Te sigo. Capítulo 13. El Eternauta

El lugar está designado para no atraer a nadie. Las ventanas son chicas y la puerta angosta. A no ser que alguien lo buscara con determinación, no lo encontraría jamás. Hay un kiosco a mano derecha, así que las miradas se desvían hacia las tapas de las revistas en lugar de hacia el bar. Es lo más parecido a una no publicidad que he visto jamás, y quien quiera que sea el dueño, busca que la gente se aleje.

Pero yo entro.

No hay más de veinte mesas. Fórmica barata y sillas de ínfima calidad. La luz hace parecer al lugar un antro entre los antros. El piso está sucio, y aún así no lo parece tanto en comparación con las paredes y el techo.

Hay solo dos mesas ocupadas. Una con un gigante de barba, charlando con una mujer que sin duda es una prostituta, y otra con un oficinista tomando notas. Agarro un diario de la barra y me siento contra una de las ventanas.

Extiendo el diario y me fuerzo a leer línea por línea de una noticia que por supuesto no estoy leyendo, pero sé que es importante mantener los ojos en el papel.

En menos de dos minutos la situación está clara. Parcialmente al menos. El gigante es un proxeneta y no hay que ser muy sagaz para darse cuenta, una vez que la mujer le da un fajo de billetes. El hombre entrega una pequeña bolsa, que apostaría contiene droga.

El oficinista es quien más dudas me plantea. El tipo no para de anotar en un cuaderno, mientras mira a los otros dos. Parece un estudiante tomando apuntes en un colegio secundario. Y lo hace con una falta total de disimulo y hasta vergüenza, descaradamente diría. Pareciera que ha sido contratado para pintar un retrato escrito de la reunión que está ocurriendo a pasos de él. Mientras doy vuelta la página del diario pienso que eso no puede terminar bien.

Un mozo, el único del lugar, se me acerca. No tiene uniforme, por supuesto, y su camisa tal vez fue blanca en otro siglo. Puedo saber cuales fueron sus últimas cinco comidas con solo mirar su ropa. El y la máquina de afeitar no se llevan. Pero lo bueno es que es de contextura más bien chica, y ronda los sesenta años, de una vida muy mal vivida, con seguridad.

No hay saludos, ni tampoco ofrece nada. Es evidente que mi presencia le molesta, y que su estilo de vida no se solventa con propinas, al menos no con propinas recibidas de clientes en ese bar.

-Café. Solo.

Gira y se va. Imposible saber si escuchó o no, o si traerá algo algún día.

Me es difícil imaginar a Trini entrando en este bar, pero por desgracia leí el mail y sé que lo hizo. Una entrevista para trabajar en algún teatro under de la Avenida Corrientes, esa era la oferta de Kampeon69. La habían visto en no se qué obra que protagonizó en la facultad, y les interesaba. La dirigiría un actor de telenovela medianamente conocido, más que nada por sus escándalos mediáticos, pero conocido al fin. Una carnada insípida y sosa, que funcionaría con noventa por ciento de las chicas que tienen cuenta en Twitter. O que no tienen.

Podía imaginarme al gigante conversando con Trini. ¿Y después qué? ¿La habrían convencido de subirse a un auto? No. Lo que fuera que hubiera pasado, había sucedido en este lugar. Un escalofrío me recorre la nuca. ¿Y si todavía la tuvieran acá?

El mozo tira la taza arriba de la mesa. El café rebalsa y cae en el plato. El oficinista levanta la cabeza y me mira, sin verme. Vuelve rápido a sus apuntes. Sin poder leer lo que escribe, juraría que está describiendo la ropa de la prostituta.

La mujer se levanta de la silla, camina hacia la puerta y se va. El gigante se despereza como si acabara de terminar una ardua tarea, y también se pone de pie. No mide menos de un metro noventa y cinco. Y ancho como un sofá de un cuerpo.

Casi con delicadeza arrima la silla a la mesa. El único gesto de orden en este lugar inmundo. Camina con soltura hasta el oficinista, y en un gesto casual deja ver una pistola en su cintura. No me equivoqué. Algo pasaba. Fluidamente, ante la parálisis del oficinista, el gigante le revisa el saco, toma su billetera, saca algo, lo pone adentro del cuaderno en el cual el tipejo escribía, y le devuelve la billetera. Sonriendo.

-El café está pago. Y no vuelvas nunca más.

El oficinista sale casi corriendo del lugar, previo golpearse con dos mesas. Un conejo asustado escapándose de un rottweiler lo haría con más gracia.

El gigante me mira con una mezcla de satisfacción y desafío. Hay tantos mensajes en esa mirada que es difícil de decodificar. Los básicos son “no digas nada, tengo lo mismo para vos, me gusta hacerlo, y por favor dame una razón”.

Agradezco a Dios por los pequeños favores, como siempre, porque ha sido esa la mirada que terminó con toda mis dudas. En cualquier película de acción el protagonista enfrentaría al villano de igual a igual, noblemente, y tras una justa pelea, el bien prevalecería. La vida no es un cine.

Agacho los ojos, y en cuanto el gigante me da la espalda, satisfecho de haberme humillado, me pongo de pie. El cielo me envía uno de esos colectivos que aturden Buenos Aires con sus caños de escape rotos. Saco la Glock de mi cintura, y apunto cuidadosamente a su rodilla izquierda. El disparo coincide con el pico de sonido del transporte, y destroza la rótula del gigante. Es como ver un escarbadientes romperse en dos pedazos, con astillas saltando para todas partes. Eso y ver la torre caer. En ese instante sé que el gigante no volverá a caminar bien en lo que le reste de vida. Y queda por ver cuanto es eso.

He visto demasiadas películas también como para saber que a esta altura el mozo debería estar detrás de la barra, con una escopeta recortada en la mano y a punto de dispararme. Me equivoco. El tipo está tirado en el piso, tapándose la cabeza con pánico. No fuimos a los mismos cines.

Sin perder de vista al mozo salto hasta el gigante que se retuerce en el suelo. Su pistola sigue en la cintura, pero él no se ha dado cuenta. En vez de tratar de tomar la pistola le pego una patada en la boca, con toda mi rabia. Un chorro de sangre sale con fuerza y dibuja un extraño colage en el suelo. Ahí sí agarro la pistola y la dirijo hacia el mozo.

-Cerrá. Ya.

Si el oficinista al escaparse me pareció un conejo asustado, este directamente es una rata. Llega a la puerta como puede, e intuyo un segundo de duda en su persona. La salida está muy cerca, y la posibilidad de ganar la calle y escapar es una tentación demasiado fuerte para el mozo.

-Si das un paso más te pego un tiro en la nuca.

Eso lo disuade y con pesar le da una doble vuelta de llave a la puerta.

-Tirate al suelo – y le señalo un lugar al lado del otro cuerpo. Se acuesta en el suelo casi con alegría, siempre tapándose la cabeza.

Apuntando al gigante voy hacia la barra. Hay una cafetera media llena. Está caliente pero no hirviendo. Con mi mano izquierda la tomo y doy los tres o cuatro pasos necesarios para llegar hasta el gigante.

-Che, Kampeón, despertate.

Le tiro el café a la cara. El agua caliente es tan buena como la helada para reanimar a alguien.

-Pará, por Dios, basta. No te hice nada.

El cambio que ha sufrido el tipo en los últimos dos minutos es llamativo.

-Kampeón, ¿me estás prestando atención? –Le apunto a la cabeza y en sus ojos veo que sabe hablo en serio.

-Soy Roberto. ¿Por qué me decís Kampeón? Estás confundido, no es a mi a quién buscás. Por favor.

Algunos dicen que cuando un hombre enfrenta la muerte no miente. Y no es verdad. Basta apuntar con un arma a cualquiera y te dirá solo lo que piensa que querés oír. Verdad o mentira no son conceptos importantes en esos momentos. Y aún así le creo. Pero hay mucho en juego para que la simple confianza decida.

Estrello la cafetera contra la cara del gigante, que ahora se retuerce como un bagre afuera del agua.

-Pará, pará. ¿Qué es lo que querés?

Lo oigo implorar y siento otro colectivo acercándose. Escucho todo menos lo que necesito escuchar, así que en el momento de mayor estruendo, cuando los vidrios están ya vibrando, le disparo a la otra rodilla.

Amaga un grito, pero no hay nada como una pistola en la cabeza para conseguir silencio, en cualquier situación. Me confunde que niegue ser Kampeon69, así que pruebo otro ángulo. Saco una foto tamaño A4 de Trini, y se la muestro. Ahora veo más miedo, y sé que voy por buen camino.

-Te juro que no sabíamos quien era – suplica el gigante, el pedido en el tono.

Siento que la vida se me va en un solo movimiento, y sin ser yo apunto a su frente.

-No, está bien, no le hicimos nada, está ahí atrás. Te juro que no le pasa nada. Va a estar bien.

Sería muy estúpido mentirme, pero también sabe que no tiene demasiado que perder.

-Vos – le digo al mozo – traela.

El mozo no busca aprobación del gigante, lo que quiere decir que estoy haciendo las cosas bien. Yo soy el más pesado ahora, y es lo que me mantiene vivo.

Se para y va hacia una puerta. Con la mano derecha apunto al mozo, y la izquierda la uso para encañonar al gigante con su propia arma, aunque no creo que vaya a ser oposición por ahora.

No es momento de emociones, pero la posibilidad de ver salir a Trini de esa puerta hace latir muy fuerte mi corazón. También puede salir el mozo con la escopeta. Soy tan imbécil que lo perdí de vista y ahora puede pasar cualquier cosa.

El gigante se estremece y estoy a punto de ponerle una bala en la cabeza ya mismo. Solo por precaución.

Pero la puerta se abre, y del brazo del mozo, y completamente drogada, pero viva, aparece Trini.

-Apoyala contra la barra, y tirate al suelo.

El mozo deja a Trini en un precario equilibrio, pero antes de acostarse en el piso mira el reloj de la pared. El tiempo pasa a ser un factor importante para él, y por lo tanto para mi.

Muchas cosas, todas esenciales.

Vuelvo al gigante.

-Te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Vos sos Kampeón?

-No, te juro que no – llora el gigante – recibí un llamado, y una mochila de plata, cien mil dólares, para tener a la chica, y mandarla a donde tenemos a las demás. Por favor llevatela, llevate la plata, está debajo de la barra, pero no me mates. Tengo familia.

Eso casi me causa gracia, pero vuelvo a pensar en el tiempo, y no es momento de relajarse. Que el mozo haya mirado el reloj quiere decir que hay alguien que está por venir, y mi plato está lo suficientemente lleno como para siquiera pensar en lidiar con más gente. Me apuro.

-Vos, llevate al grandote al cuarto.

El mozo se incorpora puedo ver la sensación de alivio en los dos. Lo que sería una tarea titánica para un tipo tan chico, y para otro tan grande, gravemente herido, se hace en diez segundos. El instinto suple varias deficiencias.

El cuarto tiene una llave y la cierro, rompiendo la cerradura. Cualquier segundo cuenta.

Tomo a Trini, y antes de apartarla de la barra veo la mochila bajo el mostrador. La abro y tiene fajos de dólares. Quizás la forma de pagarle a Javier, pienso mientras la pongo en mi espalda.

-Vamos chiquita, tenés que ayudarme hasta el auto.

Ella levanta los ojos, y puedo ver una luz en el fondo. Me reconoce.

-Sos vos- y aún en medio de toda esa inmundicia, sonríe.

Salimos del bar como podemos. La gente nos mira por la calle, y las dos cuadras hasta el auto se hacen eternas. Pero llegamos. Y la pesadilla empieza a terminar. El tiempo se ocuparía de enfatizar la palabra “empieza”.


Capítulo 12. La previa 
Capítulo 14. Génesis

Que así sea


Me pasé la vida entera mintiendo, inventando una realidad a la que huir por necesidad, por aburrimiento. Mentí tanto y lo hice tan bien que yo mismo me creí mi papel, por eso me subí a los tejados con una con una toalla roja atada al cuello y salté los siete pisos sin ni siquiera pensarlo. Mas nunca fue dura la caída puesto que mi fabulosa capa me alzó siempre hacía el cielo, no dieron jamás mis huesos contra el suelo ya que este quedó inmediatamente sustituido por un mar embravecido, un mar estúpido que no pudo engullir a mi velero. Yo, ese gran pirata victorioso.

Me pasé noches enteras rastreando tus tacones, buscando tus huellas en mi cama aún a sabiendas de que sólo había sido un sueño. Quise inventarte a mi antojo para encerrarte en mi cabeza, para tenerte entre mis sábanas fiel esclava de mi imaginación, pero tú, puta carnal, eras demasiado sólida para hacerte etérea, demasiado real como para inventarte. Que mi fuerte capa a tu lado apenas era trapo de cocina, que mi velero un barco de papel que se deshacía en la alcantarilla. Yo, ese pobre bucanero enamorado.

Me pasaré el futuro que me queda huyendo de tus intenciones, apostando fuerte por la vida aún a sabiendas que ella a la mínima me vende. Negaré tu nombre tres veces antes del amanecer y para llevarme en lo más recóndito habrás de buscarme, muerte de mierda, porque no me dejaré agarrar tan fácil. Te saldrá cara mi cabeza. Será la leal capa la que cubrirá mi cuerpo, será mi velero el que me guiará hasta tu secreto. Yo, ese temeroso corsario sentenciado.

Y sí, me pasaré la eternidad riendo a la izquierda de Cristo, sentado en el trono de santidad puesta ya la corona en el único ojo que me representará. Beberé ron hasta la arcada y cantaré viejas canciones con voz ronca y ojos llorosos. Te sacrificaré a ti, hijo mío, para que borres de la humanidad mi nombre; sea entonces la capa roja mi sangre, sea mi velero rabiosa hoguera donde arderán mis ambiciones. Yo, ese rídiculo Dios negado, ese polvo de gloria ya olvidado.

Uno sin ganas


Uno mezcla los sueños. Inventa esperanzas. Remienda fracasos. Asesina traiciones. Disfraza dolores. Desata alegrías. Defiende la risa. Enseña las lágrimas.
Uno puede desconfiar; ocultar sus dudas; caminar sin rumbo siguiendo el instinto. Uno sabe que oscurece con mentiras. Uno puede hacer tantas cosas, decir tantas otras, pero cuando la pesadez llega, cuando bordeamos fracasos, uno debiera poder marcharse sin recuerdos. Cortar ataduras imaginadas y jugar a los dados con la soledad.

Intemperie

Engaño a los espejos con retratos de otros tiempos
Con sonrisas de otros tiempos
El verdadero rostro aparece de a rato, en los charcos.

Se abrieron las costuras de los recuerdos
Y los fragmentos, se han ido buscando, se han ido encontrando......
Pero los espejos se fatigan, de repetir el nombre de las cosas.

llueve tu ausencia como un agua triste

El polvo se desprende del cuerpo y queda pegado a las sábanas que se arrugan con los días.
Cada mañana al levantarme, se que una parte mía ya ha renunciado.
Ando en puntas de pie, para evitar ser escuchada y mencionada.

llueve tu ausencia como un agua triste

Tristàn amanece envuelto en las primeras neblinas.

Debe haber otra cosa, que no lleve tu nombre
Otro modo de ser libre....














María Celeste Mendive

Te sigo. Capitulo 12. La previa

Son las once de la mañana y la única buena noticia del día es que aún estoy vivo. Las malas son varias.

Kampeón no vino. No esperaba que lo hiciera, aunque es probable que esté espiándome desde algún lado. Da con el perfil de psicópata, vulnerar a la víctima en cada oportunidad en que se pueda, estudiarlo, saber de él o ella lo máximo posible, antes de atacar. Básico. Básico y cobarde.

No parece estar adentro de ningún auto estacionado, así que quizás me observe desde un edificio. Esto implicaría que tiene los recursos para hacerlo, lo cual siempre es peor. Pero que no me haya disparado a la distancia, y este es un gran lugar para hacerlo, quiere decir o que no vino o que tiene otro tipo de planes para mi.

Convencer a Javier de que me deje venir solo no fue sencillo, y calcular lo que pasaría después tampoco, así que tuve que usar esas dos horas entre las ocho y esta reunión frustrada con Kampeón para analizar paso a paso lo que haríamos.

-Ok. Va la última vez, para que estemos claros. Yo voy al monumento. Cualquier cosa que pasa, vos llamás al Comisario Fernández y le decís que vaya con todo lo que tiene a ese bar, El Eternauta.

Mi historia con Fernández es larga, y Javier la conoce. Fernández era el sub comisario a cargo del caso de mi hija, cuando se pensaba que podía ser un secuestro extorsivo. Después de la primer semana, cuando nadie había pedido rescate por ella, el secuestro pasó a llamarse desaparición, y aún más tarde, cuando la noticia de su muerte fue hecha pública, asesinato. Fernández no había dejado de interesarse por el caso, aún cuando estaba ya fuera de su jurisdicción, y ocasionalmente se ponía en contacto conmigo para informarme acerca de los progresos de la investigación. Eran escasos, y siempre terminaba en una especie de charla consuelo, para la cual no tenía ningún tipo de formación o aptitud. Si buena voluntad. En cualquier caso, yo lo consideraba un policía honesto.

-Ahá. ¿Y por qué no hacemos eso ahora, antes de que te expongas a que te mate este tipo?

La lógica era impecable. Teníamos una ventana de dos horas y lo más razonable hubiera sido dárselas a la policía. Pero yo no confío en la policía. No después de lo que pasó con mi hija.

-Ya sabés, Javier. Sigamos.

Muy a su pesar, concedió.

-A Fernández le das el nombre de Trini y le decís que la policía de la provincia la está buscando. Hay chances de que él ya registre el nombre, pero si no, lo va a constatar en menos de dos minutos. Si a mi me hubiera llegado a pasar algo, eso también acelerará el proceso, pues Fernández estará más inclinado a actuar rápido.

-Y si no pasa nada, ¿a Fernández lo llamás vos?

Este era el tema más sensible para tocar con Javier, y donde yo sabía que encontraría más oposición.

-No, Javier. Si no pasa nada al bar ese voy a ir yo.

-Sos Terminator ahora.

No hay emoción en sus palabras, ni siquiera el atisbo de un chiste. Buscó la figura de Terminator porque en su mente es lo único que se asocia a violencia con armas. Y con computadoras. Sonrío con nostalgia. El no sabe las cosas que yo he hecho, ni tampoco que lo único que me separa de Terminator es la eficiencia. A esta altura en algún sentido los dos somos máquinas, con poco sentimiento.

-No. Terminator no, pero sí más discreto que la policía, Javier. No puedo arriesgarme a que alguien le pase un dato a los tipos esos, y cualquier información que pueda haber sobre Trini desaparezca. Sabés que esas cosas pasan.

El no lo sabe, pero como en tantas otras cosas, confía en mí.

-Bueno. Ponele que llegás al bar. ¿Y después qué?

-Después lo mismo. Si no te llamo en una hora, hablás con Fernández y que sea lo que Dios quiera.

Tuvimos que repetir la misma rutina dos veces. No porque él sea estúpido, o yo no sea claro, sino porque planteaba distintas objeciones o mejoras a mis ideas. Al final reconoció que ese plan, si se lo podía llamar así, era tan malo como cualquier otro, y me dejó ir en paz.

Ahora ha pasado la primera parte y no queda otra que seguir.

-Javier – le digo por teléfono – me voy al bar. Acordate. Si en una hora no te llamo, Fernández.

Es sábado a la mañana y casi no hay tráfico, lo cual me juega en contra. Tengo miedo y se mezclan las imágenes de mi hija muerta con las de Trini, Carolina y los dos hijos que aún están vivos. “Aún” pienso, me recuerdo lo fútil de la vida. He aprendido que nada debe darse por sentado y que cada segundo de las vidas ajenas es precioso. No puedo pensar así de la mía, por más que lo intente.

Todas las vidas, menos una, tienen un largo recorrido por delante, uno que debería ser feliz o no, pero en cualquiera de los casos sin terror, que es lo que Kampeón entrega. Este Kampeón, el otro, cualquiera. Es rabia lo que siento contra ellos, pero también la necesidad de impedir que sigan arruinando vidas, futuros, familias. No sé la razón por la cual Dios los puso en este mundo, pero sí se que a mi, ahora, me puso para sacar a este.

Así manejo, entre el amor a los que quiero, los que quiero proteger, y la fría rabia a los que lo impiden. El viaje se hace corto y cuando estoy a dos o tres cuadras me doy cuenta de que no tengo idea de qué es lo que voy a hacer.

Estaciono frente a una casa de ropa, y compro una camisa gris para cambiarla por la que Kampeón ordenó que me pusiera. No quiero llamar la atención y el rosa lo hace. La camisa queda tirada en el probador.

Camino despacio. Hay dos fuerzas que se contraponen con igual intensidad. La desesperación por saber de Trini, por ayudarla, por devolverla a su casa, y el miedo de enfrentar lo desconocido. En momentos como este es cuando pienso que no quiero morir, y que el golpe que eso le provocaría a Carolina y los chicos sería muy fuerte. Casi imposible de soportar.

No es muy tarde para llamar a Javier, o al Comisario Fernández directamente. Cada vez camino más lento. El miedo paraliza, y reconocer la sensación es lo que me hace seguir adelante. No tengo mucho en mi vida, pero todo lo que logré fue a costa de vencer el miedo. Ya tomé la decisión en frío, lejos de este lugar, y sé que es la mejor para todo el mundo. Para Trini al menos. No puede ser el miedo lo que me detenga.

Son casi las doce del mediodía, y el sol está perpendicular sobre mi. Un rayo de luz se abre paso entre las nubes y me da de lleno en el pecho. Esa mínima onza de calor hace que me de cuenta del frío que siento. Estoy casi temblando, pese a que la gente por la calle camina desabrigada.

Y allí, en la esquina, sin que le dé la luz del sol, y en una extraña penumbra, veo lo que vine a buscar. El Eternauta.


Capítulo 11. Lola Mora
Capítulo 13. El Eternauta

Minuto a minuto


Llega un momento en la carrera de toda persona, en que las opciones son el éxito fulgurante, o el retiro. En el caso de los productores televisivos, ese momento es a los dos meses de haber conseguido el trabajo.

Así estaba yo, desesperado por crear el éxito que me catapultaría a las mieles de las cuentas abultadas, los autos rápidos, y las modelos aún más rápidas. Y a la vez, desesperado.

Me acercaba a mi cumpleaños número veinticinco, y Dios no me había dado ninguna idea provechosa, por lo que cada vez con más frecuencia recurría al Diablo, con idénticos resultados. La solución no estaba afuera de este mundo, pero tampoco en él.

Fue en una charla en alguna universidad, a pendejos aspirantes a dejarme sin laburo, donde uno de ellos me dio la solución. El taradito se acercó temblando, al final de la exposición, y con el respeto propio que mi cargo de productor auxiliar le inspiraba, me habló.

-Señor, disculpe. Yo tengo una idea, y me gustaría saber qué piensa de ella.

Mientras revisaba mis e-mails, ninguno de los cuales valía siquiera los caracteres con que habían sido escritos, le hice una seña para que empezara a hablar.

-El Show de la Infidelidad –dijo el pibe, como si fuera una genialidad.

Levanté los ojos del teléfono para ver al autor de tamaña imbecilidad, y me frené en seco. Era un escuerzo vestido de negro, con una polera verde oscura, que hubiera estado fuera de lugar aún en enero, en Aspen. Y en Buenos Aires era Marzo, uno de treinta y dos grados de calor. A la sombra.

Pero no era su ropa del averno, ni sus ojos negros tamaño bolita pequeña de vidrio lo que más me llamó la atención, sino su sonrisa. Tenía unos dientes del color de las teclas del piano, del piano del Titanic, y abría la boca sarcásticamente, como si acabara de salir de la academia “Diente Feliz”.

-Humillación, dolor, venganza, engaño, en fin, tiene todo-dijo la inmunda bestia al terminar la venta de su espantosa idea.

Me dio un papel con su teléfono (el que tiré en plena avenida Corrientes apenas gané la calle), y ese fue el fin de la historia.

Hasta el día siguiente, en que el gerente de programación me acorraló en un pasillo.

-Una idea. Tenés diez segundos para darme una idea, o te quedás sin trabajo.

El pánico me inmovilizó, pero el instinto se hizo cargo, y antes de que pudiera darme cuenta, estaba vomitando el pitch de ventas del escuerzo.

La idea era horrible, y amarilla como el sol. Al tipo le encantó.

El principal problema era cómo convencer a la gente de que descubriera sus infidelidades en cámara, pero se solucionó rápidamente gracias a la intervención del departamento legal, que vino en nuestra ayuda con un contratito. Los participantes que lo firmaran, no podrían demandar a sus cónyuges por las infidelidades que se discutieran en el programa. Así que de golpe, habíamos inventado un salvoconducto, un vehículo legal que limpiaba el pasado con tanta elegancia como exposición. Y si hay algo que la gente ama, es la exposición.

El casting para el primer programa fue gratificante. Había decidido que mi programa (ya era mío), tendría no solo infidelidades, sino glamour, riesgo, aventura y angustia. Y de esto último, toneladas.

Elegí cinco parejas cuyas historias habrían sido rechazadas por el cine, por inverosímiles, y después de trabajar una semana entera en el guión, me senté a ver el programa. Necesidades de programación hicieron que fuera en directo, y un regalo del cielo, que fuera en prime time.

Como preveía, el minuto a minuto trepaba con cada increpación. Cada infidelidad que se confesaba al aire, pagaba una cuota más de mi LCD, y después de varios minutos, supe que podría cambiar el auto antes de fin de mes.

Los teléfonos ardían, y no eran televidentes, sino auspiciantes, peleándose por un minuto en el próximo programa.

La quinta y última pareja era la mejor, por lejos. Había dejado la frutilla para el postre, y la rubia (había sido modelo) cambiaba de color como si fuera la señal de ajuste, con cada párrafo que su pronto exmarido compartía con la audiencia. El tipo se había acostado con la niñera, con la secretaria, con la hermana, y hasta había hecho un trío con las dos mejores amigas de la rubia.

Mis ojos estaban en el monitor del minuto a minuto, pero, aún así, supe lo que iba a pasar antes que nadie. En el segundo en que el marido de la rubia confesó que su suegra le había practicado sexo oral, la rubia sacó una pistola. El silencio fue total y absoluto, de golpe, y mis ojos fueron derecho al minuto a minuto. Parecía que estuviera jugando Argentina, con Maradona y Messi en la cancha, juntos.

En mi cabeza estaba empezando a desocupar la oficina del gerente de programación, que pronto sería mía, cuando sonó el primer disparo, y me trajo a la realidad. El marido tenía una mancha roja en el pecho, como si le hubieran tirado un tomate, pero uno pesado, que lo arrojó de espaldas al suelo.

El murmullo empezó a poblar nuevamente el estudio, pero mis ojos estaban clavados en el monitor nuevamente. No estábamos hablando ya de televisión local, o siquiera venta de formatos al exterior, sino de Hollywood. A esa altura la única gente en Argentina o países limítrofes que no estaba viendo el programa, era la que no tenía televisor.

Las voces se callaron nuevamente, y levanté la mirada, para ver qué era lo que había ocurrido. El caño de la pistola estaba a cinco centímetros de mi frente.

-Vos, fuiste vos. Todo fue culpa tuya-me dijo la rubia, mientras apretaba el gatillo.

Era lógico. Siempre pasa. Dónde unos ven mérito, otros ven culpa. Escuché la detonación, y lo último que mis ojos vieron, antes de cerrarse para siempre, fue el monitor del minuto a minuto.

Estaba en llamas.