Te Sigo. Capítulo 21. Fugitivo

El dolor es bueno. El dolor ayuda a pensar y despabila. Corro los cien metros hasta la casa de la profesora usando cada gramo de dolor que tengo a mano. El pecho arde como una herida abierta y tengo sangre en las manos y en las rodillas. El dolor mata la pena, o la entierra tan profundo que no deja que aflore.

Piso la sangre aún antes de verla y sé que estoy arruinando la escena del crimen, pero no me importa. Este no es un asunto para la policía. Las heridas en los cadáveres son en el cuello de la mujer joven, y en la cabeza de la profesora de piano; todo indica que no han sido ellas quienes resistieron el ataque de Kampeon. Ana.

Si la hubiera matado, su cadáver estaría junto al de las dos mujeres, así que tiene que estar viva. El cuidado con que la depositó en el asiento trasero del auto también parece indicar eso. No puedo estar seguro de nada, pero asumir que Ana está muerta es morir en este instante, y no puedo permitírmelo.

La ventana de la casa está rota, y también está el accidente que tuve en la esquina con la moto. La policía está por llegar en cualquier momento, y no puedo permitir que me demoren, y con un doble asesinato es lo mínimo que harán.

Trato de imaginar la lucha pero no puedo hacerlo. ¿Qué frente puede hacerle Anita a un tipo como Kampeón? Si tan solo hubiera llegado veinte segundos antes, si hubiera mirado Twitter al mediodía como todos los días. Siento el ardor en mi rodilla y la aprieto a propósito; el dolor, dolor es concentración y no pena.

-Ignacio, Ignacio, pensá por qué estás acá. Estás buscando cualquier cosa que te sirva. Cualquiera.

Hablo en voz alta y recorro la habitación buscando algo fuera de lugar, pero es difícil, estando todo fuera de lugar. La sangre cuenta una historia que no entiendo, y empiezo a pensar que la policía es la única que tiene el tiempo y los medios para analizar esto.

-Dale, pelotudo, dejá que lo solucione la cana, como lo soluciona siempre-me grito a mí mismo.

Tengo razón, pero tengo que escucharme para entenderlo. No es la policía, no es otra persona. Soy yo a quien Kampeón quiere, y si la policía me agarra, ahí se acabó la historia de Ana.

Escucho una sirena a lo lejos, y es momento de irme. Retrocedo dejando huellas de sangre en el horror y sintiendo pena por las dos mujeres muertas. Muertas por mi culpa.

Al llegar a la puerta, mi pie tropieza con algo en el suelo.

-Eh, usted, ¿qué pasa ahí adentro?

La voz proviene de la vereda, y no parece de un policía. El tono no lo indica. Bajo la vista y veo un maletín viejo y gastado. De hombre. Siento que es eso lo que está fuera de lugar y lo agarro. Salgo a la calle.

A distancia prudencial una mujer de cuarenta años sostiene un paraguas con una mano, y un celular con la otra. El celular me apunta, y no tengo los reflejos suficientes para evitar la foto.

-Espere, no se vaya. Policía, policía.

La mujer grita con una desesperación mayor a la que los hechos acá afuera indican, y mucho menor a la que los hechos de adentro atestiguan. Me alejo rogando que nadie me detenga, y que las sirenas que se escuchan tarden en aparecer.

Camino una cuadra y creo que nadie me sigue. A la segunda cuadra el dolor empieza aparece de nuevo, y es bienvenido.

-Pensá, Ignacio, pensá.

Veo las caras de la gente que pasa y sé que mi apariencia es uno de mis grandes problemas. Mi pantalón está roto, y estoy cubierto de sangre por donde se mire. ¿Qué hacer? La solución estuvo siempre frente a mis ojos, y con cada segundo se hace más riesgosa, pero no puedo evitarlo. Es eso o la nada.

Sin pensarlo me paro frente a un taxi vacío que golpea un poco más mi ya lastimada rodilla.

-¿Estás loco o sos boludo? ¿Querés matarte?

-Por favor, tuve un accidente. Necesito ir a mi casa. Es acá a diez cuadras, por favor.

El taxista encuentra algo de compasión en su corazón, y aún sabiendo que le voy a arruinar el asiento del auto accede a llevarme.

-Jefe, ¿no quiere que vayamos a un hospital?

-No, por favor vamos a mi casa.

No está del todo convencido, pero ayuda el hecho de que a casa llegaremos en menos de cinco minutos, y en ese tiempo se habrá librado de mí, y podrá empezar a pensar cómo limpiar el auto.

-Y el accidente, ¿cómo fue?

-Iba en moto y pisé una mancha de aceite. Se descontroló y me caí. Rodé por el pavimento.

No puedo pensar en una mentira, ni veo qué daño podrá hacer la verdad.

-Es que ustedes los de las motos andan como locos. Y mire que usted ya no es un pibe, ¿eh?

-No. No lo soy.

Es el tono, o la cercanía del destino, pero no vuelve a preguntar.

No hay patrulleros en la puerta y es una señal del cielo. Es lógico, no han tenido tiempo, pero la lógica y yo no nos estamos llevando bien estos días. Le doy un billete de cien al taxista, quien me mira sorprendido.

-Guardalo.

-No, jefe, no hace falta, son doce.

-No, aceptalo. Y muchas gracias. Hiciste bien.

El taxista se va contento. Aprieto el botón del timbre y no lo suelto.

-¿Quién es?

-Carolina, soy yo. Abrí.

Su cara es un espejo de cómo estoy, y de cómo me siento.

-Ignacio, ¿qué pasa? ¿Dónde está Anita?

Acaricio su cabeza y sin mirarla voy a la puerta de mi sótano.

-Caro, por favor, necesito una mochila con ropa para cambiarme, y otra para ponerme ahora. Y una campera.

-Ignacio.

-¡Ya! Carolina, hacé lo que te digo ahora, carajo! No puedo perder un segundo.

No retrocede ni se ofende, pero entiende, y va hacia la habitación. Yo termino de poner los números y enfrento la cerradura mecánica. Las llaves están en mi auto, así que aplico una patada con todas mis fuerzas, y cede.

Lo primero es la pistola, la bendita Glock, que junto con cuatro cargadores, pongo en la mochila. Siguen las computadoras y los celulares. Una vez más, como la última, como siempre.

En la puerta me espera Carolina con otra mochila, y un pantalón que me pongo al instante, por encima del que llevo ahora. Lo importante es esconder la sangre. La campera hace el resto. Y me trajo una gorra.

-No le abrás a nadie, salvo a Javier, o a la policía, si ves un patrullero. Yo te llamo cuando pueda.

Carolina está llorando. Es la historia de Carito desde cero, ahora con Ana. No tengo que contárselo para que lo sepa.

-Ignacio.

No hay tiempo, pero ella merece esto y más.

-Ignacio, yo sé que vos la podés traer. Traela, traela por favor.

Asiento y el portazo lo doy yo. Camino despacio hasta la esquina, y me detengo. Mi mano está dentro de la mochila en la culata del arma. No puedo arriesgarme a que llegue Kampeon, o alguno de sus amigos a casa antes que Javier, o antes que la policía. Tengo la seguridad de que cualquiera que no conozca y que se pare frente a mi casa, recibirá un cargador entero de mi pistola, y no tendré remordimiento alguno.

Cinco minutos más pasan, y veo el auto de Javier detenerse frente a casa. Toca el timbre, y Carolina lo abraza, aún llorando.

Me doy cuenta de que por primera vez no cerré la puerta de mi sótano, y Carolina verá las fotos que tengo ahí pegadas. Fotos que no puede ver bajo ninguna circunstancia. Saco mi celular.

-Javier, te llamo cuando puedo, pero cerrá ya la puerta del sótano, y me importa un carajo lo que diga Carolina. ¿Oíste?

No espero respuesta. Tiro mi celular en el canasto de la esquina, y empiezo a caminar.

Capítulo 20. Recreo

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