
Un millón de gatos enfermos ladran en la oscuridad donde acecha mi locura. Me uno a esa letanía incompresible, y rompo mi voz luchando por no perder un equilibrio que vive a escasos centímetros del lugar donde moran mis pesadillas.
¡despierta! me susurra una voz al fondo de mi cabeza. Me esfuerzo por poder enfocarla y contestar que lo intento, que cada día lucho por no ahogarme un poco más, un poco más abajo, un poco más lejos de la salvación…
¡despierta! repite inmarcesible, y la alejo de un manotazo. Es tarde, me digo, demasiado tarde para un perdón que ni merezco ni deseo. Tarde para todo excepto para abrazar esta dulce locura que late con un pulso implacable en el corazón de todos nosotros. No te engañes, en el tuyo también…
¡despierta!
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