
El problema con el asunto de la Biblia y de la Historia es que hay una gran cantidad de campos que pueden contribuir valiosa información –arqueología, paleontología, geología, lingüística, etc.– pero esa información es descartada en favor de aquello que la mente concibe como resultado de su “anhelación compulsiva”. En el otro extremo tenemos a la mitología y a la historia. Desafortunadamente ellas son muy similares porque, como bien sabemos, “la historia la escriben los ganadores”. Y la gente es propensa a cometer actos altamente censurables en situaciones difíciles, que posteriormente procurarán encubrir con la intención de proyectar a la posteridad una imagen de sí mismos que sea lo más favorable posible.
Los más antiguos textos en hebreo que se conservan del Antiguo Testamento, son los que se encontraron en Qumran, que apenas se remontan a dos o tres siglos antes de Cristo. Previo a su aparición, la más antigua versión descubierta era una traducción al griego que data aproximadamente del mismo período. Y el texto completo en lengua hebraica que presenta mayor antigüedad, tan solo data del siglo décimo DC, así que hay algo que no está bien con este estado de cosas.
Se tiene la creencia general, como resultado del análisis textual, de que una pequeña parte del Antiguo Testamento se escribió alrededor del año 1000 AC y que el resto data de aproximadamente el 600 AC. La Biblia, tal y como la conocemos, es el resultado de numerosos cambios a lo largo de los siglos, y hay tal número de contradicciones dentro de ella que no tenemos espacio suficiente para listarlas. Existen bibliotecas enteras dedicadas a este asunto, y le recomiendo al lector revisar el material con el fin de tener un fundamento sobre el cual poder juzgar las cosas que voy a decir.
Los estudiosos de la Biblia generalmente sitúan a Abraham entre los años 1800 y 1700 AC. Los mismos estudiosos sitúan a Moisés entre el 1300 y el 1250 AC. Sin embargo, cuando rastreamos las generaciones tal y como aparecen listadas en la Biblia, ¡solamente encontramos siete generaciones entre ambas figuras patriarcales! Cuatrocientos años es demasiado para tan solo siete generaciones. Considerando entre 35 y 40 años para cada generación, eso colocaría a Abraham alrededor del 1550 AC y a Moisés alrededor del 1300 AC. Esto obviamente significa que hay varios cientos de años de los que no se da cuenta alguna dentro del texto. Remontándonos hasta la figura de Noé, y utilizando la misma lista de generaciones suministrada por la Biblia, llegamos a una fecha entre el 2000 y el 1900 AC: la época aproximada del arribo de los Indoeuropeos al Cercano Oriente. Los registros geológicos y arqueológicos no dan cuenta de ningún cataclismo en esa época, pero en cambio sí hay evidencias de lo que se podría denominar como una discontinuidad global de orden cataclísmica hace alrededor de 12,000. Así que tenemos en este caso un faltante de alrededor de 8000 años, días más o menos.
En un sentido más general, el utilizar la Biblia como una fuente histórica de información presenta una serie de problemas insuperables, en particular cuando se considera el factor “mitificación”. Hay muchas contradicciones en el texto que no es posible reconciliar por ninguna suerte de contorsionismo teológico o mental. En ciertos lugares se describe la ocurrencia de eventos en cierto orden, mientras que en otros se indica que ocurrieron en un orden diferente. En un lugar la Biblia dice que había dos de algo, y más adelante dice que eran 14. En una página la Biblia dice que los Moabitas hicieron algo, y unas cuantas páginas más adelante dice que los Midianitas hicieron exactamente lo mismo. Hay incluso una instancia en la se describe a Moisés visitando el Tabernáculo, ¡antes de que este hubiera sido construido! (y a menos de que Moisés pudiera viajar en el tiempo, no se concibe cómo podría suceder tal cosa).
Hay otros detalles en el Pentateuco que suponen problemas adicionales: se indican ciertas cosas que es imposible que Moisés haya podido saber si hubiera vivido cuando se dice que lo hizo. Hay un caso particular en el que Moisés dice algo que no pudo haber dicho: el texto relata su misma muerte, y esto es altamente improbable que haya podido ser relatado por Moisés. ¡El texto también afirma que Moisés era el hombre más humilde sobre la faz de la Tierra!
La Inquisición se hizo cargo de lidiar con todos estos problemas durante buena parte de los últimos dos mil años, y de una manera similar también se encargó de los Cátaros y de cualquier otro grupo de individuos que no aceptara la versión oficial de las cosas promulgada por el establecimiento judeo-cristiano.
Para los judíos, las contradicciones no eran tales, sino solamente “aparentes contradicciones”, ¡y todas susceptibles de ser explicadas por vía de la “interpretación”! (Yo podría añadir que estas interpretaciones eran usualmente más fantásticas que los mismos problemas). Moisés era capaz de “saber cosas que no debería haber sabido” porque él era un profeta. Los comentaristas bíblicos medievales, tales como Rashi y Nacmánides, eran sumamente duchos en reconciliar lo irreconciliable.
En el siglo 11 Isaac ibn Yashush, un médico de la corte morisca española y auténtico revoltoso por naturaleza, mencionó el hecho embarazoso de que la lista de reyes edomitas que aparece en Génesis 36 incluye algunos reyes que vivieron mucho tiempo después de que Moisés había muerto. Ibn Yashush sugirió lo obvio, que la lista debía haber sido compilada por alguien que vivió en fecha posterior a Moisés. Desde entonces se le conoció como “Isaac el Desatinado”.
El tipo que inmortalizó al listo de Isaac con tal apelativo fue Abraham ibn Ezra, un rabino de la España del siglo 12. Pero Ibn Ezra nos enfrenta con una paradoja, porque él también escribió acerca de los problemas que existen con el texto de la Torah. Alude a numerosos pasajes que no parecen ser obra de la mano de Moisés puesto que se refieren a este en tercera persona, emplean términos que Moisés no podía conocer, describen lugares en los que Moisés nunca estuvo, y utilizan un lenguaje que pertenecen a una época y un ambiente totalmente ajenos a los de Moisés. De manera bastante misteriosa, escribió: “Aquel que entiende reconocerá la verdad. Aquel que entiende guardará silencio”.
En el Damasco del siglo 14, un estudioso de nombre Bonfils escribió una obra en la cual decía: “Y ello constituye evidencia de que este verso de la Torah fue escrito en época posterior, y ciertamente no por mano de Moisés”. Ni siquiera estaba negando el carácter de “revelación” de la Torah, sino meramente haciendo un comentario razonable. Trescientos años más tarde se reimprimió su obra pero en esta ocasión eliminando dicho comentario.
Bueno, por supuesto que todas estas cosas comenzaron a ser examinadas de una manera más crítica con el advenimiento del Protestantismo a la escena religiosa y con la creciente demanda de una mayor disponibilidad del texto mismo. La Inquisición y otras “majestades católicas” intentaron sin éxito mantener el asunto bajo control. Pero los efectos de las creencias son muy curiosos. En este caso, con el incremento del alfabetismo y la disponibilidad de nuevas y mejores traducciones del texto, el “examen crítico” llevó a la decisión de que el problema era solucionable afirmando que efectivamente Moisés escribió la Torah, pero que sucesivos editores posteriores habían agregado una que otra frase de su propia cosecha.
¡Uf! ¡Esa había estado cerca!, pero al final salieron bien parados.
Un detalle en extremo curioso es que la Iglesia incluyó en su lista negra a uno de los proponentes de la idea de las inserciones editoriales, mismo que solamente intentaba preservar el carácter de textus receptus de la Biblia. ¡Sus obras se colocaron en la lista de “libros prohibidos”! Tal parece que algunas personas no pueden evitar dispararse contra su propio pie.
Bueno, finalmente, y después de cientos de años de darle enormes rodeos al asunto, algunos estudiosos se armaron de valor y abiertamente sostuvieron que Moisés no escribió la mayor parte del Pentateuco. El primero en afirmar tal cosa fue Thomas Hobbes. Señaló que el texto algunas veces asegura que tal o cual cosa ha perdurado tal como se afirma y hasta nuestros días. El problema con ello es que ningún escritor que estuviera describiendo una situación contemporánea la describiría como algo que ha perdurado por mucho tiempo y “hasta nuestros días”.
Isaac de la Peyrère, un calvinista francés, anotaba que el primer verso del Deuteronomio dice: “Estas son las palabras que Moisés habló a los hijos de Israel al otro lado del Jordán...”. El problema es que estas palabras se refieren a alguien que se encontraba en el otro lado del Jordán con respecto al escritor mismo, o lo que es lo mismo, a alguien que está al OESTE del Jordán al momento de escribirse, y describen lo que ha dicho Moisés a los hijos de Israel al ESTE del Jordán. Y el asunto se agrava aún más por cuanto se supone que, durante su vida, ¡Moisés mismo nunca estuvo en Israel!
El libro de de la Peyrère fue prohibido y quemado. Él fue arrestado y se le dijo que las condiciones para su liberación eran la conversión al catolicismo y la retractación de todo cuanto había escrito. Aparentemente decidió que la discreción era la mejor aliada del valor. Considerando la frecuencia con que ocurrían estas cosas, uno no puede menos que preguntarse acerca de la “santidad” de un texto que debe ser preservado bajo amenaza de tortura y derramamiento de sangre.
Richard Simon, antiguo protestante y convertido en sacerdote católico escribió un libro en el que afirma que Moisés escribió toda la parte medular del Pentateuco, a la que luego se le insertaron “algunas adiciones”. No obstante, estas adiciones fueron claramente realizadas por parte de escribanos que estaban bajo la guía de Dios o del Espíritu Santo, así que está bien que hayan recopilado, arreglado y expandido el texto original ya que Dios siempre estuvo a cargo del asunto.
Y uno pensaría que la Iglesia estaría satisfecha de salir relativamente bien parada de un embrollo, ¡pero no! Simon fue objeto de ataques y terminó expulsado de su orden por injerencia de sus propios correligionarios. Los protestantes, por su parte, escribieron cuarenta refutaciones de su obra, y solo seis copias de su libro consiguieron escapar a la hoguera. John Hampden tradujo una de estas, solo para meterse también en serios problemas, pero “en 1688 terminó por retractarse de las opiniones que había compartido con Simon [...], de seguro justo antes de ser liberado de la Torre”
En el siglo 18, tres académicos no relacionados estaban estudiando el asunto de los “duplicados”, o historias que se recuentan en la Biblia en más de una ocasión. Hay dos diferentes historias acerca de la creación del mundo; dos historias acerca del pacto entre Dios y Abraham; dos historias de acerca de la designación del nombre de Isaac, hijo de Abraham; dos historias de la declaración de Abraham, en presencia de un rey extranjero, de que su esposa era su hermana; dos historias del viaje a Mesopotamia de Jacob, hijo de Isaac; dos historias de la revelación de Jacob en Beth-El; dos historias de cómo Dios cambió el nombre de Jacob a Israel; dos historias de cómo Moisés obtuvo agua de una roca en Meribah, etc., etc.
Aquellos que sencillamente no podían renunciar a su creencia a priori en el postulado de que Moisés escribió el Pentateuco, intentaron justificar los “duplicados” diciendo que siempre eran complementarios, no repetitivos ni contradictorios. En algunas ocasiones trataron de estirar aun más esta idea afirmando que los “duplicados” estaban allí para “enseñarnos” algo a través de unas contradicciones que en realidad no eran tales.
Esta explicación, no obstante, no conseguía salir bien parada a la luz de otro hecho: que en la mayoría de los casos, una de las versiones de un duplicado se referían a la deidad mediante su nombre divino, Yahveh, mientras que la otra se refería a la deidad simplemente como “Dios” o como “El”. Lo que esto significa es que había dos grupos paralelos de versiones de las mismas historias, y que cada grupo casi siempre era consistente en cuanto al nombre de la deidad que utilizaba. No solo eso, sino que además había una serie de términos y características que aparecían en forma regular en uno u otro grupo de versiones, y lo que se demostraba con ello era que alguien había tomado dos antiguas fuentes documentales y había realizado un trabajo de corte y pegado para formar una narrativa “continua”.
Una de las maneras de poner todas esas conclusiones es que la Biblia ha estado proclamando una historia de los primeros 600 años de Israel que probablemente nunca existió: todo ha sido una mentira (!).
Bueno, esto difícilmente se podía tolerar. Luego de tantos años de acondicionamiento de la gente para creer en el “Fin del Mundo” y de presentar a Jehová o a Cristo en el papel de salvadores de los escogidos durante este terrible evento, la mera sugerencia de que bien podría no haber ningún “salvador” y el terror de la condición humana que todo ello evocaría, sencillamente eran demasiado. Entonces apareció la caballería al rescate en la persona de Julius Wellhausen (1844-1918).
Wellhausen sintetizó todos los descubrimientos con la intención de preservar los sistemas de creencias de los académicos de orientación religiosa. Hizo una amalgama entre la visión de que la religión de Israel se había desarrollado en tres etapas y la visión de que los documentos también habían sido escritos en tres etapas, y luego procedió a definir estas “etapas” con base en el contenido de cada una. Rastreó las características de cada etapa, examinando la forma en que los diferentes documentos presentaban la religión, el clero, los sacrificios y los lugares de adoración, así como las diferentes festividades religiosas. Consideró las secciones narrativas y legales, así como los otros libros de la Biblia, y al final suministró un “marco plausible” para el desarrollo de la religión e historia judías. La primera etapa era el período “naturaleza/fertilidad”; la segunda era el período “espiritual/ético”, y la última era el período “sacerdotal/legal”. Como apunta Friedman: “Hasta la fecha, si uno está en desacuerdo, está en desacuerdo con Wellhausen. Si uno quiere proponer un nuevo modelo, debe comparar sus méritos con los del modelo de Wellhausen.”
Nuevas herramientas y métodos de la época moderna han posibilitado la realización de un trabajo realmente admirable en las áreas del análisis lingüístico y la cronología del material. Adicionalmente, ha habido una febril actividad arqueológica desde la época de Wellhausen, que ha producido enorme cantidad de información acerca de Egipto, Mesopotamia, y otras regiones aledañas a Israel. Esta información proviene de tabletas de arcilla, inscripciones en las paredes de las tumbas, templos y habitaciones, e incluso papiros. Aquí nos topamos con otro problema: en ninguna de las fuentes recopiladas, sean estas egipcias o del Asia Occidental, existe referencia alguna a Israel, su “famoso pueblo”, sus fundadores, sus conexiones bíblicas, ni cosa similar, con anterioridad al siglo 12 AC. Y el hecho es que incluso por 400 años después, no es posible deducir más de media docena de alusiones, que además resultan cuestionables en su contexto. Aun así, los judíos ortodoxos fundamentalistas se aferran a este puñado de referencias como quien está a punto de ahogarse y lucha por asir briznas de paja. Curiosamente, los Cristianos Fundamentalistas vuelven deliberadamente la vista lejos del asunto como si se vieran conminados por el virtual undécimo mandamiento de “No harás preguntas”.
En fin, el problema de utilizar la Biblia como texto de historia es la ausencia de fuentes secundarias. Hay un enorme volumen de material anterior al siglo 10 AD en varias bibliotecas antiguas, “grano para el molino del historiador”, pero estas fuentes parecen quedarse casi por completo mudas al llegar al término de la 20ava dinastía egipcia. Así que la Biblia, como prácticamente la única fuente que declara cubrir este período en particular, se vuelve muy seductora: no importa que los descubrimientos de la arqueología no “calcen” con sus declaraciones, o que solo puedan hacerse calzar con la ayuda de una buena dosis de infundadas presuposiciones, o mediante el cierre deliberado de la mente a cualquier otra posibilidad.
Pero, ¿podría haber una RAZÓN para explicar este silencio de las otras fuentes? Esa es una buena pregunta acerca de la realidad de las cosas.
De nuevo pregunto: ¿Porqué?
Sabemos que en épocas antiguas los muchos libros que presentaban a la Biblia como rigurosamente histórica fueron inspirados por la motivación fundamentalista de confirmar la “preeminencia moral” de la Civilización Occidental. En el presente este factor pesa menos en los Estudios Bíblicos, y sin embargo existe todavía la tendencia a considerar tales fuentes de manera literal por parte de individuos que se pensaría son capaces de un mayor discernimiento.
A pesar de todo lo antedicho hay una pregunta que siempre quedará "colgando": ¿Quién escribió La Biblia y POR QUÉ?