Te sigo. Capítulo 17. Atando cabos

Reyes me espera en la esquina del departamento general de policía. El tipo es cabo, pero me niego a decirle Cabo Reyes, más en su beneficio que en el mío. Es flaco, de estatura media, y gracias a Dios, no tiene bigote. Sería demasiado.

Lo patético de su persona no termina en el aspecto físico. Su carrera está empantanada y hasta los cadetes saben que es un corrupto de los baratos. Sus necesidades son fruto de todas las decisiones que ha tomado en su vida, ninguna de las cuales ha sido correcta. Se casó con una mujer fértil, que en cuatro años ha parido igual número de hijos. Descubrió en algún momento que el juego era la forma ideal de solucionar sus problemas financieros, lo cual lo llevó a perder la casa que sus padres le habían dejado. Por último, buscó alivio en las drogas pesadas. O mejor dicho, aceptó el alivio que mediante dichas drogas yo le ofrecí. Me pertenece, y debe ser una de las cosas menos valiosas que poseo.

El término porquería no empieza a definirlo.

Está lloviendo, y noto cierta vergüenza en él al mojar el asiento de mi Mercedes. No sabe que es cuero, y que con un trapo se va todo. Todo menos su desagradable olor a humedad y fracaso. Tendré que lavar el auto después de que se baje.

Me da un sobre grueso de fotocopias que tiro en el asiento de atrás del auto, y me recuerda a un perro que de forma obediente le entrega un hueso a su amo. El no deja de mirar el tablero, y la incomodidad inicial por arruinarme el tapizado, ha quedado olvidada por el calor que le brindan las butacas calefaccionadas.

-Que nave, ¿eh?

Me limito a asentir. El viaje a su lado será una tortura, pero prefiero hacerlo en silencio que hablando de las cosas que lo maravillan.

-Le traje todo lo que me pidió – me dice nervioso.

Asiento de nuevo. Será una media hora de obviedades, por lo que veo, y no esperaba otra cosa, pero tener razón en este caso no hace menos monótono el trámite.

-Parece que va a seguir lloviendo.

Si yo fuera una persona que cede a los impulsos, hundiría el estilete que tengo siempre pegado en mi antebrazo en su yugular. Creo que ver el chorro de sangre es lo único que podría aplacarme en este momento.

-A ver, contame que averiguaste.

Por supuesto que no ha retenido nada en absoluto, y mira el sobre de fotocopias que está en el asiento trasero con desesperación. El infeliz necesita leer para decirme que es lo que encontró. He visto monos con más materia gris que este cabo. Y sin armas. Aprovecho un semáforo de la costanera y le tiro el sobre en el regazo.

-Dale, contame.

Abre el sobre como si fuera un análisis de sida y se pone a repasar. Tiene que comprender antes de hablar y lo dejo. Es mejor eso que la conversación casual.

Cinco minutos después empieza un monólogo en afirmativos y negativos, usando toda la jerga policial aprendida en años de impuestos míos tirados a la basura. No hace otra cosa que repetirme la información que ya me pasó por correo electrónico hace ya varios días. No hay datos nuevos. Nada que pueda servirme.

Ignacio Pérez tiene una doble vida más frondosa que la mía, y la policía no sospecha nada de nada. No tiene multas de tránsito, ni impuestos atrasados. La única razón por la que existe un expediente suyo es por la desaparición de su hija, y ni siquiera ahí molestó demasiado. No fue siquiera querellante en la causa penal. Escuchando a Reyes me convenzo de que Ignacio tiene una personalidad sicótica.

-Disculpe, ¿algún chiste que no haya entendido?- pregunta Reyes, y me doy cuenta de que estoy sonriendo.

-¿Qué más?

Es imposible ofender a Reyes. Reyes y Pérez son apellidos similares. Comunes y silvestres. Ordinarios. No sé por qué noto esto si no tiene ninguna importancia. Hasta que sé por qué lo hago.

-¿Familia?

Parece sorprendido y empieza a mover hojas hasta que encuentra la información que le pido. Nombre y trabajo de su esposa, nombres, edades y escuelas de los hijos, y todo tipo de dato irrelevante para la policía, que cuando no tiene data importante se ocupa de llenar páginas y páginas de sandeces. Para eso creen que les pagan, en definitiva.

La cosa mejora cuando empieza a hablar de Carito, y hasta su tono se pone más animado. Se siente más cómodo cuando hay un crimen en el medio.

-El deceso se produjo en una fábrica abandonada en la jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires. Villa Martelli, para ser más preciso. El hecho tuvo abundante cobertura periodística debido a los cadáveres adicionales cuya filiación no pudo ser precisada, y fueron encontrados en el lugar. La identificación del cuerpo de la menor en cuestión, fue un éxito de la policía científica, pero por desgracia la investigación posterior no agregó más luz al asunto

Tengo el suficiente control de mi mismo como para no estallar en una carcajada. “Un éxito de la policía científica”, imbéciles. El cuerpo de Carito fue reconocido porque había pasado muy poco tiempo desde su desaparición, y todavía seguía saliendo en los diarios. Si no, aún la estarían buscando.
A veces veo esos informes que los medios sacan cuando no tienen nadie a quien sepultar, y que hablan de la gente desaparecida. Hay por lo menos dos mujeres cuyos cadáveres no aparecerán jamás, y que solo yo sé dónde están. Ver a los padres de esas dos perras pedir cualquier tipo de ayuda, me pone de buen humor. Y eso deberían estar haciendo los padres de Carito.

Pensar en ella me excita.

-Don, disculpe. ¿Y yo cómo me vuelvo de acá?

Estamos entrando en Nordelta, y Reyes está completamente fuera de su elemento, y preocupado por el regreso.

-Con lo que te voy a pagar bien podés tomarte un remise, ¿no?

El tipo masculla la idea, y en algún lado parece encontrar valor para decir lo que viene pensando desde que se subió a mi auto.

-Hablando de eso, Don, me gustaría hablar de eso de nuevo – dice, en un exceso de triste sintaxis.

-¿De qué hay que hablar? Tenemos un precio convenido.

-Si, pero … La información que yo le conseguí, ¿para qué la va a usar?

Con policías tan incompetentes como Reyes es un misterio para mi como la gente no anda tiroteándose por la calle. La intolerancia es infinita, y nadie con dos dedos de frente puede tenerle miedo a la policía. ¿Será un tema moral?

-¿Qué te importa para que la use?

-Digo, nomás. Es un expediente complicado.

Llegamos a casa y dejo su pregunta flotando en el aire. Bien podría pagarle diez veces más de lo que él tiene en la cabeza. Más aún. Podría decirle que he de hacerlo, y poner una sonrisa en su cara de estúpido. Quizás lo haga.

Reyes no distingue el mármol de la fórmica, pero aún así la casa le impresiona. Mira los techos como si esperara ver bajar un OVNI, y el televisor apagado como si estuvieran jugando la final del mundial.

-¿Cuarenta y dos pulgadas?

-Ochenta – le respondo, mientras espero que se digne seguirme.

Su codicia puede más, y abandona la contemplación del lujo que jamás podrá tener, por múltiples razones. La más importante es la estupidez, por supuesto.

-Cincuenta mil. Doláres. – dice moviéndose por fin.

El no ve mi sonrisa, ni siquiera la intuye. El precio original era de dos mil pesos, pero el auto y la casa lo han vuelto codicioso, al punto de multiplicar por más de mil su pedido original. Mis sentimientos son claros, pero aún así teorizo mientras lo llevo escaleras abajo.

¿Existiría algún escenario en el que Reyes pudiera llegar a recibir esa suma de mi? Quizás, en otra vida, si lograra que matara a alguien por mi. Eso me provocaría placer, y el placer es algo en lo que nunca escatimé. Pero ahora no hablamos de placer, ni siquiera de información. Esto es extorsión, y se convertirá en algo mucho mayor, cuando mi amigo Ignacio llegue a los titulares de los diarios.

La paraguaya ya está convenientemente guardada en su heladera, y la habitación está limpia como un quirófano. El piso está recubierto por una gruesa bolsa de plástico transparente, tal como aprendí en cierta película. El cine educa.

Voy hacia la caja fuerte y en tres movimientos la abro. Me corro y Reyes, literalmente babea al ver los fajos de billetes que la pueblan.

De reojo veo su mirada, y sé que los cincuenta mil dólares le parecen escasos frente a la “fortuna” que tiene enfrente. Extiende la mano para tomar un fajo. Su sonrisa se congela en el segundo en que el estilete penetra la base de su nuca. No puedo ver bien su cara, pero adivino un gesto de incomprensión. Es tan estúpido que no sabe que ha muerto.

El último cabo está atado, y no es el juego barato de palabras lo que me hace sonreír.


Capítulo 16. Control de daños
Capítulio 18. La profesora de piano

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