Vómito existencial.


- Vamos Sapiens ¿pero por qué no quieres venir?.
- Te lo he dicho mil veces: que no me gustan las fiestas hippies.
- Dale, no son hippies... es gente ya mayorcita.
- ¡Una garantía! bien han dicho que va a ver malabares.
- ¿Y a vos que carajo te importa? vamos... que es el cumple del Nano.
- Pues ya le felicitaré por teléfono, en serio, esas reuniones me ponen enfermo.

Tres horas después y allí estaba yo, sentado en una extensa pradera verde fumando porros como un condenado y buscando desesperado mi libro antes de que a cualquier rasta se le ocurriera invitarme a hacer capoeira. Una joven saca las masas, la otra la pinta con purpurina y a mi me da la primera arcada. Nano sonrie contento, le devuelvo la sonrisa y encojo las rodillas ovillandome cada vez más con la esperanza de que me trague la tierra o caiga inconsciente sobre el suelo de una maldita vez.

Todavía no estoy puesto y ya comienzan con los tambores, el ritmo no esta mal, pero entonces las empurpurinadas agarran los pañuelos y comienzan al bailar al son de una música que, les juro, debía sonar solo en su cabeza. Los acompañan dos rastas. A mi me viene la segunda arcada. Me giro hacia un grupo que hablan tranquilo, escucho algo así como "es que la música se me mete dentro, y no sé, a veces creo que podría flotar ¿sabes lo que te quiero decir?" los demás asienten emocianados. Tercera arcada. Decido abrazarme fuertemente a mi libro, como abraza el naúfrago a su pedazo de madera.

Y cuando no soy más que un monigote acurrucado junto a un árbol, observando y despotricando contra todo hippie viviente se me acerca una empurpurinada a darme conversación, quiero ser amable, pues siempre trato que de mis prejuicios la única víctima sea yo mismo. Ella pregunta:
- ¿De dónde sos?.
- De Buenos Aires. ¿Y vos?.
Mira al horizonte, guarda silencio y luego me mira fijamente.
- Yo soy ciudadana del mundo.

Cuarta arcada, esta vez lo suficientemente fuerte para hacerme levantarme y decidir que me voy a la mierda de ahí sin ni siquiera despedirme. La empurpurinada me tacha de intolerante y engreído; le doy la razón, yo y mi ego de ilustrado decidimos que los prejuicios no están nada mal cuando nos impiden conocer personas quizás agradables pero empeñadas en esconderse bajo ropajes de estupidez máxima y filosofías de adolescente.

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