La Decisión



El hombre se sirvió otro trago y dejó la botella lo más lejos que le dio el brazo.

- Es el último - anunció.

Luego sacó del bolsillo interior de la campera un fajo de billetes. Los contó uno por uno, ante la mirada del otro hombre en la habitación.

- Puede confiar en que aquí está todo - dijo, mientras seguía pasando un billete tras otro en sus manos - No es mucho lo que me ha pedido para matarla. Ahora que hemos sellado el pacto, le aseguro que si me pedía más, se lo pagaba igual.

El otro hombre no se inmutó.

- Verá - prosiguió el que tenía los billetes en la mano - usted sin dudas está acostumbrado a esto, pero uno, que tiene que tomar la determinación, no sabe que hacer. Estos días pensaba si era necesario y repasé cada cosa y supe que si, que era la única forma. Pero tomar la decisión, mire que cuesta. Sin embargo, es la culpable de todo. Es quién la trae, la que me hace enojar, la que me destruye por dentro, la que me reprocha sin parar hasta en sueños, la que me señala como culpable. Si señor, ella merece morir. Mi mente debe morir.

Le entregó el dinero. El hombre que estaba en silencio lo recibió y guardó en el saco. Buscó su maletín y sacó una .45 con silenciador. Observó que todo estuviera en orden en su arma y la llevó hasta la cabeza de su empleador temporal, que ya tenía los ojos cerrados y bebía aquel último vaso de whisky.
Una sola articulación de sus dedos justificó la paga.

Te sigo. Capítulo 18. La profesora de piano

Si alguna vez tuviera que enumerar los problemas de la sociedad actual, los reduciría a dos: decisión y compromiso. La gente tiene la idea equivocada de que elegir es renunciar. No solo es una frase hecha, sino mal hecha. ¿Por qué hay que renunciar a algo? ¿Dónde está escrito que no se puede tener todo?

El compromiso es el segundo factor de discordia. Una vez que uno toma una decisión, el único camino viable es aquel que supera todos los contratiempos, y nos deja en el lugar elegido. Es tan fácil que asusta. A muchos.

El menú se componía de Ignacio Pérez, su esposa Carolina, y sus dos hijos, Martín de doce, y Ana, de diez. La elección obvia no existía, y cada uno tenía pros y contras.

Ir por Ignacio primero tenía múltiples ventajas. En primer lugar, mi pelea es con él, y es a él a quien debo y quiero destruir. En segundo lugar, y más importante aún, él es el miembro fuerte. Descabezada la familia, los otros serían coser y cantar, suponiendo que alguna de esas dos cosas pudiera ser de interés para alguien.
Una tercera ventaja no podía ser desechada, y es que la cara de Ignacio, sabiendo que luego de él iría a por su familia, era imperdible.

La contra de Ignacio en primer lugar era obvia, estaría desperdiciando un gran adversario al tomarlo de sorpresa.

Carolina era apetecible por otro número igual de razones. Una bella mujer, todavía en edad de merecer y recuperándose lentamente de un suceso traumático. La contra, existía el peligro de que Ignacio decidiera cortar pérdidas y escapara con sus hijos a otro país. Tenía los medios para hacerlo, y aunque no parecía propio de él, no podía descartarlo.

No, la elección menos obvia pero más conveniente era uno de los chicos, y siendo así, por supuesto que la señorita encabezaba el listado de posibilidades. Tenía en contra su corta edad: diez años. Pero hoy en día los chicos ya vienen avivados, y era muy probable que entendiera todo lo que le pasara una vez que estuviera encerrada en el cuarto de la paraguaya. Por alguna razón había empezado a llamar así a mi Panic Room, quizás en honor a la primera víctima.

Pensar en la tormenta que la desaparición de Anita causaría en la cabeza de Ignacio era una explosión de placer en la mía, y eso fue lo que me decidió en su favor.

La inteligencia tuvo que ser mayormente de campo, porque Ignacio había aprendido, y sus hijos no tenían Twitter. Si había cuentas de Facebook, pero estaban muy controladas. No había descripciones de los lugares a donde asistían, ni menos aún horarios. Yo tenía el dato del colegio gracias a mi amigo el cabo Reyes, pero los colegios hoy en día tienen las salidas muy vigiladas. El de Anita al menos.

Con más prolijidad de la que había usado jamás para cualquiera de mis actividades anteriores, decidí empezar a trabajar. Lo primero fue las identidades falsas. No es complicado, ni siquiera caro, pero toma unos días. Se compran documentos de identidad y cédulas, los que se fabrican en los mismos lugares que los originales, así que la diferencia es nula.

Una vez con los documentos en mano, y con algún cambio de fisonomía, se obtienen tarjetas de crédito de pequeños bancos provinciales. Es gracioso como por un almuerzo o una caja de bombones se puede convencer a un oficial de crédito de algún pueblo de Formosa que emita una tarjeta Visa a nombre de alguien que no tiene todos los requisitos necesarios para obtenerla.

Con las identidades falsas se alquilan autos, y ya es posible circular por cualquier parte con total anonimato.
Lo más peligroso de todo es, una vez alquilados los vehículos, circular con ellos por el medio de la ciudad. Esos autos baratos y corrientes no tienen la más mínima medida de seguridad, y en consecuencia uno está expuesto a ser asesinado por cualquier colectivero mal dormido que viole una luz roja, como acostumbran a hacer. Pero no hay ganancia sin riesgo, y a eso me expuse.

Intercambiando autos, sombreros y colores de pelo, me dediqué a seguir a Anita durante dos semanas. Todos los días, de lunes a viernes, salía a las siete y cuarenta de su casa, escoltada por su padre, quien la dejaba adentro del colegio. No en la esquina, no en la puerta, sino adentro. El chico, Martín, iba a otra escuela, pero lo llamativo es que su padre no lo dejaba ni un segundo en el auto solo. Mientras a entregaba a Anita en la escuela, Martín iba con ellos.

Anita almorzaba en la escuela y su madre la retiraba a las 15,45, para llevarla de nuevo a su casa, todos los días, salvo los miércoles, en que la música invadía su vida.
Prolijamente, cada miércoles, Anita tomaba su clase de piano, de 16,00 a 17,30, hora en que su madre la retiraba.

Un día sábado me puse mi mejor peluca, un bigote fino y anteojos gruesos como botellas, y salí a pasear por el barrio de la profesora de música, bastón mediante. Compré medio kilo de pan en la panadería y seis manzanas en la verdulería. En un kiosco que sacaba fotocopias encontré lo que necesitaba, un cartel semi destruido que publicitaba clases de piano.

Algunas preguntas más me dijeron el resto. La profesora de piano era una vieja concertista, egresada del conservatorio en la década del veinte, y que por monedas compartía con niños y adultos por igual su ya casi inexistente habilidad musical. Para mi, sin embargo, era la oportunidad.

Quince minutos después ya había arreglado una clase para el día martes a la mañana.

El disfraz con el que saludé a la vieja el día de la clase era el mismo, y sumé una sonrisa cordial al presentarme en su casa. Era una pequeña cueva con más años que la vieja, cuyo living estaba dominado por un piano que había conocido siglos mejores. Lo relevante es que la vieja se quedaba sola todo el día. Su única compañía era una sobrina oriunda de Chacabuco, que había venido a estudiar a Buenos Aires, y que se presentaba solo por las noches, y no todas. Todo eso me lo informó en los primeros quince segundos, sin que siquiera tuviera yo que preguntar.

Luego hablamos de música clásica durante unos minutos, y procedió a demostrarme sus habilidades. Tengo que reconocerlo, era una pianista excelsa. Su interpretación de “La Cabalgata de las Valkirias”, de Wagner, me transportó a lugares donde no había estado hacía mucho tiempo. Tuve el impulso de matarla ahí mismo, es lo único me hubiera llevado al éxtasis completo, pero no lo hice, no, y aplaudí con tantas ganas, que las palmas de mis manos ardían.

Ella advirtió complacida la turbación que me había ocasionado, y procedió a darme una cotización irrisoria de sus servicios. Acordamos que yo volvería la semana siguiente. Me despedí de ella con un abrazo cariñoso, y partí dejando "olvidado" un maletín con papeles inocuos al costado del piano.

Tuve un día excelente, y a las nueve de la noche retorné. Estacioné mi auto en la esquina de la casa de la vieja, y me puse a jugar con mi cuenta de Twitter hasta que las luces se apagaran, lo que ocurrió media hora después.
Esperé quince minutos, y llamé a la vieja, quien atendió media dormida quizás bajo los efectos ya de algún Valium o droga similar que habría tomado.

Le expliqué que había dejado mi maletín olvidado, y que era de suma importancia para mi recuperarlo antes de la noche del día siguiente. La vieja entendía muy poco, pero no puso objeción alguna cuando le dije que lo recogería al otro día, a las cinco de la tarde.

En otro momento ella quizás hubiera recordado que a esa hora tenía una clase, y me hubiera pedido que pasara antes o después. En ningún caso podía yo arriesgarme.

Seguí jugando con mentes ajenas por Internet hasta las once de la noche, hora en que llegó la sobrina de la vieja. Una mujer alta, de veintitantos años. Parecía atractiva. Decidí irme a dormir. El día siguiente era importante para mi.

Me despierto a las tres de la mañana, con una leve depresión, lo que no es común en mi, y menos días como hoy, destinados a ser grandes. Es miércoles de madrugada, y Twitter tiene el caudal habitual de perdedores. Gente que comparte música o cuenta chistes sacados de Google. Gente que juega a estúpidos acertijos de ingenio, tratando estúpidamente de parecer ingeniosa. Gente que busca gente, y no por hecha deja de ser menos cierta la frase.

Me llama la atención ver a @UnaMujer30 en línea esta noche. No son las horas que acostumbra, e imagino que acaba de llegar de algún lado interesante. He tratado de relacionarme con ella desde hace varios meses, cuando descubrí su identidad, de diversas maneras, pero no parezco llamarle la atención, lo cual por supuesto me indigna.

Hay otro motivo para contactarla, y mientras escribo el mensaje me estoy riendo. Este es el primer mensaje de @Kampeon69 desde el fiasco en El Eternauta. Ignacio debería monitorear de cerca la cuenta de Kampeón, y en caso que así lo esté haciendo, mañana a la mañana recogerá a su familia y la encerrará bajo siete llaves. El desafío será mayor aún. Pero si no lo llega a hacer, y aquí está la belleza del asunto, es algo que no podrá perdonarse jamás. Otra cosa más para añadir a la larga lista.

Todavía riéndome le envío un mensaje a @UnaMujer30 comentando cierta frase de Bukowsky que mencionó hace unos días, referida a la locura. Esto funciona así, ellas escriben y uno recuerda las cosas, para usarlas en el momento más apropiado. Vuelvo a Ignacio mientras espero la respuesta. En cualquier caso habré ganado. Si su rutina cambia un ápice mañana, sabré que estoy en su cabeza día a día, segundo a segundo. Y si no lo hace, seguiremos con el plan A.

La única cosa que me pone de ligero mal humor es la indiferencia de esta mujer. Nunca me contesta. No es extraño, porque no usa la red para dialogar. Como mucho, se trenza en alguna discusión con alguno que otro "famoso de Twitter". Y me ignora. Una noche más.

Vuelvo a dormir sabiendo que después de los Pérez, tendré una cita con @UnaMujer30. Basta de pendejas que no saben qué es lo que quieren. Encontraré otra mente interesante, pero será más adelante. Lo prometo.

Capítulo 17. Atando cabos 
Capítulo 19. El final de la rutina

Princes of the universe

Queen siempre me recuerdan a mis noches lisérgicas. Y no porque este grupo fuese por lo general la banda sonora de aquellos momentos, que más bien solían estar aderezadas con rock-punk patrio, sino porque lo fueron una vez, una única vez que ha terminado por convertirse en la representante de todas ellas. De la noche en si recuerdo más bien poco, imagino que habría pasado lo de siempre: muchas risas, mucho hachís, visiones ácidas y alguna que otra huida de los pikoletos que en aquellos momentos siempre se asemejaban a los hombres grises que Momo tanto repudiaba.

Lo destacable fue que, mientras nos alejábamos de una plaza en el que habíamos estado jugando, yo me quedé rezagado atándome el cordón de la zapatilla - cosa que ene se estado puede llevarte varios minutos - así que cuando alcé la vista mis compañeros ya habían avanzado bastante bailando por el centro de la calle. Sonaba Queen, por supuesto. Les observé conmovido, que no ido, y de pronto me sentí testigo del final de una linda película que alegremente terminaba, de haber visto salir títulos de crédito delante de mis narices creo que no me hubiese impresionado lo más mínimo. Entonces, y como me ocurre a menudo, volví a sentirme ese estúpido vouyer sensiblón que se alimenta de situaciones pasajeras, que imprime imágenes y fotografías en su memoria, que se derrite ante momentos que le resultan dolorosamente hermosos: la escena de esos cuatro jóvenes saltarines y felices ajenos a la realidad que pronta les esperaba, al sol que ya volvía, a los quehaceres cotidianos, al tedio de la rutina, a la amenaza del futuro que acechaba pero todavía no impresionaba, ya saben, como ese monstruo del que tanto hablan los mayores pero que nunca vemos. Supe entonces, con apenas 17 años, que me haría mayor. Tuve la inquebrantable certeza que ese presente se perdería en el firmamento, en las idas y venidas de las horas, las semanas, de los meses, y que algún día, no muy lejano, cada uno de nosotros seguiría su camino hasta el punto de que aquella noche no sería más que una vieja anécdota ya borrada. Corrí entonces a su lado, no fuesen a olvidarme.

Siete años han pasado desde entonces... y los años no vinieron solos. Me hice yo mayor y nos hicimos todos: uno se quedó calvo y con muchos kilos, otro se deshizo de los molestos ideales para especular con las viviendas, el tercero continua en Reino Unido con la intención de convertirse en un genio matemático, el cuarto, el más sensible, se quitó la vida hace ya mucho tiempo, cuando aún le corría a raudales, y el quinto, un servidor, todavía los conserva frescos en su memoria, empeñado en salvarles como eran, cómo éramos cuando todo estaba al alcance de nuestras manos, cuando el destino era una negra interrogación, sí, pero cargada de incertidumbres, esperanzas, sueños y posibles. Qué fácil... qué fácil es, amigos, perderse en los vaivenes de la vida, en los laberintos de la madurez, en las obligaciones tan sibilinas que nos ponen los grilletes sin que apenas nos demos cuenta. Cómo avanzamos por el mundo dejando atrás lo que fuimos directamente a lo que somos, sin mirar atrás apenas un poquito, no vayamos a convertirnos en estatuas de piedra.

Por eso me gusta escuchar Queen, porque me explican quien soy, porque me reviven todos aquellos fantasmas que no quiero que se pierdan, porque aún me asalvajan en alma y me impulsan a saltar y bailar, por medio de una calle, a las tantas de las madrugada, abrazado a otros cuatro que, eternamente, le devuelven la abrazada.



Así estan las cosas País... por ahora.

En estos tiempos que corren, donde vivimos al borde de la quiebra de nosotros mismos, parece que no se nos está permitido ni siquiera quejarnos. Con la excusa de que el mundo se ha descosido, del sálvese quien pueda sin condiciones, cada uno agacha la cabeza y mira su ombligo.


Ahora el egoísmo está justificado porque cada uno ha de mirar por sí mismo. El abuso está justificado porque los tiempos son difíciles y cada uno se esconde bajo su propia alfombra. La falta de comprensión y empatía está justificada porque bastante le cuesta a cada uno salir adelante como para detenerse a pensar en otros.

Estoy cansado de agradecer unas circunstancias que en realidad son inaceptables. Pero sobre todo, estoy harto de ver como la gente se aprovecha de la situación caótica en que vivimos, de cómo nos exprimen, nos manipulan, nos utilizan. Harto de ver cómo se aprovechan de todo sabiendo que no tendremos más remedio que seguir adelante y cerrar la boca.


Tengo la tráquea dolorida de tanto tragar.