
Repentinamente despertó y notó la oscuridad llenándolo todo.
Se le cortó el aliento.
Cerró, apretando, sus ojos.
Agarrotado, pudo sentir aquellas voces en el silencio, murmullos que desafiaban la firme convicción de que estaba solo.
Respiraba silencioso, despacio, mientras que en su ceguera se le agudizaban sus sentidos dejándolo percibir el roce de la fina tela sobre sus muslos y piernas.
Demasiado abajo.
Temía respirar en forma audible como si pudieran oírlo, como si estuvieran esperando cualquier movimiento que delatara su presencia, buscándolo con esos ojos brillantes, irreales, que lo vigilaban desde cada rincón, desde cada sombra.
Pasaron lentos los minutos, tratando de desvanecer su esperanza en que la luz del sol alejase sus fantasmas; tenía que alcanzar la sábana a sus pies, tenía que alejarse de la vista de sus acosadores, pero no podía moverse. Aunque lo deseara con todas sus fuerzas, no pudo moverse.
Inspiró y una gota de sudor le recorrió el torso desnudo, exhaló y lo oyó.
Alguien más estaba con él allí.
Desesperado, trató de poner calma a su mente inquieta y aterrorizada que bramaba en su interior que saliera de allí, que huyera a cualquier lado que ya lo habían descubierto.
Contó hasta diez muy lentamente como si quisiera estirar el diez hasta el infinito, y cuando éste llegó el propio pánico lo liberó de su quietud y corrió.
No sabía donde ir, muchos lugares no tenía para esconderse, así como tampoco tenía mucho tiempo y con la agravante de que el lugar estaba sumido en sombras.
Muchas sombras.
Miró hacia uno y otro lado buscándolos, tratando de averiguar hacia donde huir pero no notó nada, seguía sudando y aunque no pudiese ver tenía los ojos muy abiertos e inyectados en sangre.
Siguió corriendo, dejando oír el sordo tintineo de sus pies descalzos sobre las frías cerámicas del suelo, respirando agitado, golpeándose contra invisibles centinelas en la oscuridad.
En la noche más negra, en el silencio más profundo, tropezó con lo que creería una mano que lo tomó del tobillo y cayó de bruces al suelo.
Lo habían atrapado.
Reprimiendo un grito pese al dolor, llevó rápidamente las manos al tobillo y en lugar de aquella garra infrahumana que lo tenía cautivo se topó con una manta que se le había enredado en el pie durante el resbalón.
Liberándose, se paró apoyándose en las manos y siguió corriendo.
Corrió y corrió por lo que parecía un laberinto interminable, plagado de obstáculos con los que había chocado ciegamente alrededor de la noche, cuya salida no era más que un anhelo imposible de alcanzar.
Desesperado, trató vanamente de ver en la oscuridad, en una tal a la que sus ojos no podían acostumbrarse, a la que parecía no poder vencer.
En su ceguera, impactó en plena corrida con lo que parecía una dura pared, rebotó aturdido y se llevó las manos a la cabeza sólo para notar que, en el silencio de esa tiniebla, la pared parecía respirar...
... ronca y pesadamente.
Se levantó de un salto, desorientado, y estirando los brazos avanzó a tientas, con los pies juntos, reprimiendo con fuerza un ataque de temblores, tratando de sentir de donde provenía ese sonido para huir en el sentido contrario.
Siguió arrastrando los pies, sintiendo el crudo frío del suelo quemándolo como clavos diminutos hechos de brasas, acercándose a lo desconocido con los ojos bien abiertos en lo cerrado de una oscuridad que parecía no tener principio ni fin.
El golpeteo de su corazón llenaba ese momento sus oídos, aislándolo de cualquier otro sonido en el ambiente; trató de calmarse para poder oír de nuevo esa respiración pero la cacofonía cardiaca era cada vez más intensa, parecía que su corazón le abriría el pecho en dos y huiría lejos, a un lugar seguro.
Desvió esa imagen de su cabeza y respiró hondo, silenciosamente, con la esperanza de que el denso aire entrante templase la cabalgata de su corazón exaltado. Cerró los ojos para concentrarse, sin pensar que teniéndolos abiertos tampoco podría ver algo que lo distrajera, y trató de escuchar nuevamente esa respiración.
Y allí estaba... sobre él.
Gritó con todas sus fuerzas hasta sentir que algo espeso y viscoso le tapaba la boca y le rellenaba los oídos y las fosas nasales. El ahogo era seguido de unas manos veloces, ardientes, que lo inmovilizaban, desgarraban su pijama y lastimaban su piel, mientras él intentaba gritar para evitar seguir tragando aquella viscosidad insípida, invisible en la negrura, que se introducía despacio en su interior con un frío sobrenatural.
Se debatió en contra del misterioso captor, llevó sus manos hacia las suyas sólo para sentir un vapor que se arremolinaba entre sus dedos, pero que seguía desgarrándolo y quemándolo con el tacto de una garras infernales.
Desesperado, comenzó a rezar las pocas plegarias que había aprendido en catequesis, comenzó a creer que sería salvado por algún ángel o algo así pero el dolor, cada vez más agudo y ardiente, le mermaba la fe.
Lo que sucedió a continuación de ello pasó demasiado rápido, sus brazos y sus piernas fueron arrancados en direcciones diferentes y él, sobrepasando la viscosidad que no dejaba de tragar, gritó con cada fibra de su ser, elevando su terror hasta lo más alto del cielo.
Repentinamente despertó y notó la oscuridad llenándolo todo.
Se le cortó el aliento.
Cerró, apretando con fuerza, sus ojos.
Agarrotado, pudo sentir aquellas voces en el silencio, murmullos que desafiaban la firme convicción de que estaba solo.
Respiraba silencioso, despacio, mientras que en su ceguera se le agudizaban sus sentidos dejándolo percibir el roce de la fina tela sobre sus muslos y piernas.
Demasiado abajo...
Por Facundo Dassieu
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