Si alguna vez tuviera que enumerar los problemas de la sociedad actual, los reduciría a dos: decisión y compromiso. La gente tiene la idea equivocada de que elegir es renunciar. No solo es una frase hecha, sino mal hecha. ¿Por qué hay que renunciar a algo? ¿Dónde está escrito que no se puede tener todo?
El compromiso es el segundo factor de discordia. Una vez que uno toma una decisión, el único camino viable es aquel que supera todos los contratiempos, y nos deja en el lugar elegido. Es tan fácil que asusta. A muchos.
El menú se componía de Ignacio Pérez, su esposa Carolina, y sus dos hijos, Martín de doce, y Ana, de diez. La elección obvia no existía, y cada uno tenía pros y contras.
Ir por Ignacio primero tenía múltiples ventajas. En primer lugar, mi pelea es con él, y es a él a quien debo y quiero destruir. En segundo lugar, y más importante aún, él es el miembro fuerte. Descabezada la familia, los otros serían coser y cantar, suponiendo que alguna de esas dos cosas pudiera ser de interés para alguien.
Una tercera ventaja no podía ser desechada, y es que la cara de Ignacio, sabiendo que luego de él iría a por su familia, era imperdible.
La contra de Ignacio en primer lugar era obvia, estaría desperdiciando un gran adversario al tomarlo de sorpresa.
Carolina era apetecible por otro número igual de razones. Una bella mujer, todavía en edad de merecer y recuperándose lentamente de un suceso traumático. La contra, existía el peligro de que Ignacio decidiera cortar pérdidas y escapara con sus hijos a otro país. Tenía los medios para hacerlo, y aunque no parecía propio de él, no podía descartarlo.
No, la elección menos obvia pero más conveniente era uno de los chicos, y siendo así, por supuesto que la señorita encabezaba el listado de posibilidades. Tenía en contra su corta edad: diez años. Pero hoy en día los chicos ya vienen avivados, y era muy probable que entendiera todo lo que le pasara una vez que estuviera encerrada en el cuarto de la paraguaya. Por alguna razón había empezado a llamar así a mi Panic Room, quizás en honor a la primera víctima.
Pensar en la tormenta que la desaparición de Anita causaría en la cabeza de Ignacio era una explosión de placer en la mía, y eso fue lo que me decidió en su favor.
La inteligencia tuvo que ser mayormente de campo, porque Ignacio había aprendido, y sus hijos no tenían Twitter. Si había cuentas de Facebook, pero estaban muy controladas. No había descripciones de los lugares a donde asistían, ni menos aún horarios. Yo tenía el dato del colegio gracias a mi amigo el cabo Reyes, pero los colegios hoy en día tienen las salidas muy vigiladas. El de Anita al menos.
Con más prolijidad de la que había usado jamás para cualquiera de mis actividades anteriores, decidí empezar a trabajar. Lo primero fue las identidades falsas. No es complicado, ni siquiera caro, pero toma unos días. Se compran documentos de identidad y cédulas, los que se fabrican en los mismos lugares que los originales, así que la diferencia es nula.
Una vez con los documentos en mano, y con algún cambio de fisonomía, se obtienen tarjetas de crédito de pequeños bancos provinciales. Es gracioso como por un almuerzo o una caja de bombones se puede convencer a un oficial de crédito de algún pueblo de Formosa que emita una tarjeta Visa a nombre de alguien que no tiene todos los requisitos necesarios para obtenerla.
Con las identidades falsas se alquilan autos, y ya es posible circular por cualquier parte con total anonimato.
Lo más peligroso de todo es, una vez alquilados los vehículos, circular con ellos por el medio de la ciudad. Esos autos baratos y corrientes no tienen la más mínima medida de seguridad, y en consecuencia uno está expuesto a ser asesinado por cualquier colectivero mal dormido que viole una luz roja, como acostumbran a hacer. Pero no hay ganancia sin riesgo, y a eso me expuse.
Intercambiando autos, sombreros y colores de pelo, me dediqué a seguir a Anita durante dos semanas. Todos los días, de lunes a viernes, salía a las siete y cuarenta de su casa, escoltada por su padre, quien la dejaba adentro del colegio. No en la esquina, no en la puerta, sino adentro. El chico, Martín, iba a otra escuela, pero lo llamativo es que su padre no lo dejaba ni un segundo en el auto solo. Mientras a entregaba a Anita en la escuela, Martín iba con ellos.
Anita almorzaba en la escuela y su madre la retiraba a las 15,45, para llevarla de nuevo a su casa, todos los días, salvo los miércoles, en que la música invadía su vida.
Prolijamente, cada miércoles, Anita tomaba su clase de piano, de 16,00 a 17,30, hora en que su madre la retiraba.
Un día sábado me puse mi mejor peluca, un bigote fino y anteojos gruesos como botellas, y salí a pasear por el barrio de la profesora de música, bastón mediante. Compré medio kilo de pan en la panadería y seis manzanas en la verdulería. En un kiosco que sacaba fotocopias encontré lo que necesitaba, un cartel semi destruido que publicitaba clases de piano.
Algunas preguntas más me dijeron el resto. La profesora de piano era una vieja concertista, egresada del conservatorio en la década del veinte, y que por monedas compartía con niños y adultos por igual su ya casi inexistente habilidad musical. Para mi, sin embargo, era la oportunidad.
Quince minutos después ya había arreglado una clase para el día martes a la mañana.
El disfraz con el que saludé a la vieja el día de la clase era el mismo, y sumé una sonrisa cordial al presentarme en su casa. Era una pequeña cueva con más años que la vieja, cuyo living estaba dominado por un piano que había conocido siglos mejores. Lo relevante es que la vieja se quedaba sola todo el día. Su única compañía era una sobrina oriunda de Chacabuco, que había venido a estudiar a Buenos Aires, y que se presentaba solo por las noches, y no todas. Todo eso me lo informó en los primeros quince segundos, sin que siquiera tuviera yo que preguntar.
Luego hablamos de música clásica durante unos minutos, y procedió a demostrarme sus habilidades. Tengo que reconocerlo, era una pianista excelsa. Su interpretación de “La Cabalgata de las Valkirias”, de Wagner, me transportó a lugares donde no había estado hacía mucho tiempo. Tuve el impulso de matarla ahí mismo, es lo único me hubiera llevado al éxtasis completo, pero no lo hice, no, y aplaudí con tantas ganas, que las palmas de mis manos ardían.
Ella advirtió complacida la turbación que me había ocasionado, y procedió a darme una cotización irrisoria de sus servicios. Acordamos que yo volvería la semana siguiente. Me despedí de ella con un abrazo cariñoso, y partí dejando "olvidado" un maletín con papeles inocuos al costado del piano.
Tuve un día excelente, y a las nueve de la noche retorné. Estacioné mi auto en la esquina de la casa de la vieja, y me puse a jugar con mi cuenta de Twitter hasta que las luces se apagaran, lo que ocurrió media hora después.
Esperé quince minutos, y llamé a la vieja, quien atendió media dormida quizás bajo los efectos ya de algún Valium o droga similar que habría tomado.
Le expliqué que había dejado mi maletín olvidado, y que era de suma importancia para mi recuperarlo antes de la noche del día siguiente. La vieja entendía muy poco, pero no puso objeción alguna cuando le dije que lo recogería al otro día, a las cinco de la tarde.
En otro momento ella quizás hubiera recordado que a esa hora tenía una clase, y me hubiera pedido que pasara antes o después. En ningún caso podía yo arriesgarme.
Seguí jugando con mentes ajenas por Internet hasta las once de la noche, hora en que llegó la sobrina de la vieja. Una mujer alta, de veintitantos años. Parecía atractiva. Decidí irme a dormir. El día siguiente era importante para mi.
Me despierto a las tres de la mañana, con una leve depresión, lo que no es común en mi, y menos días como hoy, destinados a ser grandes. Es miércoles de madrugada, y Twitter tiene el caudal habitual de perdedores. Gente que comparte música o cuenta chistes sacados de Google. Gente que juega a estúpidos acertijos de ingenio, tratando estúpidamente de parecer ingeniosa. Gente que busca gente, y no por hecha deja de ser menos cierta la frase.
Me llama la atención ver a @UnaMujer30 en línea esta noche. No son las horas que acostumbra, e imagino que acaba de llegar de algún lado interesante. He tratado de relacionarme con ella desde hace varios meses, cuando descubrí su identidad, de diversas maneras, pero no parezco llamarle la atención, lo cual por supuesto me indigna.
Hay otro motivo para contactarla, y mientras escribo el mensaje me estoy riendo. Este es el primer mensaje de @Kampeon69 desde el fiasco en El Eternauta. Ignacio debería monitorear de cerca la cuenta de Kampeón, y en caso que así lo esté haciendo, mañana a la mañana recogerá a su familia y la encerrará bajo siete llaves. El desafío será mayor aún. Pero si no lo llega a hacer, y aquí está la belleza del asunto, es algo que no podrá perdonarse jamás. Otra cosa más para añadir a la larga lista.
Todavía riéndome le envío un mensaje a @UnaMujer30 comentando cierta frase de Bukowsky que mencionó hace unos días, referida a la locura. Esto funciona así, ellas escriben y uno recuerda las cosas, para usarlas en el momento más apropiado. Vuelvo a Ignacio mientras espero la respuesta. En cualquier caso habré ganado. Si su rutina cambia un ápice mañana, sabré que estoy en su cabeza día a día, segundo a segundo. Y si no lo hace, seguiremos con el plan A.
La única cosa que me pone de ligero mal humor es la indiferencia de esta mujer. Nunca me contesta. No es extraño, porque no usa la red para dialogar. Como mucho, se trenza en alguna discusión con alguno que otro "famoso de Twitter". Y me ignora. Una noche más.
Vuelvo a dormir sabiendo que después de los Pérez, tendré una cita con @UnaMujer30. Basta de pendejas que no saben qué es lo que quieren. Encontraré otra mente interesante, pero será más adelante. Lo prometo.
Capítulo 17. Atando cabos
Capítulo 19. El final de la rutina
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