Gloria. Reino, Poder, Gloria.
Yo nací para ser rey. Desde chico lo sentí así. Desde chico sentí algo especial, algo distinto, correr por mis venas, escurrir por mis ojos. Yo no soy uno mas. Yo no miró al mundo con ojos mundanos. No. Yo veo todo de otra manera. Yo puedo ver mas allá. Puedo ver mucho mas allá. Veo a través de los ojos, y los ojos me hablan. Y mis ojos hablan también. No hace falta que diga nada, solo basta que me miren a los ojos para que vean todo. Son transparentes. Son cristalinos, puros. A pesar de que son oscuros, ellos tienen claridad. ¿Quién mas tiene ese don? ¿Acaso no es eso digno de un rey?
Pero… ¿rey de qué? ¿Un reino, una nación? Qué pregunta. Se supone que un rey debe ejercer un poder, debe dominar, gobernar, impartir, conquistar. Que un rey debe saber luchar, que un rey debe ser el mejor en el arco y la espada entre sus soldados, el mejor en el discurso que cualquier otro predicador. Se supone que un rey debe tener su castillo. Bien, no tengo nada de eso. Nada. Y otra cosa, tal vez la mas importante: se supone que un rey debe ser amado por su pueblo. Por todos los reyes.
Y acá es cuando me pregunto: “¿Soy digno de ser un rey? ¿Soy digno de ser amado?” A veces sueño con el día de mi coronación. Sueño que una orquesta sinfónica y un coro de cientos de voces alaban y honran mi nombre. Que una multitud grita y festeja el nacimiento del rey mas noble y poderoso de todas las historias que se puedan contar. Sueño con algún día ser digno de todo eso.
Pero también sueño. Sueño. Sueño con ser digno de ser amado. Sueño con no ser el único rey de todos los mundos. Debe haber otro por ahí. Otro rey digno de mi adoración. Digno de ser amado.
¿Por qué? ¿Por qué sueño con eso? Porque siento que para eso nací. Para ser rey. Para amar, y ser amado.

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