Te sigo. Capítulo 16. Control de daños.

Tengo más conocimientos sobre el cuerpo humano que muchos cirujanos en edad de retiro. Una autopsia es una forma excelente de aprender, pero mejor aún es practicarla cuando el paciente está vivo. Sé que órganos envían las señales más potentes al cerebro, y cuales, pese a ser vitales, tienen un estoicismo que hace aconsejable no lidiar con ellos, salvo que se quiera causar una muerte inmediata. Y no es mi objetivo.

El diario de hoy le ha dado un nuevo sentido a mi vida. O varios, para ser preciso. La lista de gente con la que mejoraré aún más mis conocimientos anatómicos está escrita en piedra en mi corazón, pero aún no es tiempo para eso. Hay prioridades, que una vez más debo agradecerle a Ignacio Pérez.

Lo primero es hacer un control de daños. Que los muchachos de El Eternauta hayan sido atrapados, y que se los haya vinculado al intendente es grave, pero para que la cosa no pase de oscuro a negro es necesario que el intendente arda en toda su inmensidad. Y rápido.

A través de periodistas que reciben sobres más gruesos de mi parte que de los medios que los emplean, pongo a disposición de la masa la lista de activos del intendente. El tipo tiene mucho, y ha sido aún mucho más estúpido. Desde el accidente de Nikki Lauda en Nurburgring, en el ’76, que una Ferrari no le causaba tanto daño a una persona. Y él tiene dos, que terminan de enterrarlo.
La única forma de esconder al diablo es fabricar otro diablo, o promocionarlo, en caso que alguno ya haya aparecido.

Hay muchas maneras de hacer dinero. Tantas como personas a quién sacárselo, pero solo unas pocas de gastarlo con prudencia, y el intendente no usó ninguna. Tiene bien ganado lo que se le viene y ese es el motivo de esta reunión.

Sentados en torno a la mesa de vidrio hay cuatro hombres: un senador, un juez federal, un empresario de medios y el dueño de un banco. Todos ellos hombres públicos. Es lógico entonces que hayan elegido un edificio de bajo perfil como este para reunirse. Nuevamente me encuentro mirando al río, esta vez desde Catalinas en lugar de Puerto Madero. En la esquina de las calles Córdoba y Alem, las famosas “Torres Negras”, quizás dos de los edificios de más alto perfil de la ciudad de Buenos Aires. Imbéciles.

En su defensa, si bien los edificios son muy conocidos, la entrada es más bien privada. Desde el estacionamiento se pasa directamente al ascensor, y como cada uno de estos personajes viaja con su séquito, nadie más puede subir con ellos. Verlos entrar al ascensor tiene algo de gracia. Primero sube un guardaespaldas, que tapa con un pañuelo la cámara. Los guardias del edificio están acostumbrados a este tipo de excentricidades, así que nadie dice nada. Después sube el personaje importante en cuestión, que se ubica en el punto ciego de la cámara, por si el pañuelo no hiciera suficientemente bien su trabajo. Y después dos tipos más cuya función es hacer número, y que nadie más pueda ingresar. Y así protegen su intimidad en el minuto o menos que dura el viaje.

Los últimos tres pisos de la torre pertenecen a una sociedad anónima cuyos dueños son desconocidos hasta para mi. Puedo intuir sus nombres, pero no asegurarlo, y está bien así. Por acceder a estos tres pisos se paga una suma mensual en efectivo que excede el presupuesto de educación o salud de una municipalidad pequeña. Pero se desembolsa en efectivo, sin constancia alguna, y entonces es lo mismo que nada.

Porque estos hombres manejan efectivo, grandes cantidades y de forma equivocada. Salvo el dueño del banco, que tampoco es muy versado en cuestiones de eficiencia, pero en el país de los ciegos el tuerto es presidente de un banco. Y los ciegos funcionarios.

Y más importante que eso, cada uno de estos cuatro hombres está vinculado con el intendente a través de su ahora famosa “red de trata de blancas”. No solo como inversores, sino como usuarios. Es el caso de los millonarios a los que les gusta jugar al tenis, y deciden financiar su propio campeonato. Así, pero con un producto menos políticamente correcto que el tenis (pero más popular), han decidido ya hace algunos años que las mujeres no solo pueden proporcionar placer, sino dinero. Y el dinero no es algo que les moleste. Son tan estúpidos como voraces.

Las once de la mañana, y el senador está absorto en sus huevos revueltos con panceta, que un mozo negro de guantes blancos acaba de traerle. Los cubiertos son de plata y los vasos de algún cristal europeo que nadie valora, pero cuyo costo es considerable. Los otros conversan entre sí, salvo el juez que la medita sobre algunos bueyes que estarán esperando sentencia, mientras su mano temblorosa agita un vaso de Jhonny Walker etiqueta azul, con soda.

Conozco los antecedentes del juez, y estoy seguro de que quiere terminar la reunión cuanto antes para usar los servicios de las prostitutas del piso treinta y dos. Porque además de un restaurante, diversas salas de juego, sauna y gimnasio, el club posee un servicio de acompañantes las veinticuatro horas del día, "solo para miembros". Este doble sentido barato haría furor en Twitter.

El técnico que trajo el empresario de los medios está terminando su revisación. Es interesante porque ya ha hecho lo mismo el ingeniero del senador. La confianza entre ellos es nula y jamás dicen nada hasta estar seguros de que no están siendo grabados. El “off the record” entre ellos jamás se asume y la única palabra que los obliga es la grabada, de ahí la obsesión y la necesidad de que no haya micrófonos. .
Habiendo determinado (dos veces) que no los hay, ni cámaras en la sala o en los asistentes, la reunión puede comenzar, lo que quiere decir que yo debo empezar a hablar.
-Como saben, la situación es muy comprometida. Los medios están ya sobre el asunto, para no hablar de la justicia.
-¿Y qué querés? ¿Cómo puede ser alguien tan boludo? – pregunta el empresario de medios.
Desconté que la primera media hora iba a estar dedicada a recriminaciones, así que nada mejor que arrancar de lleno con el asunto. Todos empiezan largas argumentaciones sobre la imbecilidad del intendente. El fin, por supuesto, es resaltar además la prudencia propia. Siempre que cae un colega hay parte de alivio y preocupación por uno mismo, y las están expresando con ganas.
-Hay que dejar que se pudra – dice el juez, solidario como siempre, y no puedo evitar la tranquilidad de saber que un tipo así jamás tendrá un poder de decisión sobre mi. La compasión es no es una carta que exista en su mazo. Ni en el mío.

Los senadores coinciden y todo parece estar decidido entonces. Caerá el intendente, aunque las cosas no siempre son tan fáciles como parecen, ni planeo dejar que lo sean.

-Si él cae, y si no lo ayudan, no caerá solo. (Señalar lo obvio, entre esta gente, no siempre está de más).

-¿Qué quiere, ver morir a toda su familia? – acota el senador, en su papel de El Padrino.

Estos tipos compran lo que venden, y creen que es fácil mandar a matar a alguien. En realidad tienen razón, pero lo complicado es hacerlo por razones convencionales. Cuando hay un nexo causal lógico las cosas pueden complicarse. Es fácil matar a una mujer, pero no es fácil matar a "tu" mujer. Y no solo porque el código penal diga que es un agravante, sino porque la pareja es la primer persona que la policía investiga siempre. Y casi la única. Lo mismo en el caso de crímenes de alto perfil. Los socios o vinculados son los primeros sospechosos. Pero estos tipos no piensan en eso. ¿Por que habrían de hacerlo, si para eso estoy yo?

Por otro lado, si supieran lo que se pierden no haciéndolo ellos mismos, no estarían tan ansiosos en tercerizar.
Pero esta gente tampoco se distingue por su valor. Me concentro.

-Ya contuve el daño local lo máximo posible. Hablé con el tipo en Europa. Estaría dispuesto a callarse.
-Me imagino – dice el banquero - Pero hay un pero, ¿no?
-Si. Le congelaron todas las cuentas locales y está teniendo problemas para operar con las europeas. Tiene problemas de liquidez.
-Lo hubiera pensado mejor antes de comprar las Ferraris. – el senador nuevamente.
-¿Cuánto quiere? – pregunta el banquero, siempre práctico.
-Veinte millones. Euros.
Hubiera sido lo mismo si les hubiera dicho veinte que dos, o cien mil dólares. Explotan en un clamor de justa indignación. Se sienten robados y estafados, insultados y heridos. Contentos. Es algo que pueden arreglar con plata.
-¿Y en cuánto puede quedar? – de vuelta el banquero.

Finjo meditar. En realidad el intendente ha pedido cinco millones, esperando recibir dos, en el mejor de los casos, y estaría dispuesto a aceptar cero, y que lo dejen en paz, mientras que los papeles de extradición se manejen con la inoperancia habitual, pero yo no trabajo gratis, y estamos hablando de un buen complemento para mi jubilación. Y de recursos ilimitados para lo que tengo por delante.
-Podríamos negociar, es cierto. Pero, ¿realmente queremos correr riesgos?

Se miran entre sí y veo los rostros de alivio. Veinte entre cuatro es una cuenta que hasta ellos pueden hacer sin la necesidad de una calculadora financiera, y cinco millones de euros es el mínimo que tienen en cualquiera de sus varias cuentas del exterior.

-¿Vos lo arreglás?
-Si, por el veinte por ciento habitual – les digo con tranquilidad – Eso es un millón más cada uno.
Les hago la cuenta para no ponerlos incómodos, sobre todo al juez, cuyo manejo de números es cuando menos pobre. No estoy siendo ambicioso sino prudente. Ninguno de los que están aquí sentados ha hecho jamás cosa alguna sin cobrar su diez por ciento, así que no esperan que yo lo haga. Y el veinte es mi tarifa usual.

Tampoco la cuestionan. Saben de mi “lealtad”. En el pasado he absorbido golpes por ellos, y mi exilio en el inmundo Puerto Madero, a escasas cuadras de esta torre, está fresco aún en la mente de todos. Las cosas finalmente salieron bien, pero la historia podría haber sido distinta, y en ningún momento me quejé, o amenacé con abrirme. Su confianza es algo que me pertenece ya por derecho propio.

-Está arreglado entonces. ¿Y cómo fue que pasó todo? – pregunta un senador.

Estoy preparado para contar una historia distinta a la que ocurrió, por supuesto, pero por regla general, cuanto menos tenga uno que mentir, mejor es. Y la verdad, en este caso, provocaría que todos ellos al unísono se pusieran a gritarle a sus guardaespaldas que me maten.

-Creo que cuantos menos detalles se mencionen, mejor.

Porque si bien es cierto que la inoperancia de los de El Eternauta fue manifiesta, y su vínculo con el intendente algo fortuito pero descuidado, el origen de todo deriva de mi estúpida decisión de enviarles a Trini para que me la cuidaran.

Pero los cuatro “hombres poderosos” aceptan mi respuesta por buena y dan por terminada la reunión. Todos ellos son hombres de negocios, y ya están pensando en formas de recuperar los cinco millones de euros que acaban de perder. El más estúpido de ellos (el juez con seguridad) no tardará más de un mes en hacerlo.
Hacer control de daños siempre es redituable (no tanto como en esta oportunidad), pero aburrido. Hay cada vez menos cosas en mi vida que generen adrenalina y esta no es una de ellas. Por suerte todavía quedan otras.


Capítulo 15. La Calma
Capítulo 17. Atando cabos

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