Canon de belleza


Para variar, algo de tema general, de todos los días. Un tema que evité tocar por un instante para no herir sencibilidades. La historia en sí comienza de esta forma:

Ella está muy contenta porque ha perdido cuatro kilos y al fin puede entrar en esa pollerita que se compró en navidad, está tan orgullosa que se pasea de un lado a otro con minímas prendas de ropa aunque afuera estén cayendo edificios. Habla con sus amigas de su dieta y éstas, aún rollizas, aún rosadas y todavía demasiado perezosas para acabar con la grasa, la miran envidiosas y admiradas por haber conseguido un cuerpecito de pasarela.

Yo también la observo mientras coloco los libros de la estantería, y pienso que realmente la pollera es bonita pero que le quedaría mejor si por culo no tuviese dos huesos salientes, si por pecho tuviese algo más que una tabla costillosa, si sus hombros no se asemejaran más a una percha que a esa parte tan erótica de las mujeres, si su rostro no fuera el de una calavera enojada, si sus piernas no fuesen dos palos de escoba. La miro y no comprendo porque las demás no la dicen nada, porque nadie la explica que eso no solo no es bonito sino además perjudicial para la salud, que al primer constipado va directa al fozo, que a muchos hombres no nos gustan los esqueletos.

Quién sabe, quizás nadie dice nada porque el que realmente anda desfasado soy yo por querer una mujer con carne, por ser fiel admirador de las curvas y de las caderas, de los pechos abundantes, de las mejillas rosadas y el desprendimiento de salud por cada poro de la piel. Porque me quedé enamorado de las mujeres de la década de los cincuenta, porque no me atraen las pibas que aún parecen estar en la preadolescencia. Y no, por supuesto que no condeno cualquier cuerpo delgado, porque los hay y algunos son bonitos, aunque por lo general estos son los naturales, los que su dueña no ha tenido que torturarse y destrozarse hasta conseguirlo, así como tampoco rindo pleitesía a todo tipo de carnes, ya que las también las hay mórbidas, enfermizas.

En fin, no sé realmente hasta que punto están presionadas las mujeres occidentales para llegar a querer un cuerpo de cadáver, de animal hambriento, ni hasta que punto están cegados los hombres occidentales para desearlo y vitorearlo. Porque no sé ustedes, pero yo, cuando veo esas chicas por la tele, lejos de querer tirarlas sobre una cama lo único que se me ocurre es sentarlas a la mesa y llenarles el buche con un buen plato de comida.


Pues eso...

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