Mordaz, directo, irreverente, cumplido, insensible, benévolo, cínico, sincero, alegre, sádico, oscuro, pervertido, brutal, masoquista, bondadoso, demonio, angel, incorruptible, sensible, misántropo pero mucho mas sociable, realista y charlatán. La mezcla perfecta para un ser humano complejo.
El tajo en la palma
La carta estaba escrita en letras color sangre, y apareció de la nada una mañana. Había sido pasada por abajo de la puerta, y tenía sólo cinco palabras: “No puedo. No me busques.”
No tenía firma, pero la letra de Mercedes era inconfundible.
Por supuesto, la busqué.
Faltaban dos meses para que nos casáramos, y eran pocos los días en que no la veía. El anterior había sido uno.
En su trabajo no estaba, y tampoco volvió en los meses siguientes. El portero de su edificio tenía instrucciones de no dejarme pasar, y las llaves que yo tenía, ya no funcionaban. Las cerraduras habían sido cambiadas.
Su familia, que siempre me odió, estaba tan intrigada como yo por este cambio de comportamiento, pero eso fue lo único que pude sacar después de mil llamados.
Al final, tuve que entender que hay cosas en la vida que no tienen explicación, y empecé a olvidarla.
Una noche, casi cerca de las doce, sentí que tenía que acercarme a la puerta. La abrí, y allí estaba ella. Ni en mis sueños más profundos la recordaba así.
Me sonrió, y creí que moriría en ese instante.
-¿Puedo pasar?-preguntó en un susurro.
Dejé la puerta abierta, y le di la espalda. Mi alegría por verla, por tenerla en la puerta de mi casa, era limitada solo por un sentimiento de furia que tenía en el estómago. Pero era tan chico, que sabía que no duraría nada.
Me di vuelta, y seguía parada en el mismo lugar.
-Necesito que me invites a pasar.
Había una urgencia en su voz que no coincidía con la serenidad de su imagen. Sus ojos–no recordaba que fueran tan oscuros- me dieron toda la certeza que necesitaba.
Caminé hacia la cocina, y agarré el cuchillo más filoso que encontré. Volví a la puerta, y mirándola fijo, me hice un tajo en la palma de la mano. Grande y profundo. No ocurrió nada durante una fracción de segundo, pero después, la sangre empezó a desbordar la piel como un río en una crecida.
Su cara se contorsionó de una forma inhumana, y profirió un grito tan agudo que coaguló la sangre que me salía de la mano. Sus ojos se volvieron blancos, y dos inmensos colmillos asomaron de lo que ya no era una boca, sino una fauce.
Se abalanzó sobre mí, pero una pared invisible nos separaba. El mito era cierto, no podía entrar a mi casa si yo no la invitaba, y eso no había ocurrido.
El espectáculo duró horas o segundos, no lo sé, y finalmente desapareció como había llegado, sin que yo me diera cuenta.
Esto fue hace varios días, y hace varias noches, religiosamente a la misma hora, abro la puerta, y la veo frente a mí. Casi no vivo, esperando ese momento en que aparecerá frente a mi puerta, esperando que la invite a pasar
Y sé que será esta noche, o la siguiente, la que finalmente la deje entrar, y clave una estaca en su corazón, o le entregue el mío para siempre.
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