Dueles. Y no deberías. Nunca he cruzado un abismo que me dejase lo suficientemente cerca de tus ojos como para que ahora duelas así. Cuando te veo demasiado cerca del borde de un alambre en el que yo no sé mantenerme sola. Y palpitas dentro, como las heridas cuando supuran todo aquello que un día decidiste esconder para no darle nombre alguno. Y cada palabra que me niego –que te niego- se encarna bajo las uñas y ahora ya no sé tocar sin pensarte en monocorde. Como si mis dedos estuvieran engrasados a unas marionetas y fueran ellas las que manejan la cuerda de este reloj que no anda.

Dueles. Y no deberías. Sólo te he soñado una noche obtusa y aunque el escalofrío y la sonrisa se me ataron a la raíz de la mañana, no deberías permanecer como una pieza en el rompecabezas onírico de mi realidad perfecta. Allí donde no dueles. Allí donde no existen palabras de cinco letras que debo lanzar a la arena tiñéndola de la noche más negra. El único lugar en el que protegerme.

Porque dueles. Y no deberías.

Letanía

(para leer en voz alta)


Al llegar a la casa la cama vacía, la nevera vacía, el teléfono apagado, las plantas una semana más verdes, como intentando llenar el espacio que no ocupa nadie trepando por las paredes. Todo está callado. Callado y vacío. Y si en la habitación la cama sigue deshecha es porque nadie la hizo al marchar. Siete días de silencio escupidos sin miedo sobre las sábanas. Sábanas blancas y solitarias, de habitación dormida para su dueño cansado y también ausente y también solitario. No hay una espalda contra la que apretarse, no hay otro calor que ese otro que también es silencio y también es ausente, que prestan las mantas. Mantas calladas e inútiles, inútiles mantas que encierren el cuerpo. Cuerpo cansado de aquel que es su dueño y que busca un abrazo y se encuentra las plantas una semana más verdes y la casa vacía y el corazón callado, como un enorme reloj de pared sin paredes. Reloj dispuesto ahí en medio con su tic tac, que busca también cansado algo más allá del eco que pinta la sombra. Sombra que se proyecta desde una pared desnuda y triste también cansada en el piso cansado de tanta hora triste y tanta habitación dormida y tanto gesto ausente y tanto tic tac de un reloj.

Un reloj que no suena, como de corazón callado.

La casa está triste, el cuerpo callado y la cama vacía salvo por el dueño que al final se refugia buscando el calor que no encuentra en las mantas que están calientes pero no tanto. En las sábanas blancas que se dejó sin hacer con una semana de polvo y un siglo de ausencia. Y la noche como la semana se desenvuelve vacía y en la pared ya no quedan sombras contra la luz apagada. Y la cabeza se entierra buscando ese sueño que no tiene forma, esperando esos brazos que nunca le alcanzan y no se oye nada más que un tic tac de reloj muy al fondo, en el pecho enterrado en las mantas que no calientan y las sábanas blancas que no lo son tanto. Y en las paredes tan tristes sin sombras mañana descubrirá ese cuerpo sin sueño las plantas justo una mañana más verdes y acaso, en un instante fugaz, podrá entreverse el lamento tedioso del tic tac de ese otro reloj que es el tiempo que pasa, como una sombra, dejándolo todo un día más solo, igual de vacío, igual de apagado. con ese dueño triste que se descubre abrazando una nada sin todo. Con unas manos que se despiertan buscando el espacio que no ocupa nadie. Y al fondo el tic tac de un reloj en el pecho con su corazón cansado.

Y el tiempo que pasa, el tiempo que es un río cruel en una pared con tu nombre pintado.

Ya es noche.


Seguramente, habría cosas muy parecidas a lo que yo quería. Cosas que, por su semejanza, en la abstracción que son los deseos, no pudiera diferenciar cuando se cruzaran por aquí, de aquellas que en efecto lo fueran. Y en el torrente, habría yo luchado por una sin saber a ciencia cierta a cuál naturaleza pertenecería, como pirata que asalta cualquier barco, porque todos los barcos por fuera se parecían. Y entonces ver la bóveda vacía y descubrir que ya es noche, que ya no hay tiempo para más búsquedas.

Regnum. Potestatum. Gloria.

Gloria. Reino, Poder, Gloria.



Yo nací para ser rey. Desde chico lo sentí así. Desde chico sentí algo especial, algo distinto, correr por mis venas, escurrir por mis ojos. Yo no soy uno mas. Yo no miró al mundo con ojos mundanos. No. Yo veo todo de otra manera. Yo puedo ver mas allá. Puedo ver mucho mas allá. Veo a través de los ojos, y los ojos me hablan. Y mis ojos hablan también. No hace falta que diga nada, solo basta que me miren a los ojos para que vean todo. Son transparentes. Son cristalinos, puros. A pesar de que son oscuros, ellos tienen claridad. ¿Quién mas tiene ese don? ¿Acaso no es eso digno de un rey?

Pero… ¿rey de qué? ¿Un reino, una nación? Qué pregunta. Se supone que un rey debe ejercer un poder, debe dominar, gobernar, impartir, conquistar. Que un rey debe saber luchar, que un rey debe ser el mejor en el arco y la espada entre sus soldados, el mejor en el discurso que cualquier otro predicador. Se supone que un rey debe tener su castillo. Bien, no tengo nada de eso. Nada. Y otra cosa, tal vez la mas importante: se supone que un rey debe ser amado por su pueblo. Por todos los reyes.

Y acá es cuando me pregunto: “¿Soy digno de ser un rey? ¿Soy digno de ser amado?” A veces sueño con el día de mi coronación. Sueño que una orquesta sinfónica y un coro de cientos de voces alaban y honran mi nombre. Que una multitud grita y festeja el nacimiento del rey mas noble y poderoso de todas las historias que se puedan contar. Sueño con algún día ser digno de todo eso.

Pero también sueño. Sueño. Sueño con ser digno de ser amado. Sueño con no ser el único rey de todos los mundos. Debe haber otro por ahí. Otro rey digno de mi adoración. Digno de ser amado.

¿Por qué? ¿Por qué sueño con eso? Porque siento que para eso nací. Para ser rey. Para amar, y ser amado.

LA PROVOCACIÓN (Carta VIII)



A veces a tu cuerpo lo filtran los cristales, se inficiona en el aire y en el humo y se solidifica como un pájaro viejo que se tiende sobre la cama. Para arrancarte la piel no me hacen falta los dedos, basta con soplar
como en superficies antiguas y recupero tu corazón entre las raíces blancas que se hunden incluso sin tocarlas.
Así quiero comerte el corazón como manzana como piedra pómez como tubérculo. Como quien espera
y repasa latitudes a lo lejos mientras mastica. Y si puede, que siga latiendo, como un animal sin piel y con espasmos.

Emma Pedreira. La Coruña, Galicia.

El increíbe hombre menguante



El hombre que se encoge lentamente se cepilla los dientes ante el espejo. Sabe, siguiendo las marcas dejadas sobre el cristal, que es ligeramente, apenas un poco más bajo que ayer. Ni tan siquiera es algo perceptible, fácil achacarlo a las zapatillas, la rugosidad de la alfombra o a cualquier otra cosa, pero el sabe que no es así.

La única verdad es que cada día es más pequeño; que se encoge lentamente de forma imperceptible pero inapelable.

Durante el trayecto en el ascensor no puede evitar compararse con sus compañeros a los que irremediablemente encuentra más jóvenes, más dispuestos para la lucha diaria, pero también para disfrutar y dejarse sorprender en cada paso del camino. Hace siglos él también era así.

Intenta situarse en la parte de trasera del cubículo para que nadie pueda ver su cara ni medir su estatura. Se abre camino hasta el fondo, y con las espalda apoyada contra el espejo se sube sobre sus talones intentando seguir el ritmo marcado por las palabras que brotan en cacofonía su alrededor. Escucha con atención las conversaciones sobre el fútbol, las mujeres que han derribado o cualquier otra cosa que hayan hecho durante el fin de semana. Apenas si logra entender algo de todo eso, pero sonríe y asiente. Eso es lo más importante, asentir, formar parte de todo ese embrollo.

En las reuniones la cosa no mejora: cuando su jefe le cede la palabra y le toca presentar interminables balances llenos de gráficas siente sus miradas cada vez desde más arriba, con sus gafas, sus trajes y sus hondas arrugas de preocupación. Miradme, parecen decir, soy demasiado importante, tengo una hipoteca inmensa, mujer e hijos, he apostado toda mi vida a esta empresa, no puedo perder el tiempo con alguien tan diminuto.

Como todo adulto que se precie de su evolución, el hombre que se encoge lentamente busca con desesperación el punto crucial donde todo se vino abajo. Piensa, no sin cierta inocencia, que él lo tenía todo para haber triunfado en una vida que ahora parece haberle dejado colgado de la brocha. Revisa los diarios y las calificaciones de sus lejanos tiempos en la universidad, fiscaliza con trazos de entomólogo las fotos y anotaciones de entonces, traza una minuciosa radiografía de sus amantes y amigos… Y busca, por encima de todo busca los culpables de ese desastre.

El tipo que se encoge lentamente intuye las cartas marcadas, los días ya recorridos y, lo peor, ha olvidado su mejor truco, el que le volvía invisible con sólo chasquear los dedos. Ahora se encuentra condenado a ser cada más pequeño ante los ojos de un público que le observa en completa indiferencia.

Eso es lo peor, la total y absoluta indiferencia con la que todos parecen asomarse a su propio e intransferible infierno personal. No hay amigos, le gritan las cartas, y ya es tarde, tarde para cualquier otra cosa que no sea dejarse llevar por esa rutina de calendario.

Se sabe encallado en ese punto crucial que figura en todos los mapas y guías de viaje, pero ese conocimiento sirve de bien poco porque ya nada tiene remedio: has llegado ahí a una edad en que la vida tiene mucho más que ver con las creencias que con las realidades, y en el que hasta los espejos que te conocen del día a día son incapaces de seguir mintiendo y devuelven, por fin, el verdadero rostro del tipo al otro lado.

Volvería




Volvería a ser niño para disfrutar de los días sabiendo que por las noches mis padres me protegían Vovería a ser niño sólo para que la inoscencia se apodere de esa criatura dulce e indefensa. Volvería a jugar a que era un superheroe y que solo yo ganaba las batallas. Volvería a soñar con ser estrella de cine y asi poder estar en vista de todo el mundo. Volvería a reir de las cosas mas estúpidas y a disfrutar de las mas simples. Volvería a sentir el cosquilleo de la adolescencia, el aire de libertad y autonomía. Volvería a amar, a compartir, a dar a recibir.. Volvería a caminar bajo las lluvias de verano acompañado de mi pareja, juntos, abrazados. Volvería a presenciar el nacimiento de un hijo, lo mas hermoso que la vida puede dar. Volvería a escuchar esas frases incoherentes de mis hijos, en mi hogar. Volvería a salir con mis viejos amigos de la añorada y alegre juventud. Volvería a cuidar a sobreproteger y malcriar a mis nietos. Volvería a sufrir el dolor de la ausencia de quien fue el tesoro de mi vida MI PAREJA. Volveria a ser niño, a jugar con la inocencia, a soñar, a reir, a sentir y amar a caminar, a escuchar, a cuidar, a sufrir.. a luchar.. Volvería una y mil veces a escribir, ésta, la historia de mi Vida...



Damián Ismael
Septiembre 2001 - Agosto 2010 - Julio 2012

Minutos en la boca



Cada mañana Roberto se levantaba sin necesidad de poner el despertador. No había nada que le inquietara o le pudiera robar el sueño, ni si quiera las preocupaciones, los movimientos nocturnos que protagonizaba la hojarasca seca bajo su ventana, la respiración entrecortada de los fantasmas de su armario o el latido del corazón de todos y cada uno de los libros que apilaba por los rincones de su habitación.

Se levantaba de relativo buen humor, siempre con los dos pies a la vez, intentando aferrarse a la tierra con los dedos y estirando los brazos para rozar el cielo y lavarse la cara con él. Guardaba en una pequeña caja marrón todas las lagañas que podía..., para él eran la representación física de sus sueños y eso era importante. De esta manera lograba tener todos sus sueños en una pequeña caja en el fondo del segundo cajón de su cómoda y así se sentía orgulloso.

Después de desayunar un vaso de jugo y de vestirse lo más favorecedoramente posible, salía a la calle a dar un paseo sin prestar demasiada atención a los lugares por donde pasaba ya que se los sabía todos de memoria, era la consecuencia de ir al mismo sitio cada mañana. Mientras paseaba, Roberto sacaba de sus bolsillos unos minutos envueltos en papel maché de diferentes colores y que, curiosamente, nunca sabía de qué sabor iban a ser hasta que les quitaba el envoltorio y se los metía en la boca. Eran las sorpresas de aquellos minutos que le rodeaban. Justo el que tomó esa mañana era dulce. Suave sabor a buenos presagios, pequeña esfera azucarada que jugaba al fútbol con su lengua haciendo un ruido de tic tac.

Se sentó en el mismo banco de siempre dónde la perspectiva de aquel parque inmensamente verde le hacía sentirse un poco Adán en el paraíso, disfrutando de todo aquello que recibía de la vida sin pedir nada a cambio. Era lo que solía hacer, eso y esperar. Esperar a que los minutos de su vida se le derritieran en la boca mientras jugueteaba con la tela de los bajos de sus pantalones vaqueros, rumiando ensoñaciones con los ojos cerrados que vomitaba nada más llegar a casa.

Pasó media hora, una, o quizá dos, cuando alguien se sentó a su lado con cuidado de no molestar. Fue tan sigiloso que Roberto no se percató de su presencia hasta que notó que su propia respiración parecía estar haciendo un dueto con otra. Abrió los ojos, torció la cabeza y lo vio allí, mirándolo, jugando con las mangas de su camisa, cavilando sobre quién sabe qué, espiando las pupilas de Roberto bajo sus párpados…

-¿Quieres un caramelo? –le preguntó aquel extraño

-¿A qué sabe? –contestó Roberto sin titubear.

-A eternidad.

-Ok, entonces dame uno…, pero sólo si lo compartes conmigo.

-Hecho. –dijo sonriendo mientras lo desenvolvía con suma delicadeza y se lo entregaba.

Querer abrirla



Llamas a la puerta y notas como los nudillos se te hunden en algo parecido a unas natillas de madera de pino. No sabes si has perdido las llaves o es que nunca las tuviste colgadas en tu llavero de “Te pasas la vida esperando y lo único que pasa es la vida”. Intentas hacer memoria para recordar dónde las has podido dejar pero todo está neblinoso, buscas el felpudo de “Bienvenido” pero no lo encontrás, sólo logras mirarte los pies descalzos y en carne viva que van dejando un semi-felpudo de sangre por todo el portal. Y vas e intentas escribir “Bienvenido” con los dedos pero el resultado es una masa informe de letras sin sentido, con lo cual usas el alma como fregona para limpiarlo y dejarlo todo como estaba.

Y vuelves a llamar, pero esta vez al timbre. Suena una melodía que parece que se burla de ti…, no hay duda, se mofa de ti. Llamas más fuerte mientras intentas taparte los oídos pero nadie contesta y tú quieres entrar, necesitas entrar, ansías entrar y ducharte con el gel de tus propios sueños, pero sabes que eso no va a suceder.

Y, finalmente, caes en la cuenta de que la puerta de la utopía raramente se abre, así que decides dar media vuelta y seguir caminando de vuelta a la realidad, esa que te pincha y te quema los pies poquito a poco y, de manera sutil, notas como vas dejando en el suelo unas huellas rojas que escriben tu nombre, apellidos y destino a lo largo del camino de regreso a casa…

¿Qué si te quiero?


¿Qué si te quiero? ¿Qué no te lo dicen mis ojos cada vez que miro los tuyos? ¿Qué si te quiero? Si cada vez que estoy lejos de ti sólo vivo pensando en estar a tu lado. ¿Qué si te quiero? si cada uno de mis logros son dedicados a ti y sé que en mis fracasos estarás siempre ahí. ¿Qué si te quiero? si tú fuiste la persona que regresó la sonrisa a mis labios y la felicidad a mi corazón. ¿Qué si te quiero? si todos mis pensamientos son para ti, si pudieras entrar en mi mente y mi corazón verías que estás en todas partes.