Princes of the universe

Queen siempre me recuerdan a mis noches lisérgicas. Y no porque este grupo fuese por lo general la banda sonora de aquellos momentos, que más bien solían estar aderezadas con rock-punk patrio, sino porque lo fueron una vez, una única vez que ha terminado por convertirse en la representante de todas ellas. De la noche en si recuerdo más bien poco, imagino que habría pasado lo de siempre: muchas risas, mucho hachís, visiones ácidas y alguna que otra huida de los pikoletos que en aquellos momentos siempre se asemejaban a los hombres grises que Momo tanto repudiaba.

Lo destacable fue que, mientras nos alejábamos de una plaza en el que habíamos estado jugando, yo me quedé rezagado atándome el cordón de la zapatilla - cosa que ene se estado puede llevarte varios minutos - así que cuando alcé la vista mis compañeros ya habían avanzado bastante bailando por el centro de la calle. Sonaba Queen, por supuesto. Les observé conmovido, que no ido, y de pronto me sentí testigo del final de una linda película que alegremente terminaba, de haber visto salir títulos de crédito delante de mis narices creo que no me hubiese impresionado lo más mínimo. Entonces, y como me ocurre a menudo, volví a sentirme ese estúpido vouyer sensiblón que se alimenta de situaciones pasajeras, que imprime imágenes y fotografías en su memoria, que se derrite ante momentos que le resultan dolorosamente hermosos: la escena de esos cuatro jóvenes saltarines y felices ajenos a la realidad que pronta les esperaba, al sol que ya volvía, a los quehaceres cotidianos, al tedio de la rutina, a la amenaza del futuro que acechaba pero todavía no impresionaba, ya saben, como ese monstruo del que tanto hablan los mayores pero que nunca vemos. Supe entonces, con apenas 17 años, que me haría mayor. Tuve la inquebrantable certeza que ese presente se perdería en el firmamento, en las idas y venidas de las horas, las semanas, de los meses, y que algún día, no muy lejano, cada uno de nosotros seguiría su camino hasta el punto de que aquella noche no sería más que una vieja anécdota ya borrada. Corrí entonces a su lado, no fuesen a olvidarme.

Siete años han pasado desde entonces... y los años no vinieron solos. Me hice yo mayor y nos hicimos todos: uno se quedó calvo y con muchos kilos, otro se deshizo de los molestos ideales para especular con las viviendas, el tercero continua en Reino Unido con la intención de convertirse en un genio matemático, el cuarto, el más sensible, se quitó la vida hace ya mucho tiempo, cuando aún le corría a raudales, y el quinto, un servidor, todavía los conserva frescos en su memoria, empeñado en salvarles como eran, cómo éramos cuando todo estaba al alcance de nuestras manos, cuando el destino era una negra interrogación, sí, pero cargada de incertidumbres, esperanzas, sueños y posibles. Qué fácil... qué fácil es, amigos, perderse en los vaivenes de la vida, en los laberintos de la madurez, en las obligaciones tan sibilinas que nos ponen los grilletes sin que apenas nos demos cuenta. Cómo avanzamos por el mundo dejando atrás lo que fuimos directamente a lo que somos, sin mirar atrás apenas un poquito, no vayamos a convertirnos en estatuas de piedra.

Por eso me gusta escuchar Queen, porque me explican quien soy, porque me reviven todos aquellos fantasmas que no quiero que se pierdan, porque aún me asalvajan en alma y me impulsan a saltar y bailar, por medio de una calle, a las tantas de las madrugada, abrazado a otros cuatro que, eternamente, le devuelven la abrazada.



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