
Alfredo se ha levantado a las siete de la mañana, como cada día; pero hoy ha sido distinto. En la cama ha dejado a un chico que conoció ayer en Palermo. Piensa que no pasa nada por engañar a su novio una vez, que está de vacaciones en su pueblo de Bolivar y lo ha dejado solo, pero se jura que será la última vez. Espera que el chico, un rumano, no le robe nada; o lo que es peor, le pegue una enfermedad. En el ascensor saluda a Lucía; Lucía está preocupada, no sabe como decirle a su madre que no pude ir a cuidarla, si se ha caído y roto la cadera no es su culpa, ella tiene que trabajar, es que los viejos no se cuidan nada, ¡mierda! En el semáforo se encuentra a Carlos; Carlos está preocupado por si tiene una inspección de Sanidad en su pastelería familiar: mezcla harina legal con otra de peor calidad y, además, vencida. Nunca ha pasado nada. Pero, ya puestos, a ver si se muere ese puto moro que le roba todos los días una borla, ese Mohamed. Mohamed le roba una borla a ese sorete de Carlos mientras piensa que ojalá lo mate Alá o le mande una enfermedad, mientras planea comprar costo a Luis para ir a trapichear a Malasaña y ganar algo de plata, aunque ese Luis es un forro que se cree algo.
Luis es guardia municipal, y trapichea con costo con los pequeños traficantes y la droga que previamente les incauta. Le gusta sentir la pistola y la cachiporra en su cintura, le dan poder. Esa cachiporra con la que fostia a su mujer, que es más puta que las gallinas. Ayer amenazó con denuciarle ¡si será puta la mina! Tan puta como ese chapero que se llama Jonathan al que le tiene ganas. Jonathan se droga también con todo lo que roba. Saca algo de dinero prostituyéndose para conseguir la droga. La necesita para olvidar que, en el fondo, se prostituye porque le gusta sentirse deseado y querido por esos hombres que, en realidad, solo quieren romperle el puto culo. Le compra un billete a Marta a ver si tiene suerte. Marta vive bajo la angustia de que descubran que una vez se quedó con un premio que le correspondía a una viejecita de la zona a la que la vista le impedía comprobar por sí misma si estaba premiado. Pero bueno, piensa, tampoco era tanto y seguro que ella ya no lo necesitaba… No como Joaquín, ese empleado de un banco cercano, que quiere jubilarse antes de que descubran en el banco que lleva desfalcando varios años a algunos clientes que le han confiado sus ahorros. Y es que no han sido justos con él, lo quieren prejubilar con una mierda de pensión ¡qué se jodan! Ahora tiene que sacarle dinero a ese contrabandista de coches que es Isidro. Isidro, el de la concesionaria no quiere venderle otro coche al chorro de poca monta de Ignacio. Aunque trae los coches de contrabando de Inglaterra para no pagar el IVA, todo el barrio sabe que Ignacio no paga sus deudas.
Ignacio no quiere los coches que compra para presumir, no. Los usa para estrellarlos en esas joyerías de la milla de oro y robar el escaparate. No puede ser tan malo robar a los ricos. Aún no ha dado el golpe definitivo con el que sueña, pero llegará y se irá a Brasil como el acaudalado Mr. Dioni. ¡A la mierda con el "Mr. Dioni", ahí lo tienes garchando con brasileñas toda su puta vida de millonario! Aunque a él la que le gusta es Pilar la farmacéutica. Pilar es la farmacéutica del barrio y está encantada. Le gusta preparar a ella misma las pastillas que tienen que tomar los enfermos de su zona. A veces se le va la mano, y algunos palman. Pero ella no lo hace por lucro personal, nada de eso, piensa que así les ahorra un montón de sufrimiento a sus pobres enfermos que se van al otro mundo más contentos, sin armar casi ruido, sin contar que también ahorra un montonazo a la Seguridad Social. Tendrían que agradecérselo, piensa. Mientras, deja a su hijo en el autobús de Álvaro, ese conductor tan bueno. A Álvaro le gustan mucho los niños. Si, le gustan tanto, tanto… le gusta toquetearlos y besarlos, y siempre lo intenta con el que se queda el último en el colectivo, para ello siempre va provisto de caramelos. No es su culpa, -se dice-. No puede evitarlo y ahora su hija ya no se deja. El tiene tanto amor para dar y nadie parece comprenderle. Mientras mira por la ventana con envidia a Javier, ese escritor tan famoso. Javier, tiene hoy una entrevista con su “negro”, el pobre principiante que le está escribiendo su último libro, para eso él ya es un personaje de éxito, ¡no va a escribir sus propios libros! No tendría tiempo entre atender a tantos periodistas y firmar ejemplares. Si ni siquiera tiene tiempo para escribir sus artículos de la revista semanal en la que colabora. Seguro que como se siente como el orto va a escribir a desgano de las miserias de los personajes con los que se tiene que topar a diario en su vida monótona, aludiendo a que no todo es color de rosa en la vida (carajo!).
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