Te sigo. Capitulo 12. La previa

Son las once de la mañana y la única buena noticia del día es que aún estoy vivo. Las malas son varias.

Kampeón no vino. No esperaba que lo hiciera, aunque es probable que esté espiándome desde algún lado. Da con el perfil de psicópata, vulnerar a la víctima en cada oportunidad en que se pueda, estudiarlo, saber de él o ella lo máximo posible, antes de atacar. Básico. Básico y cobarde.

No parece estar adentro de ningún auto estacionado, así que quizás me observe desde un edificio. Esto implicaría que tiene los recursos para hacerlo, lo cual siempre es peor. Pero que no me haya disparado a la distancia, y este es un gran lugar para hacerlo, quiere decir o que no vino o que tiene otro tipo de planes para mi.

Convencer a Javier de que me deje venir solo no fue sencillo, y calcular lo que pasaría después tampoco, así que tuve que usar esas dos horas entre las ocho y esta reunión frustrada con Kampeón para analizar paso a paso lo que haríamos.

-Ok. Va la última vez, para que estemos claros. Yo voy al monumento. Cualquier cosa que pasa, vos llamás al Comisario Fernández y le decís que vaya con todo lo que tiene a ese bar, El Eternauta.

Mi historia con Fernández es larga, y Javier la conoce. Fernández era el sub comisario a cargo del caso de mi hija, cuando se pensaba que podía ser un secuestro extorsivo. Después de la primer semana, cuando nadie había pedido rescate por ella, el secuestro pasó a llamarse desaparición, y aún más tarde, cuando la noticia de su muerte fue hecha pública, asesinato. Fernández no había dejado de interesarse por el caso, aún cuando estaba ya fuera de su jurisdicción, y ocasionalmente se ponía en contacto conmigo para informarme acerca de los progresos de la investigación. Eran escasos, y siempre terminaba en una especie de charla consuelo, para la cual no tenía ningún tipo de formación o aptitud. Si buena voluntad. En cualquier caso, yo lo consideraba un policía honesto.

-Ahá. ¿Y por qué no hacemos eso ahora, antes de que te expongas a que te mate este tipo?

La lógica era impecable. Teníamos una ventana de dos horas y lo más razonable hubiera sido dárselas a la policía. Pero yo no confío en la policía. No después de lo que pasó con mi hija.

-Ya sabés, Javier. Sigamos.

Muy a su pesar, concedió.

-A Fernández le das el nombre de Trini y le decís que la policía de la provincia la está buscando. Hay chances de que él ya registre el nombre, pero si no, lo va a constatar en menos de dos minutos. Si a mi me hubiera llegado a pasar algo, eso también acelerará el proceso, pues Fernández estará más inclinado a actuar rápido.

-Y si no pasa nada, ¿a Fernández lo llamás vos?

Este era el tema más sensible para tocar con Javier, y donde yo sabía que encontraría más oposición.

-No, Javier. Si no pasa nada al bar ese voy a ir yo.

-Sos Terminator ahora.

No hay emoción en sus palabras, ni siquiera el atisbo de un chiste. Buscó la figura de Terminator porque en su mente es lo único que se asocia a violencia con armas. Y con computadoras. Sonrío con nostalgia. El no sabe las cosas que yo he hecho, ni tampoco que lo único que me separa de Terminator es la eficiencia. A esta altura en algún sentido los dos somos máquinas, con poco sentimiento.

-No. Terminator no, pero sí más discreto que la policía, Javier. No puedo arriesgarme a que alguien le pase un dato a los tipos esos, y cualquier información que pueda haber sobre Trini desaparezca. Sabés que esas cosas pasan.

El no lo sabe, pero como en tantas otras cosas, confía en mí.

-Bueno. Ponele que llegás al bar. ¿Y después qué?

-Después lo mismo. Si no te llamo en una hora, hablás con Fernández y que sea lo que Dios quiera.

Tuvimos que repetir la misma rutina dos veces. No porque él sea estúpido, o yo no sea claro, sino porque planteaba distintas objeciones o mejoras a mis ideas. Al final reconoció que ese plan, si se lo podía llamar así, era tan malo como cualquier otro, y me dejó ir en paz.

Ahora ha pasado la primera parte y no queda otra que seguir.

-Javier – le digo por teléfono – me voy al bar. Acordate. Si en una hora no te llamo, Fernández.

Es sábado a la mañana y casi no hay tráfico, lo cual me juega en contra. Tengo miedo y se mezclan las imágenes de mi hija muerta con las de Trini, Carolina y los dos hijos que aún están vivos. “Aún” pienso, me recuerdo lo fútil de la vida. He aprendido que nada debe darse por sentado y que cada segundo de las vidas ajenas es precioso. No puedo pensar así de la mía, por más que lo intente.

Todas las vidas, menos una, tienen un largo recorrido por delante, uno que debería ser feliz o no, pero en cualquiera de los casos sin terror, que es lo que Kampeón entrega. Este Kampeón, el otro, cualquiera. Es rabia lo que siento contra ellos, pero también la necesidad de impedir que sigan arruinando vidas, futuros, familias. No sé la razón por la cual Dios los puso en este mundo, pero sí se que a mi, ahora, me puso para sacar a este.

Así manejo, entre el amor a los que quiero, los que quiero proteger, y la fría rabia a los que lo impiden. El viaje se hace corto y cuando estoy a dos o tres cuadras me doy cuenta de que no tengo idea de qué es lo que voy a hacer.

Estaciono frente a una casa de ropa, y compro una camisa gris para cambiarla por la que Kampeón ordenó que me pusiera. No quiero llamar la atención y el rosa lo hace. La camisa queda tirada en el probador.

Camino despacio. Hay dos fuerzas que se contraponen con igual intensidad. La desesperación por saber de Trini, por ayudarla, por devolverla a su casa, y el miedo de enfrentar lo desconocido. En momentos como este es cuando pienso que no quiero morir, y que el golpe que eso le provocaría a Carolina y los chicos sería muy fuerte. Casi imposible de soportar.

No es muy tarde para llamar a Javier, o al Comisario Fernández directamente. Cada vez camino más lento. El miedo paraliza, y reconocer la sensación es lo que me hace seguir adelante. No tengo mucho en mi vida, pero todo lo que logré fue a costa de vencer el miedo. Ya tomé la decisión en frío, lejos de este lugar, y sé que es la mejor para todo el mundo. Para Trini al menos. No puede ser el miedo lo que me detenga.

Son casi las doce del mediodía, y el sol está perpendicular sobre mi. Un rayo de luz se abre paso entre las nubes y me da de lleno en el pecho. Esa mínima onza de calor hace que me de cuenta del frío que siento. Estoy casi temblando, pese a que la gente por la calle camina desabrigada.

Y allí, en la esquina, sin que le dé la luz del sol, y en una extraña penumbra, veo lo que vine a buscar. El Eternauta.


Capítulo 11. Lola Mora
Capítulo 13. El Eternauta

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje su mensaje después de la señal. piiiiiiiip!!