La única excepción - The only exception



Cuando era joven
Vi a mi papi llorar
E insultar al viento
Él rompio su propio corazon
Y yo miraba
Mientras él trataba de arreglarlo

Y mi mami juró que
ella nunca se permitiría olvidar
Y ese fue el dia en que prometí
Que nunca le cantaria al amor
Si no existiera

Pero querido,
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción

Tal vez sé, en algun lugar
Profundamente en mi alma
Que el amor nunca dura
Y tendremos que encontrar otros caminos
Para arreglárnoslas solos
O mantenernos serios

Y yo siempre había vivido así
Manteniendo una cómoda distancia
Y hasta ahora
me habia jurado a mi misma que estaba satisfecha
con la soledad

Porque nada había valido la pena, pero,

Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción

Estoy aferrada fuertemente a la realidad.
Pero no puedo
Dejar ir lo que esta frente a mí, aquí
Sé que te irás
En la mañana, cuando te levantes
Déjame con una prueba de que no es un sueño

Ohh

Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción
Tú, eres, la única excepción

Y estoy en camino a creerlo
Oh, y estoy en camino a creerlo

Como quisieras...



Viajero incansable de bondades. Constructor de mi credibilidad. Señor de mis mañanas. Me desnudo de palabras, ensayo un alfabeto de caricias que solo Ud. comprenderá; idioma oculto entre los idiomas, casi secreto, casi verdadero amor.
Cómplices en cada encuentro, locos de Buenos Aires sin hospicio que nos enjaule; hacedores de posibles, responsables del incendio por mirarnos.

Sé como quisieras tenerme.

Vieja receta


El viejo le dice al joven Séneca: no mires atrás, se volverá arena. Te convertirás en sal. Jamás voltees a ver lo que cruza tu espalda, lo que arrastra tu sombra, lo que borran tus huellas.

La derribará el silencio perforándole los huesos. No más miradas cómplices, ni sonrisas. Veintisiete siglos después unos pasos, sin girar sobre si mismos, desaparecen tras un portazo. Jamás vuelvas sobre el mismo camino ni sobre la misma piel, murmura una mujer.

No des vuelta la cabeza, insiste el viejo, todo se volverá arena, se convertirá en sal y quedarán tus ojos sombríos. Jamás volverás a ver el pasado con los ojos perdidos del ayer.

Pero lo que sucede, señor, responde el joven Séneca, es que no se tienen los mismos ojos para mirar el ayer. Aquello que dejamos fuera de nuestra vista, pronto estará fuera de nuestra memoria.

Si alguno busca el olvido, quizá sean estas palabras la fórmula de una vieja y certera receta.

Eternidad insuficiente


Entre que el mecanismo se dispara y cumple su objetivo, hay una fracción de tiempo. Un lapso ínfimo, pero real. Quizá uno se imagina que es exiguo, pero creánme que es suficiente. Y por sobre todas las cosas, doloroso.
Porque en ese instante, se condensa la vida y sus alegrías, la vida y sus sufrimientos, y se convierte en eternidad. Los buenos momentos te abrazan, como una manta caliente en pleno invierno. Lo malo, en cambio, se aparta. Se hace a un lado, como pidiendo perdón, clemencia, deseos de seguir existiendo para así perdurar en su misión de martirizar.
Entonces queda en evidencia que de existir una balanza, se inclinaría por aquello que brinda esperanza, que cobija con calidez el alma.. Son los besos los que se elevan, las risas de antaño las que se dejan escuchar en los oídos de la mente, los recuerdos felices los que triunfan.
Aquello que en términos de tiempo es una expresión mínima, en materia de sensaciones pierde calificativos, porque no existe palabra para definir lo que se produce, el cambio radical que el ser sufre en toda su dimensión. Y si bien es suficiente para el entendimiento, por otro lado, no alcanza.
No lo hace porque lo primero, el entendimiento, lleva a lo segundo, el comprendimiento. Y la falta de compatibilidad entre uno y otro es decisivo. Es un pequeño big bang, una explosión que nos devuelve a la realidad, poniéndonos otra vez en la línea de fuego.
Entonces, aún con el click resonando en nuestros tímpanos, la bala nos traspasa el cerebro.

Te sigo. Capitulo 11. Lola Mora

No hay como una Mimosa con un buen champagne Krug para el desayuno. Es mentira que los franceses sepan hacer un espumante decente. Vino quizás, pero tampoco estoy tan seguro. Y los autos también son un asco. En un mundo perfecto todo lo importante sería alemán. Todo y todos. Altos, inteligentes y fuertes. En un mundo perfecto todos serían como yo. Y si todos fueran perfectos, yo sería más perfecto aún.

Para variar estoy de buen humor esta mañana, y hasta le encuentro algo de gracia al sol sobre el agua. No tanto para entender como hay gente que contrae deudas por algo tan abstracto como un reflejo; que pagan sumas absurdas (para ellos) por un miserable departamento de escasos metros cuadrados con vista de refilón al charco. Pero hoy tengo que reconocer que lo estoy disfrutando.

Ayuda por supuesto que mi amigo ChangoXD está por llegar, y tengo ganas de ver su cara. De alguna manera que todavía no puedo precisar siento que nos une un lazo, algo más fuerte que una simple casualidad. O quizás sea una expresión de deseo, la búsqueda de un significado más profundo que el del azar o la simple confrontación.

Entre las cosas que lamento está no ver como pasó estas cuatro horas desde que le envié el mensaje vía Twitter. Yo dormí el sueño de los justos. Pero no él, ¿cómo podría sabiendo que alguien lo busca? Hay tormentos aún mejores que los físicos, y lo sé yo que los he inflingido todos. Tengo que pedirle a mis amigos de El Eternauta una filmación de Trini, para pasarle al Chango cuando lo tenga conmigo. Si, debo hacerlo. Trini es otro motivo de remordimiento. Quizás si termino rápido con el Chango la pueda recuperar para mi. Si es que no está ya demasiado baqueteada.

Son las diez menos cinco y me sorprende no verlo todavía por acá. Pensé que él estaría más ansioso. O seré yo quien odia esperar. Desde aquí arriba siento que puedo escupir a Dios en la cara. Si todos los imbéciles mediocres supieran como se siente el poder real no perderían sus miserables vidas recibiendo suelditos.

Un auto se detiene al lado del monumento y siento mi corazón palpitar aún más fuerte. Al fin. Para la ocasión tengo preparada una máquina digital Pentax, con un zoom que me permite ver qué están cocinando en Colonia. Costó lo que pedirían por un autito de esos baratos que usa la gentuza, y seguramente la use una sola vez, pero que vez.

Ahí está, si, camisa rosa. Bajándose de ese autito burgués que parece algo mejor de lo que maneja la mayoría de los que manejan. Vento, dice el modelo, pero me concentro en la patente del auto, que es lo que realmente me interesa. También saco fotos de la cara del tipo. Me siento feliz de que parezca un digno adversario.

Cuarenta a cuarenta y cinco años, metro ochenta, flaco y atlético. Supongo que alguna gente lo encontraría atractivo. Esa mandíbula cuadrada que ha hecho famosos a varios actores, y nariz aguileña. Ojos marrones. Este zoom de mierda vale cada centavo de los que pagué por él.

Veo al Chango pasearse nervioso alrededor del monumento, y lo dejo por unos minutos. Tomo uno de mis celulares y hago el llamado. Atienden a la primera, como debe ser, con lo que estoy pagando. Le informo marca y patente del auto.

-Si. Apenas lo tengas pasamelo– y corto.

Preparo otra Mimosa mientras veo al Chango dar vueltas. Su impaciencia me causa algo de tristeza. ¿Realmente me creyó tan estúpido como para venir? Y siento más tristeza aún: ¿es él tan estúpido como para hacerlo? Que una pendeja del montón como esa Trini le preocupe al punto de entregar su vida por la posibilidad de salvarla es infantil.

Sé que el Chango ha matado, a mi discípulo, si así se le puede llamar, cuando menos. Así que conoce la sensación, ha experimentado el éxtasis, la adrenalina. ¿Cómo puede alguien así ser tan descuidado? En mi egoísmo noto que lo que me molesta sobremanera es la falta de desafío de la situación entera. Será más fácil de lo que llegué a pensar. Tantos preparativos para tan poca cosa. Una vez más estoy desperdiciado.

A esa altura, y después de haber estado observando todo durante más de una hora, estoy seguro de que vino solo. No he visto autos que se hayan detenido y sigan con la gente adentro, o personas escondidas atrás de los árboles fumando. Y no he recibido ninguna información de procedimiento alguno por esta zona. Cero policías, cero ayudantes. Solo en la inmensidad, el infeliz de camisa rosa.

Suena el teléfono.

-Si, pasame un mail con todos los datos. Si, foto también –me molesta la inoperancia de la gente que ensucia un simple intercambio de información con búsqueda de halagos.

La policía es efectiva cuando recibe efectivo, regla de oro que jamás hay que olvidar, pienso mientras me siento frente a la computadora.

Lo primero que veo es un mensaje de @ChangoXD ¿Y, te estoy esperando?

Eso me gusta. Agresividad. Imaginarlo sangrando en mi Panic Room de Nordelta me provoca una corriente eléctrica. Si tan solo fuera un luchador, alguien que en lugar de rogar por su vida escupe en la cara de la muerte. En mi cara. Todo es posible. No quiero contestarle aún por miedo a escribir algo que deje entrever mi entusiasmo.

Abro mi correo electrónico y veo una foto del ChangoXD. Es sin duda la misma persona, y me alegro de que la policía no haya cometido otro de sus infantiles errores esta vez. Ah, bendito dinero que abre puertas que de otra forma estarían selladas.

El nombre de Ignacio Pérez hace sonar alguna campana en mi cerebro, y siento que empiezo a tener una erección. Su domicilio también coincide y seriamente empiezo a creer en la existencia de Dios. O de su alter ego, el diablo.

No hay casualidades, sino causalidades dicen los mediocres, pero cuanta razón tienen. Ignacio Pérez es ChangoXD, y ha sido él quien tocó a mi puerta.

Todos los relojes se aceleran y las cosas que hay que hacer son tantas que me siento atosigado. Tanto que resisto con cada parte de autocontrol las ganas de masturbarme. “Ignacio Pérez”. El nombre es música en mis oídos.

Me despido de Trini, a quien no veo forma de poder atender en los próximos días. Su lugar en la lista ha sido ocupado por varias personas de golpe. Tamborileo los dedos contra el espejo del ascensor mientras pienso en la paraguaya encerrada en mi casa de Nordelta. Otro desperdicio. En lugar de algo largo y placentero deberá ser rápido y casi indoloro. Supongo que hay algunas personas con más suerte que otras.

Mi Mercedes Benz 500, vidrios polarizados pasa a metros del monumento, donde un hombre con absurda camisa rosa espera impaciente.

-Ignacio –siento que susurro en su oído – conocer a tu hija fue un placer. Conocerte a vos será el paraíso.


Capítulo 10. Amigo
Capítulo 12. La previa

Todo tiene que ver con todo

...Como el transbordador espacial y el culo de un caballo romano. Es así.


Cuando vemos el transbordador espacial en la torre de lanzamiento, podemos apreciar los dos depósitos auxiliares de combustible adosados al principal.

Estos se fabrican en Utah por la empresa Thiokol. Los ingenieros que los diseñaron hubieran preferido que fueran mayores, pero estos depósitos se tenían que transportar por tren hasta la base de lanzamiento. La línea férrea entre la fábrica y Cabo Cañaveral cruza las Montañas Rocosas a través de un túnel, que no permite el paso de depósitos de mayor tamaño.

Pero ¿por qué el túnel tiene estas dimensiones?
Porque la anchura de los túneles viene determinada por la anchura del tren y éste, a su vez, tiene relación directa con la separación de los raíles. La distancia estándar entre los raíles de la vía del tren en Estados Unidos es de 4 pies y 8,5 pulgadas (unos 1,4 metros).

Es una cifra particularmente extraña. ¿Por qué se adoptó esta medida?
Porque los ferrocarriles norteamericanos se construyeron igual que los británicos por ingenieros ingleses, que pensaron que era una buena idea ya que permitiría usar locomotoras inglesas.

Muy bien, pero ¿por qué los ingleses los construyeron de esta forma?
Porque las primeras líneas de ferrocarril fueron diseñadas por los mismos ingenieros que construyeron los tranvías, que ya utilizaban esta misma medida.

Pero ¿por qué esta distancia?
Porque los constructores de tranvías eran los mismos que anteriormente construían carros y utilizaban los mismos métodos y las mismas herramientas.

Pero ¿por qué los carros utilizaban este estándar?
Porque en toda Europa las roderas en los caminos estaban ya marcadas y cualquier otra medida hubiese causado la rotura de los ejes de los carros.

Claro, pero ¿por qué los caminos tenían la misma separación entre las roderas?
Porque los caminos se remontaban a los tiempos de los romanos y se hicieron para facilitar el desplazamiento de las legiones.

Pero ¿por qué los romanos adoptaron esta medida?
Porque los carros de guerra romanos estaban tirados por dos caballos. Los caballos galopando uno al lado del otro debían tener la suficiente separación para no molestarse. Con el fin mejorar la estabilidad del carro, las ruedas no debían coincidir con las pisadas de los caballos y a la vez no estar demasiado separadas para no causar accidentes cuando dos carros se cruzaran.

Hemos encontrado nuestra respuesta a la pregunta inicial. La separación entre los raíles del ferrocarril norteamericano (1,4 metros) viene determinado porque 2.000 años antes, en otro continente, los carros romanos se habían construido en función de las dimensiones del culo del caballo.

PRIMERA CONCLUSIÓN
Una restricción en el diseño del medio de transporte mas rápido del mundo, el transbordador espacial, viene determinada por el ancho del culo del caballo.

SEGUNDA CONCLUSIÓN
La próxima vez que veamos unas especificaciones técnicas y nos preguntemos si se han hecho como el culo, la respuesta es SI. Como tantas otras cosas...

Te Sigo. Capítulo 10. Amigo

El mensaje llega de inmediato: “A las diez en Monumento a Lola Mora. Camisa Rosa”. @Kampeon69.

“OK”. Contesto rápido, solo para darme cuenta de que no pensar es un lujo que tengo que terminar de darme, más en el beneficio de Trini que en el mío propio.

Son las seis de la mañana, y tengo estas cuatro horas para salvar a Trini. A las diez el tipo probablemente me mate. La Costanera Sur, lugar donde está ubicado el monumento es ideal para hacer cualquier cosa con cero testigos. Y la camisa rosa que me pide llevar le hará más fácil el asunto. ¿Pensará dispararme?

Podría usar este tiempo para preparar el terreno. Llamar a la policía y que rodeen la zona. De solo pensarlo me río. Es la forma más fácil de matar a Trini.

Llego a mi oficina esperando no encontrar a nadie, y en el acto me desilusiono. Las luces de la oficina de Javier están encendidas, y escucho el ruido de los dedos sobre las teclas.

Me asomo y me encuentro con una imagen que hasta no hace mucho podría haber sido la mía. Siento nostalgia. El escritorio está tapado por tazas de café, platos y una caja de pizza vacía. Un cenicero con dos cigarrillos apagados y los Beatles sonando de fondo. Javier me mira con cara de haber trabajado ocho días seguidos. Y sonríe.

-Ignacio, al fin por acá.

No hay reproche en su voz, sino sincera felicidad. Javier ha estado llevando la mochila de esta empresa por un año, sin haberse quejado jamás. Solo. Merece quedársela, que es lo que ocurrirá.

La sonrisa de Javier se va borrando de a poco, y es reemplazada por un gesto de entendimiento.

-No viniste a laburar.- Es una afirmación.

No necesito palabras con Javier. Nos conocemos desde hace más de veinte años, y hace quince que compartimos todos los días de la semana, más muchos sábados, y varios domingos. Juntos hemos creado algunos de los juegos más populares del mundo para todo tipo de consolas. Nos gusta lo que hacemos, o me gustaba, para ser preciso

Hace un año que no escribo una línea de código.

Javier se para y prende un cigarrillo. Me tira el paquete. Sabe que hace años que no fumo, pero por alguna razón (quizás tenga yo olor a cigarrillo), sabe también que ahora fumaré. Prendo otro.

Me mira de arriba hacia abajo. Sus ojos se detienen en mi cintura, y veo, como ve él, la culata de mi Glock asomando bajo mi campera de jean. No dice nada.

El silencio se mantiene unos segundos.

-¿Qué necesitás?

No hay pedido de explicaciones, menos aún quejas o reproches. Una oferta sincera que tendría que rechazar de inmediato. Pero no puedo. No esta vez y no con las apuestas que están arriba de la mesa. Javier puede ayudarme. Más importante aún, puede ayudar a Trini.

-Vení, vamos a la sala de reuniones – le contesto.

La sala de reuniones es el paraíso de todo adicto a las computadoras, y mi infierno personal. Acá pasé grandes momentos, y la culpa por haberlo hecho, en lugar de estar en lugares donde debería haber estado es enorme.

Abro mi notebook y le muestro una foto de la cara de Trini. Voy sin anestesia.

-Es Trinidad, le dicen Trini. Dieciocho años. Vive en Olivos. La secuestraron ayer al mediodía o a la tarde, no sé bien. El tipo que la tiene me contactó por Twitter, y quiere verme en algunas horas en Costanera Sur.

Menos de cinco segundos bastan para describir una situación desesperante, y el mismo tiempo le toma a Javier absorberla. Cierra los ojos y muy a pesar mío sonrío por primera vez en mucho tiempo. He visto la misma imagen un millón de veces, la búsqueda de la solución increíble para un problema puntual, y virtual. El protagonista está rodeado por máquinas asesinas y hay que crear una puerta a un mundo que sea seguro durante cinco minutos, y cien veces peor después. Pero no hay virtualidad alguna en este caso. O tal vez si.

-Esta Trini, tiene Twitter, me decís. – pregunta después de unos dos minutos.

Le paso mi máquina con el perfil de Trini y sus dedos empiezan a volar por el teclado. Pero no es suficiente y ya giró para prender dos pantallas más.

-El Facebook no se mueve hace dos días – se dice a sí mismo – y tiene Gmail, Hotmail y Yahoo. ¿Para qué carajo tienen tantas cuentas los pendejos hoy en día?

Fue una pregunta retórica, pero una que yo podría contestar a la perfección. Las tienen para que sus padres no las vean, para crear perfiles que respondan a otros perfiles. Para jugar juegos que no entienden, con gente peligrosa. Para crecer sin haber crecido. Es la puerta a una dimensión donde todos son lindos y bien intencionados, hasta que dejan de serlo.

-El de Yahoo no tiene nada. A los otros dos no puedo entrar.

Si tan solo la vida fuera como las películas, en las que cualquier hacker entra en una cuenta de correo y hasta de banco con tan solo tipear cinco claves. Pero no es así, y hoy lo lamento más que nunca.

Javier mira su reloj lo cual no es buena señal. El necesita estar concentrado por completo para que los resultados sean óptimos. Si por su cabeza ronda mi reunión de las diez no llegaremos a ningún lado. Una vez más me equivoco.

-Son las siete. San Francisco a esta hora está muerto. Va a tener que ser Europa. Es más caro y no es tan bueno. Pero es lo que hay.

No habla conmigo. Se por experiencia que le importa nada describir progresos y aún menos recibir elogios. Las máquinas que están sobre la mesa valen decenas de miles de dólares, y aún así la mente más potente es la de Javier.

-Ladrón de mierda – insulta mientras vuelve a tipear.

Pienso en Carolina mientras la imagino ayudando a Javier en la empresa. El día de mañana, o mañana mismo. Ella tiene lo necesario para mantener esto a flote. Javier es el genio de las máquinas. Yo no soy manco, pero lo mío siempre fue tomar las decisiones. Las jodidas en los momentos difíciles, algunas de las cuales salieron mal y otras muy bien. Y Carolina tiene el carácter que a Javier le falta.

La impaciencia pega fuerte y siento la necesidad de caminar. Es una buena hora para hacerlo, cuando aún no hay nadie, como cuando empezamos. Son las mismas paredes blancas, que pintamos Javier y yo en varios fines de semana; pero ahora están cubiertas de afiches de los juegos que inventamos. Y de premios. Los muebles son distintos, por supuesto, y también el resto de la decoración. Pero no hay una sola cosa que no haya sido puesta con cariño. Y no hay una sola persona que trabaje acá que no estimemos. Si, ha sido una buena cosa la que hicimos.

-Treinta y cinco mil – grita Javier desde la sala de reuniones – Euros.

Vuelvo a la habitación y lo encuentro con esa cara de frustración que tan pocas veces le veo.

-¿Qué? ¿De qué hablás?

-Un francés tiene los códigos. De las dos cuentas. Eso pide por todo el historial. Los riesgos, bla bla bla, y la mar en coche. No lo larga por un centavo menos de eso. Tenemos que esperar a la costa oeste. Es más barato. Y ahí también se consiguen.

-¿Qué abarca el historial?

-Todo desde el día cero, según dice este turro. Enviados, recibidos y borrados. El tipo hackea derecho al corazón de los servidores. Adjuntos también. Y dice que le cuesta lo mismo el de hace cinco minutos que el de hace cinco años. Por eso vende todo junto.

Es lo que necesito, y lo necesito ya. No puedo arriesgarme a esperar, y peor aún. Esperar no garantizará que alguien en Estados Unidos lo consiga. Es lo que quiero y necesito, pero no tengo esa plata. Doce mil dólares es todo lo que puedo juntar. Más lo que saque de vender el auto. Estrello un puño contra la pared. ¿A eso se reduce todo? ¿Plata de nuevo? Es mentira que las vidas no tienen precio, lo que no hay es plata para pagarlo.

Javier no es rico, pero es soltero, y es probable que pueda reunir el dinero. Ahorra, invierte y gasta poco y nada. Pero simplemente no puedo pedírselo. Quizás vendiendole mi parte de la empresa. Vale eso y más. Y dejar a Carolina sin nada.

Mi pensamiento se detiene por el ruido de la impresora. No sé cuanto tiempo debo haber estado estudiando la factibilidad de juntar el dinero, pero no fue poco.

Javier escanea hojas con atención, hasta que se detiene en una.

-Tomá. Acá está.

-¿Qué hiciste, boludo?

Otra pregunta retórica. Sé ahora que el tiempo que desperdicié lamentándome lo usó para transferir los euros, y que lo que me está dando es un mail.

Está fechado ayer, y habla de una reunión en un bar del barrio de Floresta. “El Eternauta”.

Y en algún lado Trini respira unos minutos más.



Capítulo 9. Burocracia
Capítulo 11. Lola Mora