Te sigo. Capítulo 15. La Calma

Fue una semana tranquila, de esas en las que no se muere nadie famoso, ni hay grandes debacles financieras o sucesos deportivos destacables. La noticia, entonces, llenó las tapas de los diarios todos los días, del lunes al viernes, y monopolizó los canales de televisión en igual período.

“La Red de Trata de Blancas más grande de Sudamérica, Desbaratada". Bastaba leer cualquier informe serio para darse cuenta de que los titulares eran por demás optimistas, para no decir falsos, pero nadie lo hizo. La policía colaboró para que esto fuera así, y dos comisarios recibieron sendas condecoraciones.

La suerte había tenido mucho que ver también. Minutos después de que Trini y yo abandonáramos El Eternauta, el jefe del gigante había aparecido con varios tipos más. Me imagino que el objetivo sería llevarse a Trini y los cien mil dólares. Por otra parte, yo había llamado a la policía, denunciando un tiroteo en el bar, así que cuando llegaron se encontraron con el gigante y sus rodillas despedazadas, el mozo aterrorizado, y el jefe del herido.

Sabiendo que hay árboles que no se caen si no son talados frente a la gente, yo había llamado también a dos canales de televisión, tres diarios y cuatro o cinco radios. Con los números correctos y las palabras adecuadas, se puede armar un circo de proporciones importantes en minutos.

Cuando las cosas pasan, pasan todas juntas. Varios de los periodistas lograron entrar a El Eternauta y tomar imágenes del gigante herido y de su jefe. El tipo resultó ser un miembro del consejo deliberante de una próspera intendencia del conurbano bonaerense, si es que tal cosa existe. El intendente trató de ser ubicado para opinar al respecto, y los periodistas descubrieron que había partido a París dos semanas antes, con sus cinco hijos, las esposas de los mismos y sus catorce nietos.

Un periodista decidió indagar sobre el medio de transporte utilizado por el próspero intendente y descubrió que habían tomado las clases de negocios y primera de dos aviones consecutivos de Air France para cubrir el tramo Buenos Aires – París, a un costo de decenas de miles de dólares.

Esto envalentonó al resto de los medios, y los corresponsales en Paris descubrieron que ocupaba un piso entero en el Ritz Carlton, siempre a precios siderales. Todo eso durante algunas semanas. El detalle era que aún cuando varios de los miembros de la familia se ausentaban durante algunos días, presumiblemente para hacer turismo en otras ciudades o países, seguían ocupando las habitaciones. Y todo se pagaba en efectivo.

La sangre estaba en el río y su olor era tan fuerte que nadie podía resistírsele. Había datos de color como dos Ferraris negras que jamás habían sido rodadas, encontradas en un depósito a nombre de uno de los hijos del intendente, y tapados de pieles de animales que hubieran llenado dos arcas de Noé, hallados en la casa de otra de sus hijas.

Todo esto y más podría haber sido explicado, defendido, ocultado o disimulado, como había ocurrido en casos anteriores, pero el componente de trata de blancas, sumado a la política, hacía que todos se quisieran despegar como si fuera material radioactivo.

El gobernador salió a desmentir que tuviera una relación estrecha con el intendente, y ante la pregunta de por qué entonces había sido testigo de su casamiento, respondió que eso había sucedido hacía ya veinticinco años. Después, como corresponde, se despachó contra la persecución de la prensa amarilla y la falta de cobertura que sus excelentes acciones de gobierno estaban teniendo.

Mientras tanto la policía había encontrado a doce chicas de entre catorce y diecisiete años en diversos burdeles, más un número indeterminado de mayores de edad, todas las cuales eran obligadas a prostituirse.

En total habían sido arrestadas más de diez personas, y todavía faltaba que volvieran al país el intendente y su familia, si es que algún día se dignaban hacerlo, o si la justicia argentina lograba su extradición.

Devolver a Trini a su casa había sido menos complicado que rescatarla, pero había requerido algo de ingeniería. Una vez que las llamadas a los medios se terminaron, y después de pensarlo cuidadosamente, llené el tanque de nafta, y enfilé hacia la ciudad de Mar del Plata. Trini dormía.

El viaje tenía múltiples objetivos. Yo debía tranquilizarme, y manejar es una buena terapia. Trini necesitaba dormir y todo esto tenía que ocurrir sin que la policía la encontrara. Y teníamos que hablar.

Fui despacio, mirando el cielo y los autos que pasaban. Pensando en la vida que tenía que vivir, y en la muerte que tenía que dejar ir. Necesitaba llorar pero por alguna razón no podía hacerlo, y no entendía cual podía ser el motivo, si el círculo estaba ya completo.

Kampeón sería alguno de los arrestados, o alguno de los que estaban por arrestar. En cualquier caso yo sabía con certeza que seguir buscándolo arruinaría mi vida y la de mi familia para siempre, y no estaba dispuesto a hacerlo. Ya no más.

Llegué a Mar del Plata a eso de las cinco y media. Trini seguía durmiendo. Estacioné en la escollera, frente al mar y me bajé del auto. Me estiré, y me senté arriba del capó, apoyado contra el vidrio. Cerré los ojos.

Me despertó el roce de mi campera sobre mi pecho. Abrí los ojos y Trini me estaba tapando con ella. Me miró con sus inmensos ojos claros.

-Hace frío.

Me incorporé y la miré sorprendido. Me abrazó y se puso a llorar desconsoladamente. Un rato largo. No la interrumpí.

-¿Por qué me salvaste? Dos veces – preguntó cuando logró calmarse.

Limpié las lágrimas de su cara y después las limpié las nuevas, cuando lloró por segunda vez. Y hablamos. Hablamos del bien y del mal, y de Kampeón y su discípulo. Decir que yo no sabía hasta donde llegaría el asunto es pecar por un defecto de una forma indescriptible, pero de eso no se habló.

-Pero tenés que cuidarte, Trini. No se puede ser ingenuo en estos días. Y vos no vas a poder darte ese lujo nunca más.

Quiso saber mis motivos. De nuevo, así que hice lo único que podía, y mentí. Le conté una historia mucho menos triste de alguien que solo quiere hacer el bien, que le gusta cuidar a la gente, y no creyó ni una palabra, pero dejó de preguntar.

Comimos unas rabas en el puerto, en silencio, y tampoco hablamos demasiado en el viaje de vuelta, esa misma noche. La dejé en la esquina de la comisaría.

-Si algún día puedo hacer algo por vos – me dijo sin saber lo que decía – solo llamame.

La vi desaparecer por la puerta y me quedé veinte minutos hasta que sus padres llegaron, escoltados por un patrullero. Y la vida empezaba a funcionar de nuevo.

La vuelta a casa no fue fácil. Había tanto que explicar y aún así sabía que no diría nada. Pero Carolina entendió, y vio en mi cara que todo había terminado.

La vida siguió, y poco a poco empezó a encarrilarse.

Ya pasó un mes entero del último mensaje por Twitter de @kampeon69 y empiezo a aceptar que nunca volveré a saber de él. No lo extraño. Mi adicción a las redes sociales está casi curada, a excepción de las cuatro o cinco veces por día que chequeo el estatus de Kampeón. Nada.

He aceptado ir finalmente a un psicólogo. No el incompetente que atiende a mi mujer, ese de aquella intervención que no tuvo ningún resultado positivo, aunque reconozco que los acontecimientos que se sucedieron no ayudaron. No, voy a otro macanudo que me enseña a lidiar con el dolor. Y lo primero que me ha dicho es que no se irá nunca, y que todo pasa por aprender a vivir con él. No es la primera vez que escucho la frase, pero imagino que la efectividad depende de que tan dispuesto esté uno a escuchar. Y yo ahora lo estoy.

No he llorado, como dice el psicólogo, y es algo que tendrá que ocurrir para que el proceso oficialmente avance. Y le creo. Simplemente no puedo hacerlo.

Los diarios han dejado de ocuparse de la red de trata de blancas. De vez en cuando se publica alguna noticia sobre el acaudalado intendente refugiado en París. El tipo se defiende con uñas y dientes, o con abogados que tienen eso y más. Le han embargado activos en el país por cuarenta millones de dólares y calculan (todavía no sé en base a qué) que su fortuna en el exterior triplica esa suma.

Los números de nuestra empresa son mucho más modestos, pero podemos dormir tranquilos, o al menos intentarlo. La mochila de dólares que saqué de El Eternauta sirvió para compensar a Javier su inversión en los mails de Trini, compensarlo y recompensarlo. No tuvo inconveniente en aceptar la mochila como venía. Nunca supe a ciencia cierta cuando dinero había, pero el suficiente para que él se comprara un auto nuevo y me regalara otro a mi. Con el sobrante retapizó la oficina de máquinas nuevas. Y fue feliz.

Yo estoy en proceso de aprender a serlo nuevamente. Algunos días tengo más éxito que otros, y hay noches en las que incluso puedo dormir varias horas seguidas. Pero hay un momento de esas noches, de esas y de todas las demás, en que sé que algo queda pendiente, algo sin terminar. Cuando no entiendo si estoy despierto o dormido, y si lo que veo son sueños o el futuro, siento un susurro en el oído, o directamente en mi cerebro, y veo la imagen de la calavera llamándome, invitándome a un juego que esta vez deberé jugar como él quiera. Hasta el final.

Capítulo 14. Génesis
Capítulo 16. Control de daños.

Fuente de la juventud


Últimamente he tenido sueños raros, más que raros, extraños, y más que extraños, conocidos.
El soñar con la juventud.
Se podrá preguntar querido lector "¿Qué juventud si tú aún eres un joven?" y le podré responder "Cierto". Igualmente podría rebatirle con "¿Acaso sabe ud. cuando termina la juventud? ¿Acaso no es usted joven también? ¿Con que seguridad puede afirmar que yo ya no soy un joven? La juventud se va en secreto, sin saludar. Tal vez mientras estamos distraídos con bagatelas, frivolidades, por eso es imposible establecer el momento exacto en que uno deja de ser joven.", pero no se preocupe, dudo hacerlo.
Como venía diciendo, he soñado con la juventud; no mi juventud precisamente, sino con la juventud, la entidad de la juventud. Y como no escapa mi mente a ciertas leyendas, me soñaba incluso más joven y con amigos del barrio. En mi barrio todos creían en la existencia de la fuente de la juventud, nosotros desde muy chicos gastábamos tiempo y energía en buscarla, claro, a medida que pasaba el tiempo los esfuerzos se hacían cada vez mayores, y uno podría decir que, incluso, había quienes la estaban buscando sin saber que la estaban buscando. Y si uno tiene ganas de exagerar también podría decir que no hacíamos otra cosa que buscar la fuente.

Hay que decir que en cuanto a permanecer jóvenes, las creencias variaban. Hay quienes creían que las propiedades rejuvenecedoras no provenían exactamente de una fuente, sino de otras entidades. Mi sueño me llevó a recordar que los gitanos de Floresta decían que el pasaje Haití, le quitaba un año a quien lo recorría en dirección este, y le agregaba un año a quien lo recorriera en dirección oeste. Aquí no terminó mi travesía onírica pues me llevó a otra teoría que mi yo consciente había olvidado: Los brujos de Chiclana hablaban de "Inés", una especie de hechicera cuyos besos quitaban años y de cuya cama se salía adolescente. Obviamente me aventuré a buscar a Inés como correspondía, a fin de cuentas era mi sueño y en él puedo hacer lo que me venga en gana, y comprendí en tan solo media vida (una vida que dura solo una noche, puesto que cuando el despertador sonase, mi vida acabaría) que todas las mujeres eran "Inés", especialmente una morena hermosa que se llamaba Julia. Debo admitir que no la conozco, de hecho no se si existe, pero vio como es esto no... En la omnisapiencia de uno y sus sueños se sabe todo de todos, si bien ella nunca me dijo su nombre yo sabia perfectamente que era Inés llamándose Julia.
Otra teoría olvidada que me llevó a descubrir esta muchacha Julia fue en un viaje que tuvimos, mientras ella se ocupaba en salir de mi sueño (es decir de mi vida) recordé, y mas luego divisé, unos vendedores de un elixir: Ellos ofrecían un licor engañoso que provocaba la SENSACIÓN de ser joven. Algunos se contentaban con eso, entonces empezaron a protestar que "la juventud es solo un estado de ánimo" mientras se pegaban la dentadura postiza. Había otros que vendían un tónico que restituía la lozanía, pero solo por diez segundos. En ese viaje me encontré con el filósofo Manuel Mandeb (sí, Dolina hasta en mis sueños, pero no es nuevo para mi eso), quien afirmaba que existían fuentes de la vejez, unos estanques fatales que eran imposibles no hallar. Según me contaba Mandeb, sus aguas maléficas parecen estar por todas partes; el hombre que bebe de ellas va envejeciendo, haciéndose más débil, más triste, hasta que más tarde o más temprano: se muere.
Mi vida llagaba casi a su fin, el despertador estaba a punto de sonar y como me adelante a este hecho inexorable, decidí hacer lo propio y beber de la fuente cuyos atributos me resultaron más llamativos, casi podría afirmar que esa fuente estaba allí solo para unos pocos, solo para aquellos que se atreviesen a observarla, desperté en el momento en el que me encontraba bebiendo de la fuente. ¡Es más!, tanto es así que en mi boca y mi almohada yacía, también, esta agua al despertar.
Mi amigo lector debo confesarle el obvio resultado de haber bebido de la fuente de la verdad: "Nunca seremos más jóvenes que hoy", "Jamás volveremos a ver a nuestros muertos", "El tiempo no retrocede", "El amor perfecto no existe", "Hay un verso perfecto que siempre está a punto de revelársenos y que no escribiremos nunca". Para los hombres de verdad este no es el final se sus sueños, sino más bien: el principio.

Padre e Hijo

Alejandro está viejo, y tiene miedo.

No le asusta la muerte, sino lo que viene después de ella, y no para él, sino para su hijo.

Alejandro es un luchador. Lo ha sido toda su vida, y aún ahora, cuando sus atardeceres deberían consistir en una copa de su mejor vino, a la sombra de algún árbol, él pelea.

Su mayor lucha es contra sí mismo, pues segundo a segundo resiste la tentación de tomar las armas, y enfrentar al enemigo, pero sabe que la muerte sería un acto de cobardía. No, él no puede morir, no todavía, cuando queda tanto por hacer.

Alejandro es rico como pocos, y sabio como menos aún. No se requería el don de la clarividencia para entender que la historia estaba por forjarse, y él sabía, como supo siempre, que él y su hijo serían parte.

Y se preparó.

Pero fuera de sus ojos, el niño despierto y lleno de coraje, se ha convertido en un hombre débil y temeroso. Ocurrente, hábil con las palabras y hasta entretenido, aún él debe reconocerlo, pero manso a la hora de ser fuerte. Y no hay otra forma de decirlo: su hijo es un cobarde.

No puede pasar otra noche sin que lo enfrente, y decidido, se pone de pie. Sabe que su hijo habrá de estar en la sala, leyendo alguno de los clásicos griegos que tanto le gustan. Con paso firme camina hasta ahí, solo para descubrir que la sala está vacía.

Su frustración es inmensa, y los gritos aún más grandes, pero nadie acude. Nadie, a excepción de aquel hombrecito que de alguna forma se ha convertido en la sombra de su hijo.

Con dificultad –cada diálogo con él es un suplicio-, Alejandro lo interroga sobre el cobarde de su hijo. No tiene sentido disimular más, y él no lo hace. Finalmente, luego de un largo rato, entiende que su hijo ha partido al pueblo, donde seguramente gastará otra pequeña fortuna en una eterna noche de vino y mujerzuelas.

El pesar es tan grande que lo abate, y es el hombrecito quien lo ayuda a sentarse en el sillón de cuero, en el que por fin se duerme.

Aún estará dormido, horas después, cuando el hombre del color de su sombra lo acaricia con cariño, y dolor. No verá las heridas en el pecho y el brazo de la sombra, ni su gesto de impotencia cuando el otro hombre, el hombrecito, con sorprendente facilidad para suplir el don que la vida le quitó, le explique que la última palabra de Alejandro, antes de dormir, fue “cobarde”.

Y la sombra, que tiene el poder de hacer feliz a su padre con solo despertarlo en ese segundo, sabe también que esa felicidad lo pondrá en un peligro de muerte, uno que no es justo que su padre enfrente.

Y la frase que su padre le repite día a día, cobra sentido una vez más. “No es fácil ser un De la Vega, pero no tenemos elección”.

Y Diego lo sabe mejor que nadie.

Soy un tipo metódico. (Ficción)


Soy un tipo metódico, cosa que a la mayoría de mis amigos les causa cierta gracia.

No llega a ser un trastorno obsesivo compulsivo, pero algunos golpecitos existen.

Siempre dejo las llaves en el mismo lugar, y el resto de las cosas, también. Descubrí hace ya mucho tiempo que es mejor hacer dos pasos para acomodar algo, que doscientos para buscarlo.

Fumo. Marlboro Box. Cada vez que compro un paquete, saco tres cigarrillos, y los pongo en una cigarrera que tengo en mi oficina. En el espacio que queda libre, va un pequeño encendedor Bic. Nunca me quedo sin fuego.

Si hay más de veintiséis grados, prendo el aire acondicionado, y con menos de trece, la chimenea. Me gusta contemplar el fuego de cerca, de muy cerca, hasta casi quemarme. Puedo estar así un rato largo.

Era hora de dormir, y quedaba un solo cigarrillo. No tenía ganas de fumar, pero sí de ver arder el paquete vacío. Mientras exhalaba la larga bocanada, veía a centímetros cómo las letras se iban achicharrando.

Algunos logran la paz pensando en la nada. Para mí, lo que funciona es el fuego.

Según el médico, tengo suerte de estar vivo, pero las retinas, pupilas, iris, córneas, globo ocular y nervios oculares, y todo lo que podría servirme para poder ver nuevamente, quedó arruinado. No hubiera sido una mala idea sacar el encendedor del paquete, antes de tirarlo al fuego.

Sí. Soy un tipo metódico, y desde la semana pasada, ciego.

Te sigo. Capítulo 14. Génesis

Me gusta la ilusión con la que la gente se muda a este tipo de lugares. Se sienten prósperos como si fueran los dueños de Microsoft y seguros como si vivieran en Suiza. Ilusos. Su confort y estabilidad depende de que sigan cobrando los miserables suelditos que a estos en particular les parecen enormes. Y su seguridad, ¡JA!, esa si que es buena, su seguridad es tan frágil como la vida humana misma, y existe solo porque a nadie le interesa meterse con ellos. Por esto y por la estadística. No se puede con todos.

Los carteles dicen "Velocidad Máxima 30 Km.", pero yo siempre voy más despacio. A cualquier hora se puede ver madres con sus pequeños bastardos, yendo de ningún lugar a otro. Probablemente a dejárselos a la mucama mientras se revuelcan con el profesor de tenis. Me da algo de placer saber lo que podría hacerle a cada una de ellas. Nada comparado con lo que haré, por supuesto.

El jardín de mi casa no se encuentra en el mejor estado, y es algo de lo que tendré que ocuparme en breve. No puedo permitir que los vecinos se quejen, pero tampoco puedo darme el lujo de un jardinero teniendo a la paraguaya en la casa.

El interior de la casa debería estar también en mal estado, pero no es el caso. No soporto el polvo, y si bien reconozco que la tarea de la limpieza está reservada a personas inferiores, no me molesta hacerlo yo mismo, sabiendo además que nadie lo hace mejor.

Lo bueno de ser meticuloso es que si la casa se limpia con cuidado todos los días, se tarda poco. En media hora he terminado, y puedo dedicarme al segundo trámite.

Los ojos de la paraguaya son un remanso de terror en el que me sumergiría durante días. Pero no tengo tiempo para eso, y en segundos se convierten en ojos muertos. En un mundo ideal yo tendría los dos días necesarios para disolver el cuerpo en ácido clorhídrico y terminar con todo vestigio desagradable. Pero como carezco de ese tiempo, tengo que usar una de las heladeras industriales que hice instalar en las habitaciones de servicio.

La muerte tiene un olor peculiar que desaparece por completo una vez que se la encierra en una bolsa hermética.

Menos de cuarenta minutos han bastado para dejar la habitación inmaculada, como todo anfitrión debe ofrecer a sus futuros huéspedes. Y yo soy siempre un excelente anfitrión.

El escritorio donde he instalado las computadoras está en perfecto orden, como siempre, pero ni los técnicos más capacitados, o lo más caros (que debería ser lo mismo pero no en toda oportunidad), han logrado eliminar ese zumbido casi imperceptible que emiten los ventiladores de las máquinas. Eso altera mi buen humor, pero me obligo a concentrarme, mientras examino el expediente policial de Ignacio Pérez, más la información adicional que he logrado recolectar.

Me alegra saber que hay un expediente policial suyo gracias a mi.

Mi amigo Ignacio tiene cuarenta y tres años, nació en Buenos Aires, infancia en Lomas de Zamora y actualidad en Colegiales, lo que para él debe ser una especie de progreso de algún tipo.

Ingeniero industrial de la Universidad de Buenos Aires, trabajó varios años para IBM antes de fundar una empresa de programación de video juegos. Un imbécil, pero aparentemente hizo algún dinero con ella.

Su faceta familiar es mucho más interesante. Casado con Carolina (deja vu), tuvo tres hijos. Los dos menores, una de diez y uno de doce. Edad suficiente. Y la tercera, la tercera me trae algunos de los mejores recuerdos de mi vida. Carito Pérez. Imposible pensar en ella sin una buena copa de Malbec en la mano.

Era mi segunda "experiencia en red", habiendo sido la primera satisfactoria pero a nivel moderado. Carito tenía dieciséis años y la vida por delante. Por delante mío.

La encontré una noche en Twitter, y coincidió con ser su primera noche ahí. Para ese entonces yo tenía ya miles de seguidores que había ganado con paciencia indigna de un ser superior, pero siempre supe que para invertir había que ganar.

Alguna estupidez ingeniosa había sido distribuida por varios de los imbéciles que me leían, y fue así que ella comenzó a seguirme. Normalmente no hubiera gastado un segundo en siquiera mirar su perfil, pero me llamó la atención su foto en uniforme de colegio, su franca e inocente sonrisa, su candidez y vulnerabilidad.

Con magnanimidad empecé a seguirla, lo cual fue un halago para ella, y empezamos a conversar vía mensajes directos, o sea sin que el resto de los imbéciles pudiera leer.

-Soy Gonzalo, tengo 19, y soy cordobés. Amo la música y los amigos. Quiero el sol.

Palabra más o menos esa fue mi frase inicial, y con la respuesta supe que la tenía.

-Carito, de Buenos Aires. Tengo 16 y la música es mi vida.

Estaba equivocada, por supuesto, pues su vida sería yo, pero ella no lo sabía en ese momento. De algunos mensajes vía Twitter, completamente inocentes, pasamos al chat, al día siguiente, o al otro, no es importante. En un día más tenía su celular.

Obtener el celular fue redundante, pero me gustó porque parte del placer era ir consiguiendo su cooperación. Su nombre, dirección y demás datos los había sacado el primer día, al chequear su Facebook. El uniforme de su colegio me dijo el resto.

No pensaba demasiado en los padres de Carito en aquel momento, más que para regodearme de la falta de confianza que estaba transcurriendo en esa casa. Nuestros diálogos vía chat ya eran abiertamente sexuales, y por supuesto nada sabían papá Ignacio y mamá Carolina de eso.

Fue tan fácil que parece escandaloso. Al mes le informé que viajaría a Buenos Aires a una entrevista en una universidad. Si bien quería ser músico, mis padres insistían en que estudiara, y había decidido darles el gusto, únicamente para poder estar en Buenos Aires, donde trataría de triunfar en la música. La estúpida compraba todo, con paquete y moño.

Nos encontramos una noche temprano en alguna esquina de su barrio. Un día de semana. Tuve que insistir con eso porque viernes y sábados la gente que poblaba la zona era demasiada. Para la ocasión había procurado una camioneta Traffic blanca, con vidrios polarizados. Tuve que pasar por la misma esquina tres veces hasta que no hubiera nadie a la vista. En la tercera oportunidad ella seguía mirando su celular como si esperara el llamado del Señor, y hubiera sido fácil empujarla hacia el interior de la camioneta, pero era importante que subiera por voluntad propia.

-Carito, soy yo. Subí.

Ella no esperaba la Traffic, y menos aún alguien con gorra y anteojos oscuros. Dudó.

-Gonza, ¿sos vos?

-Si, dale – en ese momento puse mi celular en mi oído y empecé a recitar el texto que había escrito por la tarde. – Mamá, acabo de llegar … si, estoy en la camioneta del tío… si, más o menos en media hora.

Había logrado aflautar mi voz lo que en algún punto me hacía más joven. La mención de las palabras “mamá” y “tío” completaban el círculo. Bastó una seña con mi mano libre para que rodeara la camioneta y subiera. Cerré el celular, me acerqué a darle un beso en la mejilla, y apliqué el cloroformo con violencia. La faz de ardid y conquista había terminado. Se resistió sólo durante algunos segundos.

En aquella época yo utilizaba una vieja fábrica abandonada en Villa Martelli. Metros y metros deshabitados, para jugar y jugar, propiedad de un asqueroso belga al que le pagaba al contado en Euros, los que él gastaba en satisfacer sus perversiones sexuales.

Soledad absoluta y silencio garantizado. Las dejaba gritar hasta quedarse mudas, solo para ver cuanto podían durar. El incendio fue sorpresivo y peligroso, como todos los incendios, y el hallazgo de los cuerpos le dio de comer a la prensa amarilla por semanas. El belga empezó a ser la persona más buscada de Argentina, pero nadie podría encontrarlo jamás, ya que yo lo había hecho primero. Su muerte fue un mero trámite, para mi, pero uno divertido.

La mayor pérdida había sido Carito, pero no era momento de pensar en tristes finales, sino en grandes desarrollos. Algunos disfrutan de la pesca, y pueden pasar horas con el agua a la cintura en un río con tal de atrapar una trucha. Otros del ajedrez o del golf. Los más primitivos del fútbol. Para mi uno de los momentos más emocionantes era cuando se despertaban. Ver sus caras al reconocerse en un lugar desconocido, atadas, indefensas, frente a un extraño.

En alguna oportunidad había jugado a usar una máscara. El terror se incrementaba, pero me pareció falso, poco auténtico. No lo hice más.

A Carito la recibí a cara descubierta. Con una sonrisa franca y alentadora. Y un cuchillo nuevo.

Nunca uso el cuchillo de inmediato, salvo por motivos de necesidad o conveniencia, tales como el de la paraguaya. Pero siempre quiero mostrar lo que vendrá. Ser auténtico.

-No te va a escuchar nadie, así que no vale la pena gritar. Y si gritás, me vas a hacer enojar, y no creo que te convenga eso, ¿no?

Que entendiera la situación tan rápido fue una agradable sorpresa. No se quejó cuando le arranqué la cinta adhesiva.

-Hola Carito. Bienvenida.

Sus ojos estaban hechos de miedo, pero había una luz de rabia en ellos que no había visto antes, aún en mujeres mucho más grandes que ella. Es curioso pero esa luz era tan evidente que hasta se reflejó en la filmación. Yo había decidido ya hace algunos "eventos" empezar a filmarlos, notaba que en noches de ansiedad el ver las grabaciones me calmaba. La grabación de Carito debe haber sido una de las que más he visto a lo largo del tiempo.

Si hubiera tenido problemas de efectivo, esa filmación me habría dado un gran desahogo financiero, y hasta económico. En los círculos adecuados un video así puede llegar a valer decenas de miles de dólares. No es mucho pero hay que reconocer que hay gente a la cual esa suma le solucionaría la vida. La gente es pobre porque quiere, definitivamente.

Poner en palabras esos dos días es imposible. Cuando las sensaciones alcanzan magnitudes palpables solo pueden ser reflejadas por poetas y si bien yo lo soy, en muchos sentidos, este don no me ha sido otorgado. Solo puedo decir que cuando llegó el final, la sensación de paz era suprema. Habíamos recorrido juntos un largo camino, y la comunión de almas era casi perfecta.

En aquel momento mi excitación era tal que no lo noté, y recién ahora, en esta vez que miro el video hasta el final puedo verlo, y me llama la atención. Su cuerpo está destrozado y la razón hace tiempo la dejó. Son los instantes previos a la muerte, esos que ni los médicos pueden observar con detenimiento, embarcados en las inútiles tareas de evitar lo inevitable.

Pero son esos segundos los que guardo como grandes tesoros, y acabo de descubrir uno nuevo, algo que no había visto y que pasé por alto.

Carito, acepta lo inevitable, y una extraña sonrisa de dibuja en su rostro, y quizás algo de determinación también. Casi podría decirse que siente paz, lo cual por supuesto que es extraño a más no poder. Y en ese segundo final mira a la cámara, lo que es igual a decir que me está mirando a mi. Dice algo casi inaudible y pierde la conciencia. Es como si hubiera elegido partir y no lo entiendo. Ni lo acepto, pero mis intentos por reanimarla son inútiles. No lo hice antes porque pensé que era una súplica más, una de tantas, pero ahora le presto atención. Tengo que rebobinar la grabación varias veces para entender el significado completo de sus palabras, hasta que lo hago.

Y no es una amenaza, ni siquiera una promesa, sino la descripción desapasionada y certera como la muerte de algo que ella cree, o que está viendo ya desde el más allá. Son palabras claras y hasta sin odio. Casi con compasión.

-Mi papá te va a encontrar – fueron las últimas palabras que le escuché decir.


Capítulo 13. El Eternauta 
Capítulo 15. La Calma

Asfixia

Vi al domingo y èl me mirò a mi con sus paredes desnudas
Tanteo la poesìa escondida en los huecos de esta ausencia
Que exagera la dimensiòn de los espacios......



Pensaba que transcurrir era llevar adelante la herida....
no hacìa arriba



Se que quiero mirar al frente...estrenar algo.
Es la manera en que podrè participar del sepia de los sueños
El libro blanco de la vida està abierto siempre en la mitad.



Tener la fuerza de cerrar una puerta. Azotarla. Y no abrirla nunca más.



Tristàn tiene un velo de gris opresivo
Y en un instante una gota de lluvia rompe el silencio......



Pero los recuerdos que sobreviven a la oscuridad ocupan lugares fìsicos.







Maria Celeste Mendive

Mentiras protectoras

Lo escribo en la arena para que el mar se lo lleve

Si pudiera decir lo que siente, tampoco lo diría. Aprendió a dejar de sentir. No es que no le duelan determinadas situaciones, simplemente dejó de registrarlas. Dejó de preocuparse por aquello que no puede solucionar. ¿Si está mejor? No, claro que no; pero dejar de afligirse por lo que no puede resolver lo enfoca más en su realidad. Después de todo es lo único que tiene. Aprendió, también, que dar sin esperar nada a cambio es una de las mentiras más grandes en las que creyó. Ya no cree, claro. Que crean todos los hombres y mujeres de buena voluntad. El pasa. Como pasaron sus utopías, sus marchas y recontramarchas. Sus discusiones en defensa de ideales que no le sirvieron de nada. Servir. En eso se resume todo. ¿Le sirve? Sirve. ¿No le sirve? Fuera. ¿Importa que el amor quede fuera? No. Ya no importa. Será uno más de los millones que andan por la vida en solitario. ¿Alguna vez estuvo acompañado, acaso? Una o dos veces, no más. Pero lo asfixiaba esa compañía. Tuvo que pedir gancho y salió a caminar para no volver. No regresó porque no había donde regresar. La soledad le sienta bien. No decir lo que siente, mejor. No sentir lo libera. Caminar por la orilla del mar limpia lo vivido. Lo vivido lo dejó vacío. Así, vacío pero lleno de gracias arranca sus mañanas. Gracias a todos aquellos que lo convirtieron en el que ahora es. De lejos parece el mismo y no existe posibilidad de acercarse para notar el cambio. Nos despedimos en el aeropuerto. Dijo que me quería. También te quiero, respondí. Mentimos los dos. Si pudiera decir lo que siento, tampoco lo diría.