Fue una semana tranquila, de esas en las que no se muere nadie famoso, ni hay grandes debacles financieras o sucesos deportivos destacables. La noticia, entonces, llenó las tapas de los diarios todos los días, del lunes al viernes, y monopolizó los canales de televisión en igual período.
“La Red de Trata de Blancas más grande de Sudamérica, Desbaratada". Bastaba leer cualquier informe serio para darse cuenta de que los titulares eran por demás optimistas, para no decir falsos, pero nadie lo hizo. La policía colaboró para que esto fuera así, y dos comisarios recibieron sendas condecoraciones.
La suerte había tenido mucho que ver también. Minutos después de que Trini y yo abandonáramos El Eternauta, el jefe del gigante había aparecido con varios tipos más. Me imagino que el objetivo sería llevarse a Trini y los cien mil dólares. Por otra parte, yo había llamado a la policía, denunciando un tiroteo en el bar, así que cuando llegaron se encontraron con el gigante y sus rodillas despedazadas, el mozo aterrorizado, y el jefe del herido.
Sabiendo que hay árboles que no se caen si no son talados frente a la gente, yo había llamado también a dos canales de televisión, tres diarios y cuatro o cinco radios. Con los números correctos y las palabras adecuadas, se puede armar un circo de proporciones importantes en minutos.
Cuando las cosas pasan, pasan todas juntas. Varios de los periodistas lograron entrar a El Eternauta y tomar imágenes del gigante herido y de su jefe. El tipo resultó ser un miembro del consejo deliberante de una próspera intendencia del conurbano bonaerense, si es que tal cosa existe. El intendente trató de ser ubicado para opinar al respecto, y los periodistas descubrieron que había partido a París dos semanas antes, con sus cinco hijos, las esposas de los mismos y sus catorce nietos.
Un periodista decidió indagar sobre el medio de transporte utilizado por el próspero intendente y descubrió que habían tomado las clases de negocios y primera de dos aviones consecutivos de Air France para cubrir el tramo Buenos Aires – París, a un costo de decenas de miles de dólares.
Esto envalentonó al resto de los medios, y los corresponsales en Paris descubrieron que ocupaba un piso entero en el Ritz Carlton, siempre a precios siderales. Todo eso durante algunas semanas. El detalle era que aún cuando varios de los miembros de la familia se ausentaban durante algunos días, presumiblemente para hacer turismo en otras ciudades o países, seguían ocupando las habitaciones. Y todo se pagaba en efectivo.
La sangre estaba en el río y su olor era tan fuerte que nadie podía resistírsele. Había datos de color como dos Ferraris negras que jamás habían sido rodadas, encontradas en un depósito a nombre de uno de los hijos del intendente, y tapados de pieles de animales que hubieran llenado dos arcas de Noé, hallados en la casa de otra de sus hijas.
Todo esto y más podría haber sido explicado, defendido, ocultado o disimulado, como había ocurrido en casos anteriores, pero el componente de trata de blancas, sumado a la política, hacía que todos se quisieran despegar como si fuera material radioactivo.
El gobernador salió a desmentir que tuviera una relación estrecha con el intendente, y ante la pregunta de por qué entonces había sido testigo de su casamiento, respondió que eso había sucedido hacía ya veinticinco años. Después, como corresponde, se despachó contra la persecución de la prensa amarilla y la falta de cobertura que sus excelentes acciones de gobierno estaban teniendo.
Mientras tanto la policía había encontrado a doce chicas de entre catorce y diecisiete años en diversos burdeles, más un número indeterminado de mayores de edad, todas las cuales eran obligadas a prostituirse.
En total habían sido arrestadas más de diez personas, y todavía faltaba que volvieran al país el intendente y su familia, si es que algún día se dignaban hacerlo, o si la justicia argentina lograba su extradición.
Devolver a Trini a su casa había sido menos complicado que rescatarla, pero había requerido algo de ingeniería. Una vez que las llamadas a los medios se terminaron, y después de pensarlo cuidadosamente, llené el tanque de nafta, y enfilé hacia la ciudad de Mar del Plata. Trini dormía.
El viaje tenía múltiples objetivos. Yo debía tranquilizarme, y manejar es una buena terapia. Trini necesitaba dormir y todo esto tenía que ocurrir sin que la policía la encontrara. Y teníamos que hablar.
Fui despacio, mirando el cielo y los autos que pasaban. Pensando en la vida que tenía que vivir, y en la muerte que tenía que dejar ir. Necesitaba llorar pero por alguna razón no podía hacerlo, y no entendía cual podía ser el motivo, si el círculo estaba ya completo.
Kampeón sería alguno de los arrestados, o alguno de los que estaban por arrestar. En cualquier caso yo sabía con certeza que seguir buscándolo arruinaría mi vida y la de mi familia para siempre, y no estaba dispuesto a hacerlo. Ya no más.
Llegué a Mar del Plata a eso de las cinco y media. Trini seguía durmiendo. Estacioné en la escollera, frente al mar y me bajé del auto. Me estiré, y me senté arriba del capó, apoyado contra el vidrio. Cerré los ojos.
Me despertó el roce de mi campera sobre mi pecho. Abrí los ojos y Trini me estaba tapando con ella. Me miró con sus inmensos ojos claros.
-Hace frío.
Me incorporé y la miré sorprendido. Me abrazó y se puso a llorar desconsoladamente. Un rato largo. No la interrumpí.
-¿Por qué me salvaste? Dos veces – preguntó cuando logró calmarse.
Limpié las lágrimas de su cara y después las limpié las nuevas, cuando lloró por segunda vez. Y hablamos. Hablamos del bien y del mal, y de Kampeón y su discípulo. Decir que yo no sabía hasta donde llegaría el asunto es pecar por un defecto de una forma indescriptible, pero de eso no se habló.
-Pero tenés que cuidarte, Trini. No se puede ser ingenuo en estos días. Y vos no vas a poder darte ese lujo nunca más.
Quiso saber mis motivos. De nuevo, así que hice lo único que podía, y mentí. Le conté una historia mucho menos triste de alguien que solo quiere hacer el bien, que le gusta cuidar a la gente, y no creyó ni una palabra, pero dejó de preguntar.
Comimos unas rabas en el puerto, en silencio, y tampoco hablamos demasiado en el viaje de vuelta, esa misma noche. La dejé en la esquina de la comisaría.
-Si algún día puedo hacer algo por vos – me dijo sin saber lo que decía – solo llamame.
La vi desaparecer por la puerta y me quedé veinte minutos hasta que sus padres llegaron, escoltados por un patrullero. Y la vida empezaba a funcionar de nuevo.
La vuelta a casa no fue fácil. Había tanto que explicar y aún así sabía que no diría nada. Pero Carolina entendió, y vio en mi cara que todo había terminado.
La vida siguió, y poco a poco empezó a encarrilarse.
Ya pasó un mes entero del último mensaje por Twitter de @kampeon69 y empiezo a aceptar que nunca volveré a saber de él. No lo extraño. Mi adicción a las redes sociales está casi curada, a excepción de las cuatro o cinco veces por día que chequeo el estatus de Kampeón. Nada.
He aceptado ir finalmente a un psicólogo. No el incompetente que atiende a mi mujer, ese de aquella intervención que no tuvo ningún resultado positivo, aunque reconozco que los acontecimientos que se sucedieron no ayudaron. No, voy a otro macanudo que me enseña a lidiar con el dolor. Y lo primero que me ha dicho es que no se irá nunca, y que todo pasa por aprender a vivir con él. No es la primera vez que escucho la frase, pero imagino que la efectividad depende de que tan dispuesto esté uno a escuchar. Y yo ahora lo estoy.
No he llorado, como dice el psicólogo, y es algo que tendrá que ocurrir para que el proceso oficialmente avance. Y le creo. Simplemente no puedo hacerlo.
Los diarios han dejado de ocuparse de la red de trata de blancas. De vez en cuando se publica alguna noticia sobre el acaudalado intendente refugiado en París. El tipo se defiende con uñas y dientes, o con abogados que tienen eso y más. Le han embargado activos en el país por cuarenta millones de dólares y calculan (todavía no sé en base a qué) que su fortuna en el exterior triplica esa suma.
Los números de nuestra empresa son mucho más modestos, pero podemos dormir tranquilos, o al menos intentarlo. La mochila de dólares que saqué de El Eternauta sirvió para compensar a Javier su inversión en los mails de Trini, compensarlo y recompensarlo. No tuvo inconveniente en aceptar la mochila como venía. Nunca supe a ciencia cierta cuando dinero había, pero el suficiente para que él se comprara un auto nuevo y me regalara otro a mi. Con el sobrante retapizó la oficina de máquinas nuevas. Y fue feliz.
Yo estoy en proceso de aprender a serlo nuevamente. Algunos días tengo más éxito que otros, y hay noches en las que incluso puedo dormir varias horas seguidas. Pero hay un momento de esas noches, de esas y de todas las demás, en que sé que algo queda pendiente, algo sin terminar. Cuando no entiendo si estoy despierto o dormido, y si lo que veo son sueños o el futuro, siento un susurro en el oído, o directamente en mi cerebro, y veo la imagen de la calavera llamándome, invitándome a un juego que esta vez deberé jugar como él quiera. Hasta el final.
Capítulo 14. Génesis
Capítulo 16. Control de daños.
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