Quiero que me concedas...

... El último baile...





Ella es la promesa de una vida amable y sencilla. Ha encontrado su pequeño rincón en medio de esta gran broma, y lo defiende con la dignidad de quien no tiene otro asidero y corre el riesgo de despeñarse si mira hacía abajo. Y es bonita, y me mira con ojos tristes mientras me agarra y me lleva hasta el centro del salón. Nos movemos con torpeza entre otros muchos como dementes relojes de cuerda, cada uno con su ritmo, sus horarios y sus razones, pero de alguna manera felices, con esa felicidad ingenua que es mitad felicidad mitad mentira sostenida por el armazón de los días y el loctite de la rutina.

Ella me mira y me susurra un tonight will be fine, y quiero creerlo con todas mis fuerzas. Agarrarse a ese suave NoPensar y abandonar por un instante esa enorme cacería que es la vida con las fauces de la desidia siempre a dos centímetros de rasgar la carne. Huyendo, buscando a tientas una puerta con alma de salida y un back to the eden en lo alto con enormes letras de neón. Un dulce cerrar los ojos y abandonar la Búsqueda de un norte que quizás no exista, o buscarlo en la filosofía y sus sencillas recetas de living room. Philosophia biu kybernetes, que no es plan de estropear las cosas por mucho pensarlas. Mejor dejarse mecer por esta suave música de ascensor y enterrar mi cara entre su pelo. Si, así todo estará bien, tonight will be fine.

Y, cuando ya casi te has convencido y has hecho tuyas todas las frases de otro. Cuando ya, por fin, eres capaz de decir lo que quieres pero no te atreves a decirlo. Ahora que eres un chico bueno y entregas tu mano a los mayores, ahora, justo ahora, aparece la duda, esa vieja prostituta vestida con sus mejores galas, y te besa con unos labios rotos de carmín y tabaco, y todo tu cuerpo tiembla porque sabe que ahora le perteneces, que no hay vuelta atrás y tu camino desde ahora será el camino de los que dudan, de los que caminan sin dejar de mirar atrás pero no por eso cesan en su caminar… back to the eden.

Mercado de almas




—Buenos días, ¿le interesa Dios? Ahora con un quince por ciento más de perdón.
—No sé, me han dicho que es un tanto cruel y vengativo.
—Eso era antes, ahora tenemos una fórmula nueva y mejorada.
—¿Y qué ofrecen? Un imam me ha dicho que tiene setenta y dos vírgenes para mí.
—¿Para qué quiere usted vírgenes pudiendo tener mujeres experimentadas?
—¿Entonces tendré mujeres experimentadas en el paraíso cristiano?
—Depende. ¿Experimentadas en la oración? Sí. ¿Experimentadas en el sexo? No muchas, la verdad.
—Pues no sé si me compensa.
—Piense que el Cielo es un lugar maravilloso. Y con unas vistas fabulosas a la Eternidad.
—¿Puedo probarlo?
—¿Cómo dice?
—Que si puede probarlo para ver si me convence. Ya sabe, dar una vuelta en él o algo así.
—No se puede.
—¿Por qué no?
—Hay que esperar a estar muerto.
—Pero yo quiero algo más inmediato. ¿De verdad tengo que esperar tanto para la salvación y el paraíso?
—Sí, tiene que ser después de muerto. Considérelo como un seguro de vida.
—¿Entonces muero yo y mi familia va al Cielo?
—No, no: usted muere y va también usted al Cielo.
—¿Pero cómo? Si estoy muerto, no puedo cobrar ese seguro de vida religioso. Es evidente. Es más, seguro que es ilegal.
—No se preocupe. Usted firma con nosotros un seguro de vida del que resulta beneficiaria su alma, que es inmortal. Es ella quien va al Cielo.
—¿Y yo me quedo aquí? ¡Pues vaya trato!
—No, no. Su alma es también usted.
—¿Qué? ¿Me está diciendo que tengo doble personalidad?
—No exactamente. El alma es la parte inmortal de la persona. Sobrevive al cuerpo, que es lo que dejamos atrás. Así, en realidad, es usted el beneficiario. Es usted quien va al Cielo, pero liberado del cuerpo.
—Es todo un poco confuso.
—Un poco, lo admito.
—Dice usted que el alma es inmortal. Bien, entonces no hay necesidad de ir al Cielo. Tengo una casa bastante acogedora, con jardín y piscina. Perfectamente puedo quedarme en ella. Y aparecerme a los vecinos, que siempre me han caído mal.
—No, necesita usted una residencia espiritual.
—¿Y no puedo firmar con ustedes después de muerto?
—No, hay que pagar unas cuotas.
—¿Cuánto es?
—Una vida entera de servidumbre al Señor. Cumplir con los diez mandamientos. No pecar. Obedecer a la Santa Madre Iglesia, en general.
—No entiendo que no hayan quebrado ya ustedes, sinceramente.

K