Me gusta la ilusión con la que la gente se muda a este tipo de lugares. Se sienten prósperos como si fueran los dueños de Microsoft y seguros como si vivieran en Suiza. Ilusos. Su confort y estabilidad depende de que sigan cobrando los miserables suelditos que a estos en particular les parecen enormes. Y su seguridad, ¡JA!, esa si que es buena, su seguridad es tan frágil como la vida humana misma, y existe solo porque a nadie le interesa meterse con ellos. Por esto y por la estadística. No se puede con todos.
Los carteles dicen "Velocidad Máxima 30 Km.", pero yo siempre voy más despacio. A cualquier hora se puede ver madres con sus pequeños bastardos, yendo de ningún lugar a otro. Probablemente a dejárselos a la mucama mientras se revuelcan con el profesor de tenis. Me da algo de placer saber lo que podría hacerle a cada una de ellas. Nada comparado con lo que haré, por supuesto.
El jardín de mi casa no se encuentra en el mejor estado, y es algo de lo que tendré que ocuparme en breve. No puedo permitir que los vecinos se quejen, pero tampoco puedo darme el lujo de un jardinero teniendo a la paraguaya en la casa.
El interior de la casa debería estar también en mal estado, pero no es el caso. No soporto el polvo, y si bien reconozco que la tarea de la limpieza está reservada a personas inferiores, no me molesta hacerlo yo mismo, sabiendo además que nadie lo hace mejor.
Lo bueno de ser meticuloso es que si la casa se limpia con cuidado todos los días, se tarda poco. En media hora he terminado, y puedo dedicarme al segundo trámite.
Los ojos de la paraguaya son un remanso de terror en el que me sumergiría durante días. Pero no tengo tiempo para eso, y en segundos se convierten en ojos muertos. En un mundo ideal yo tendría los dos días necesarios para disolver el cuerpo en ácido clorhídrico y terminar con todo vestigio desagradable. Pero como carezco de ese tiempo, tengo que usar una de las heladeras industriales que hice instalar en las habitaciones de servicio.
La muerte tiene un olor peculiar que desaparece por completo una vez que se la encierra en una bolsa hermética.
Menos de cuarenta minutos han bastado para dejar la habitación inmaculada, como todo anfitrión debe ofrecer a sus futuros huéspedes. Y yo soy siempre un excelente anfitrión.
El escritorio donde he instalado las computadoras está en perfecto orden, como siempre, pero ni los técnicos más capacitados, o lo más caros (que debería ser lo mismo pero no en toda oportunidad), han logrado eliminar ese zumbido casi imperceptible que emiten los ventiladores de las máquinas. Eso altera mi buen humor, pero me obligo a concentrarme, mientras examino el expediente policial de Ignacio Pérez, más la información adicional que he logrado recolectar.
Me alegra saber que hay un expediente policial suyo gracias a mi.
Mi amigo Ignacio tiene cuarenta y tres años, nació en Buenos Aires, infancia en Lomas de Zamora y actualidad en Colegiales, lo que para él debe ser una especie de progreso de algún tipo.
Ingeniero industrial de la Universidad de Buenos Aires, trabajó varios años para IBM antes de fundar una empresa de programación de video juegos. Un imbécil, pero aparentemente hizo algún dinero con ella.
Su faceta familiar es mucho más interesante. Casado con Carolina (deja vu), tuvo tres hijos. Los dos menores, una de diez y uno de doce. Edad suficiente. Y la tercera, la tercera me trae algunos de los mejores recuerdos de mi vida. Carito Pérez. Imposible pensar en ella sin una buena copa de Malbec en la mano.
Era mi segunda "experiencia en red", habiendo sido la primera satisfactoria pero a nivel moderado. Carito tenía dieciséis años y la vida por delante. Por delante mío.
La encontré una noche en Twitter, y coincidió con ser su primera noche ahí. Para ese entonces yo tenía ya miles de seguidores que había ganado con paciencia indigna de un ser superior, pero siempre supe que para invertir había que ganar.
Alguna estupidez ingeniosa había sido distribuida por varios de los imbéciles que me leían, y fue así que ella comenzó a seguirme. Normalmente no hubiera gastado un segundo en siquiera mirar su perfil, pero me llamó la atención su foto en uniforme de colegio, su franca e inocente sonrisa, su candidez y vulnerabilidad.
Con magnanimidad empecé a seguirla, lo cual fue un halago para ella, y empezamos a conversar vía mensajes directos, o sea sin que el resto de los imbéciles pudiera leer.
-Soy Gonzalo, tengo 19, y soy cordobés. Amo la música y los amigos. Quiero el sol.
Palabra más o menos esa fue mi frase inicial, y con la respuesta supe que la tenía.
-Carito, de Buenos Aires. Tengo 16 y la música es mi vida.
Estaba equivocada, por supuesto, pues su vida sería yo, pero ella no lo sabía en ese momento. De algunos mensajes vía Twitter, completamente inocentes, pasamos al chat, al día siguiente, o al otro, no es importante. En un día más tenía su celular.
Obtener el celular fue redundante, pero me gustó porque parte del placer era ir consiguiendo su cooperación. Su nombre, dirección y demás datos los había sacado el primer día, al chequear su Facebook. El uniforme de su colegio me dijo el resto.
No pensaba demasiado en los padres de Carito en aquel momento, más que para regodearme de la falta de confianza que estaba transcurriendo en esa casa. Nuestros diálogos vía chat ya eran abiertamente sexuales, y por supuesto nada sabían papá Ignacio y mamá Carolina de eso.
Fue tan fácil que parece escandaloso. Al mes le informé que viajaría a Buenos Aires a una entrevista en una universidad. Si bien quería ser músico, mis padres insistían en que estudiara, y había decidido darles el gusto, únicamente para poder estar en Buenos Aires, donde trataría de triunfar en la música. La estúpida compraba todo, con paquete y moño.
Nos encontramos una noche temprano en alguna esquina de su barrio. Un día de semana. Tuve que insistir con eso porque viernes y sábados la gente que poblaba la zona era demasiada. Para la ocasión había procurado una camioneta Traffic blanca, con vidrios polarizados. Tuve que pasar por la misma esquina tres veces hasta que no hubiera nadie a la vista. En la tercera oportunidad ella seguía mirando su celular como si esperara el llamado del Señor, y hubiera sido fácil empujarla hacia el interior de la camioneta, pero era importante que subiera por voluntad propia.
-Carito, soy yo. Subí.
Ella no esperaba la Traffic, y menos aún alguien con gorra y anteojos oscuros. Dudó.
-Gonza, ¿sos vos?
-Si, dale – en ese momento puse mi celular en mi oído y empecé a recitar el texto que había escrito por la tarde. – Mamá, acabo de llegar … si, estoy en la camioneta del tío… si, más o menos en media hora.
Había logrado aflautar mi voz lo que en algún punto me hacía más joven. La mención de las palabras “mamá” y “tío” completaban el círculo. Bastó una seña con mi mano libre para que rodeara la camioneta y subiera. Cerré el celular, me acerqué a darle un beso en la mejilla, y apliqué el cloroformo con violencia. La faz de ardid y conquista había terminado. Se resistió sólo durante algunos segundos.
En aquella época yo utilizaba una vieja fábrica abandonada en Villa Martelli. Metros y metros deshabitados, para jugar y jugar, propiedad de un asqueroso belga al que le pagaba al contado en Euros, los que él gastaba en satisfacer sus perversiones sexuales.
Soledad absoluta y silencio garantizado. Las dejaba gritar hasta quedarse mudas, solo para ver cuanto podían durar. El incendio fue sorpresivo y peligroso, como todos los incendios, y el hallazgo de los cuerpos le dio de comer a la prensa amarilla por semanas. El belga empezó a ser la persona más buscada de Argentina, pero nadie podría encontrarlo jamás, ya que yo lo había hecho primero. Su muerte fue un mero trámite, para mi, pero uno divertido.
La mayor pérdida había sido Carito, pero no era momento de pensar en tristes finales, sino en grandes desarrollos. Algunos disfrutan de la pesca, y pueden pasar horas con el agua a la cintura en un río con tal de atrapar una trucha. Otros del ajedrez o del golf. Los más primitivos del fútbol. Para mi uno de los momentos más emocionantes era cuando se despertaban. Ver sus caras al reconocerse en un lugar desconocido, atadas, indefensas, frente a un extraño.
En alguna oportunidad había jugado a usar una máscara. El terror se incrementaba, pero me pareció falso, poco auténtico. No lo hice más.
A Carito la recibí a cara descubierta. Con una sonrisa franca y alentadora. Y un cuchillo nuevo.
Nunca uso el cuchillo de inmediato, salvo por motivos de necesidad o conveniencia, tales como el de la paraguaya. Pero siempre quiero mostrar lo que vendrá. Ser auténtico.
-No te va a escuchar nadie, así que no vale la pena gritar. Y si gritás, me vas a hacer enojar, y no creo que te convenga eso, ¿no?
Que entendiera la situación tan rápido fue una agradable sorpresa. No se quejó cuando le arranqué la cinta adhesiva.
-Hola Carito. Bienvenida.
Sus ojos estaban hechos de miedo, pero había una luz de rabia en ellos que no había visto antes, aún en mujeres mucho más grandes que ella. Es curioso pero esa luz era tan evidente que hasta se reflejó en la filmación. Yo había decidido ya hace algunos "eventos" empezar a filmarlos, notaba que en noches de ansiedad el ver las grabaciones me calmaba. La grabación de Carito debe haber sido una de las que más he visto a lo largo del tiempo.
Si hubiera tenido problemas de efectivo, esa filmación me habría dado un gran desahogo financiero, y hasta económico. En los círculos adecuados un video así puede llegar a valer decenas de miles de dólares. No es mucho pero hay que reconocer que hay gente a la cual esa suma le solucionaría la vida. La gente es pobre porque quiere, definitivamente.
Poner en palabras esos dos días es imposible. Cuando las sensaciones alcanzan magnitudes palpables solo pueden ser reflejadas por poetas y si bien yo lo soy, en muchos sentidos, este don no me ha sido otorgado. Solo puedo decir que cuando llegó el final, la sensación de paz era suprema. Habíamos recorrido juntos un largo camino, y la comunión de almas era casi perfecta.
En aquel momento mi excitación era tal que no lo noté, y recién ahora, en esta vez que miro el video hasta el final puedo verlo, y me llama la atención. Su cuerpo está destrozado y la razón hace tiempo la dejó. Son los instantes previos a la muerte, esos que ni los médicos pueden observar con detenimiento, embarcados en las inútiles tareas de evitar lo inevitable.
Pero son esos segundos los que guardo como grandes tesoros, y acabo de descubrir uno nuevo, algo que no había visto y que pasé por alto.
Carito, acepta lo inevitable, y una extraña sonrisa de dibuja en su rostro, y quizás algo de determinación también. Casi podría decirse que siente paz, lo cual por supuesto que es extraño a más no poder. Y en ese segundo final mira a la cámara, lo que es igual a decir que me está mirando a mi. Dice algo casi inaudible y pierde la conciencia. Es como si hubiera elegido partir y no lo entiendo. Ni lo acepto, pero mis intentos por reanimarla son inútiles. No lo hice antes porque pensé que era una súplica más, una de tantas, pero ahora le presto atención. Tengo que rebobinar la grabación varias veces para entender el significado completo de sus palabras, hasta que lo hago.
Y no es una amenaza, ni siquiera una promesa, sino la descripción desapasionada y certera como la muerte de algo que ella cree, o que está viendo ya desde el más allá. Son palabras claras y hasta sin odio. Casi con compasión.
-Mi papá te va a encontrar – fueron las últimas palabras que le escuché decir.
Capítulo 13. El Eternauta
Capítulo 15. La Calma
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