Vió luz...


Alguien que no conozco pasa y dice "vi luz”. Alguien que, seguramente conoceré hizo con dos palabras que reconozca que sí. Hay luz. Estoy.

Me fui porque me enojé con las palabras que hicieron que alguien me mirara de manera diferente cuando no debió siquiera imaginarme. Sin mis palabras hubiera estado a salvo.

No. No fueron culpables mis palabras.
De tantas maneras me pidieron regresar. De tantas formas se dibujaban en mi cabeza. Mis palabras y yo ya estuvimos antes, me gritaban cuando bajaba del subte. Es injusto que nos castigues por tu error, vociferaban cuando me sentaba a tomar un café. Dejá de tirarnos culpa y castigarte, dijeron hace un tiempo.

Tienen razón.
Mis palabras casi siempre tienen razón. Razón para reír; para que nos pasemos los pañuelos descartables; razón para odiar y, nótese que no digo razón para perdonar. Están aburridas de aburrirse. Hartas del hartazgo. Están más viejas, más zorras, más turras. No andan con ganas de rebotar por otros Blogs para que las visiten.

No están más sabias.
Están y estoy con ellas.

Y, sí. Hay luz.

Carta abierta a una fruta que ya me comí


Digamos que es una recopilación. Un escrito donde cito todo lo que sucedió, pero con la diferencia de que encima tiene la explicación y la intencionalidad del acto. Porque cuando una persona sola sabe la verdad de algo, se le revienta el cerebro o se pega un corchazo.

Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento

Primero, saber sufrir. Debo admitir que eras la segunda opción, el premio consuelo. El seguro de permanencia. Te elegí segunda porque estabas rota y machucada. Y la otra si bien le faltaba un pedazo estaba entera y sana, deliciosa y sabrosa.
No pensaba más en vos que cuando no resultaba la primera opción. Y honestamente lo motivante de vos era lo furtivo del encuentro, lo prohibido y lo cuestionable. Lo moralmente dudoso. Ya que tu dueño crédulo y tambaleante no era más que el remedo de una adicción. Lo inmerecido de lo regalado. El chantaje de lo gratuito, del superador que se encuentra en el momento y lugar indicado.
La primera chance terminó y con ello me dejó un abanico de oportunidades con vos. Te miraba y el hambre y la falta de opciones realzaba tu aspecto, tu sabor e incluso tu aroma.. Adquiriste protagonismo sin saberlo y yo lo disfracé para que no puedas averiguarlo.
Estabas rota. Tenias una necesidad compulsiva de recibir cariño, afecto, aceptación. Ser parte, ser protagonista. Y como todo hombre me propuse arreglarte, porque para mi punto de vista estabas rota y me vi con capacidades de mejorarte y hacer de vos una mejor fruta. Un mejor objetivo. Necesitabas quererte a vos misma, como toda fruta necesita, sentirse parte de la torta aunque se estén chamuscando con el calor veraniego.
La única forma de hacer que vos misma te quieras era no queriéndote, rechazándote e incluso menospreciándote explícitamente. Necesitabas entender que si vos no te veías como un ejemplar único, nadie lo haría. Te rebajé a lo más bajo, no te di nada más que lo indispensable y sufriste. Y se que sufriste porque yo te hice sufrir la impericia del desinterés. Al punto tal que me pedías reacción. Pero nada. Y sufriste, mucho.

Después, amar. Llegué a pensar que no ibas a mejorar, que no ibas a salir de la comodidad de tu papel de fruta azotada por el clima, pero me equivoqué, gratamente por cierto. Ya que hiciste las bases de tu independencia, te animaste a saltar del árbol y caer de pie, y alejarte orgullosa de la plata que te reprimió desde que comenzaste a existir.
Tu evolución una vez superado el duelo fue vertiginosa. Vertical y ascendente. Exagerada y extremista, seguiste desarrollándote hasta superar mis expectativas y suposiciones.
Te curé, te curaste. Te pusiste de pie y ya nada importa. Y estas curada, sos ideal. Sos ideal, para mi.

Después, partir. Instantáneamente me di cuenta, de que corría peligro. Te superaste y a la vez me superaste a mi. Te puse tanto empeño que encontraste la manera de mejorar lo que te mostré. Al punto de no necesitar que te recuerde tu objetivo. Empecé a caer en las redes que te enseñé a tejer. A entrar en los juegos que te enseñé a jugar. Y empecé a sufrir. Me indigesté con tu sabor. Me empaché de vos al punto de no necesitar otro alimento mas que el dulce sabor de tu carne. Pero a la vez, como me gustaba tu sabor, tenia que bancarme tu pelusa.
Advertí la situación tarde. La comprendí a tiempo pero con lo justo. Vos, fruta machucada y rota, que sufrió, ahora tenes que hacer sufrir.Es el karma, es la ley, es lo que mereces por soportar los embates de la vida. Los embates de vos misma, tus caídas, tus magulladuras.
Por eso te dejé en el mismo lugar en que te vi. Con la diferencia que te es tan apetitosa que no va a tardar en tomarte otra persona. Y se va a indigestar, y va a sufrir mucho. Porque así tiene que ser, alguien tiene que padecerte. Y ese alguien no voy a ser yo.

Al fin, andar sin pensamiento. Decir que te extraño seria burdo e irreal. Porque en realidad no te extraño a vos, sino tu sabor y tu eco me invade de a ratos. Mi femenina interlocutora intenta de manera parcialmente satisfactoria que te tome, de nuevo, o que regrese. En fin, que intente ajustarte a un equilibrio. Me convence de a momentos y sueño despierto. Sueño en la utopía de restaurarte, romperte nuevamente. Para tener algo que arreglar de vos. Pero no. No quiero arreglarte más. Quiero arreglarme a mi, lo que no arregle por vos. Porque los hombres no podemos arreglar dos cosas al mismo tiempo.

RealET Show


El anfiteatro es enorme, pero los gritos de la multitud exaltada retumban con fuerza, convirtiéndolo en una caja pequeña, y ensordecedora.

Las cámaras flotan en el aire, registrando cada centímetro del escenario, y en particular, a la bestia que poco a poco recupera sus sentidos, mientras sale del sopor inducido por las drogas que hasta hace poco le administraban.

El presentador saluda a la multitud con un gesto ampuloso, y de inmediato se dedica a la bestia.

-Bienvenido. Estás acá para demostrar tus habilidades al mundo entero.

La bestia se incorpora hasta dónde los grilletes que maniatan sus extremidades se lo permiten. Hace un gesto de fastidio, pero se mantiene en silencio.

-Nuestras palabras te son extrañas, lo sabemos, pero sabemos también que nos comprendes. Nuestros científicos se han ocupado de eso. ¿De dónde vienes, y cuáles son tus habilidades?

La bestia entiende de repente que la multitud espera algo de él, aunque no tiene forma de saber qué, pero incluye sometimiento y humillación. Y eso no lo hace feliz.

Poco a poco, una extraña energía empieza a recorrer su cuerpo, y con una mezcla de confusión y agradecimiento, mira hacia el sol verde que lo ilumina.

El presentador altera su tono levemente, mientras hace una seña hacia quienes flanquean a la bestia, los que empiezan a acercarse, de forma amenazadora.

-Es la última vez que lo pregunto de forma amable. ¿Qué eres? ¿Qué haces?

La bestia sacude los grilletes que hace segundos los sometían con una facilidad que hasta a él mismo le sorprende. Recuerda alguna leyenda de su propio planeta, a siglos luz de distancia de ese lugar inmundo, e intuye que la única diferencia entre la leyenda y él, es el color del sol que lo ilumina.

-Soy un hombre, y estás a un segundo de adivinar lo que puedo hacer.

Te sigo. Capítulo 20. Recreo

Estar preparado no es lo mismo que estar listo, pero las dos condiciones se cumplen en mí. Hasta ahora todo ha ocurrido de acuerdo a lo previsto. La falta de sorpresas, a veces, es una agradable sorpresa.

Son las 15:45 y la esposa de Ignacio está esperando a la nena en la puerta del colegio. La presencia de Carolina disipa cualquier duda sobre si Ignacio leyó el mensaje de @Kampeon69 o no. Poesía.

La nena se sube al auto y son todo besos y sonrisas. Saber que es la última vez que estarán juntas hace que me sienta Dios. No solo soy testigo – el único- sino que forjaré sus destinos para siempre. La excitación es inevitable.

Llegan a la casa de la profesora de piano y Carolina acompaña a Ana a la puerta, y la despide con un beso. También el último. Tantos cuidados, tanta dedicación. Tanto desperdicio.

Espero cinco minutos, y después cinco más. Ya no hay chances de que Carolina vuelva. Showtime.

Toco el timbre. Escucho pasos decididos que se acercan a la puerta. No son los pasos de una anciana, y menos aún los de una niña.

-¿Sí?

-Buenas tardes. Soy un alumno y vengo a buscar un maletín.

Los pasos se alejan y maldigo la existencia de las sorpresas. Improvisar me pone de mal humor. No porque no pueda hacerlo, sino porque me impide disfrutar del momento. Los pasos vuelven y se abre la puerta. Es la sobrina de la vieja. Con mi maletín en la mano.

-Acá está-me dice con una sonrisa cansada-la tía quiere que le dé esto.

Agarro el maletín y pongo una mano en la puerta que ya se está cerrando.

-Disculpe, ¿me permitiría usar el baño, por favor?

No es miedo lo que veo en la cara de la sobrina, sino hartazgo. Está cansada de vivir con su tía, y podrida de haber tenido que alcanzarle un maletín a un extraño. Y peor aún, ultrajada por el hecho de tener que acompañarlo hasta el baño. Pero soy un alumno de su tía, y hasta ella reconoce que no tiene demasiadas opciones.

Ya sin sonrisa, me franquea la entrada, y paso por el living. Ana toca Claro de Luna, y pese al lugar común, no puedo negar que lo hace con algo de gracia.

La vieja me sonríe y es una invitación a que me quede quieto y callado. Lo hago.

La sobrina está dos metros a mi derecha, bufando de fastidio. No se le ocurren lugares peores donde pudiera estar, podría jurarlo.

Ana termina la pieza y la vieja aplaude como si Debussy mismo la hubiera ejecutado. La sobrina está quieta cual estatua, sin saber que es la última música que ha escuchado en su vida.

La sonrisa de Ana es franca y abierta, y solo sus ojos muestran algo del espanto que siente al verme sacar el estilete de mi brazo y hundirlo en el cuello de la sobrina. Mientras ésta va cayendo al suelo y la sangre tiñe el parquet gastado por los años, y casi con el mismo movimiento, clavo el estilete en la nuca de la vieja, que por alguna extraña razón no sangra.

El grito de Ana es mudo, y siento el aire escapar por su garganta cerrada por el pánico. Guardo el estilete en la funda de mi brazo y me acerco hacia ella con gesto amistoso.

-Shh, vení, Ana. No te va a pasar nada.

La estúpida me deja acercarme como un perrito al de la perrera, pero justo cuando estoy a punto de aplicarle el cloroformo que tengo en el pañuelo de mi mano derecha, salta como un gato y va hacia la puerta.

Es rápida y yo soy más rápido, pero tropiezo con el cadáver de la vieja. Ni aún muerta deja de molestar. Voy cayendo pero no trato de recuperar el equilibrio; por el contrario, tomo envión con un pie y salto hacia la nena, alcanzando a tocarle un pie.

Se desestabiliza y cae. No se golpea, pero me da el tiempo suficiente para interponerme entre ella y la puerta.

-No, nena, por acá no.

Tiene diez años, pero más recursos que varias que la doblan en edad. Retrocede hacia la pared y toma una imagen de piedra que distingo como una copia pésima de la Venus de Milo.

-A ver, ¿me la vas a tirar a mí?

Ana levanta la escultura y yo preparo mi brazo para protegerme. Sin embargo, en el momento de lanzarla cambia de opinión, y la estrella contra la ventana que da hacia la calle. Los tiempos se han acortado muchísimo, y es cuestión de segundos para que algún vecino comedido decida llamar a la puerta, o a la policía.

Pero el mismo juego lo pueden jugar dos, y en lugar de ir hacia ella, tomo una lámpara de un vidrio tan barato que ni el nombre conozco, y le apunto. Y no la uso como táctica disuasoria. El silencio no tiene ya valor alguno, así que con un grito salido del fondo de mi estómago se la arrojo directo a la cara. Ana se protege con el brazo y siento el ruido claro del hueso al fracturarse.

El dolor hace el truco y le hace perder unos segundos valiosos, que yo uso para tirarle todo el peso de mi cuerpo encima y caemos rodando al suelo. Una vez en el piso, la pelea es despareja, y mi peso la domina por completo.

Se sigue moviendo como un gato, pero una leve presión en su brazo fracturado basta para controlarla. Abre la boca para gritar y ese es el momento en que aplico mi pañuelo de cloroformo. La resistencia dura sólo unos segundos.

Con todo cariño alzo el peso muerto y lo pongo en un sillón. No tengo mucho tiempo, pero aún así repaso la escena en general para asegurarme de que todo está en orden, todo lo “en orden” que puede estar con dos cadáveres tirados en el suelo y vidrios rotos por doquier.

Hay algo en los genes de esta familia que los convierte en luchadores, pienso mientras recojo mi estilete, que en el fragor de la lucha rodó por ahí. En luchadores que pierden, también es cierto, pero no por ello es menos admirable.

Escucho un quejido y advierto que la sobrina todavía no pasó a mejor vida. Son segundos escasos y preciosos, pero nunca he podido resistirme al momento en que la vida deja el cuerpo de una persona. Me mira con esos ojos aburridos y sosos y trata de balbucear la misma pregunta estúpida de siempre. Por qué.

-Porque puedo-le digo, mientras veo escaparse la luz de sus ojos.

No tengo que tomarle el pulso para saber que ya está muerta. Tampoco a la vieja, cuyo rostro refleja una paz que podría jurar no sintió en vida.

Ana es mucho más liviana de lo que esperaba, y descubro que es mi falta de experiencia con cuerpos tan chicos lo que me llama la atención. Son mucho más maniobrables, y veo que había subestimado la capacidad de lucha que poseen algunos. Anticipo que su hermano Martín me dará idénticas satisfacciones y muy a mi pesar, sonrío.

Antes de abrir la puerta inspiro con fuerza. No sé qué habré de encontrar del otro lado, pero por las dudas tengo mi estilete a mano. No hay nadie, y puedo meter a Ana en el auto sin problemas.

Antes de sentarme al volante, miro a mi derecha, y veo la imagen que paga todos mis sobresaltos. A cien metros, cojeando con dificultad, avanza Ignacio Pérez. Le cuesta, como si hubiera sido molido a golpes. Me detengo un segundo, sabiendo que él no llegará nunca, y algo raro sucede.

En lugar de lanzarse a una carrera desenfrenada, se detiene y me observa con detenimiento. Adivino que trata de retener algún dato que le permita encontrarme más adelante, y sé que es inútil. Tengo puesto mi sombrero, mi bigote postizo, guantes, y hasta la patente del auto alquilado es una calle muerta.

Pero levanta una mano y me señala, tocando alguna fibra íntima que yo desconocía tener. ¿Miedo?

No, no puede ser miedo. Con una mano levanto el ala de mi sombrero, saludando como vaquero en película, y me siento en el auto. Mientras arranco, lo veo lanzarse a toda carrera.

-Papá no llegó a buscarte-digo en voz alta, y siento que le hablo a más de una persona.




Capítulo 19. El final de la rutina
Capítulo 21. Fugitivo

De los que huyen


Su cuerpo se desmoronaba a pedazos y cada mañaba debía limpiar lo que dejaba a su paso. Temía el día en el que sus dimensiones alcanzaran las de una sombra. Pero para entonces, difícilmente contaría con la cordura suficiente que le permitiese darse cuenta de la realidad.

Comenzó aquella penuria el día que decidió dejar a su mujer plantada en el altar. Estaban todos los invitados dentro de la catedral y había visto, por una pequeña ventana, que el coche que la traía a ella había aparcado frente a la fachada.
De repente sintió un nudo en el estómago, una sensación de horror lo embargó por completo y tuvo la imperiosa necesidad de salir corriendo por una puerta trasera. Saltó un tapial y se escapó por el patio de la casa de al lado.
Tomó un taxi en la esquina y pidió que lo acercaran a la terminal de ómnibus. Compró el boleto hacia el destino más distante y no miró ni por un segundo a través de la ventanilla.

De eso habían pasado seis meses. Al día siguiente de la fuga, perdió el primer cabello. Luego fueron las uñas, una a una. A eso, siguió la piel. Hacía tres meses que no salía del pequeño apartamento que alquilaba con los pocos ahorros que había sacado del banco.

Los médicos no supieron que decirle. Los estudios no revelaban nada. Le preguntaban si había estado de viaje, si había pasado por algún shock emocional... pero él contestaba a todo "no".

Aquella mañana, a los tropezones, caminó hasta el teléfono. Se había decidido a llamar a la mujer con la que se iba a casar. Estaba seguro que se moría y sentía la culpa sobre la espalda. Ni siquiera se preocupó por los restos de su cuerpo que quedaban atrás.

Le contestó su suegra. Fue fría y directa. Su hija había muerto de pena aquella misma noche. Y lo que le sucedía a él, no era otra cosa que una brujería.

- Pagarás cada lágrima con un pedazo de cuerpo y cuando ni eso alcance, tu alma se desmembrará en el mismísimo infierno.

Colgó, dejándose caer al suelo. Estaba temblando. ¿Ella había muerto? ¿Se podía alguien morir de pena? Quiso llorar pero no pudo, los lagrimales los había perdido hacía unos días. A duras penas gateó hasta su cama y se tendió a esperar la muerte.
Cuando ésta llegó reconoció en su figura al desalmado que había causado seis meses atrás, que tuviese que ir por una joven hermosa, destrozada por el amor que no fue. Y la muerte, entonces, optó por ignorarlo.

- No volveré por tí, jamás. Te despedazarás pero no morirás. Y así sufrirás por siempre.

El hombre o lo que quedaba de el, perdió toda esperanza. Tenía la eternidad por delante para descifrar por qué había escapado. Sin embargo, las respuestas a veces lo único que hacían era darle la razón a los demás. Perdido por perdido, escogió seguir siendo el egoísta de siempre y volvió a huir, esta vez de su propia mente.

por Netomancia

El tajo en la palma


La carta estaba escrita en letras color sangre, y apareció de la nada una mañana. Había sido pasada por abajo de la puerta, y tenía sólo cinco palabras: “No puedo. No me busques.”

No tenía firma, pero la letra de Mercedes era inconfundible.

Por supuesto, la busqué.

Faltaban dos meses para que nos casáramos, y eran pocos los días en que no la veía. El anterior había sido uno.

En su trabajo no estaba, y tampoco volvió en los meses siguientes. El portero de su edificio tenía instrucciones de no dejarme pasar, y las llaves que yo tenía, ya no funcionaban. Las cerraduras habían sido cambiadas.

Su familia, que siempre me odió, estaba tan intrigada como yo por este cambio de comportamiento, pero eso fue lo único que pude sacar después de mil llamados.

Al final, tuve que entender que hay cosas en la vida que no tienen explicación, y empecé a olvidarla.

Una noche, casi cerca de las doce, sentí que tenía que acercarme a la puerta. La abrí, y allí estaba ella. Ni en mis sueños más profundos la recordaba así.

Me sonrió, y creí que moriría en ese instante.

-¿Puedo pasar?-preguntó en un susurro.

Dejé la puerta abierta, y le di la espalda. Mi alegría por verla, por tenerla en la puerta de mi casa, era limitada solo por un sentimiento de furia que tenía en el estómago. Pero era tan chico, que sabía que no duraría nada.

Me di vuelta, y seguía parada en el mismo lugar.

-Necesito que me invites a pasar.

Había una urgencia en su voz que no coincidía con la serenidad de su imagen. Sus ojos–no recordaba que fueran tan oscuros- me dieron toda la certeza que necesitaba.

Caminé hacia la cocina, y agarré el cuchillo más filoso que encontré. Volví a la puerta, y mirándola fijo, me hice un tajo en la palma de la mano. Grande y profundo. No ocurrió nada durante una fracción de segundo, pero después, la sangre empezó a desbordar la piel como un río en una crecida.

Su cara se contorsionó de una forma inhumana, y profirió un grito tan agudo que coaguló la sangre que me salía de la mano. Sus ojos se volvieron blancos, y dos inmensos colmillos asomaron de lo que ya no era una boca, sino una fauce.

Se abalanzó sobre mí, pero una pared invisible nos separaba. El mito era cierto, no podía entrar a mi casa si yo no la invitaba, y eso no había ocurrido.

El espectáculo duró horas o segundos, no lo sé, y finalmente desapareció como había llegado, sin que yo me diera cuenta.

Esto fue hace varios días, y hace varias noches, religiosamente a la misma hora, abro la puerta, y la veo frente a mí. Casi no vivo, esperando ese momento en que aparecerá frente a mi puerta, esperando que la invite a pasar

Y sé que será esta noche, o la siguiente, la que finalmente la deje entrar, y clave una estaca en su corazón, o le entregue el mío para siempre.

¿Cómo estas?


-¿Cómo estás?-quiere saber ella por teléfono, casi burlándose de mi.


Si me preguntás como estoy, después de haberme arrancado el corazón solo para pisotearlo con tus zapatitos nuevos, es que además de sádica, sos tarada. Muy.

-Bien-le contesto con tono neutro.

-¿Qué hiciste hoy?

A ver, dejame pensar. Me levanté a las once de la mañana, y todavía seguía borracho. Vomité hasta las tres, y después bajé a comprar otra botella de Whisky. Todo eso mientras miraba diez mil fotos tuyas.

-Nada. Vi algo de tele y después leí un poco. Tranqui.

-Me preocupás.

Si, si. ¿Y en qué momento exacto es que te viene esa preocupación? ¿Cuándo te estás revolcando con tu novio nuevo, ese amiguito de la facu que te parecía simpático pero nada más, o cuando prendés un pucho con las páginas y páginas de estupideces que escribí para recuperarte, y no sirvieron para nada?

-Tranqui. Gracias, pero tenías razón. Todo pasa. ¿Y vos?

-Bien. ¿Pensás en mí?

La pregunta me sorprende por lo estúpida. Pensar es algo que involucra el cerebro, y los espasmos que tengo a la noche sacuden todo mi cuerpo. ¿Pensar? Pensar es mover neuronas, y que yo sepa, no provoca llantos descontrolados.

No, no pienso en vos. Nada más te siento todo el día, en todo el cuerpo. Mucho. Mal.

-Si, claro. A veces. Un poco.

-Sonás enojado.


Me enojé cuando salí del cine, y me habían rayado la puerta del auto. Me enojé cuando me robaron el aguinaldo en el subte, a punta de faconcito correntino, o cuando River se fue al descenso. No. No estoy enojado. Lo que tengo es una sensación que nace en una parte tan profunda de las entrañas, que ni siquiera ha habido un doctor que le ponga nombre. Es un odio tan palpable, que podría hacerme millonario vendiéndolo para que fabriquen chalecos antibalas. Es desearte tanto la muerte, que si te murieras, lo lamentaría porque ya no podría seguir deseándotela más. No, lo que tengo no califica de enojo. Y sea lo que sea, nunca vas a tener la satisfacción de saberlo.

-No, para nada. En serio.

Hay un silencio, y me viene a la cabeza la idea de que se está ahogando. No sé por qué, pero la imagino con un ataque de asma (enfermedad que no tiene), y necesitando el inhalador, que se encuentra a diez centímetros de su mano. Ella no llega, y yo estoy ahí parado, disfrutando.

-Te extraño-me dice de repente, entre lágrimas.


Entiendo de inmediato el dolor en mi mandíbula. Después de haber estado tantos días sin hacer siquiera una mueca, mi sonrisa tensa músculos que ya no tenía, y lo noto.

-¿Querés que vaya?

-Si vos querés …


No quiero ni imaginarme la bronca que tendré la próxima vez que agarre un papel y escriba, pero ahora, ahora me estoy tomando un taxi.

Te sigo. Capítulo 19. El final de la rutina

La recomendación de mi psicólogo es clara, y para enfatizarla, le ha pedido a Carolina que haga lo posible porque la cumpla: “Cero redes sociales”.

Carolina no sabe la razón, y mi psicólogo solamente la intuye. No he sido capaz de revelarle en detalle ninguna de mis actividades de los últimos meses, por miedo a convertirlo en cómplice de cosas tan ilegales como oscuras. Pero el tipo es bueno, e insiste con su consejo.

Para peor, Carolina habló con Javier y entre los dos han llegado a la conclusión de que estoy mejor ahora que antes, y ahora implica nada de Twitter.

Por mi parte, he logrado reducir casi por completo las horas que pasaba internado, lo que quiere decir que a la veda de mi familia y amigos, le he impuesto la propia.

Y soy más feliz así.

Pero la abstinencia no es total.

Las mañanas son complicadas porque Carolina me monitorea de cerca, y antes de estar despierto por completo ya tengo que salir a llevar los chicos al colegio. Después de dejarlos tampoco hay mucho tiempo porque Javier me espera ansioso en la oficina. Sin tiempo perdido en redes estamos mucho más activos, y la cantidad de trabajo es inmensa.

El único momento del día en que tengo un poco de paz para chequear la inactividad de @Kampeon69 es al mediodía, rato en el que Javier se encierra en su oficina con su ensalada César (sin pollo), a ver algún capítulo viejo de Galáctica Astronave de Combate en su monitor. Es un rito sagrado, y sus mejores ideas vienen después de una buena pelea entre los humanos y los robots.

Pero hoy hay gringos, y la ensalada César de Javier se teletransporta a un restaurante de Las Cañitas, donde los americanos dan cuenta de enormes pedazos de carne mientras yo les vendo el futuro video juego que hará estallar las ventas de navidad el próximo año en Nueva York.

Si, a veces la vida es menos intolerable.

Estamos en una vereda, y después de los bifes aparecieron helados aún más grandes. Cuando pensaba que mi sorpresa no tendría otro sacudón, salieron los habanos cubanos de treinta centímetros, acompañados de tazones de cognac. Los tipos son felices.

La cuenta alimentaría a una familia tipo durante un mes, pero el gringo firma el voucher de la tarjeta sin mirar. Más importante que eso, accede a nuestro presupuesto también con una sonrisa. Creo que está tan borracho como Javier.

Javier no toma más que en ocasiones especiales, y aún así, muy poco. Pero hoy empezó con el vino tinto obligatorio con todo bife argentino -aunque sin moverse de su ensalada César-, siguió con el champagne del festejo, y alcanzó a darle un sorbo al cognac antes de caer en un estado cuasi cataléptico. Nuevamente, los gringos felices de ver a su programador caer rendido antes que ellos.

Nos despedimos con sendos abrazos y los pongo en un taxi rumbo al hotel, previo negarme a una cerveza adicional de postre, y habiendo ganado la pulseada acerca del programa de la noche. Ellos irán a donde tengan ganas, y yo me quedaré en casa. Victoria por donde se mire.

Normalmente volveríamos a la oficina, a terminar de ganarnos el pan diario, pero Javier tiene problemas para entrar al auto. Sería una fea imagen para nuestros empleados, y decido llevarlo a su casa.

La discusión es eterna, y dura todo el viaje. El, animal de rutina, quiere volver a trabajar y no se da cuenta de su estado. Yo me encuentro bastante mejor, aunque tengo un dolor de cabeza de esos que empiezan despacio, y explotan a las nueve de la noche. Los dos necesitamos dormir.

Como puedo, subo a Javier hasta su departamento, y lo tiro en la cama, con zapatos puestos. Ya no estoy en edad de andar desvistiendo amigos, y me limito a bajar la persiana para que la luz no lo moleste.

-Yo me voy a trabajar, Ignacio-dice, y es un milagro que pueda entenderlo.

Voy a contestarle algo pero escucho su ronquido y se que está más allá del bien y del mal. Cierro la puerta con cuidado, y me tumbo en su sofá. Estoy tan cansado que no puedo dormir, y pienso que debería irme a casa.

Sobre la mesa del comedor, como casi sobre toda mesa en esta casa, hay una computadora prendida. El reloj digital del protector de pantalla marca las 17,00 y me alegro de haber podido pasar un día entero sin acordarme de @Kampeon69.

Pero hasta acá duró la buenaventura, y antes de darme cuenta, ya estoy logueado en mi cuenta.

Y veo lo que rogué no ver jamás en mi vida: Kampeón ha vuelto. Un mensaje suyo dirigido a una mujer. No necesito más.

Carolina atiende al segundo llamado.

-Caro, ¿dónde están los chicos?

-¿Ignacio? ¿Estás bien?

-Los chicos, carajo, ¿dónde están?

-Martín en su cuarto, y Ana en clase de piano. Estoy yendo a buscarla en quince minutos.

La respuesta me tranquiliza, pero no mucho.

-Escuchame bien, Caro. Yo voy a buscar a Ana. Vos encerrate en casa, y cualquier ruido que escuches, cualquiera, llamá al 911. Yo busco a Ana y voy para allá.

-Pará, ¿qué pasa?

-Hacé lo que te digo. Por favor. Es importante.

Corto con la confianza de saber que Carolina hará lo que le pedí, y voy hasta el cuarto de Javier. Lo sacudo de dos cachetazos.

-Pará, ¿estás enfermo?

-Escuchame bien, Javier. Rápido. Necesito que vayas a casa ya. Apareció Kampeón.

El efecto es inmediato, y supera diez cafeteras en sangre. Javier se incorpora rapidísimo y veo como los colores de su rostro cambian de rojo a blanco. No le importa.

-Yo me voy a buscar a Ana. Vos tomate un taxi.

Es muy factible que yo llegue a casa con Ana antes de que Javier lo haga, pero no es momento de ahorrar recursos.

Son las cinco y cinco de la tarde, y de Palermo a Colegiales, en auto, tardaré no menos de veinte minutos. Con muchísima suerte, y no me siento con suerte. Basta pararme a mirar la velocidad casi nula con la que el tráfico se mueve para saber que estoy perdido.

-Pensá, Ignacio, pensá.

El cadete tiene una Honda Tornado, 250 centímetros cúbicos de cilindrada, que es justo lo que necesito en este momento.

-Flaco, escuchame. Este es mi auto-le digo, dándole la llave-. Y acá tenés quinientos pesos. Necesito tu moto. Ahora.

Y parece que el tipo recibiera propuestas ese tipo todos los días, o tal vez sea mi cara de desesperación, porque al instante se mete la plata y las llaves del auto en el bolsillo.

-Llevate el casco-me dice, mientras me da también las llaves y una tarjeta-. Llamá acá cuando termines, y cambiamos auto por moto de nuevo.

No tengo tiempo de agradecerle. Hace quince años que no manejo una moto, pero hay cosas que no se olvidan. La rueda delantera se levanta solo un poco, y agradezco que la moto no sea más potente, porque me hubiera dado vuelta.

A la cuadra ya tengo control casi completo.

Manejo con parámetros diferentes a los de la gente común. No me importan los semáforos, ni tampoco que la gente que camina tenga que correrse para dejarme pasar. Respeto los objetos cuya masa es superior a la mía, pero solo porque sé que cualquier golpe me demoraría.

La sensación es peor que cualquier otra que haya tenido alguna vez en mi vida. No llegué a leer el mensaje de Kampeón, ni a quien iba dirigido, pero tampoco es importante. Si salió a la luz es que viene por mi, y no tengo duda alguna al respecto.

El nombre de Tini me viene a la cabeza, pero no puedo hablar desde la moto. Será lo primero que haga cuando esté con Ana. Me odio a mi mismo, pero una parte de mi espera que vaya por Trini antes que por mi familia, y me odio porque sé que es eso lo que él quiere.

Han pasado meses desde lo de El Eternauta, meses que ha tenido para estudiar cada uno de mis pasos, los de los que quiero, y los de Trini. Y yo anestesiado como un sapo en una olla.

La bocacalle está ocupada, y el espacio entre el colectivo y la señora con el coche de bebé es ínfimo. No para mi.

-Hijo de puta, sos un hijo de puta-me grita la mujer cuyo hijo acabo de esquivar por centímetros.

Creeme que lo sé, le contestaría si pudiera, pero lo que yo quiera es un lujo secundario ahora.

-Un ladrón, es un ladrón.

Escucho el grito detrás mío, y sé que se refieren a mí, pero por suerte tengo que girar, y no veo persecución alguna en el espejo. En el escenario de ensueño me veo abrazando a mi hija Ana y escondiendome con mi familia en algún lugar hasta encontrar a este hijo de puta, porque ahora lo voy a encontrar.

Cualquier otro panorama me asusta al grado de querer frenar la moto y ponerme a llorar. Tiene un límite lo que puede soportar una familia, y la mía lo ha excedido con creces. Y todo ha sido mi culpa.

A una cuadra la velocidad de la moto es cuatro veces mayor a la que necesitaría para pasar por una mancha de aceite y no trastabillar. Un conductor más experimentado que yo quizás hubiera podido controlarla, pero ni en mis mejores momentos, cuando usaba un vehículo similar todos los días, hubiera podido salir bien parado.

La rueda toca el aceite y sale disparada hacia la derecha. En ese segundo veo que todo intento de control será inútil, y salto hacia la izquierda, tratando de hacerme un ovillo. Siento mi espalda chocar contra el pavimento, y de ahí en más empiezo a girar hasta detenerme, veinte metros más adelante. El casco ha chocado contra el cordón de la vereda, partiéndose limpiamente en tres pedazos, antes de salvarme la vida.

Me pongo de pie como puedo, y rengueando me dirijo hacia la esquina. Apenas doblo, siento que mi vida acaba de terminar. Ahí, en ese segundo.

El tiempo se detiene y no escucho ruido alguno. La imagen se graba a fuego en mis ojos, y levanto mi brazo haciendo una promesa. Y olvidándome de mi pierna golpeada, del mareo y la confusión por el golpe, empiezo a correr, sabiendo que no llegaré.


Capítulo 18. La profesora de piano
Capítulo 20. Recreo

Conociendo a Amanda



“You take my breath away” lo supuse desde un principio, pero no, no era como imaginaba. Todo se puso peor.
Pensé que sería un lindo juego, llamarla, decirle que que la complacería en todo. Que estaría cuando me necesite, que podría satisfacer sus deseos mas bajos, sin embargo no fue así o mejor dicho, sí fué así por eso mis recuerdos me llevan a cómo nos conocimos...

Cafetería de la facultad de derecho, se veía hermosa, brillante, decidí ir a buscarla, para conocernos, la belleza de esa mujer me había cautivado, debía conocerla.

Conociéndola en profundidad, me sorprendió la calidez de su persona, no era estudiante de la facultad en realidad, pero estaba bien, al fin y al cabo, era una cafetería, no una biblioteca donde exigian sí o sí la credencial para acceder a los libros. Ese fue mi primer error, dar por hecho algo que no lo era, siguiendo abogacía y caer en algo tan absurdo. Principiante, sin dudas era principiante y debía haber aprendido de ese primer error.

- ¿Cómo te llamas?
- Amanda
- Amanda, que lindo, suena a amada
- ¡Jajajaja!

Su risa me confirmó que tenía sentido del humor, era una buena señal. “Me tengo que ir ahora, nos vemos”. Ese “Nos vemos” ella lo dijo muy superficialmente quizás, pero para mí era una promesa.

Me pasé toda la semana pensando en ella, realmente, quizás si la hubiesen visto también hubiesen quedado obnubilados, no hacía otra cosa que pensar en ella. Mis estudios estaban presentes, pero lo único importante era pensar una estrategia para poder cruzármela, verla de nuevo, sabía que todos los martes iba a la cafetería, esa era una oportunidad que no podía dejar pasar, hasta ahora todo lo que hacíamos era entablar una conversación de dos personas que se frecuentaban en el mismo bar.

Hasta ese martes crucial, había preparado, incluso, un poema, no mío, por supuesto, sigo abogacía, era un poema de Neruda, de esos romanticones que les gustan a las chicas. Cuando noté que le había gustado me animé a invitarla a salir, inusual en mí, soy de una personalidad más bien tímida, pero ella merecía superar todos mis miedos. Excepto el último, mi último miedo.

Confieso que el poema surtió efecto, mi hermana me había dicho ya que era cliché querer conquistar a una chica con un poema, pero que quieren que les diga, el romanticismo no pasará de moda. Comenzamos a hablar, nos conectamos muy bien, y al poco tiempo estábamos saliendo de forma mas asidua, nos pasamos el MSN, nuestros números telefónicos, de celular, podía conectarme con ella cuando quisiera, no era la primera vez que salía con una chica, pero tampoco fueron muchas, inexperiencia, credulidad, ¿habrá sido esto, como se conoce en mi carrera, con premeditación y alevosía?

Conocer a alguien, incluso, es difícil, pero me enfrentaba a un campo poco experimentado en mi vida, el sexo, la actividad sexual, conozco el cuerpo femenino perfectamente, pero cuando uno se enfrenta a estas situaciones lo que se cree conocer es completamente dejado de lado. Fue difícil, pero en un momento tenia que llegar, tarde o temprano llegaría. Hablamos de fantasías, y nos pusimos de acuerdo en algunas, pero había un campo que no se si me atrevía a experimentar, Amanda quería practicar conmigo la asfixiofilia, ella decía que la calentaba mucho, que la excitaba a niveles que nunca imaginó. Al principio yo le dije que no, que no me atrevía, pero no podía pasar por alto como brillaban sus ojos, como podía asomarse un orgasmo con el solo hecho de hablar del tema, quería complacerla, pero no me animaba.

Debía ser valiente, por amor debía ser valiente. Amor, justamente, ¿la amaba realmente por un mes de relación? Igualmente si yo sentía amor, ¿a quién le importa si era real o no? Ella también me amaba, quería satisfacer sus fantasías conmigo. Si no es por amor, ¿por qué razón alguien lo haría?

Finalmente fui valiente, acepté su propuesta, me entregué a ella y a sus deseos. Pensé que sería un lindo juego, llamarla, decirle que la complacería en todo. Que estaría cuando me necesite, que podría satisfacer sus deseos mas bajos. Era un momento perfecto, maravilloso, nuevo y ella cambió de un momento a otro, posó sus manos en mi cuello como estaba planeado, y cuando llegó el momento de parar realmente, donde la palabra clave debía parar, terminar con todo. Pero no lo hizo. Amanda gritaba que repitiera mi nombre, y por más que lo hacía ella no se detenía, una persona nunca termina de conocer a alguien y estaba conociendo a Amanda en su peor forma.

- ¿Cómo te llamas?
- ¡Martha, Martha!
- ¡Decime quién soy!
- Amanda, sos Amanda. ¿Qué pasa mi amor? Me estás lastimando de verdad. No te conozco.
- Martha, no me conoces en realidad, ésta soy yo.
- Amanda, mi amor, no puedo respirar.
- No tenés que respirar, no mereces respirar, todas ustedes deben morir.

Sonaba Queen en ese momento “You take my breth away”, nunca la ironía fue mas deliciosa. Mi respiración era menos frecuente, mi ritmo cardiaco se aceleraba, mi visión se desvanecía y ahí mis recuerdos me llevan a cómo nos conocimos...

Cafetería de la facultad de derecho, se veía hermosa, brillante...

La clave


Era inteligente, inseguro y tenía tiempo. Y sobre todo dudas, muchas dudas.

Las contraseñas de su mujer eran desconocidas para él, y sabía que preguntarlas no haría más que generar rechazo. No lo hizo.

Descartó los mails por improbables, y se concentró en Twitter. Si había algo, estaría ahí.

Conocedor de la naturaleza humana, o de aquello que sean quienes pasan horas en la dichosa red social, se basó en el ego para su proyecto.

En cinco minutos, armó una página de Internet que prometía estadísticas sobre lectura de Tweets, pronósticos de incrementos o reducciones de seguidores, y ubicaciones de los mismos. El único requerimiento era poner el nombre de usuario y la contraseña de la plataforma.

Por supuesto, creó los consabidos párrafos que prometían privacidad, y aseguraban que ninguna información sería divulgada.

En el minuto seis, añadió una orden para que automáticamente, apenas se ingresaba la información, saliera disparado un tweet promoviendo la página.

El minuto siete fue destinado a dirigir un tweet de un usuario anónimo, hacia las trescientas personas que su esposa seguía. Y también a ella.

Durante los minutos ocho a catorce, observó cómo los nombres de los usuarios, así como sus claves, se multiplicaban en la base de datos correspondiente.

Al minuto quince, su esposa llenó el formulario, y él obtuvo la clave que le permitiría leer sus mensajes privados de Twitter.

Menos de dos minutos después, las dudas eran olvido.

La ambulancia llegó al minuto cincuenta y ocho.

-Mirá, un tipo joven. ¿Qué puede tener alguien en la cabeza para saltar de un piso doce?-le preguntó el paramédico, al policía que estaba custodiando el cadáver.

-La respuesta a eso sería la clave para evitar que pase-contestó el policía.

Pero era justamente la clave lo que lo había matado.

La Decisión



El hombre se sirvió otro trago y dejó la botella lo más lejos que le dio el brazo.

- Es el último - anunció.

Luego sacó del bolsillo interior de la campera un fajo de billetes. Los contó uno por uno, ante la mirada del otro hombre en la habitación.

- Puede confiar en que aquí está todo - dijo, mientras seguía pasando un billete tras otro en sus manos - No es mucho lo que me ha pedido para matarla. Ahora que hemos sellado el pacto, le aseguro que si me pedía más, se lo pagaba igual.

El otro hombre no se inmutó.

- Verá - prosiguió el que tenía los billetes en la mano - usted sin dudas está acostumbrado a esto, pero uno, que tiene que tomar la determinación, no sabe que hacer. Estos días pensaba si era necesario y repasé cada cosa y supe que si, que era la única forma. Pero tomar la decisión, mire que cuesta. Sin embargo, es la culpable de todo. Es quién la trae, la que me hace enojar, la que me destruye por dentro, la que me reprocha sin parar hasta en sueños, la que me señala como culpable. Si señor, ella merece morir. Mi mente debe morir.

Le entregó el dinero. El hombre que estaba en silencio lo recibió y guardó en el saco. Buscó su maletín y sacó una .45 con silenciador. Observó que todo estuviera en orden en su arma y la llevó hasta la cabeza de su empleador temporal, que ya tenía los ojos cerrados y bebía aquel último vaso de whisky.
Una sola articulación de sus dedos justificó la paga.

Te sigo. Capítulo 18. La profesora de piano

Si alguna vez tuviera que enumerar los problemas de la sociedad actual, los reduciría a dos: decisión y compromiso. La gente tiene la idea equivocada de que elegir es renunciar. No solo es una frase hecha, sino mal hecha. ¿Por qué hay que renunciar a algo? ¿Dónde está escrito que no se puede tener todo?

El compromiso es el segundo factor de discordia. Una vez que uno toma una decisión, el único camino viable es aquel que supera todos los contratiempos, y nos deja en el lugar elegido. Es tan fácil que asusta. A muchos.

El menú se componía de Ignacio Pérez, su esposa Carolina, y sus dos hijos, Martín de doce, y Ana, de diez. La elección obvia no existía, y cada uno tenía pros y contras.

Ir por Ignacio primero tenía múltiples ventajas. En primer lugar, mi pelea es con él, y es a él a quien debo y quiero destruir. En segundo lugar, y más importante aún, él es el miembro fuerte. Descabezada la familia, los otros serían coser y cantar, suponiendo que alguna de esas dos cosas pudiera ser de interés para alguien.
Una tercera ventaja no podía ser desechada, y es que la cara de Ignacio, sabiendo que luego de él iría a por su familia, era imperdible.

La contra de Ignacio en primer lugar era obvia, estaría desperdiciando un gran adversario al tomarlo de sorpresa.

Carolina era apetecible por otro número igual de razones. Una bella mujer, todavía en edad de merecer y recuperándose lentamente de un suceso traumático. La contra, existía el peligro de que Ignacio decidiera cortar pérdidas y escapara con sus hijos a otro país. Tenía los medios para hacerlo, y aunque no parecía propio de él, no podía descartarlo.

No, la elección menos obvia pero más conveniente era uno de los chicos, y siendo así, por supuesto que la señorita encabezaba el listado de posibilidades. Tenía en contra su corta edad: diez años. Pero hoy en día los chicos ya vienen avivados, y era muy probable que entendiera todo lo que le pasara una vez que estuviera encerrada en el cuarto de la paraguaya. Por alguna razón había empezado a llamar así a mi Panic Room, quizás en honor a la primera víctima.

Pensar en la tormenta que la desaparición de Anita causaría en la cabeza de Ignacio era una explosión de placer en la mía, y eso fue lo que me decidió en su favor.

La inteligencia tuvo que ser mayormente de campo, porque Ignacio había aprendido, y sus hijos no tenían Twitter. Si había cuentas de Facebook, pero estaban muy controladas. No había descripciones de los lugares a donde asistían, ni menos aún horarios. Yo tenía el dato del colegio gracias a mi amigo el cabo Reyes, pero los colegios hoy en día tienen las salidas muy vigiladas. El de Anita al menos.

Con más prolijidad de la que había usado jamás para cualquiera de mis actividades anteriores, decidí empezar a trabajar. Lo primero fue las identidades falsas. No es complicado, ni siquiera caro, pero toma unos días. Se compran documentos de identidad y cédulas, los que se fabrican en los mismos lugares que los originales, así que la diferencia es nula.

Una vez con los documentos en mano, y con algún cambio de fisonomía, se obtienen tarjetas de crédito de pequeños bancos provinciales. Es gracioso como por un almuerzo o una caja de bombones se puede convencer a un oficial de crédito de algún pueblo de Formosa que emita una tarjeta Visa a nombre de alguien que no tiene todos los requisitos necesarios para obtenerla.

Con las identidades falsas se alquilan autos, y ya es posible circular por cualquier parte con total anonimato.
Lo más peligroso de todo es, una vez alquilados los vehículos, circular con ellos por el medio de la ciudad. Esos autos baratos y corrientes no tienen la más mínima medida de seguridad, y en consecuencia uno está expuesto a ser asesinado por cualquier colectivero mal dormido que viole una luz roja, como acostumbran a hacer. Pero no hay ganancia sin riesgo, y a eso me expuse.

Intercambiando autos, sombreros y colores de pelo, me dediqué a seguir a Anita durante dos semanas. Todos los días, de lunes a viernes, salía a las siete y cuarenta de su casa, escoltada por su padre, quien la dejaba adentro del colegio. No en la esquina, no en la puerta, sino adentro. El chico, Martín, iba a otra escuela, pero lo llamativo es que su padre no lo dejaba ni un segundo en el auto solo. Mientras a entregaba a Anita en la escuela, Martín iba con ellos.

Anita almorzaba en la escuela y su madre la retiraba a las 15,45, para llevarla de nuevo a su casa, todos los días, salvo los miércoles, en que la música invadía su vida.
Prolijamente, cada miércoles, Anita tomaba su clase de piano, de 16,00 a 17,30, hora en que su madre la retiraba.

Un día sábado me puse mi mejor peluca, un bigote fino y anteojos gruesos como botellas, y salí a pasear por el barrio de la profesora de música, bastón mediante. Compré medio kilo de pan en la panadería y seis manzanas en la verdulería. En un kiosco que sacaba fotocopias encontré lo que necesitaba, un cartel semi destruido que publicitaba clases de piano.

Algunas preguntas más me dijeron el resto. La profesora de piano era una vieja concertista, egresada del conservatorio en la década del veinte, y que por monedas compartía con niños y adultos por igual su ya casi inexistente habilidad musical. Para mi, sin embargo, era la oportunidad.

Quince minutos después ya había arreglado una clase para el día martes a la mañana.

El disfraz con el que saludé a la vieja el día de la clase era el mismo, y sumé una sonrisa cordial al presentarme en su casa. Era una pequeña cueva con más años que la vieja, cuyo living estaba dominado por un piano que había conocido siglos mejores. Lo relevante es que la vieja se quedaba sola todo el día. Su única compañía era una sobrina oriunda de Chacabuco, que había venido a estudiar a Buenos Aires, y que se presentaba solo por las noches, y no todas. Todo eso me lo informó en los primeros quince segundos, sin que siquiera tuviera yo que preguntar.

Luego hablamos de música clásica durante unos minutos, y procedió a demostrarme sus habilidades. Tengo que reconocerlo, era una pianista excelsa. Su interpretación de “La Cabalgata de las Valkirias”, de Wagner, me transportó a lugares donde no había estado hacía mucho tiempo. Tuve el impulso de matarla ahí mismo, es lo único me hubiera llevado al éxtasis completo, pero no lo hice, no, y aplaudí con tantas ganas, que las palmas de mis manos ardían.

Ella advirtió complacida la turbación que me había ocasionado, y procedió a darme una cotización irrisoria de sus servicios. Acordamos que yo volvería la semana siguiente. Me despedí de ella con un abrazo cariñoso, y partí dejando "olvidado" un maletín con papeles inocuos al costado del piano.

Tuve un día excelente, y a las nueve de la noche retorné. Estacioné mi auto en la esquina de la casa de la vieja, y me puse a jugar con mi cuenta de Twitter hasta que las luces se apagaran, lo que ocurrió media hora después.
Esperé quince minutos, y llamé a la vieja, quien atendió media dormida quizás bajo los efectos ya de algún Valium o droga similar que habría tomado.

Le expliqué que había dejado mi maletín olvidado, y que era de suma importancia para mi recuperarlo antes de la noche del día siguiente. La vieja entendía muy poco, pero no puso objeción alguna cuando le dije que lo recogería al otro día, a las cinco de la tarde.

En otro momento ella quizás hubiera recordado que a esa hora tenía una clase, y me hubiera pedido que pasara antes o después. En ningún caso podía yo arriesgarme.

Seguí jugando con mentes ajenas por Internet hasta las once de la noche, hora en que llegó la sobrina de la vieja. Una mujer alta, de veintitantos años. Parecía atractiva. Decidí irme a dormir. El día siguiente era importante para mi.

Me despierto a las tres de la mañana, con una leve depresión, lo que no es común en mi, y menos días como hoy, destinados a ser grandes. Es miércoles de madrugada, y Twitter tiene el caudal habitual de perdedores. Gente que comparte música o cuenta chistes sacados de Google. Gente que juega a estúpidos acertijos de ingenio, tratando estúpidamente de parecer ingeniosa. Gente que busca gente, y no por hecha deja de ser menos cierta la frase.

Me llama la atención ver a @UnaMujer30 en línea esta noche. No son las horas que acostumbra, e imagino que acaba de llegar de algún lado interesante. He tratado de relacionarme con ella desde hace varios meses, cuando descubrí su identidad, de diversas maneras, pero no parezco llamarle la atención, lo cual por supuesto me indigna.

Hay otro motivo para contactarla, y mientras escribo el mensaje me estoy riendo. Este es el primer mensaje de @Kampeon69 desde el fiasco en El Eternauta. Ignacio debería monitorear de cerca la cuenta de Kampeón, y en caso que así lo esté haciendo, mañana a la mañana recogerá a su familia y la encerrará bajo siete llaves. El desafío será mayor aún. Pero si no lo llega a hacer, y aquí está la belleza del asunto, es algo que no podrá perdonarse jamás. Otra cosa más para añadir a la larga lista.

Todavía riéndome le envío un mensaje a @UnaMujer30 comentando cierta frase de Bukowsky que mencionó hace unos días, referida a la locura. Esto funciona así, ellas escriben y uno recuerda las cosas, para usarlas en el momento más apropiado. Vuelvo a Ignacio mientras espero la respuesta. En cualquier caso habré ganado. Si su rutina cambia un ápice mañana, sabré que estoy en su cabeza día a día, segundo a segundo. Y si no lo hace, seguiremos con el plan A.

La única cosa que me pone de ligero mal humor es la indiferencia de esta mujer. Nunca me contesta. No es extraño, porque no usa la red para dialogar. Como mucho, se trenza en alguna discusión con alguno que otro "famoso de Twitter". Y me ignora. Una noche más.

Vuelvo a dormir sabiendo que después de los Pérez, tendré una cita con @UnaMujer30. Basta de pendejas que no saben qué es lo que quieren. Encontraré otra mente interesante, pero será más adelante. Lo prometo.

Capítulo 17. Atando cabos 
Capítulo 19. El final de la rutina

Princes of the universe

Queen siempre me recuerdan a mis noches lisérgicas. Y no porque este grupo fuese por lo general la banda sonora de aquellos momentos, que más bien solían estar aderezadas con rock-punk patrio, sino porque lo fueron una vez, una única vez que ha terminado por convertirse en la representante de todas ellas. De la noche en si recuerdo más bien poco, imagino que habría pasado lo de siempre: muchas risas, mucho hachís, visiones ácidas y alguna que otra huida de los pikoletos que en aquellos momentos siempre se asemejaban a los hombres grises que Momo tanto repudiaba.

Lo destacable fue que, mientras nos alejábamos de una plaza en el que habíamos estado jugando, yo me quedé rezagado atándome el cordón de la zapatilla - cosa que ene se estado puede llevarte varios minutos - así que cuando alcé la vista mis compañeros ya habían avanzado bastante bailando por el centro de la calle. Sonaba Queen, por supuesto. Les observé conmovido, que no ido, y de pronto me sentí testigo del final de una linda película que alegremente terminaba, de haber visto salir títulos de crédito delante de mis narices creo que no me hubiese impresionado lo más mínimo. Entonces, y como me ocurre a menudo, volví a sentirme ese estúpido vouyer sensiblón que se alimenta de situaciones pasajeras, que imprime imágenes y fotografías en su memoria, que se derrite ante momentos que le resultan dolorosamente hermosos: la escena de esos cuatro jóvenes saltarines y felices ajenos a la realidad que pronta les esperaba, al sol que ya volvía, a los quehaceres cotidianos, al tedio de la rutina, a la amenaza del futuro que acechaba pero todavía no impresionaba, ya saben, como ese monstruo del que tanto hablan los mayores pero que nunca vemos. Supe entonces, con apenas 17 años, que me haría mayor. Tuve la inquebrantable certeza que ese presente se perdería en el firmamento, en las idas y venidas de las horas, las semanas, de los meses, y que algún día, no muy lejano, cada uno de nosotros seguiría su camino hasta el punto de que aquella noche no sería más que una vieja anécdota ya borrada. Corrí entonces a su lado, no fuesen a olvidarme.

Siete años han pasado desde entonces... y los años no vinieron solos. Me hice yo mayor y nos hicimos todos: uno se quedó calvo y con muchos kilos, otro se deshizo de los molestos ideales para especular con las viviendas, el tercero continua en Reino Unido con la intención de convertirse en un genio matemático, el cuarto, el más sensible, se quitó la vida hace ya mucho tiempo, cuando aún le corría a raudales, y el quinto, un servidor, todavía los conserva frescos en su memoria, empeñado en salvarles como eran, cómo éramos cuando todo estaba al alcance de nuestras manos, cuando el destino era una negra interrogación, sí, pero cargada de incertidumbres, esperanzas, sueños y posibles. Qué fácil... qué fácil es, amigos, perderse en los vaivenes de la vida, en los laberintos de la madurez, en las obligaciones tan sibilinas que nos ponen los grilletes sin que apenas nos demos cuenta. Cómo avanzamos por el mundo dejando atrás lo que fuimos directamente a lo que somos, sin mirar atrás apenas un poquito, no vayamos a convertirnos en estatuas de piedra.

Por eso me gusta escuchar Queen, porque me explican quien soy, porque me reviven todos aquellos fantasmas que no quiero que se pierdan, porque aún me asalvajan en alma y me impulsan a saltar y bailar, por medio de una calle, a las tantas de las madrugada, abrazado a otros cuatro que, eternamente, le devuelven la abrazada.



Así estan las cosas País... por ahora.

En estos tiempos que corren, donde vivimos al borde de la quiebra de nosotros mismos, parece que no se nos está permitido ni siquiera quejarnos. Con la excusa de que el mundo se ha descosido, del sálvese quien pueda sin condiciones, cada uno agacha la cabeza y mira su ombligo.


Ahora el egoísmo está justificado porque cada uno ha de mirar por sí mismo. El abuso está justificado porque los tiempos son difíciles y cada uno se esconde bajo su propia alfombra. La falta de comprensión y empatía está justificada porque bastante le cuesta a cada uno salir adelante como para detenerse a pensar en otros.

Estoy cansado de agradecer unas circunstancias que en realidad son inaceptables. Pero sobre todo, estoy harto de ver como la gente se aprovecha de la situación caótica en que vivimos, de cómo nos exprimen, nos manipulan, nos utilizan. Harto de ver cómo se aprovechan de todo sabiendo que no tendremos más remedio que seguir adelante y cerrar la boca.


Tengo la tráquea dolorida de tanto tragar.

Te sigo. Capítulo 17. Atando cabos

Reyes me espera en la esquina del departamento general de policía. El tipo es cabo, pero me niego a decirle Cabo Reyes, más en su beneficio que en el mío. Es flaco, de estatura media, y gracias a Dios, no tiene bigote. Sería demasiado.

Lo patético de su persona no termina en el aspecto físico. Su carrera está empantanada y hasta los cadetes saben que es un corrupto de los baratos. Sus necesidades son fruto de todas las decisiones que ha tomado en su vida, ninguna de las cuales ha sido correcta. Se casó con una mujer fértil, que en cuatro años ha parido igual número de hijos. Descubrió en algún momento que el juego era la forma ideal de solucionar sus problemas financieros, lo cual lo llevó a perder la casa que sus padres le habían dejado. Por último, buscó alivio en las drogas pesadas. O mejor dicho, aceptó el alivio que mediante dichas drogas yo le ofrecí. Me pertenece, y debe ser una de las cosas menos valiosas que poseo.

El término porquería no empieza a definirlo.

Está lloviendo, y noto cierta vergüenza en él al mojar el asiento de mi Mercedes. No sabe que es cuero, y que con un trapo se va todo. Todo menos su desagradable olor a humedad y fracaso. Tendré que lavar el auto después de que se baje.

Me da un sobre grueso de fotocopias que tiro en el asiento de atrás del auto, y me recuerda a un perro que de forma obediente le entrega un hueso a su amo. El no deja de mirar el tablero, y la incomodidad inicial por arruinarme el tapizado, ha quedado olvidada por el calor que le brindan las butacas calefaccionadas.

-Que nave, ¿eh?

Me limito a asentir. El viaje a su lado será una tortura, pero prefiero hacerlo en silencio que hablando de las cosas que lo maravillan.

-Le traje todo lo que me pidió – me dice nervioso.

Asiento de nuevo. Será una media hora de obviedades, por lo que veo, y no esperaba otra cosa, pero tener razón en este caso no hace menos monótono el trámite.

-Parece que va a seguir lloviendo.

Si yo fuera una persona que cede a los impulsos, hundiría el estilete que tengo siempre pegado en mi antebrazo en su yugular. Creo que ver el chorro de sangre es lo único que podría aplacarme en este momento.

-A ver, contame que averiguaste.

Por supuesto que no ha retenido nada en absoluto, y mira el sobre de fotocopias que está en el asiento trasero con desesperación. El infeliz necesita leer para decirme que es lo que encontró. He visto monos con más materia gris que este cabo. Y sin armas. Aprovecho un semáforo de la costanera y le tiro el sobre en el regazo.

-Dale, contame.

Abre el sobre como si fuera un análisis de sida y se pone a repasar. Tiene que comprender antes de hablar y lo dejo. Es mejor eso que la conversación casual.

Cinco minutos después empieza un monólogo en afirmativos y negativos, usando toda la jerga policial aprendida en años de impuestos míos tirados a la basura. No hace otra cosa que repetirme la información que ya me pasó por correo electrónico hace ya varios días. No hay datos nuevos. Nada que pueda servirme.

Ignacio Pérez tiene una doble vida más frondosa que la mía, y la policía no sospecha nada de nada. No tiene multas de tránsito, ni impuestos atrasados. La única razón por la que existe un expediente suyo es por la desaparición de su hija, y ni siquiera ahí molestó demasiado. No fue siquiera querellante en la causa penal. Escuchando a Reyes me convenzo de que Ignacio tiene una personalidad sicótica.

-Disculpe, ¿algún chiste que no haya entendido?- pregunta Reyes, y me doy cuenta de que estoy sonriendo.

-¿Qué más?

Es imposible ofender a Reyes. Reyes y Pérez son apellidos similares. Comunes y silvestres. Ordinarios. No sé por qué noto esto si no tiene ninguna importancia. Hasta que sé por qué lo hago.

-¿Familia?

Parece sorprendido y empieza a mover hojas hasta que encuentra la información que le pido. Nombre y trabajo de su esposa, nombres, edades y escuelas de los hijos, y todo tipo de dato irrelevante para la policía, que cuando no tiene data importante se ocupa de llenar páginas y páginas de sandeces. Para eso creen que les pagan, en definitiva.

La cosa mejora cuando empieza a hablar de Carito, y hasta su tono se pone más animado. Se siente más cómodo cuando hay un crimen en el medio.

-El deceso se produjo en una fábrica abandonada en la jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires. Villa Martelli, para ser más preciso. El hecho tuvo abundante cobertura periodística debido a los cadáveres adicionales cuya filiación no pudo ser precisada, y fueron encontrados en el lugar. La identificación del cuerpo de la menor en cuestión, fue un éxito de la policía científica, pero por desgracia la investigación posterior no agregó más luz al asunto

Tengo el suficiente control de mi mismo como para no estallar en una carcajada. “Un éxito de la policía científica”, imbéciles. El cuerpo de Carito fue reconocido porque había pasado muy poco tiempo desde su desaparición, y todavía seguía saliendo en los diarios. Si no, aún la estarían buscando.
A veces veo esos informes que los medios sacan cuando no tienen nadie a quien sepultar, y que hablan de la gente desaparecida. Hay por lo menos dos mujeres cuyos cadáveres no aparecerán jamás, y que solo yo sé dónde están. Ver a los padres de esas dos perras pedir cualquier tipo de ayuda, me pone de buen humor. Y eso deberían estar haciendo los padres de Carito.

Pensar en ella me excita.

-Don, disculpe. ¿Y yo cómo me vuelvo de acá?

Estamos entrando en Nordelta, y Reyes está completamente fuera de su elemento, y preocupado por el regreso.

-Con lo que te voy a pagar bien podés tomarte un remise, ¿no?

El tipo masculla la idea, y en algún lado parece encontrar valor para decir lo que viene pensando desde que se subió a mi auto.

-Hablando de eso, Don, me gustaría hablar de eso de nuevo – dice, en un exceso de triste sintaxis.

-¿De qué hay que hablar? Tenemos un precio convenido.

-Si, pero … La información que yo le conseguí, ¿para qué la va a usar?

Con policías tan incompetentes como Reyes es un misterio para mi como la gente no anda tiroteándose por la calle. La intolerancia es infinita, y nadie con dos dedos de frente puede tenerle miedo a la policía. ¿Será un tema moral?

-¿Qué te importa para que la use?

-Digo, nomás. Es un expediente complicado.

Llegamos a casa y dejo su pregunta flotando en el aire. Bien podría pagarle diez veces más de lo que él tiene en la cabeza. Más aún. Podría decirle que he de hacerlo, y poner una sonrisa en su cara de estúpido. Quizás lo haga.

Reyes no distingue el mármol de la fórmica, pero aún así la casa le impresiona. Mira los techos como si esperara ver bajar un OVNI, y el televisor apagado como si estuvieran jugando la final del mundial.

-¿Cuarenta y dos pulgadas?

-Ochenta – le respondo, mientras espero que se digne seguirme.

Su codicia puede más, y abandona la contemplación del lujo que jamás podrá tener, por múltiples razones. La más importante es la estupidez, por supuesto.

-Cincuenta mil. Doláres. – dice moviéndose por fin.

El no ve mi sonrisa, ni siquiera la intuye. El precio original era de dos mil pesos, pero el auto y la casa lo han vuelto codicioso, al punto de multiplicar por más de mil su pedido original. Mis sentimientos son claros, pero aún así teorizo mientras lo llevo escaleras abajo.

¿Existiría algún escenario en el que Reyes pudiera llegar a recibir esa suma de mi? Quizás, en otra vida, si lograra que matara a alguien por mi. Eso me provocaría placer, y el placer es algo en lo que nunca escatimé. Pero ahora no hablamos de placer, ni siquiera de información. Esto es extorsión, y se convertirá en algo mucho mayor, cuando mi amigo Ignacio llegue a los titulares de los diarios.

La paraguaya ya está convenientemente guardada en su heladera, y la habitación está limpia como un quirófano. El piso está recubierto por una gruesa bolsa de plástico transparente, tal como aprendí en cierta película. El cine educa.

Voy hacia la caja fuerte y en tres movimientos la abro. Me corro y Reyes, literalmente babea al ver los fajos de billetes que la pueblan.

De reojo veo su mirada, y sé que los cincuenta mil dólares le parecen escasos frente a la “fortuna” que tiene enfrente. Extiende la mano para tomar un fajo. Su sonrisa se congela en el segundo en que el estilete penetra la base de su nuca. No puedo ver bien su cara, pero adivino un gesto de incomprensión. Es tan estúpido que no sabe que ha muerto.

El último cabo está atado, y no es el juego barato de palabras lo que me hace sonreír.


Capítulo 16. Control de daños
Capítulio 18. La profesora de piano

Acción

Última entrega de la trilogía Luz, Cámara, Acción

El está parado frente a mí, con un arma calibre 32 en la mano derecha.
Imágenes de mis hijos me vienen a la mente, y las desecho con la misma rapidez con que aparecieron. No estoy dispuesta a morirme. No acá, y no así.
Soy al mismo tiempo consciente de mi desnudez, pero no me preocupa ni un poco. El no me mira de esa forma. Para él ya estoy muerta.
-Esta vez van a saber que fuiste vos- le digo con toda la seguridad que puedo reunir.
-¿Sí? ¿Te parece? ¿Y por eso es que te dejaron ir del canal, sin largar el flash informativo? ¿Por lo concluyente de tu análisis? ¿Por la brillantez de tus conclusiones?
Cinco preguntas, una más insultante que la otra. El orgullo que este tipo siente por sí mismo es infinito, su soberbia, insoportable. Las ganas de insultarlo son enormes, pero me recuerdo que estoy desnuda, en una bañadera, y frente al lado feo de un arma.
-¿Sabés que es lo más gracioso?-me dice, con una media sonrisa que me da más asco que todo lo anterior- Que este crimen sí va a tener un culpable. Como el otro, bah. ¿Quién va a educar a tus hijos? ¿Se te ocurrió?
-¿Mi marido? ¿Le vas a pegar esto a él?
Sonríe, solo sonríe, y no necesito respuesta. Tiene todo pensado.
-En el canal saben lo que descubrí. Te van a buscar a vos.
-Nena, mis coartadas son más fuertes que tus indicios. Y la justicia se caga en los indicios. Vos deberías saberlo mejor que nadie.
-¿Coartadas?
Y el tipo se larga a hablar. Dice quienes son sus testigos, y cómo será imposible probar que él estaba acá. Abunda en detalles, y en cada uno, siente un placer casi tangible. Cuando termina, levanta el arma y me apunta a la cabeza, sin dejar de sonreír.
-Pará, dejame mostrarte algo.
-¿Para qué? ¿No preferís morir con dignidad? ¿En serio pensás que postergar lo inevitable te va a servir para algo?
-No. Pero sí creo que es algo que te va a gustar. ¿O querés quedarte con la duda?
Asiente, y no pierdo un segundo. Me incorporo, y amago agarrar la bata para cubrirme. Con un gesto me niega el permiso, y sé que disfruta de mi humillación, aunque no importa. Vivir es lo único que cuenta.
Y son tantas las cosas que tienen que salir bien de ahora en más, tantos los detalles que pueden fallar, que mi confianza está en menos diez, pero detenerme es morir, y no quiero.
Mi computadora portátil está sobre la cama. Hago un paso, la tomo, y vuelvo al baño. La apoyo en la mesada, y la abro.
-Cuidado-me dice él- una tecla equivocada, y … Y nada, en realidad, si ya estás muerta.
Pero no me detengo, y tipeo la dirección de la página sin dudar. La imagen aparece en menos de cinco segundos. Y la imagen nos refleja a él y a mi, en mi baño, ahora.
Cuento con su sorpresa para ganar los segundos que necesito. El mira la escena, que nos tiene a él apuntándome, y a mí desnuda, los dos quietos. Yo miro el contador de visitas, que está en cero.
Veo como su gesto de ganador se transforma en uno de incredulidad, y luego en otro de pánico.
-¿Qué, qué es esto?
La eternidad la describiré, de ahora en más, como el momento en que el contador de visitas pasó de cero a uno. Cuando le respondí, algunos segundos después, el contador estaba en más de cien.
-Esto es una señal que sale de una de cinco cámaras web que acabo de poner en la casa, esperando que aparecieras. Y ese numerito que ves abajo, la gente que lo está viendo.
El contador va por mil trescientos, y sube en progresión geométrica a cada segundo. No todos los días se ve a la conductora de un noticiero, desnuda en un baño, siendo apuntada por un arma.
-Ah-dice él, que al fin parece entender-Es esto del Twitter, ¿no?
Los teléfonos han empezado a sonar, el fijo y el celular, y en la computadora se empiezan a abrir ventanas que anuncian la llegada de mails. Pero nada me tranquiliza tanto como el sonido de un auto que se detiene en la puerta de la casa, y el reflejo proveniente de la luz de una sirena, que entra por la ventana del baño.
-Y eso que está llegando, debe ser la policía, alertada por la gente del canal.
El gesto ha cambiado nuevamente, y para mi sorpresa, esta vez es casi de serenidad.
-¿O sea que se acabó?
Asiento, sin decir una palabra.
-Te felicito. Sos menos estúpida de lo que pensaba. Ahora, si me disculpás, me gustaría quedarme solo.
Salgo del baño despacio, esperando el tiro, pero este no llega. Nunca. Sí el golpe de la puerta que se cierra tras de mí.
Y menos de cinco segundos después, sí, el disparo. Y el sonido de su cuerpo al desplomarse en el piso.
Nunca más volví a esa casa.

El síndrome de Estocolmo

El Síndrome de Estocolmo, en su versión oficina, es el más peligroso de todos. Semana tras semana, en días de 9 o más horas, encerrado con gente a la que no le pediría un vaso de agua en el Sahara. Y con Sandra.

Una “presencia agradable”, después de meses de ser la única, se va convirtiendo en algo más que eso. Cualquier forma que se esconda debajo de ropa formal, empieza a ser adivinada con el tiempo, y con más tiempo, pasa a ser codiciada.

Y cuando el único contacto con un mundo lleno de imbéciles, es tu secretaria, y cuando tu secretaria convierte cada pedido de colaboración tuyo en algo tangible, sonrisa mediante, la cabeza empieza a trabajar duro y parejo.

Y un roce casual se convierte en uno premeditado, y así, casi sin saberlo, estoy saliendo de un albergue transitorio, después de un almuerzo de negocios, que coincidió, a los efectos de la gente de recursos humanos, con una visita al médico de Sandra. Al lado mío, Sandra.

Hasta ahí, todo de manual. Bastante patético y mundano, pero de manual. Sin embargo, ese mediodía, en ese sórdido estacionamiento del albergue (todo es sórdido cuando la situación lo es), una serie de acontecimientos se desencadenan. Todos al mismo tiempo, y todos nefastos.

A veinte metros o menos de mi auto, unos ojos conocidos se clavan en los míos. Es Marcela, una amiga de mi mujer, recientemente separada. Marcela carga con todo el resentimiento del abandono, y lo descarga varias noches por semana en mi casa, cuando mi mujer la invita a cenar. El resultado son agrias discusiones, las que por lo general terminan con uno o dos insultos, y conmigo yéndome a dormir enojado, contaminado por venenos ajenos.

Y mi mujer que se queda con esta loca, hasta quien sabe qué hora de la mañana, hablando de lo turros que son los hombres. Agravado por el hecho de que es su amiga más cercana, y una de las pocas personas que frecuenta.

Marcela y yo no nos caemos.

Su reciente separación le garantiza impunidad para acostarse con quien quiera, y su odio por mi devendrá en que en los próximos diez minutos esté hablando con mi mujer, contándole con quien ha tenido el placer de cruzarse en este inmundo albergue. La cosa no pinta bien.

Solo por curiosidad, y aún en el medio de la debacle, trato de saber quién es su acompañante, pero lo único que veo es una silueta cubriéndose con una campera negra de mujer, mientras se sube al asiento del acompañante de Marcela. También de manual, Marcela está con una persona casada. Típico, todo tan típico que deprime.

La novela dura unos segundos, y mi secretaria no se percata de nada. Así de limpio ha sido todo.

El resto de la tarde es un infierno para mi, y el hecho de que yo mismo me lo haya ganado, no me tranquiliza en absoluto.

Soy un tipo frío, y en cualquier otra situación agarraría una hoja de papel, y dibujaría diversos cursos de acción. Ahora no tengo que hacerlo para saber que uno será peor que el otro. Y es que todos los problemas se reducen a uno: quiero a mi mujer, y esta estupidez del mediodía me hará perderla.

El intercomunicador me avisa que tengo una llamada, y la voz de Sandra me dice que es mi mujer.

-Pasala, por favor – le digo con lo que me queda de voz.

Ninguno de los dos dice siquiera un “Hola”, y el silencio dura algún tiempo. Al final es ella la que lo rompe.

-Martín, tenemos que hablar.

Y es curioso como esas cuatro palabras iluminan una parte de mi cerebro que estaba en noche cerrada, y veo todo con claridad. La escena de Marcela subiéndose al auto, y la de su acompañante escondiéndose tras una campera negra de mujer. Una campera negra de mujer, idéntica a una que tiene mi mujer.

Y me doy cuenta de que el Síndrome de Estocolmo, en una casa, es aún más peligroso que en una oficina.

Cámara

(Segunda parte de esta trilogía que viene de LUZ)

No se tumba una pared golpeando cualquier ladrillo, pero una vez que se sabe cuál es el correcto, caen todos como si fueran cartas.
Apenas salgo del tribunal, pasado el mediodía, busco un bar con wi fi, y armo una pequeña oficina que funciona a café con leche. Al terminar el trabajo, la cuenta dirá que me tomé seis, y yo estaré necesitando uno más.
A esa altura ya he decidido que no quiero limitarme a decir el nombre del asesino en cámara, sino que quiero contar la historia tal y como sé que sucedió, y a escribir me dedico.
No hace falta una gran prosa –y no soy manca-, para contar hechos. Cuando la información habla, los adjetivos se callan, y el cuento surge como si fuera película. Cada minuto coincide a la perfección con las declaraciones de quienes dijeron la verdad, y cada mentira cae por su propio peso, haciendo ruido.
El taxi me lleva por caminos que no veo, absorbida por la pantallita de la notebook, que leo y releo hasta que cada error se corrige. No son muchos, pero uno bastaría para que mi humor cambie, así es mi obsesión.
Llego al canal con la energía de quince conejitos Duracell, y a los gritos me rodeo de productores. Cuento la historia como si acabara de salir de un cine, mientras la impresora no deja de sacar copias. En menos de una hora, todos han comprado. Todos menos uno.
El productor ejecutivo es un tipo con oficio, olfato y pasión por su trabajo, y me escuchó con una atención que hace tiempo no le veía dedicar a nada.
-No. Con eso no podés salir al aire.
El productor ejecutivo es un cagón mediocre, que le hizo el ADN a cada uno de sus tres hijos, “solo porque todos los hechos tienen que ser comprobados”.
Le sonrío, lo seduzco, lo insulto, lo perdono, le lloro un poco, y termino re cagándolo a gritos.
-Mirá, es decisión del Raúl (el productor general). Es un tema muy groso, y en definitiva, todo tu argumento depende de algo totalmente intangible.
Y Raúl, que sí es un productor de sangre (y lo seguirá siendo hasta que me contradiga), no está en el canal, y “no puede ser contactado”. Podría escalar la cosa directamente hasta el gerente de noticias, pero sería puentear a Raúl, y no es sabio.
-Dos horas. En dos horas viene Raúl y él decide. Y si está de acuerdo, lo calzamos en prime time. ¿No te parece mejor?
Es mejor, y lo que más rabia me da, es que tiene razón. O sea, lo que tengo son suposiciones, que a nadie se le han ocurrido en casi diez años, y que probablemente cierren nada más que en mi cabeza.
-Podrite. Me voy a casa. Me hartaste, vos y tu miedito. Sean felices.
Salgo indignada, y golpeo cuanta puerta hay entre la sala en la que estaba reunida, y la salida del canal. El viento de la calle es una copia del de la mañana, aquel que hizo volar la puta hoja, y empezó todo esto. Y trae otra idea, una realmente estúpida. La adoro.
Volver al canal y buscar las cosas que necesito, me toma menos de cinco minutos, y ya estoy en el auto. Estoy decidida, y no quiero pensar. Tengo que lograr no pensar.
La guardia -vivo en un barrio cerrado- me saluda con una sonrisa –, y agradezco que la calefacción de casa esté prendida. El frío que hace afuera es increíble.
La casa está vacía, y así estará por al menos un par de horas más. Hago las cosas que tengo que hacer, y me sumerjo en la bañadera. El cansancio de años y años de intriga me cae de golpe. Sé la fama que vendrá con la historia, y hasta quizá, algo de fortuna. Un libro, o por ahí la película. Nada de eso me importa. Solo yo sé de mi obsesión por la verdad –por esa, aunque sea-, y la tranquilidad que me da haber descubierto el acertijo.
Lo otro, la estúpida idea de la periodista de investigación que soy, parece más estúpida con el paso de los segundos. ¿Quién carajo me creo que soy?
Pero nada como la puta ironía de la vida, y no tengo que adivinar de quién es la sombra que se refleja en el piso, para saber qué he sido una pelotuda. O no, he sido vivísima, dando toda la vuelta para convertirme en pelotuda, para siempre.
Y quizá sea esta, si, la última vez que me equivoco.


(Termina en Acción)

Te sigo. Capítulo 16. Control de daños.

Tengo más conocimientos sobre el cuerpo humano que muchos cirujanos en edad de retiro. Una autopsia es una forma excelente de aprender, pero mejor aún es practicarla cuando el paciente está vivo. Sé que órganos envían las señales más potentes al cerebro, y cuales, pese a ser vitales, tienen un estoicismo que hace aconsejable no lidiar con ellos, salvo que se quiera causar una muerte inmediata. Y no es mi objetivo.

El diario de hoy le ha dado un nuevo sentido a mi vida. O varios, para ser preciso. La lista de gente con la que mejoraré aún más mis conocimientos anatómicos está escrita en piedra en mi corazón, pero aún no es tiempo para eso. Hay prioridades, que una vez más debo agradecerle a Ignacio Pérez.

Lo primero es hacer un control de daños. Que los muchachos de El Eternauta hayan sido atrapados, y que se los haya vinculado al intendente es grave, pero para que la cosa no pase de oscuro a negro es necesario que el intendente arda en toda su inmensidad. Y rápido.

A través de periodistas que reciben sobres más gruesos de mi parte que de los medios que los emplean, pongo a disposición de la masa la lista de activos del intendente. El tipo tiene mucho, y ha sido aún mucho más estúpido. Desde el accidente de Nikki Lauda en Nurburgring, en el ’76, que una Ferrari no le causaba tanto daño a una persona. Y él tiene dos, que terminan de enterrarlo.
La única forma de esconder al diablo es fabricar otro diablo, o promocionarlo, en caso que alguno ya haya aparecido.

Hay muchas maneras de hacer dinero. Tantas como personas a quién sacárselo, pero solo unas pocas de gastarlo con prudencia, y el intendente no usó ninguna. Tiene bien ganado lo que se le viene y ese es el motivo de esta reunión.

Sentados en torno a la mesa de vidrio hay cuatro hombres: un senador, un juez federal, un empresario de medios y el dueño de un banco. Todos ellos hombres públicos. Es lógico entonces que hayan elegido un edificio de bajo perfil como este para reunirse. Nuevamente me encuentro mirando al río, esta vez desde Catalinas en lugar de Puerto Madero. En la esquina de las calles Córdoba y Alem, las famosas “Torres Negras”, quizás dos de los edificios de más alto perfil de la ciudad de Buenos Aires. Imbéciles.

En su defensa, si bien los edificios son muy conocidos, la entrada es más bien privada. Desde el estacionamiento se pasa directamente al ascensor, y como cada uno de estos personajes viaja con su séquito, nadie más puede subir con ellos. Verlos entrar al ascensor tiene algo de gracia. Primero sube un guardaespaldas, que tapa con un pañuelo la cámara. Los guardias del edificio están acostumbrados a este tipo de excentricidades, así que nadie dice nada. Después sube el personaje importante en cuestión, que se ubica en el punto ciego de la cámara, por si el pañuelo no hiciera suficientemente bien su trabajo. Y después dos tipos más cuya función es hacer número, y que nadie más pueda ingresar. Y así protegen su intimidad en el minuto o menos que dura el viaje.

Los últimos tres pisos de la torre pertenecen a una sociedad anónima cuyos dueños son desconocidos hasta para mi. Puedo intuir sus nombres, pero no asegurarlo, y está bien así. Por acceder a estos tres pisos se paga una suma mensual en efectivo que excede el presupuesto de educación o salud de una municipalidad pequeña. Pero se desembolsa en efectivo, sin constancia alguna, y entonces es lo mismo que nada.

Porque estos hombres manejan efectivo, grandes cantidades y de forma equivocada. Salvo el dueño del banco, que tampoco es muy versado en cuestiones de eficiencia, pero en el país de los ciegos el tuerto es presidente de un banco. Y los ciegos funcionarios.

Y más importante que eso, cada uno de estos cuatro hombres está vinculado con el intendente a través de su ahora famosa “red de trata de blancas”. No solo como inversores, sino como usuarios. Es el caso de los millonarios a los que les gusta jugar al tenis, y deciden financiar su propio campeonato. Así, pero con un producto menos políticamente correcto que el tenis (pero más popular), han decidido ya hace algunos años que las mujeres no solo pueden proporcionar placer, sino dinero. Y el dinero no es algo que les moleste. Son tan estúpidos como voraces.

Las once de la mañana, y el senador está absorto en sus huevos revueltos con panceta, que un mozo negro de guantes blancos acaba de traerle. Los cubiertos son de plata y los vasos de algún cristal europeo que nadie valora, pero cuyo costo es considerable. Los otros conversan entre sí, salvo el juez que la medita sobre algunos bueyes que estarán esperando sentencia, mientras su mano temblorosa agita un vaso de Jhonny Walker etiqueta azul, con soda.

Conozco los antecedentes del juez, y estoy seguro de que quiere terminar la reunión cuanto antes para usar los servicios de las prostitutas del piso treinta y dos. Porque además de un restaurante, diversas salas de juego, sauna y gimnasio, el club posee un servicio de acompañantes las veinticuatro horas del día, "solo para miembros". Este doble sentido barato haría furor en Twitter.

El técnico que trajo el empresario de los medios está terminando su revisación. Es interesante porque ya ha hecho lo mismo el ingeniero del senador. La confianza entre ellos es nula y jamás dicen nada hasta estar seguros de que no están siendo grabados. El “off the record” entre ellos jamás se asume y la única palabra que los obliga es la grabada, de ahí la obsesión y la necesidad de que no haya micrófonos. .
Habiendo determinado (dos veces) que no los hay, ni cámaras en la sala o en los asistentes, la reunión puede comenzar, lo que quiere decir que yo debo empezar a hablar.
-Como saben, la situación es muy comprometida. Los medios están ya sobre el asunto, para no hablar de la justicia.
-¿Y qué querés? ¿Cómo puede ser alguien tan boludo? – pregunta el empresario de medios.
Desconté que la primera media hora iba a estar dedicada a recriminaciones, así que nada mejor que arrancar de lleno con el asunto. Todos empiezan largas argumentaciones sobre la imbecilidad del intendente. El fin, por supuesto, es resaltar además la prudencia propia. Siempre que cae un colega hay parte de alivio y preocupación por uno mismo, y las están expresando con ganas.
-Hay que dejar que se pudra – dice el juez, solidario como siempre, y no puedo evitar la tranquilidad de saber que un tipo así jamás tendrá un poder de decisión sobre mi. La compasión es no es una carta que exista en su mazo. Ni en el mío.

Los senadores coinciden y todo parece estar decidido entonces. Caerá el intendente, aunque las cosas no siempre son tan fáciles como parecen, ni planeo dejar que lo sean.

-Si él cae, y si no lo ayudan, no caerá solo. (Señalar lo obvio, entre esta gente, no siempre está de más).

-¿Qué quiere, ver morir a toda su familia? – acota el senador, en su papel de El Padrino.

Estos tipos compran lo que venden, y creen que es fácil mandar a matar a alguien. En realidad tienen razón, pero lo complicado es hacerlo por razones convencionales. Cuando hay un nexo causal lógico las cosas pueden complicarse. Es fácil matar a una mujer, pero no es fácil matar a "tu" mujer. Y no solo porque el código penal diga que es un agravante, sino porque la pareja es la primer persona que la policía investiga siempre. Y casi la única. Lo mismo en el caso de crímenes de alto perfil. Los socios o vinculados son los primeros sospechosos. Pero estos tipos no piensan en eso. ¿Por que habrían de hacerlo, si para eso estoy yo?

Por otro lado, si supieran lo que se pierden no haciéndolo ellos mismos, no estarían tan ansiosos en tercerizar.
Pero esta gente tampoco se distingue por su valor. Me concentro.

-Ya contuve el daño local lo máximo posible. Hablé con el tipo en Europa. Estaría dispuesto a callarse.
-Me imagino – dice el banquero - Pero hay un pero, ¿no?
-Si. Le congelaron todas las cuentas locales y está teniendo problemas para operar con las europeas. Tiene problemas de liquidez.
-Lo hubiera pensado mejor antes de comprar las Ferraris. – el senador nuevamente.
-¿Cuánto quiere? – pregunta el banquero, siempre práctico.
-Veinte millones. Euros.
Hubiera sido lo mismo si les hubiera dicho veinte que dos, o cien mil dólares. Explotan en un clamor de justa indignación. Se sienten robados y estafados, insultados y heridos. Contentos. Es algo que pueden arreglar con plata.
-¿Y en cuánto puede quedar? – de vuelta el banquero.

Finjo meditar. En realidad el intendente ha pedido cinco millones, esperando recibir dos, en el mejor de los casos, y estaría dispuesto a aceptar cero, y que lo dejen en paz, mientras que los papeles de extradición se manejen con la inoperancia habitual, pero yo no trabajo gratis, y estamos hablando de un buen complemento para mi jubilación. Y de recursos ilimitados para lo que tengo por delante.
-Podríamos negociar, es cierto. Pero, ¿realmente queremos correr riesgos?

Se miran entre sí y veo los rostros de alivio. Veinte entre cuatro es una cuenta que hasta ellos pueden hacer sin la necesidad de una calculadora financiera, y cinco millones de euros es el mínimo que tienen en cualquiera de sus varias cuentas del exterior.

-¿Vos lo arreglás?
-Si, por el veinte por ciento habitual – les digo con tranquilidad – Eso es un millón más cada uno.
Les hago la cuenta para no ponerlos incómodos, sobre todo al juez, cuyo manejo de números es cuando menos pobre. No estoy siendo ambicioso sino prudente. Ninguno de los que están aquí sentados ha hecho jamás cosa alguna sin cobrar su diez por ciento, así que no esperan que yo lo haga. Y el veinte es mi tarifa usual.

Tampoco la cuestionan. Saben de mi “lealtad”. En el pasado he absorbido golpes por ellos, y mi exilio en el inmundo Puerto Madero, a escasas cuadras de esta torre, está fresco aún en la mente de todos. Las cosas finalmente salieron bien, pero la historia podría haber sido distinta, y en ningún momento me quejé, o amenacé con abrirme. Su confianza es algo que me pertenece ya por derecho propio.

-Está arreglado entonces. ¿Y cómo fue que pasó todo? – pregunta un senador.

Estoy preparado para contar una historia distinta a la que ocurrió, por supuesto, pero por regla general, cuanto menos tenga uno que mentir, mejor es. Y la verdad, en este caso, provocaría que todos ellos al unísono se pusieran a gritarle a sus guardaespaldas que me maten.

-Creo que cuantos menos detalles se mencionen, mejor.

Porque si bien es cierto que la inoperancia de los de El Eternauta fue manifiesta, y su vínculo con el intendente algo fortuito pero descuidado, el origen de todo deriva de mi estúpida decisión de enviarles a Trini para que me la cuidaran.

Pero los cuatro “hombres poderosos” aceptan mi respuesta por buena y dan por terminada la reunión. Todos ellos son hombres de negocios, y ya están pensando en formas de recuperar los cinco millones de euros que acaban de perder. El más estúpido de ellos (el juez con seguridad) no tardará más de un mes en hacerlo.
Hacer control de daños siempre es redituable (no tanto como en esta oportunidad), pero aburrido. Hay cada vez menos cosas en mi vida que generen adrenalina y esta no es una de ellas. Por suerte todavía quedan otras.


Capítulo 15. La Calma
Capítulo 17. Atando cabos