña ventana, que el coche que la traía a ella había aparcado frente a la fachada.
De repente sintió un nudo en el estómago, una sensación de horror lo embargó por completo y tuvo la imperiosa necesidad de salir corriendo por una puerta trasera. Saltó un tapial y se escapó por el patio de la casa de al lado.
Tomó un taxi en la esquina y pidió que lo acercaran a la terminal de ómnibus. Compró el boleto hacia el destino más distante y no miró ni por un segundo a través de la ventanilla.
De eso habían pasado seis meses. Al día siguiente de la fuga, perdió el primer cabello. Luego fueron las uñas, una a una. A eso, siguió la piel. Hacía tres meses que no salía del pequeño apartamento que alquilaba con los pocos ahorros que había sacado del banco.
Los médicos no supieron que decirle. Los estudios no revelaban nada. Le preguntaban si había estado de viaje, si había pasado por algún shock emocional... pero él contestaba a todo "no".
Aquella mañana, a los tropezones, caminó hasta el teléfono. Se había decidido a llamar a la mujer con la que se iba a casar. Estaba seguro que se moría y sentía la culpa sobre la espalda. Ni siquiera se preocupó por los restos de su cuerpo que quedaban atrás.
Le contestó su suegra. Fue fría y directa. Su hija había muerto de pena aquella misma noche. Y lo que le sucedía a él, no era otra cosa que una brujería.
- Pagarás cada lágrima con un pedazo de cuerpo y cuando ni eso alcance, tu alma se desmembrará en el mismísimo infierno.
Colgó, dejándose caer al suelo. Estaba temblando. ¿Ella había muerto? ¿Se podía alguien morir de pena? Quiso llorar pero no pudo, los lagrimales los había perdido hacía unos días. A duras penas gateó hasta su cama y se tendió a esperar la muerte.
Cuando ésta llegó reconoció en su figura al desalmado que había causado seis meses atrás, que tuviese que ir por una joven hermosa, destrozada por el amor que no fue. Y la muerte, entonces, optó por ignorarlo.
- No volveré por tí, jamás. Te despedazarás pero no morirás. Y así sufrirás por siempre.
El hombre o lo que quedaba de el, perdió toda esperanza. Tenía la eternidad por delante para descifrar por qué había escapado. Sin embargo, las respuestas a veces lo único que hacían era darle la razón a los demás. Perdido por perdido, escogió seguir siendo el egoísta de siempre y volvió a huir, esta vez de su propia mente.
por Netomancia
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