LA PROVOCACIÓN (Carta VIII)



A veces a tu cuerpo lo filtran los cristales, se inficiona en el aire y en el humo y se solidifica como un pájaro viejo que se tiende sobre la cama. Para arrancarte la piel no me hacen falta los dedos, basta con soplar
como en superficies antiguas y recupero tu corazón entre las raíces blancas que se hunden incluso sin tocarlas.
Así quiero comerte el corazón como manzana como piedra pómez como tubérculo. Como quien espera
y repasa latitudes a lo lejos mientras mastica. Y si puede, que siga latiendo, como un animal sin piel y con espasmos.

Emma Pedreira. La Coruña, Galicia.

El increíbe hombre menguante



El hombre que se encoge lentamente se cepilla los dientes ante el espejo. Sabe, siguiendo las marcas dejadas sobre el cristal, que es ligeramente, apenas un poco más bajo que ayer. Ni tan siquiera es algo perceptible, fácil achacarlo a las zapatillas, la rugosidad de la alfombra o a cualquier otra cosa, pero el sabe que no es así.

La única verdad es que cada día es más pequeño; que se encoge lentamente de forma imperceptible pero inapelable.

Durante el trayecto en el ascensor no puede evitar compararse con sus compañeros a los que irremediablemente encuentra más jóvenes, más dispuestos para la lucha diaria, pero también para disfrutar y dejarse sorprender en cada paso del camino. Hace siglos él también era así.

Intenta situarse en la parte de trasera del cubículo para que nadie pueda ver su cara ni medir su estatura. Se abre camino hasta el fondo, y con las espalda apoyada contra el espejo se sube sobre sus talones intentando seguir el ritmo marcado por las palabras que brotan en cacofonía su alrededor. Escucha con atención las conversaciones sobre el fútbol, las mujeres que han derribado o cualquier otra cosa que hayan hecho durante el fin de semana. Apenas si logra entender algo de todo eso, pero sonríe y asiente. Eso es lo más importante, asentir, formar parte de todo ese embrollo.

En las reuniones la cosa no mejora: cuando su jefe le cede la palabra y le toca presentar interminables balances llenos de gráficas siente sus miradas cada vez desde más arriba, con sus gafas, sus trajes y sus hondas arrugas de preocupación. Miradme, parecen decir, soy demasiado importante, tengo una hipoteca inmensa, mujer e hijos, he apostado toda mi vida a esta empresa, no puedo perder el tiempo con alguien tan diminuto.

Como todo adulto que se precie de su evolución, el hombre que se encoge lentamente busca con desesperación el punto crucial donde todo se vino abajo. Piensa, no sin cierta inocencia, que él lo tenía todo para haber triunfado en una vida que ahora parece haberle dejado colgado de la brocha. Revisa los diarios y las calificaciones de sus lejanos tiempos en la universidad, fiscaliza con trazos de entomólogo las fotos y anotaciones de entonces, traza una minuciosa radiografía de sus amantes y amigos… Y busca, por encima de todo busca los culpables de ese desastre.

El tipo que se encoge lentamente intuye las cartas marcadas, los días ya recorridos y, lo peor, ha olvidado su mejor truco, el que le volvía invisible con sólo chasquear los dedos. Ahora se encuentra condenado a ser cada más pequeño ante los ojos de un público que le observa en completa indiferencia.

Eso es lo peor, la total y absoluta indiferencia con la que todos parecen asomarse a su propio e intransferible infierno personal. No hay amigos, le gritan las cartas, y ya es tarde, tarde para cualquier otra cosa que no sea dejarse llevar por esa rutina de calendario.

Se sabe encallado en ese punto crucial que figura en todos los mapas y guías de viaje, pero ese conocimiento sirve de bien poco porque ya nada tiene remedio: has llegado ahí a una edad en que la vida tiene mucho más que ver con las creencias que con las realidades, y en el que hasta los espejos que te conocen del día a día son incapaces de seguir mintiendo y devuelven, por fin, el verdadero rostro del tipo al otro lado.

Volvería




Volvería a ser niño para disfrutar de los días sabiendo que por las noches mis padres me protegían Vovería a ser niño sólo para que la inoscencia se apodere de esa criatura dulce e indefensa. Volvería a jugar a que era un superheroe y que solo yo ganaba las batallas. Volvería a soñar con ser estrella de cine y asi poder estar en vista de todo el mundo. Volvería a reir de las cosas mas estúpidas y a disfrutar de las mas simples. Volvería a sentir el cosquilleo de la adolescencia, el aire de libertad y autonomía. Volvería a amar, a compartir, a dar a recibir.. Volvería a caminar bajo las lluvias de verano acompañado de mi pareja, juntos, abrazados. Volvería a presenciar el nacimiento de un hijo, lo mas hermoso que la vida puede dar. Volvería a escuchar esas frases incoherentes de mis hijos, en mi hogar. Volvería a salir con mis viejos amigos de la añorada y alegre juventud. Volvería a cuidar a sobreproteger y malcriar a mis nietos. Volvería a sufrir el dolor de la ausencia de quien fue el tesoro de mi vida MI PAREJA. Volveria a ser niño, a jugar con la inocencia, a soñar, a reir, a sentir y amar a caminar, a escuchar, a cuidar, a sufrir.. a luchar.. Volvería una y mil veces a escribir, ésta, la historia de mi Vida...



Damián Ismael
Septiembre 2001 - Agosto 2010 - Julio 2012

Minutos en la boca



Cada mañana Roberto se levantaba sin necesidad de poner el despertador. No había nada que le inquietara o le pudiera robar el sueño, ni si quiera las preocupaciones, los movimientos nocturnos que protagonizaba la hojarasca seca bajo su ventana, la respiración entrecortada de los fantasmas de su armario o el latido del corazón de todos y cada uno de los libros que apilaba por los rincones de su habitación.

Se levantaba de relativo buen humor, siempre con los dos pies a la vez, intentando aferrarse a la tierra con los dedos y estirando los brazos para rozar el cielo y lavarse la cara con él. Guardaba en una pequeña caja marrón todas las lagañas que podía..., para él eran la representación física de sus sueños y eso era importante. De esta manera lograba tener todos sus sueños en una pequeña caja en el fondo del segundo cajón de su cómoda y así se sentía orgulloso.

Después de desayunar un vaso de jugo y de vestirse lo más favorecedoramente posible, salía a la calle a dar un paseo sin prestar demasiada atención a los lugares por donde pasaba ya que se los sabía todos de memoria, era la consecuencia de ir al mismo sitio cada mañana. Mientras paseaba, Roberto sacaba de sus bolsillos unos minutos envueltos en papel maché de diferentes colores y que, curiosamente, nunca sabía de qué sabor iban a ser hasta que les quitaba el envoltorio y se los metía en la boca. Eran las sorpresas de aquellos minutos que le rodeaban. Justo el que tomó esa mañana era dulce. Suave sabor a buenos presagios, pequeña esfera azucarada que jugaba al fútbol con su lengua haciendo un ruido de tic tac.

Se sentó en el mismo banco de siempre dónde la perspectiva de aquel parque inmensamente verde le hacía sentirse un poco Adán en el paraíso, disfrutando de todo aquello que recibía de la vida sin pedir nada a cambio. Era lo que solía hacer, eso y esperar. Esperar a que los minutos de su vida se le derritieran en la boca mientras jugueteaba con la tela de los bajos de sus pantalones vaqueros, rumiando ensoñaciones con los ojos cerrados que vomitaba nada más llegar a casa.

Pasó media hora, una, o quizá dos, cuando alguien se sentó a su lado con cuidado de no molestar. Fue tan sigiloso que Roberto no se percató de su presencia hasta que notó que su propia respiración parecía estar haciendo un dueto con otra. Abrió los ojos, torció la cabeza y lo vio allí, mirándolo, jugando con las mangas de su camisa, cavilando sobre quién sabe qué, espiando las pupilas de Roberto bajo sus párpados…

-¿Quieres un caramelo? –le preguntó aquel extraño

-¿A qué sabe? –contestó Roberto sin titubear.

-A eternidad.

-Ok, entonces dame uno…, pero sólo si lo compartes conmigo.

-Hecho. –dijo sonriendo mientras lo desenvolvía con suma delicadeza y se lo entregaba.

Querer abrirla



Llamas a la puerta y notas como los nudillos se te hunden en algo parecido a unas natillas de madera de pino. No sabes si has perdido las llaves o es que nunca las tuviste colgadas en tu llavero de “Te pasas la vida esperando y lo único que pasa es la vida”. Intentas hacer memoria para recordar dónde las has podido dejar pero todo está neblinoso, buscas el felpudo de “Bienvenido” pero no lo encontrás, sólo logras mirarte los pies descalzos y en carne viva que van dejando un semi-felpudo de sangre por todo el portal. Y vas e intentas escribir “Bienvenido” con los dedos pero el resultado es una masa informe de letras sin sentido, con lo cual usas el alma como fregona para limpiarlo y dejarlo todo como estaba.

Y vuelves a llamar, pero esta vez al timbre. Suena una melodía que parece que se burla de ti…, no hay duda, se mofa de ti. Llamas más fuerte mientras intentas taparte los oídos pero nadie contesta y tú quieres entrar, necesitas entrar, ansías entrar y ducharte con el gel de tus propios sueños, pero sabes que eso no va a suceder.

Y, finalmente, caes en la cuenta de que la puerta de la utopía raramente se abre, así que decides dar media vuelta y seguir caminando de vuelta a la realidad, esa que te pincha y te quema los pies poquito a poco y, de manera sutil, notas como vas dejando en el suelo unas huellas rojas que escriben tu nombre, apellidos y destino a lo largo del camino de regreso a casa…

¿Qué si te quiero?


¿Qué si te quiero? ¿Qué no te lo dicen mis ojos cada vez que miro los tuyos? ¿Qué si te quiero? Si cada vez que estoy lejos de ti sólo vivo pensando en estar a tu lado. ¿Qué si te quiero? si cada uno de mis logros son dedicados a ti y sé que en mis fracasos estarás siempre ahí. ¿Qué si te quiero? si tú fuiste la persona que regresó la sonrisa a mis labios y la felicidad a mi corazón. ¿Qué si te quiero? si todos mis pensamientos son para ti, si pudieras entrar en mi mente y mi corazón verías que estás en todas partes.

Diez negritos


Ante todo debo disculparme, porque les tengo abandonadísimos.

Afortunadamente, tengo una buena excusa. En estos tiempos de crisis donde Dios no sólo aprieta sino que también ahoga, el despacho se ha convertido en una versión de los Diez Negritos de Agatha Christie, con despidos improcedentes en lugar de cianuro.

En tales condiciones, bastante tengo con esquivar el cuchillo como para ponerme a elecubrar gracietas. Pero no se apuren, que no hay mal que por bien no venga. Si al final me atrapa el asesino, tendrán el placer de disfrutarme a tiempo completo.

España, perdiste. Buenos Aires (para Julián San Miguel)



Lunes 01 de Marzo, 2004

Buenos Aires


Cuando terminaba de trabajar me volvía a casa en el subte D, de punta a punta. Como salía a las seis de la tarde, el vagón iba relleno de gente (no digo re-lleno como lo diría un adolescente, si no 'relleno': del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados, tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor.

Algunos nos poníamos los auriculares y oíamos música para hacernos la ilusión de que la existencia tenía banda de sonido; otros abríamos el librito de bolsillo en la página que habíamos marcado durante el viaje de ida, y seguíamos viendo cómo iba la historia del cuento de Javier Marías. Los más, sin literatura ni música, cabeceaban tristones, tratando de no mirar a los ojos al que estaba nariz con nariz.

En Pueyrredón la cosa se calmaba un poco, no mucho, pero se podía cambiar de posición las piernas. Igual la mayoría viajaba triste. A veces una chica que había conseguido un asiento para leer sonreía por alguna cosa de su libro, y esa sonrisa perdida en el mar del malhumor parecía un colibrí entre una marejada de cuervos. Pero a veces ni siquiera había una chica sonriendo.

En Palermo, con suerte, me podía sentar. Y en José Hernández nos bajábamos todos en silencio y subíamos las escaleras. Arriba, entre los rieles y la calle, Metrovías había dejado que un grupo de músicos del Colón pusiera sus parlantes e hiciera melodías de Bizet, de Tchaicovsky, de Mozart y de Beethoven. Eran tres: una pianista linda, un violinista gracioso y un flautista enloquecido.

La gente salía del subte y ya desde lejos podía oírlos. Cuando la turba pasaba por al lado del trío, lo más frecuente es que cada uno se detuviera algunos un segundo, otros más, y se quedaran un ratito suspendidos en medio de la armonía. Se notaba que por ese pasillo todo el mundo experimentaba una transición, algo extraño, una certeza de que las cosas de esta vida podían ser mejores, algo que los acariciaba con fugacidad.

Todos salíamos del subte desesperados por llegar a casa, pero cuando atravesábamos la música no había quien no se detuviera un segundo. Cuando una composición terminaba, los aplausos eran tan reales y agradecidos que parecían ser los primeros aplausos verdaderos que yo había escuchado en mi vida. Los anteriores sonaban a fórmula y compromiso, a costumbre cultural.

Un martes me tocó pasar cuando terminaban de ejecutar "Carmen". Oí otra vez los
aplausos y también vi, de reojo, una mirada que se hicieron la pianista con el chico del violín. La mirada era de triunfo. Han pasado cuatro años pero la recuerdo intacta. Se miraron y sus ojos decía 'estamos en la gloria'. Yo pensé en ese momento que el arte estaba allí, congelado en ellos, y que la pareja de músicos, durante el segundo que les duró la mirada, lo sabían mejor que nadie en el mundo.

Los oficinistas más tristes y devaluados pasaban de a montones y durante un instante creían que las cosas podían ser mejores de lo que eran. Ellos solamente hacían un poco de música, y al final del día contaban las monedas que el público pasajero les había dejado en la funda del violín. Músicos que tenían que vivir de tocar en el subte: si alguien lo medía con la vara del éxito, esos chicos estaban fracasando rotundamente. Pero yo pasé y los vi, y pude retener la mirada del violinista y la pianista, y era una mirada de triunfo.

Después saqué la cabeza a la avenida Cabildo. Me fui a casa pensando que yo conocía a esos chicos, que conocía en ese país a un montón de gente que, como esos músicos del subte, no querían nada malo para este mundo, sino únicamente un poco de magia y de misterio. Y que se conformaban con hacer lo que amaban, en el Teatro Colón o en el entresuelo de la línea D. Y me sentí yo mismo tan lleno de misterio y de felicidad, que me hubiera gustado tener un frasco a rosca para encerrar ese sentimiento fugaz y usarlo durante estos días, en los que me cuesta tanto recordar por qué amo con desesperación a Buenos Aires.

Hernan Casciari (Orsai) - España, perdiste.



Te Sigo. Capítulo 21. Fugitivo

El dolor es bueno. El dolor ayuda a pensar y despabila. Corro los cien metros hasta la casa de la profesora usando cada gramo de dolor que tengo a mano. El pecho arde como una herida abierta y tengo sangre en las manos y en las rodillas. El dolor mata la pena, o la entierra tan profundo que no deja que aflore.

Piso la sangre aún antes de verla y sé que estoy arruinando la escena del crimen, pero no me importa. Este no es un asunto para la policía. Las heridas en los cadáveres son en el cuello de la mujer joven, y en la cabeza de la profesora de piano; todo indica que no han sido ellas quienes resistieron el ataque de Kampeon. Ana.

Si la hubiera matado, su cadáver estaría junto al de las dos mujeres, así que tiene que estar viva. El cuidado con que la depositó en el asiento trasero del auto también parece indicar eso. No puedo estar seguro de nada, pero asumir que Ana está muerta es morir en este instante, y no puedo permitírmelo.

La ventana de la casa está rota, y también está el accidente que tuve en la esquina con la moto. La policía está por llegar en cualquier momento, y no puedo permitir que me demoren, y con un doble asesinato es lo mínimo que harán.

Trato de imaginar la lucha pero no puedo hacerlo. ¿Qué frente puede hacerle Anita a un tipo como Kampeón? Si tan solo hubiera llegado veinte segundos antes, si hubiera mirado Twitter al mediodía como todos los días. Siento el ardor en mi rodilla y la aprieto a propósito; el dolor, dolor es concentración y no pena.

-Ignacio, Ignacio, pensá por qué estás acá. Estás buscando cualquier cosa que te sirva. Cualquiera.

Hablo en voz alta y recorro la habitación buscando algo fuera de lugar, pero es difícil, estando todo fuera de lugar. La sangre cuenta una historia que no entiendo, y empiezo a pensar que la policía es la única que tiene el tiempo y los medios para analizar esto.

-Dale, pelotudo, dejá que lo solucione la cana, como lo soluciona siempre-me grito a mí mismo.

Tengo razón, pero tengo que escucharme para entenderlo. No es la policía, no es otra persona. Soy yo a quien Kampeón quiere, y si la policía me agarra, ahí se acabó la historia de Ana.

Escucho una sirena a lo lejos, y es momento de irme. Retrocedo dejando huellas de sangre en el horror y sintiendo pena por las dos mujeres muertas. Muertas por mi culpa.

Al llegar a la puerta, mi pie tropieza con algo en el suelo.

-Eh, usted, ¿qué pasa ahí adentro?

La voz proviene de la vereda, y no parece de un policía. El tono no lo indica. Bajo la vista y veo un maletín viejo y gastado. De hombre. Siento que es eso lo que está fuera de lugar y lo agarro. Salgo a la calle.

A distancia prudencial una mujer de cuarenta años sostiene un paraguas con una mano, y un celular con la otra. El celular me apunta, y no tengo los reflejos suficientes para evitar la foto.

-Espere, no se vaya. Policía, policía.

La mujer grita con una desesperación mayor a la que los hechos acá afuera indican, y mucho menor a la que los hechos de adentro atestiguan. Me alejo rogando que nadie me detenga, y que las sirenas que se escuchan tarden en aparecer.

Camino una cuadra y creo que nadie me sigue. A la segunda cuadra el dolor empieza aparece de nuevo, y es bienvenido.

-Pensá, Ignacio, pensá.

Veo las caras de la gente que pasa y sé que mi apariencia es uno de mis grandes problemas. Mi pantalón está roto, y estoy cubierto de sangre por donde se mire. ¿Qué hacer? La solución estuvo siempre frente a mis ojos, y con cada segundo se hace más riesgosa, pero no puedo evitarlo. Es eso o la nada.

Sin pensarlo me paro frente a un taxi vacío que golpea un poco más mi ya lastimada rodilla.

-¿Estás loco o sos boludo? ¿Querés matarte?

-Por favor, tuve un accidente. Necesito ir a mi casa. Es acá a diez cuadras, por favor.

El taxista encuentra algo de compasión en su corazón, y aún sabiendo que le voy a arruinar el asiento del auto accede a llevarme.

-Jefe, ¿no quiere que vayamos a un hospital?

-No, por favor vamos a mi casa.

No está del todo convencido, pero ayuda el hecho de que a casa llegaremos en menos de cinco minutos, y en ese tiempo se habrá librado de mí, y podrá empezar a pensar cómo limpiar el auto.

-Y el accidente, ¿cómo fue?

-Iba en moto y pisé una mancha de aceite. Se descontroló y me caí. Rodé por el pavimento.

No puedo pensar en una mentira, ni veo qué daño podrá hacer la verdad.

-Es que ustedes los de las motos andan como locos. Y mire que usted ya no es un pibe, ¿eh?

-No. No lo soy.

Es el tono, o la cercanía del destino, pero no vuelve a preguntar.

No hay patrulleros en la puerta y es una señal del cielo. Es lógico, no han tenido tiempo, pero la lógica y yo no nos estamos llevando bien estos días. Le doy un billete de cien al taxista, quien me mira sorprendido.

-Guardalo.

-No, jefe, no hace falta, son doce.

-No, aceptalo. Y muchas gracias. Hiciste bien.

El taxista se va contento. Aprieto el botón del timbre y no lo suelto.

-¿Quién es?

-Carolina, soy yo. Abrí.

Su cara es un espejo de cómo estoy, y de cómo me siento.

-Ignacio, ¿qué pasa? ¿Dónde está Anita?

Acaricio su cabeza y sin mirarla voy a la puerta de mi sótano.

-Caro, por favor, necesito una mochila con ropa para cambiarme, y otra para ponerme ahora. Y una campera.

-Ignacio.

-¡Ya! Carolina, hacé lo que te digo ahora, carajo! No puedo perder un segundo.

No retrocede ni se ofende, pero entiende, y va hacia la habitación. Yo termino de poner los números y enfrento la cerradura mecánica. Las llaves están en mi auto, así que aplico una patada con todas mis fuerzas, y cede.

Lo primero es la pistola, la bendita Glock, que junto con cuatro cargadores, pongo en la mochila. Siguen las computadoras y los celulares. Una vez más, como la última, como siempre.

En la puerta me espera Carolina con otra mochila, y un pantalón que me pongo al instante, por encima del que llevo ahora. Lo importante es esconder la sangre. La campera hace el resto. Y me trajo una gorra.

-No le abrás a nadie, salvo a Javier, o a la policía, si ves un patrullero. Yo te llamo cuando pueda.

Carolina está llorando. Es la historia de Carito desde cero, ahora con Ana. No tengo que contárselo para que lo sepa.

-Ignacio.

No hay tiempo, pero ella merece esto y más.

-Ignacio, yo sé que vos la podés traer. Traela, traela por favor.

Asiento y el portazo lo doy yo. Camino despacio hasta la esquina, y me detengo. Mi mano está dentro de la mochila en la culata del arma. No puedo arriesgarme a que llegue Kampeon, o alguno de sus amigos a casa antes que Javier, o antes que la policía. Tengo la seguridad de que cualquiera que no conozca y que se pare frente a mi casa, recibirá un cargador entero de mi pistola, y no tendré remordimiento alguno.

Cinco minutos más pasan, y veo el auto de Javier detenerse frente a casa. Toca el timbre, y Carolina lo abraza, aún llorando.

Me doy cuenta de que por primera vez no cerré la puerta de mi sótano, y Carolina verá las fotos que tengo ahí pegadas. Fotos que no puede ver bajo ninguna circunstancia. Saco mi celular.

-Javier, te llamo cuando puedo, pero cerrá ya la puerta del sótano, y me importa un carajo lo que diga Carolina. ¿Oíste?

No espero respuesta. Tiro mi celular en el canasto de la esquina, y empiezo a caminar.

Capítulo 20. Recreo

Mundo Digital.


El comunicado se emitió el primero de marzo del año 2012, y estaba firmado por todos los países miembros de las Naciones Unidas. Tenía cinco puntos, bibliotecas de anexos, y dos conceptos fundamentales:

El mundo dejaría de ser habitable para la raza humana el 23 de noviembre de 2012; y

La única salida posible sería la digitalización total, la que habría de ser optativa y gratuita a partir del día de la emisión del comunicado.

En absolutamente todos los países, y en todos los idiomas, procedió a explicarse que lo único que habría de sobrevivir a la catástrofe (múltiples de ellas en realidad, que ocasionarían la debacle definitiva), eran los servidores en los cuales la memoria de la gente, e incluso su capacidad de pensar y relacionarse, habrían de preservarse.

La diferencia no habría de existir. Tal y como se promocionaba, las vidas seguirían exactamente igual, incluyendo nacimientos y muertes, con la única excepción de que no habría ninguna existencia física. La virtualidad sería total.

El tiempo de luto fue inexistente. Los medios sacaron un cálculo veloz, y este decía que no habría tiempo material posible de realizar la digitalización de siete mil millones de personas antes del final. Lo que siguió fue el pánico.

A medida que los “cuerpos se iban digitalizando”, la interacción entre personas físicas y virtuales se iba haciendo cada vez más fluida, y las filas para cambiar de estado crecían exponencialmente.

En un plazo de seis meses la población digital era de tres mil quinientos millones, y los servidores colapsaron, interrumpiéndose así el proceso de conversión.

La resignación era total, y en la noche del 22 de noviembre de 2012, las personas que aún no habían sido digitalizadas, esperaban el final en paz. La mayoría de ellas, en todo caso.

El 23 de noviembre fue un día normal, o todo lo normal que podía haber sido dadas las circunstancias.

Las explicaciones llegaron a partir del día 25, y la subsistencia del mundo fue calificada como un milagro, pese a que en efecto había cientos de razones técnicas para explicar el mismo.

La mañana del 26 de noviembre, once personas se reunieron en una instalación tan secreta que solo ellas sabían de su existencia. Por sus ojos habían pasado los informes que señalaban, sin ningún lugar a duda, que el mundo no podría sobrevivir con una población de siete mil millones de personas.

Sobre sus espaldas pesaba la decisión de haber determinado la extinción de la mitad de la raza humana, pero eso era algo con lo que podían vivir.

En busca de la autorealización.


Prevalece ampliamente hoy en día una erosión de los valores éticos que normalmente eran vividos y transmitidos por la familia y después por la escuela y la sociedad. Esa erosión ha hecho que las estrellas-guía del cielo quedasen encubiertas por las nubes de intereses dañinos para la sociedad y para el futuro de la vida y el equilibrio de la Tierra.

No obstante esta oscuridad, hay que reconocer también la aparición de nuevos valores ligados a la solidaridad internacional, al cuidado de la naturaleza, a la transparencia en las relaciones sociales y al rechazo de formas de violencia represiva y de transgresión de los derechos humanos. Pero ni aun así ha disminuido la crisis de valores, especialmente en el campo de la economía de mercado y de las finanzas especulativas. Estas son las que definen los rumbos del mundo y el día a día de los asalariados, que viven bajo la permanente amenaza del desempleo. Las crisis recientes han denunciado a las mafias de especuladores instalados en las bolsas y en los grandes bancos, cuyo elevado número y capacidad de rapiña del dinero ajeno casi hizo derrumbarse el sistema financiero mundial. En vez de estar en la cárcel, tales bellacos, después de pequeños reajustes, han vuelto al antiguo vicio de la especulación y al juego de la apropiación indebida de los «commons», de los bienes comunes de la humanidad (agua, semillas, suelos, energía, etc.).

Esta atmósfera de anomia y de que todo vale, que se extiende también a la política, hace que el sentido ético quede embotado y, ante la corrupción general, las personas se sientan impotentes y condenadas a la amargura ácida y a la resignación humillante. En este contexto muchos buscan sentido en la literatura de autoayuda, hecha de trozos de psicología, sabiduría oriental, espiritualidad con recetas para la felicidad completa, todo ello una ilusión, porque no se sustenta ni se apoya en un sentido realista y contradictorio de la realidad. Otros se procuran psicólogos y psicoanalistas de dan consejos mejor fundados, pero en el fondo todo termina con las siguientes recomendaciones: dado el fracaso de las instancias creadoras de sentido, como son las religiones y las filosofías, y habida cuenta de la confusión de visiones del mundo, de la relativización de valores y del vacío del sentido existencial, busque usted mismo su camino, trabaje su Yo profundo, establezca usted mismo referencias éticas que orienten su vida y busque su autorrealización. Autorrealización: la palabra mágica cargada de promesas.

No seré yo quien combata la autorrealización después de haber escrito El águila y la gallina, una metáfora de la condición humana (Trotta 2002), libro que estimula a las personas a encontrar en sí mismas las razones de una autorrealización sensata. Ésta resulta de la sabia combinación de la dimensión águila y de la dimensión gallina. Cuándo debo ser gallina, es decir, concreto, atento a los desafíos de lo cotidiano, y cuándo debo ser águila que busca volar alto para, en libertad, realizar potencialidades escondidas. Al articular tales dimensiones se crea la posibilidad de una autorrealización exitosa.

Pienso que esta autorrealización sólo se alcanza si incorpora seriamente otras tres dimensiones. La primera es la dimensión de sombra. Cada cual posee su lado autocentrado, arrogante, y otras limitaciones que no nos ennoblecen. Esta dimensión no es un defecto sino un signo de nuestra condición humana. Acoger tal sombra, y cuidar de que sus efectos negativos no alcancen a los demás, nos hace humildes, comprensivos con las sombras ajenas y nos permite una experiencia humana más completa e integrada.

La segunda dimensión es la relación con los otros, abierta, sincera y hecha de intercambios enriquecedores. Somos seres de relación. No hay ninguna autorrealización si se cortan los lazos con los demás.

La tercera dimensión consiste en alimentar un cierto nivel de espiritualidad. Con esto no quiero decir que la persona deba pertenecer a alguna confesión religiosa. Puede ocurrir pero no es imprescindible. Lo importante es abrirse al capital humano/espiritual que, al contrario del capital material, es ilimitado y hecho de valores como la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor. En esta dimensión surge la pregunta inaplazable: ¿Qué sentido tiene al final mi vida y todo el universo? ¿Qué puedo esperar? ¿La vuelta al polvo cósmico o el abrigo en un Útero divino que me acoge así como soy?

Si esta es la última respuesta, la autorealización traerá profundiad y felicidad íntima que nadie puede quitar.